Sergio Suppo

Sergio Suppo

La tormenta no llegó, pero las medidas para prevenirnos ya nos golpean con una fuerza destructiva y avasallante. El freno y el aislamiento social recetados en la Argentina bajo un cierto consenso global generan sus efectos contraindicados antes de que pueda comprobarse su efectividad para detener al coronavirus.

 

La incertidumbre que enciende la pandemia impide separar los hechos de las creencias, las certezas de las suposiciones. Cada país sabe en qué momento chocó contra el coronavirus, pero ninguno sabe cómo quedará después de la mayor crisis epidemiológica de la humanidad.

 

Del desinterés a la obsesión, la Argentina y el presidente Alberto Fernández recorren el mismo camino que el resto del mundo frente a la pandemia que paraliza a la humanidad. Los registros recientes acumulan, aquí y allá, frases que se burlan, soslayan o menosprecian las consecuencias del coronavirus.

 

La oposición enfrenta dos dilemas inmediatos: el desconcierto que le provocó abandonar el poder y el desafío de relacionarse con el nuevo oficialismo. Ambos retos están superpuestos; conviven con la crisis económica, el cisne negro del coronavirus y los rebrotes de fanatismo kirchnerista.

 

Alberto Fernández edifica su lugar en la historia sin los planos del futuro. Nunca los exhibió, pero no hay presidente argentino que no quiera inaugurar una nueva etapa, su propio tiempo.

 

Alberto Fernández se parece más de lo que desearía a Mauricio Macri, pero a la vez padece un agravante incómodo.

 

Durante 79 días, en la primavera boreal de 1947, Eva Perón recorrió Europa en un viaje que la propaganda oficialista de la época bautizó " la gira del arco iris". Durante una semana, en el invierno boreal de 2020, Alberto Fernández viajó por Europa en la que podría llamarse " la gira de la deuda".

 

El relato kirchnerista inauguró una nueva etapa, dramática y audaz como las anteriores, siempre autorreferencial, con Cristina como protagonista.

 

Apunto de rendir el primer examen, la renegociación del endeudamiento, Alberto Fernández busca encontrar en esos resultados decisivos los cimientos de su propia construcción de poder. El Presidente necesita llevar desde afuera hacia adentro del Estado el ejercicio del mando. Tiene el cargo, pero carece todavía del liderazgo.

 

Alberto Fernández quiere ser como el primer Néstor Kirchner, pero su presidencia es hija de la última Cristina Kirchner. No es la única idealización cruzada por diferencias insalvables. Los contextos interno y externo del mandato de Fernández son bien distintos a los de aquellos años idealizados por su relato. Pero Alberto se aferra a la nostalgia más confortable: la versión buena de Néstor, y soslaya la cara que proyectó su sombra sobre su viuda.

 

La impunidad parece una marca de origen. Cinco años después de la muerte de Alberto Nisman esa huella es imborrable. El documental Nisman: el fiscal, la presidenta y el espía anticipó por unas semanas el recuerdo de aquel 18 de enero y, una vez más, la enunciación de preguntas en busca de respuestas imposibles.

Una añeja pasión por los eufemismos es mantenida por el nuevo gobierno. Alberto Fernández tampoco escapa a la costumbre de nombrar las decisiones y los hechos de su administración con palabras que tratan de cambiarles su sentido y su significado.

Fundado el 4 de agosto de 2003

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