Claudio Jaquelin

Claudio Jaquelin

Las dos puntas de la semana pasada resumen, como una eficaz parábola, la situación política nacional: perdieron los moderados y ganaron los ultras, que siguen conquistando terrenos. Todo comenzó con la difusión del equipo conocido como "Alberto Beraldi más diez", que, bajo el liderazgo del defensor de Cristina Kirchner, tiene por misión avanzar sobre la Corte.

El orden de los factores a veces sí altera el producto. Los anuncios de las reformas judiciales son la mejor demostración de que para lograr ciertos objetivos el Gobierno se ve obligado a hacer operaciones complejas y que no siempre obtiene el resultado propuesto. La aritmética política no es una ciencia exacta. Ni de fácil dominio, cuando el poder está repartido.

 

Alberto Fernández intentará esta semana compensar lo que la gestión no le da ni la construcción política le presta. En vías de consumirse el sustento que le otorgó la administración de la pandemia, se propone relanzar el Gobierno con el anuncio de sesenta medidas económicas y tributarias, más el envío al Congreso del proyecto de reforma judicial. No le faltan ambición ni necesidades.

 

A falta de goles, los rumores sacuden las redes y ganan audiencia. Las versiones sobre cambios en el gabinete encabezan la tabla. Y adquieren significación, mucho menos por la probabilidad de que ocurran en lo inmediato que por la verosimilitud que revisten. Las disputas internas en la coalición gobernante y la falta de resultados (goles) en áreas sensibles para la ciudadanía les dan sustento.

 

Una nueva etapa acaba de empezar. Después de cuatro meses, comienza a descongelarse la vida económica y social, pero también la cotidianidad política, en el área más habitada y más visibilizada de la Argentina. Por conveniencia o por necesidad, los gobernantes formalizaron la flexibilización que estaba ocurriendo de facto y amenazaba desbordarse sin remedio.

 

El tiempo suele ser un gran ordenador. O, todo lo contrario, como le está pasando al oficialismo. El gran problema y fuente de muchas de las disputas internas que hoy sacuden la escena política nacional es cronológico.

 

Los costos de la pandemia y las consecuencias no deseadas de la interminable cuarentena empezaron a golpear al Gobierno. Lo que dicen las encuestas y lo que se insinúa en las calles no son construcciones opositoras. El desgaste de Alberto Fernández es un hecho que ya admiten sus colaboradores. Tanto como que es aprovechado por Cristina Kirchner y los sectores más duros de la coalición gobernante.

 

Hasta hace apenas unas horas, una buena parte de la dirigencia política oscilaba, cuando trataba de mirar el horizonte, entre las especulaciones sobre sus chances electorales en 2021 y el temor creciente a un nuevo "que se vayan todos".

 

Alberto Fernández lo expresó con claridad ayer: de la pandemia del Covid-19 nadie va a salir solo. Coincidió con lo que dicen otros líderes políticos en todo el mundo.

 

Desde hace 100 días, una imagen se repite con pocas variaciones. Desata reacciones contradictorias, alienta expectativas y retroalimenta demandas postergadas. Tres mandatarios -dos del partido gobernante y un opositor- comunican y actúan sus acuerdos. Alberto Fernández, Horacio Rodríguez Larreta y Axel Kicillof también disimulan diferencias. Hasta donde pueden o les conviene.

 

La derrota política más dolorosa sufrida alguna vez por Cristina Kirchner no se la propinaron las urnas. La recibió hace 12 años desde el mismo lugar que hoy ella ocupa y desde el que se muestra dispuesta a desquitarse.

 

Los conflictos se ahondan. Lo incierto se convierte en desconcierto

 

La escena pasó inadvertida para la mayoría de los argentinos el jueves pasado, a pesar de su relevancia. La atención sobre los asuntos públicos estaba oligopolizada por el coronavirus y la intervención/expropiación de Vicentin. Pero en el Senado, territorio donde ejerce su poder formal Cristina Kirchner, hubo una muestra gratis de la concepción del poder que tiene el kirchnerismo y su plena vigencia.

 

Con su anuncio de intervención y expropiación de la empresa Vicentin, Alberto Fernández no solo sorprendió a casi todo el país, incluida la mayoría de la dirigencia oficialista. También alteró los equilibrios políticos y económicos: dejó descolocados a socios, aliados y opositores, tanto como a empresarios con los que venía dialogando en otra dirección.

 

La secuencia lo explica todo. El Gobierno entrevió el acceso a un camino allanado y decidió acelerar a fondo. El avance sobre la oposición es ya un dato de la realidad que revela una estrategia multipropósito.

 

Alberto Fernández debió hacer anoche un esfuerzo dialéctico para anunciar la nueva prórroga de la cuarentena, que ratifica la excepcionalidad argentina.

 

El miedo no solo es un disciplinador de masas. También de dirigentes. La llegada del coronavirus a los barrios más vulnerables del conurbano bonaerense se ha convertido en el mejor laboratorio para constatarlo.

 

Atrapada en el laberinto del discurso único dominante, la oposición no encuentra su lugar. La exitosa consigna antinómica "cuarentena o muerte", que consiguió instalar el Gobierno, atraviesa y tensiona a Juntos por el Cambio (JxC).

 

La caída del Muro de Berlín y el derrumbe de la URSS parieron un nuevo orden mundial, que consagró la hegemonía de la democracia liberal y del neoliberalismo económico. Casi 30 años después, el Covid-19 parece destinado a enterrar los despojos de aquel universo y a prefigurar un nuevo orden.

 

En medio de la pandemia del coronavirus, se agravó la tensión entre el oficialismo y el sector privado

 

Casi al mismo tiempo en que en el Gobierno empezaban a ilusionarse con la división de la oposición, desde las propias filas oficialistas lograron el efecto contrario.

 

Alberto Fernández se preocupó por mostrar en los últimos días que para lograr sus objetivos no está en su naturaleza chocar paredes sin saber si las puede atravesar. En materia sanitaria, en el terreno económico-financiero y en el campo político. Testea y busca quebrar algunos límites, pero no saca el pie del freno. Por lo menos, hasta ahora.

 

Siete frentes, abiertos en simultáneo, desafían a Alberto Fernández y su popularidad astronómica.

 

La era del deshielo ya llegó y las tensiones empiezan a aflorar. El mundo congelado del que hablaba hasta hace poco Alberto Fernández comenzó a salir de ese freezer imaginado.

 

Era el joven maravilla y hoy es un dolor de cabeza. En seis meses ese fue el camino que recorrió Axel Kicillof en la consideración de Alberto Fernández.

 

Una imagen vale más que mil palabras. Esa pareció ser la premisa elegida por el Gobierno para el anuncio de reestructuración de la deuda bajo legislación extranjera. El afiche de la película importó más que el desarrollo y el guion. El tráiler no reveló el argumento. Apenas lo sugirió.

 

Aunque sí con policías. Pero si el miedo disciplina, el terror espanta. Es a lo que le temen los políticos oficialistas. Por eso, ganar tiempo sigue siendo la gran política vigente. Y excluyente.

 

"Estamos librando dos guerras al mismo tiempo: la sanitaria y la económica". La sobreutilización de las metáforas bélicas en el Gobierno no es solo un lugar común de tiempos de incertidumbre. Refleja, además, la visión y el impacto en el ánimo de los principales funcionarios frente a la situación desatada por el Covid-19. También explica reacciones y prenuncia políticas en curso

 

“Vengo a cerrar la grieta y a unir a los argentinos”. Fue la promesa de campaña y el compromiso expresado una decena de veces por Alberto Fernández en su discurso de asunción como Presidente. Un principio que en las últimas 48 horas pareció quedar relativizado.

 

Nadie sabe aún si la cuarentena masiva será tan exitosa como se desea para aplanar la curva de contagios del nuevo coronavirus, pero sí hay consenso en que era el camino más aconsejable para tratar de evitar una escalada incontrolable.

 

El GPS del Gobierno entró en la fase de recalcular. No era mucho lo que había avanzado, es cierto, pero el coronavirus alteró las pocas previsiones que se tenían en materia económica. Aunque, en lo inmediato, la expectativa está puesta en la eficacia que tenga la gestión de Alberto Fernández para frenar la expansión de la pandemia. Es un desafío y una oportunidad.

 

La tradición se mantiene. La crisis es el estado natural de los argentinos y los reflejos están intactos. La planificación y la previsión nunca son el fuerte.

 

"Cuando las cosas van bien, los peronistas nos mantenemos unidos. Cuando empiezan a ir mal, buscamos enemigos. Primero, los de afuera. Y si se siguen complicando, aparecen los de adentro".

 

Equilibrio es la palabra de la hora. Alberto Fernández la explicitó en su primer discurso de apertura de sesiones ordinarias, pero también atravesó tácitamente todo el abundante contenido desarrollado a lo largo de los 80 minutos. Un propósito, sin dudas, ambicioso.

 

"Un reparador". Esa es la definición que más le gusta de sí mismo a Alberto Fernández. "Es que yo no vengo a refundar nada, sino a reparar lo que está dañado y cerrar grietas", suele explicar el Presidente.

 

Igual que en los contratos, siempre hay que mirar en los comunicados oficiales la letra chica y los párrafos opacados por los títulos y las primeras líneas. El pronunciamiento del FMI sobre la situación de la deuda argentina son dos cucharadas de miel y una de limón (concentrado) para el Gobierno.

 

La política argentina ofrece una composición sin precedente, que expone a diario su indisimulable fragilidad. El bicoalicionismo en el que ha quedado conformado el mapa transita sin demasiadas certezas y con muchos sobresaltos, en medio de las enormes dificultades económico-financieras y de la ausencia, aún, de progresos en cuestiones sustantivas.

 

El Gobierno se parece a un hospital de campaña en el que cualquier síntoma de mejoría en los casos más graves entusiasma como si pudiera desatarse un efecto contagio en sentido virtuoso.

 

El período de gracia no es eterno. Al Gobierno le está llegando la hora de empezar a mostrar resultados económicos de su gestión. El objetivo es regido por los principios de la navegación a vela: lograr la mayor sustentación con la menor resistencia. No es sencillo.

 

Antes de cumplir un mes como gobernador Axel Kicillof comprobó los duros límites de la intransigencia. O del sectarismo.

 

"Fue increíblemente perfecto". Con esa frase Mauricio Macri resumió lo que para él y su gobierno fue la Cumbre del G-20, que había presidido hasta hacía solo un par de horas. La respuesta dada a este cronista opacó el "no podría haber salido mejor", que repetían sus funcionarios: aunque esas manifestaciones verbales no alcanzaban a expresar suficientemente el entusiasmo que sí manifestaba su lenguaje gestual.

Fundado el 4 de agosto de 2003

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