Claudio Jaquelin

Claudio Jaquelin

El miedo no solo es un disciplinador de masas. También de dirigentes. La llegada del coronavirus a los barrios más vulnerables del conurbano bonaerense se ha convertido en el mejor laboratorio para constatarlo.

 

Atrapada en el laberinto del discurso único dominante, la oposición no encuentra su lugar. La exitosa consigna antinómica "cuarentena o muerte", que consiguió instalar el Gobierno, atraviesa y tensiona a Juntos por el Cambio (JxC).

 

La caída del Muro de Berlín y el derrumbe de la URSS parieron un nuevo orden mundial, que consagró la hegemonía de la democracia liberal y del neoliberalismo económico. Casi 30 años después, el Covid-19 parece destinado a enterrar los despojos de aquel universo y a prefigurar un nuevo orden.

 

En medio de la pandemia del coronavirus, se agravó la tensión entre el oficialismo y el sector privado

 

Casi al mismo tiempo en que en el Gobierno empezaban a ilusionarse con la división de la oposición, desde las propias filas oficialistas lograron el efecto contrario.

 

Alberto Fernández se preocupó por mostrar en los últimos días que para lograr sus objetivos no está en su naturaleza chocar paredes sin saber si las puede atravesar. En materia sanitaria, en el terreno económico-financiero y en el campo político. Testea y busca quebrar algunos límites, pero no saca el pie del freno. Por lo menos, hasta ahora.

 

Siete frentes, abiertos en simultáneo, desafían a Alberto Fernández y su popularidad astronómica.

 

La era del deshielo ya llegó y las tensiones empiezan a aflorar. El mundo congelado del que hablaba hasta hace poco Alberto Fernández comenzó a salir de ese freezer imaginado.

 

Era el joven maravilla y hoy es un dolor de cabeza. En seis meses ese fue el camino que recorrió Axel Kicillof en la consideración de Alberto Fernández.

 

Una imagen vale más que mil palabras. Esa pareció ser la premisa elegida por el Gobierno para el anuncio de reestructuración de la deuda bajo legislación extranjera. El afiche de la película importó más que el desarrollo y el guion. El tráiler no reveló el argumento. Apenas lo sugirió.

 

Aunque sí con policías. Pero si el miedo disciplina, el terror espanta. Es a lo que le temen los políticos oficialistas. Por eso, ganar tiempo sigue siendo la gran política vigente. Y excluyente.

 

"Estamos librando dos guerras al mismo tiempo: la sanitaria y la económica". La sobreutilización de las metáforas bélicas en el Gobierno no es solo un lugar común de tiempos de incertidumbre. Refleja, además, la visión y el impacto en el ánimo de los principales funcionarios frente a la situación desatada por el Covid-19. También explica reacciones y prenuncia políticas en curso

 

“Vengo a cerrar la grieta y a unir a los argentinos”. Fue la promesa de campaña y el compromiso expresado una decena de veces por Alberto Fernández en su discurso de asunción como Presidente. Un principio que en las últimas 48 horas pareció quedar relativizado.

 

Nadie sabe aún si la cuarentena masiva será tan exitosa como se desea para aplanar la curva de contagios del nuevo coronavirus, pero sí hay consenso en que era el camino más aconsejable para tratar de evitar una escalada incontrolable.

 

El GPS del Gobierno entró en la fase de recalcular. No era mucho lo que había avanzado, es cierto, pero el coronavirus alteró las pocas previsiones que se tenían en materia económica. Aunque, en lo inmediato, la expectativa está puesta en la eficacia que tenga la gestión de Alberto Fernández para frenar la expansión de la pandemia. Es un desafío y una oportunidad.

 

La tradición se mantiene. La crisis es el estado natural de los argentinos y los reflejos están intactos. La planificación y la previsión nunca son el fuerte.

 

"Cuando las cosas van bien, los peronistas nos mantenemos unidos. Cuando empiezan a ir mal, buscamos enemigos. Primero, los de afuera. Y si se siguen complicando, aparecen los de adentro".

 

Equilibrio es la palabra de la hora. Alberto Fernández la explicitó en su primer discurso de apertura de sesiones ordinarias, pero también atravesó tácitamente todo el abundante contenido desarrollado a lo largo de los 80 minutos. Un propósito, sin dudas, ambicioso.

 

"Un reparador". Esa es la definición que más le gusta de sí mismo a Alberto Fernández. "Es que yo no vengo a refundar nada, sino a reparar lo que está dañado y cerrar grietas", suele explicar el Presidente.

 

Igual que en los contratos, siempre hay que mirar en los comunicados oficiales la letra chica y los párrafos opacados por los títulos y las primeras líneas. El pronunciamiento del FMI sobre la situación de la deuda argentina son dos cucharadas de miel y una de limón (concentrado) para el Gobierno.

 

La política argentina ofrece una composición sin precedente, que expone a diario su indisimulable fragilidad. El bicoalicionismo en el que ha quedado conformado el mapa transita sin demasiadas certezas y con muchos sobresaltos, en medio de las enormes dificultades económico-financieras y de la ausencia, aún, de progresos en cuestiones sustantivas.

 

El Gobierno se parece a un hospital de campaña en el que cualquier síntoma de mejoría en los casos más graves entusiasma como si pudiera desatarse un efecto contagio en sentido virtuoso.

 

El período de gracia no es eterno. Al Gobierno le está llegando la hora de empezar a mostrar resultados económicos de su gestión. El objetivo es regido por los principios de la navegación a vela: lograr la mayor sustentación con la menor resistencia. No es sencillo.

 

Antes de cumplir un mes como gobernador Axel Kicillof comprobó los duros límites de la intransigencia. O del sectarismo.

 

"Fue increíblemente perfecto". Con esa frase Mauricio Macri resumió lo que para él y su gobierno fue la Cumbre del G-20, que había presidido hasta hacía solo un par de horas. La respuesta dada a este cronista opacó el "no podría haber salido mejor", que repetían sus funcionarios: aunque esas manifestaciones verbales no alcanzaban a expresar suficientemente el entusiasmo que sí manifestaba su lenguaje gestual.

Fundado el 4 de agosto de 2003

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