Sergio Suppo

Sergio Suppo

El kirchnerismo siempre usó el pasado en su favor, lo reconstruyó a su medida, dibujó lo que no ocurrió y remarcó con los tonos más convenientes los retazos de la historia que le sirvieron para acrecentar su poder.

 

De las promesas de cerrar la grieta y llenar la heladera, a la domesticación de la Justicia y la expropiación de Vicentin

 

El campo encontró los datos que buscaba para confirmar que Cristina Kirchner volvió para ajustar cuentas. El anuncio de la expropiación del grupo Vicentin no fue el primero, sino el segundo aviso que recibió de ese propósito.

 

El país que aparecerá después de la eterna cuarentena tiende a construirse según los sueños incumplidos de Cristina eterna. Es la Argentina que se enamora de soluciones transitorias y las convierte en dogmas sagrados. "Cuarentena o muerte" es la nueva consigna del viejo relato, mientras celebra con alegría la supresión de libertades y se extiende la paralización hasta el borde de la desaparición de las actividades productivas.

 

Millones de argentinos que aceptaron, disciplinados, el aislamiento obligatorio por la pandemia, pasaron de la sospecha a la certeza de que el kirchnerismo también quiere encerrar y poner bajo el rigor de su tratamiento las dos grandes pesadillas de Cristina: el Poder Judicial y el sector agropecuario.

 

El peronismo kirchnerista se asoma al espejo de la pobreza urbana impactada por una pandemia. No tiene, como en el pasado, muchas posibilidades de descargar responsabilidades. Tampoco puede predecir la dimensión del cataclismo que sus dirigentes anticipan con premeditado dramatismo.

 

En el corazón de Villa Azul, entre Quilmes y Avellaneda, hay una cancha de fútbol con césped sintético. En ese rectángulo aseguran que se produjo la propagación del coronavirus, partido tras partido. El asentamiento es casi un apéndice de Villa Itatí, seis o siete veces más grande y poblada.

 

Un año después de la bendición política más significativa desde que en 1972 Juan Perón ungiera a Héctor Cámpora, Alberto Fernández todavía despierta las expectativas contrapuestas de los enigmas irresueltos.

 

Axel Kicillof tiene dos problemas para enfrentar la realidad, que mezcla la vieja crisis con el latigazo de la pandemia: no tiene qué repartir y no puede irse muy lejos ni demasiado profundo en la distribución de las culpas.

 

Hablan de ellos y nosotros, y un aire de ajenidad habita esos gestos y palabras. Cuentan como triunfos las nuevas posiciones de poder obtenidas y celebran sin mucho disimulo los fracasos de los funcionarios de Alberto Fernández.

Como en otros tiempos, la capilla del penal de Villa Devoto volvió a ser el sitio elegido para negociar cómo algunos presos saldrán de la cárcel. El coronavirus y sus consecuencias están escribiendo otro capítulo de la historia, que parece repetirse.

 

¿Qué hice yo durante la pandemia? La huella del coronavirus perdurará en infinitas respuestas a lo largo del mundo, de las generaciones y del tiempo.

 

¿Alberto Fernández será el presidente de los consensos? ¿La apuesta a distanciarse de Cristina Kirchner se licuará a medida que se consolide su presidencia?

 

Es una vieja ley. Las crisis y el tiempo acentúan los rasgos esenciales de las personas y de los países. Lo bueno y lo malo, la indiferencia y el arrojo, la generosidad y lo miserable se hacen visibles y tangibles, sin la grisácea pátina de la normalidad y la inercia.

 

La tormenta no llegó, pero las medidas para prevenirnos ya nos golpean con una fuerza destructiva y avasallante. El freno y el aislamiento social recetados en la Argentina bajo un cierto consenso global generan sus efectos contraindicados antes de que pueda comprobarse su efectividad para detener al coronavirus.

 

La incertidumbre que enciende la pandemia impide separar los hechos de las creencias, las certezas de las suposiciones. Cada país sabe en qué momento chocó contra el coronavirus, pero ninguno sabe cómo quedará después de la mayor crisis epidemiológica de la humanidad.

 

Del desinterés a la obsesión, la Argentina y el presidente Alberto Fernández recorren el mismo camino que el resto del mundo frente a la pandemia que paraliza a la humanidad. Los registros recientes acumulan, aquí y allá, frases que se burlan, soslayan o menosprecian las consecuencias del coronavirus.

 

La oposición enfrenta dos dilemas inmediatos: el desconcierto que le provocó abandonar el poder y el desafío de relacionarse con el nuevo oficialismo. Ambos retos están superpuestos; conviven con la crisis económica, el cisne negro del coronavirus y los rebrotes de fanatismo kirchnerista.

 

Alberto Fernández edifica su lugar en la historia sin los planos del futuro. Nunca los exhibió, pero no hay presidente argentino que no quiera inaugurar una nueva etapa, su propio tiempo.

 

Alberto Fernández se parece más de lo que desearía a Mauricio Macri, pero a la vez padece un agravante incómodo.

 

Durante 79 días, en la primavera boreal de 1947, Eva Perón recorrió Europa en un viaje que la propaganda oficialista de la época bautizó " la gira del arco iris". Durante una semana, en el invierno boreal de 2020, Alberto Fernández viajó por Europa en la que podría llamarse " la gira de la deuda".

 

El relato kirchnerista inauguró una nueva etapa, dramática y audaz como las anteriores, siempre autorreferencial, con Cristina como protagonista.

 

Apunto de rendir el primer examen, la renegociación del endeudamiento, Alberto Fernández busca encontrar en esos resultados decisivos los cimientos de su propia construcción de poder. El Presidente necesita llevar desde afuera hacia adentro del Estado el ejercicio del mando. Tiene el cargo, pero carece todavía del liderazgo.

 

Alberto Fernández quiere ser como el primer Néstor Kirchner, pero su presidencia es hija de la última Cristina Kirchner. No es la única idealización cruzada por diferencias insalvables. Los contextos interno y externo del mandato de Fernández son bien distintos a los de aquellos años idealizados por su relato. Pero Alberto se aferra a la nostalgia más confortable: la versión buena de Néstor, y soslaya la cara que proyectó su sombra sobre su viuda.

 

La impunidad parece una marca de origen. Cinco años después de la muerte de Alberto Nisman esa huella es imborrable. El documental Nisman: el fiscal, la presidenta y el espía anticipó por unas semanas el recuerdo de aquel 18 de enero y, una vez más, la enunciación de preguntas en busca de respuestas imposibles.

Una añeja pasión por los eufemismos es mantenida por el nuevo gobierno. Alberto Fernández tampoco escapa a la costumbre de nombrar las decisiones y los hechos de su administración con palabras que tratan de cambiarles su sentido y su significado.

Fundado el 4 de agosto de 2003

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