Rogelio Alaniz

Rogelio Alaniz

 

Se dice que en Bolivia los militares derrocaron a Evo Morales, una verdad muy a medias porque si bien los generales sugirieron su renuncia -después que lo hiciera la COB- queda en claro que lo que hirió de muerte al líder cocalero (alguna vez habrá que explicar más la naturaleza económica de ese liderazgo cocalero y sus relaciones con la cocaína) fueron las amplias movilizaciones de masas en las principales ciudades de Bolivia, una movilización que produjo el colapso del régimen dominante y abrió puertas a las más diversas estrategias.

 

 

Políticos, sindicalistas e intelectuales populistas amenazan a periodistas (No me gusta). Desde las mismas usinas y desde sitios más elevados del flamante poder, amenazan la independencia del Poder Judicial (No me gusta). Amenazan con leyes de emergencia y poderes extraordinarios para anular el Congreso (No me gusta). Dirigentes sindicales reclaman emitir para “ponerle plata en el bolsillo a la gente” (No me gusta).

 

 

No deja de ser una paradoja que un político como Alberto Fernández, que se esfuerza por presentarse como el paradigma del realismo, sea al mismo tiempo el presidente que despierte más dudas acerca de su relación con el poder y de las orientaciones prácticas de su gobierno.

 

 

Tal vez la expresión más sincera o la manifestación más espontánea del peronismo a la hora de evaluar las recientes elecciones la expresaron Pablo Echarri y Dady Brieva, demostrando una vez más que los actores cuyo oficio es la ficción suelen ser los que expresan con más nitidez aquello que se llama “las verdades del corazón”.

 

 

“Seamos serios”, es un giro verbal que Alberto Fernández suele usar con frecuencia y estimo que por esta vez este llamado nos debe incluir a todos porque en el juego democrático las reglas de juego se respetan y, por lo tanto, más allá de disidencias, prejuicios y temores hay que reconocer, en primer lugar, la legitimidad del proceso electoral y la legitimidad institucional del nuevo presidente de los argentinos.

 

 

Siempre sospeché que las efusivas ponderaciones de economistas y políticos acerca del milagro económico chileno eran algo exageradas y, en más de un caso, más motivadas por simpatías ideológicas que por una mirada preocupada por entender las posibilidades, límites y alcances de un modelo de crecimiento que, como todo modelo capitalista, nunca es perfecto y jamás está liberado de impugnaciones sociales.

 

 

La ausencia de Cristina de Kirchner es tal vez el dato más significativo de este proceso electoral, una ausencia que adquiere el relieve de una presencia o, para no ser tan terminante, de una incógnita.

 

 

Con todas las precauciones históricas del caso, se podría postular que en los comicios se elige, entre otras posibilidades, la calidad del liderazgo que desean los votantes, una decisión que conjuga consideraciones emocionales y racionales, pero que desde el punto de vista de un realismo descarnado coloca en un nivel importante las virtudes exclusivas del candidato.

 

 

Es probable que Victoria Donda se inspire en la campaña electoral que en su momento alentara Macedonio Fernández. Según recuerda Borges, Macedonio consideraba que lo importante era llamar la atención a través de mensajes en las mesas de los bares, en algún libro, en alguna pared, todas iniciativas orientadas a ir acostumbrando a los desprevenidos ciudadanos con su nombre.

 

 

La incertidumbre, no sobre el futuro en general sino sobre el futuro inmediato, parece ser la constante de esta coyuntura política, con un candidato con muchas posibilidades de ser presidente impuesto por una vicepresidente que no sabemos qué rol va a desempeñar, y un presidente en el ejercicio del poder que insiste en su reelección.

 

 

No todos los que van a votar por Alberto Fernández piensan lo mismo, y algo parecido podría decirse de los que votarán a Mauricio Macri, porque me gustaría pensar que ambos candidatos convocan a multitudes y las multitudes, a diferencia de la “masa”, se resisten a practicar el peligroso ejercicio de la unanimidad.

 

 

La tensión entre Alberto y Cristina expresa una incongruencia del movimiento que quiere presentarse como garante del orden a la vez que es promotor del caos

 

 

Una de las ocupaciones prácticas de Alberto Fernández es relativizar la responsabilidad de algunos de los kirchneristas imputados por corrupción.

 

 

Me sorprenden, y de alguna manera me confunden, algunas circunstancias de los procesos electorales, ciertos comportamientos de las denominadas clases populares y los vínculos de lealtad que estas clases sostienen con sus jefes o con sus propios prejuicios.

 

 

Un esquema sencillo nos diría que toda realidad política se constituye con sus apariencias y sus profundidades. A veces coinciden, a veces no.

 

 

En un país normal no debería haber PASO, en un país normal la victoria de la oposición no debería provocar estampidas económicas y financieras. La economía argentina estaba atada con alambre. Lentamente se venía recuperando, pero el paciente estaba muy lejos de haber sido dado de alta.

 

 

Los resultados electorales del 11 de agosto son elocuentes: hay ganadores y hay perdedores. Con los números se pueden hacer todas las especulaciones del caso y adelantar todos los pronósticos que nos gusten o nos disgusten.

 

 

El viernes pasado, y con motivo de las PASO, escribí en La Nación: "Si uno de los candidatos obtiene una diferencia de más de diez puntos, la primera vuelta prevista para octubre corre el riesgo de transformarse apenas en un trámite". Para bien o para mal, es lo que ocurrió. O lo que está a punto de ocurrir.

 

 

Hemos "inventado" un sistema electoral que puede llegar a hacer posible que en las elecciones PASO convocadas para este domingo se elija el presidente que nos habrá de gobernar hasta 2023. No deja de ser una ironía de nuestra política criolla que lo que debería ser un proceso de selección interna de candidatos partidarios se haya transformado en algo así como una primera vuelta de un singularísimo ballottage de dos o tres tiempos.

 

 

A diez días de las elecciones PASO, crece la obvia certeza de que el resultado de las elecciones se conocerá el domingo 11 de agosto sobre el filo de la medianoche, porque en el único punto en el que parecen coincidir la mayoría de las encuestas es que la elección será reñida en el marco de una creciente polarización entre la fórmula kirchnerista y la de Cambiemos.

 

 

No me preocupa tanto que Alberto Fernández haya empujado a un borracho que lo insultaba. Me preocupan otras cosas del candidato kirchnerista, me preocupan, por ejemplo, sus relaciones con el periodismo o, para ser más preciso, su fobia indisimulable a los periodistas, y muy en particular, a los periodistas que le hacen preguntas que no le gustan.

 

 

Durante 8 años Dick Cheney transformó a la vicepresidencia de los EE.UU. en un eficaz espacio de poder. El caso de Alberto Fernández y Cristina Kirchner.

 

 

Supongo que después de veinticinco años de perpetrado el atentado terrorista contra la AMIA, más que recordar una fecha, un aniversario, lo que se impone es protestar, poner el grito en el cielo, porque no otra actitud corresponde después de un cuarto de siglo de impunidad con el crimen más alevoso de nuestra historia y uno de los operativos terroristas más sanguinarios del mundo.

 

 

Resulta "fácil" criticar a Fernando de la Rúa porque efectivamente esa Alianza que él presidió fracasó, aunque la letra última aún no se ha escrito y muy en particular aquellas circunstancias visibles e invisibles que estuvieron presentes a la hora de la crisis que culminó con su renuncia.

 

 

Todo parece indicar que las próximas elecciones se polarizarán entre la candidatura de Macri y la de Cristina. Esta contradicción a muchos políticos y analistas no les gusta o consideran que es el producto de una manipulación.

 

 

Murió Isabel Sarli, la Coca Sarli. La entrevisté en 1988 en el bar de San Jerónimo y bulevar. Había llegado a Santa Fe para participar en un festival de cine y esa tardecita estaba tomando un café con una amiga. Le propuse la entrevista, aceptó, pero puso como condición que no le sacaran fotos porque no estaba “producida”

 

 

 

Omar Perotti será el nuevo gobernador de la provincia. Se trata de un político moderado, con experiencia de gestión, conoce cómo funciona un Estado y sobre todo conoce cómo funciona el sistema político de la provincia.

 

 

Los argentinos tenemos muchas razones para quejarnos, pero admitamos, como compensación, que no nos aburrimos nunca, aunque más de uno de nosotros desearía una vida pública un tanto más apacible porque la fórmula perfecta del bienestar político es precisamente una vida institucional “aburrida” como garantía de una vida privada más agradable.

 

 

En un panorama electoral aún incierto, el kirchnerismo apunta al votante de centro y a terminar con las investigaciones sobre sus gestiones anteriores

 

 

Tres o cuatro motivos explican las razones y sinrazones del paro general lanzado por la CGT este miércoles: la inflación, las obras sociales, el hambre y el cierre de listas del peronismo en provincia de Buenos Aires. La Biblia y el calefón, diría Discépolo.

 

 

Tal vez el hecho más llamativo de la convención celebrada por la UCR en Parque Norte lo haya expresado la abrumadora mayoría de convencionales a favor de la presencia del partido en la coalición Cambiemos.

 

 

La Señora finalmente se sentó en el banquillo de los acusados. Desde los tiempos de las juntas militares los argentinos no presenciamos esta escena en la que el poder rinde cuentas.

 

 

Hasta el miércoles al mediodía -con la velocidad de los acontecimientos hay que consignar la hora en que se escribe-, parecía quedar claro que Alternativa Federal marcharía a unas PASO pero sin Roberto Lavagna. Pequeña novedad. Sumemos a las novedades la convocatoria a Marcelo Tinelli, los socialistas, Margarita Stolbizer y, cuando no, a Daniel Scioli.

 

 

Importa entender que juzgar a los corruptos y al régimen cleptocrático es una de las tareas centrales de la política nacional. Tan importante como sostener políticas sociales justas, crecer económicamente y educar al soberano. No hay desarrollo con cleptocracia impune.

 

 

La exmandataria más procesada y con más pedidos de prisión en la historia argentina decidió decir lo que piensa y trazar las líneas del posible futuro de la nación

 

 

El gobierno nacional le gana la batalla cultural al kirchnerismo, define con más precisión a mediano y largo plazo el futuro de la Nación, pero el tiempo presente lo desborda. Dicho de manera gráfica: el gobierno está perdiendo la batalla en las góndolas de los supermercados. Gana en el largo plazo, pero la política se juega en el corto plazo. El gobierno nacional dispone de seis meses para resolver esa diferencia.

 

 

Especulaciones al margen, el electorado tendrá la última palabra dentro de un mes y medio, cuando se cuenten los votos el domingo por la noche.

 

“Sinceramente” no alude al bolero de Chucho Martínez o a la versión de Pedro Vargas con su toque tropical y fondo de mariachis, sino que es el título en versión cuadernos Rivadavia del libro firmado por Cristina Kirchner, un libro que al momento de escribir esta nota no he leído, aunque he tomado conocimiento de algunos anticipos que tal vez sean los más destacados de un texto que, conociendo el paño, no creo que exija demasiada concentración para leerlo.

 

 

La polarización es algo más profundo que el resultado de una maniobra electoralista; el reto de una tercera fuerza radica en construir un liderazgo consistente

 

 

En ningún país del mundo es concebible que una persona con once procesos y seis pedidos de prisión preventiva siga en libertad y atrincherada en los fueros como si viviera en el mejor de los mundos.

 

 

Los índices de la pobreza que padecemos los argentinos se pueden explicar desde la economía, desde la estadística, desde la técnica, pero ninguno de esos argumentos consuela a una sociedad.

 

 

Desde hace mucho tiempo Margarita Barrientos apoya a Mauricio Macri. Habla más desde el oficialismo que desde la oposición.

 

 

Los índices económicos son decididamente malos. Negarlo sería tonto o necio.

 

 

De los Báez a los Kirchner, procesamientos y detenciones invitan a reflexionar sobre el papel de los padres, la libertad de decisión de sus herederos y la cultura de la impunidad

 

 

El futuro dirá si llegó la hora de la despedida o si ese aprendizaje la permitirá más solvencia en un segundo período.

 

 

El paro docente no se decidió la semana pasada, se decidió en diciembre del año pasado y, desde una mirada histórica un poquito más amplia, muy bien se podría postular que en realidad estos paros se programaron no en diciembre del año pasado sino en diciembre de 2015, cuando el gremialismo kirchnerista a través de su jefa le declaró la “guerra” al gobierno electo.

 

 

Mauricio Macri transita por un desfiladero estrecho, acosado por el vértigo de la inflación, por la desolación de la pobreza y por las promesas que no pudo cumplir, entre otras cosas porque nadie las hubiera podido cumplir.

 

 

Los principios generales, en política, no suelen ser los mejores consejeros.

 

 

Pablo Escobar fue lo que fue, pero tuvo el tino, la discreción, la responsabilidad de no involucrar a sus hijos en las atrocidades que cometió. Esa prudencia filial estuvo ausente en Lázaro Báez, en Cristina, en Néstor y en la pandilla kirchnerista en general. El legado que los Kirchner y sus compinches dejan a sus hijos es inmundo, como inmundo es el destino que les aguarda.

 

 

La historia no está obligada a ser lógica o justa. Y mucho menos en estas republiquetas bananeras. El chavismo ingresó a la política a través de una asonada militar y es probable que caiga a través de otra asonada militar promovida por los mismos que benefició con las rentas petroleras y la cocaína. El único oficio que esta recua de capangas es capaz de ejercer con eficacia es el de la traición.

 

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Fundado el 4 de agosto de 2003

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