Viernes, 27 Diciembre 2019 00:00

Hacia la suma del poder público - Por Omar López Mato

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En marzo de 1835, después del fracaso de varios gobiernos que no contaron con el apoyo de la facción rosista, y después de la muerte de Facundo Quiroga en Barranca Yaco, la Junta Representante de la provincia de Buenos Aires convocó a don Juan Manuel para ofrecerle una vez más el gobierno.

 

Éste condicionó su aceptación al otorgamiento de la Suma del Poder Público, con facultades extraordinarias como las que había tenido durante su anterior mandato después del fusilamiento de Dorrego, en medio de una guerra civil. Rosas quería volver al poder con atributos legislativos y judiciales.

Para darle visos democráticos, convocó a un plebiscito que le otorgó el mandato por abrumadora mayoría.

El personalismo de Rosas era muy peculiar, porque si bien se inspiraba en el ejemplo de Julio César, este déspota moderno agregó un elemento republicano a su régimen.

Así lo reconocía Sarmiento, al afirmar: “Rosas era un republicano que ponía en juego todos los artificios del sistema republicano representativo. Era la expresión de la voluntad del pueblo, y en verdad que las actas de elección así lo demuestran…”

La dictadura clásica de los romanos se declaraba en situaciones excepcionales, como las guerras o revueltas internas, pero no duraba más de seis meses. Fue Julio César quien pretendió romper dicha institución republicana promoviendo una dictadura vitalicia.

Rosas aceptó solo dos restricciones a la Suma del Poder Público: la defensa de la religión y la federación, que terminaron homologadas durante su mandato.

La Confederación le otorgó al gobernador porteño el poder público, el manejo de las relaciones exteriores, que implicaba un rito anual, casi un besamanos, en el que Rosas presentaba su renuncia por cuestiones de salud, y automáticamente se lo consagraba por aclamación. Todo anduvo bien hasta que, en 1850, por la crisis de la convertibilidad del oro, Urquiza rechazó el nuevo nombramiento. Ese fue el principio del fin y el prolegómeno de Caseros.

Rosas también se reservó el derecho de dictar leyes que prescindían de legisladores, y modificar sentencias judiciales. Su intención de evitar el dictado de una Constitución fue evidente, la forma de no perder su poder omnímodo.

Sin embargo, la Junta de Representantes, siguió sesionando y renovándose anualmente, aunque sin interferir con las normas impuestas por el Restaurador.

Hecha la excepción de los golpes militares, que asumieron la Suma del Poder Público en completa contravención con la Constitución, ningún gobierno democrático ha solicitado asumir el Poder Público en forma tan explícita con un fin “solidario. Sin embargo, este espíritu caritativo, esta generosidad de saludador con sombrero ajeno, ha olvidado algunos artículos de la Constitución de 1994 (del que la “vicepresidenta” –como le gusta ser llamada- fue coautora).

No existe una crisis tal que obligue a obviar las normativas constitucionales vigentes (no en vano es mismo partido político que había dejado el país con 30 % de pobreza y una inflación acumulada del 1.300 %).

Solo el Congreso tiene facultades para fijar impuestos, por lo cual las nuevas retenciones y demás modificaciones de los cánones impositivos son inconstitucionales. De aquí, que nuestro sumiso Poder Judicial, tan atentos en sus dictamines a la coyuntura política y no a la esencia de las leyes, probablemente encuentre algún vericueto para aceptarlo, o por lo menos que su decisión tarde lo suficiente para cuando la resolución haya perdido todo sentido.

Algunos ilusos pensaron que el aumento de diputados de la oposición hacía más difícil el trámite de este proyecto confiscatorio, con aberraciones jurídicas. Bastaron unos pocillos de café y promesas inconfesables para poder obtener la mayoría que consagró a este “absolutismo criollo”, parte del sueño montonero, inspirado en la Revolución cubana y el régimen venezolano.

Bajo el pretexto de una crisis alimentaria, se le ha dado piedra libre al proceso destructivo de las clases medias y altas que mantienen la producción del país a través de impuestos regresivos o sencillamente confiscatorios.

Este giro chavista era completamente previsible, ya que la “tarjeta del hambre” (igual al “Carnet de la Patria”), permitirá conocer con precisión la lealtad, puntualidad y presentismo de sus tenedores (Ya en Buenos Aires hay 4.000.000 de tarjetas. ¿Quién las imprimió? ¿Bajo qué licitación?).

Una vez más, la prebenda se convierte en el instrumento esencial del kirchnerismo. Aunque esta vez perfeccionado con elementos de control ineludibles, que le permitirán contar con una masa dócil de seguidores, una majada partidaria dominada por los conductores de este partido inspirados en los métodos más nefastos de las peores dictaduras del continente.

En forma subrepticia, tras el bigote del tío Alberto y la juvenil sonrisa de Kicillof, con inocencia de algunos y mala intención de otros, en connivencia y premeditación, acabamos de dar el primer paso hacia la destrucción de una forma de vida que caracterizó a la República Argentina.

Omar López Mato
Médico y escritor  
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