Carlos Mira

Carlos Mira

 

En las pocas horas que han transcurrido desde la última columna hasta ahora han ocurrido tantas cosas que uno no sabe bien por dónde empezar la de hoy.

 

 

Como era de esperarse cuando un problema realmente serio afecta al país, Cristina Fernández se borró.

 

 

Parece mentira que hasta las calamidades nos hagan dar cuenta del tipo de mentalidad en la que hemos caído.

 

 

La vice ministra de educación Adriana Puiggrós calificó las pruebas de evaluación educativa de la OCDE (PISA) y las de la Unesco como “instrumentos de control”.

 

 

El discurso del presidente para inaugurar las sesiones ordinarias del Congreso dejó mucho que desear. A los efectos de resolver los urgentes problemas que tiene la Argentina fue directamente una pieza nula, sin ningún peso.

 

Si bien ahora se desdijo, Nora Cortiñas, la integrante de Madres de Plaza de Mayo, atacó fuertemente al presidente porque éste había sugerido “dar vuelta la página” en materia del relacionamiento de la sociedad con las fuerzas armadas en un acto en donde Fernández despedía a un contingente de militares que se integraban a las fuerzas de paz en Chipre. Cortiñas dijo que Fernández era un “negacionista”.

 

 

El presidente del BCRA, Miguel Pesce, acaba de hacer unas declaraciones muy irresponsables en el sentido de que “es posible” que la Argentina vaya al default.

 

 

El kirchnerismo es una máquina de generar sorpresas que no dejan de asombrar. En alguna medida resulta bueno para confirmar que uno no ha perdido, justamente, la capacidad de asombro.

 

Como si la gravedad de la presentación del ministro Guzmán ayer en el Congreso no hubiera sido suficiente, el presidente ahondó hoy más aun esa percepción cuando avaló la postura rupturista de Cristina Fernández en el tema de la deuda, al mostrarse, él también, partidario de una quita.

Se trata de la toma de un camino peligrosísimo para la Argentina porque dirige al país de modo directo a una profundización del aislamiento en el que ya vive. También sirve para terminar de confirmar tácitamente que quien gobierna el país es el kirchnerismo y que toda fantasía sobre la posibilidad de un Fernández moderado que rescate las ventajas de la inserción mundial es justamente eso: una fantasía.

Kirchner había lanzado el primer exabrupto en Cuba y en referencia directa a la deuda con el FMI, demostrando una vez más, al mismo tiempo, su malicia y su ignorancia. El capital de la deuda con el Fondo no es susceptible de quita porque los intereses son irrisorios y porque eso significaría la declaración de guerra del país a toda la comunidad financiera. Una especie de Malvinas del dinero.

Pero lo más grave de todo es la verificación –ostensible a esta altura- de lo pifiada que tiene la mirada el gobierno sobre el problema central de la Argentina.

El presidente se ha echado él mismo unas enormes esposas a sus muñecas cuando dijo que nada es resolvible ni encarable hasta que no se solucione el problema de la deuda: ni el plan económico, ni la estrategia de crecimiento, ni ninguna decisión es pasible de ser tomada hasta que la deuda no esté resuelta.

A su vez los acreedores dicen “entréguenme un programa y entonces podremos discutir el tema de la deuda”. El gobierno, como se ve, se ubicó solo en un callejón sin salida.

Por lo demás, efectivamente, el problema de deuda sería completamente secundario si los argentinos y el mundo vieran que el gobierno tiene un plan para crecer, desarrollar las potencialidades del país y multiplicar por docenas el nivel productivo actual.

Como muchas veces un ejemplo vale más que mil explicaciones, vaya una imagen como metáfora.

Supongamos una persona individual completamente endeudada que ante la visita de su acreedor le dice: “Mirá, vos tenes que dejar que yo durante tres años no te pague… En ese tiempo yo te prometo que me recupero y con lo producido por la recuperación, te pago”.

El tema es que cuando el acreedor visita al deudor lo encuentra completamente encadenado a una cama, todo trabado, con apenas capacidad para mover las manos y un poco la cabeza. El tipo, como es lógico, piensa: “Esta bien, yo le doy tres años de gracia a este pobre Cristo, pero… ¿cómo va a hacer para producir más y pagarme si está completamente maniatado...? Apenas puede moverse…Si yo lo viera apto, suelto, liberado, capaz de laburar, de generar, yo lo banco, pero así, la verdad, que prefiero hacerle juicio…”

Esto es lo que ocurre con el país. ¿El problema es la deuda? ¡No! ¡El problema son las cadenas que nos tienen completamente asfixiados y no nos dejan trabajar ni producir! Si la Argentina se liberara de las cadenas que la mantienen presa a una imaginaria cama de hospital, el país comenzaría a producir a una tasa de tal magnitud que el problema de la deuda pasaría a ser proporcionalmente mínimo. Y, ahora, en la coyuntura, el conjunto de acreedores que viera a un gobierno decidido a ir con unas enormes pinzas a cortar todas las ataduras que nos mantiene tiesos, se mostrarían dispuestos a ayudar en la enorme tarea de la recuperación.

Es lo que ocurrió en Australia a mediados de los ’80. Hasta allí el Producto Interno Bruto del país no llegaba a los 200 mil millones de dólares. Hoy 35 años después, gracias a un programa que la liberó de las cadenas del socialismo, el PIB es casi 8 veces esa cifra: 1500 miles de millones (es decir billones) de dólares.

Imaginen la Argentina con un PIB que fuera 8 veces el tamaño del actual: la deuda tendría el tamaño de un maní y todo el mundo querría venir a invertir y a generar negocios y trabajo en el país.

Pero para hacer esto todos los privilegios del sector público, del funcionariado y de los que viven del Estado deberían cesar, incluidos los de la señora Fernández, los del presidente, los de los sindicatos y los de toda la casta medieval que gobierna la Nación y las provincias.

Son muchos los callos que hay que pisar. Muchos los intereses con los que habría que terminarse, mucho statu quo el que habría que mover. Fue el karma de Cambiemos, que, finalmente y por lo bajo (pese a que su eslogan era “sí, se puede»), terminó confesando “no se puede”.

Ahora bien, que todo eso no se quiera hacer porque implicaría renunciar a todos los privilegios de los que ellos gozan, es una cosa. Pero decir que no se puede hacer nada por el problema de la deuda y que hasta que la deuda no se resuelva no se puede mover ninguna ficha, es la excusa perfecta para que los trabajadores privados sigamos bancando a más de medio país parásito.

Mientras la juvenilia socialista sigue jugando a la revolución de pacotilla con indirectas de cuarta y sarcasmos dignos de una mejor prosa. Los únicos privilegiados de ese juego serán ellos, como la casta de los Maduro, de los Castro, de los Ortega o antes de los Lenin o Kruschev. Pero el pueblo y el país seguirán mordiendo el polvo.

Carlos Mira  

 

Las señales del gobierno parcelado que debe soportar la Argentina siguen multiplicándose y profundizándose.

 

Uno de los pilares que sostienen los grupos de tareas del kirchnerismo para dominar a la sociedad está vinculado con hacer desvanecer el sentido de la autoridad, de la fuerza de la ley y de la acción de las instituciones vinculadas a la seguridad.

 

Es la sonrisa la medida de su maldad. Es esa réplica de Cruela Devil la que nos entrega la magnitud de la venganza que barrunta.

 

La Argentina tiene el problema más serio del mundo. Ningún país podría encontrarse en su camino con una dificultad mayor. Las demás naciones pueden tener inconvenientes de distinta índole, pero ninguna de ellas padece el nivel dilema que tienen los argentinos: el país se angustia por lo que prefiere.

Una de mis fuentes de información me asegura que detrás de la decisión de no pagar el bono de la provincia de Buenos Aires que vence el 26 de enero (o por lo menos de amagar con ello) está la mano maestra de Cristina Fernández que habría utilizado a su agente encubierto, el virrey de la provincia, Axel Kicillof, para consumar el empiojamiento de la renegociación global de la deuda del gobierno federal.

 

 

El gobierno y el ministro de economía siguen ensimismados con que el principal problema del país es la deuda. Lo volvió a probar hoy Guzmán con su aparición ante los medios.

 

Por llevar el nombre de “emergencia económica” la gente cree que lo que llegó al Congreso es un proyecto para enfrentar urgencias de ese tipo. Error.

 

 

“No entregue los atributos del mando porque lo consideraba un acto de rendición”. Esa frase que Cristina Fernández escribió en su libro “Sinceramente” y que, según ella, explica su conducta del 10 de diciembre de 2015 cuando efectivamente se negó a concurrir a la asunción de Mauricio Macri, contrasta fuertemente con la imagen de ayer en la basílica de Luján, donde el presidente saliente y el electo se daban el abrazo de la paz.

 

 

La conquista del poder cultural es previa a la del poder político.
Y esto se logra mediante la acción concertada de los intelectuales
orgánicos infiltrados en todos los medios de comunicación,
expresión y universitarios.

- Antonio Gramsci

 

 

El gobierno que se inaugurará el 10 de diciembre será un gobierno cuyo motor será la venganza kirchnerista.

 

 

Lo más probable es que el desbordado Alberto Fernández pretenda imponer un megaimpuesto al ahorro argentino en el exterior. El presidente electo, cuando asuma, irá por el camino del robo.

 

 

Si quisiéramos tener un adelanto de lo que va a ocurrir en Argentina en materia de populismo, improductividad, miseria, revanchismo y odios, no hace falta más que ver la declaración emitida ayer por el Congreso respecto de la situación en Bolivia y escuchar algunos de los discursos emitidos por los legisladores.

 

 

En las últimas horas los argentinos hemos asistido a una pléyade de comentarios que francamente confirman las peores sospechas. Ya veníamos de Moyano, proponiendo “hacérsela pagar” a los periodistas que lo investigaron y de la “mecha corta” de Grabois, el niño bien devenido a revolucionario que saldría de caño si lo mandaran a juntar cartones.

 

 

Muchos se preguntan cuál será el futuro de Juntos por el Cambio, ahora que la campaña terminó.

 

 

La victoria de la derrota fue muy notoria en la cara del presidente. Relajado, con una sonrisa distante y melancólica apareció solamente acompañado por Miguel Pichetto. El escenario parecía enorme para ellos dos solos. Pichetto no habló. Solo lo hizo el presidente.

 

 

Maduro es tan burro, pero tan burro, que acaba de querer despegarse de lo que está ocurriendo en varios países de América Latina luego de confesar, en el mismo discurso, que lo que sucede en la región fue cuidadosamente planeado en el Foro de San Pablo y que lo que idearon allí “va mejor y más rápido de lo que pensaban”.

 


Si bien la mayoría de la atención periodística sobre la nueva presentación de Cristina Fernández en el Calafate de su libro (mintiendo) “Sinceramente”, se centró en sus dichos sobre que el presidente no es “chispita” para gobernar (dicho esto entre paréntesis: ella sí que lo fue, robando lo que robó para su goce personal…!!) y sobre su insistencia en la responsabilidad del periodismo por lo que a su juicio constituye un blindaje de silencio sobre las políticas del presidente, lo que a mí me pareció más sugestivo es algo que la jefa de la mayor banda de corrupción pública que el país haya conocido jamás dijo al pasar: “se vienen tiempos difíciles en la Argentina, vamos a tener que hacer muchos sacrificios…”.

 

 

El impresentable Horacio González -que podría utilizar mejor su tiempo aseando su persona- acaba de decir que hay que reescribir la historia para darle una valoración positiva a los guerrilleros de los ‘70. Si, si a aquellos que asesinaron a casi 2000 inocentes hay que reivindicarlos y -supongo, según él- elevarlos a la categoría de héroes nacionales.

 

 

En los últimos días circuló un documento falso con el membrete y el logotipo del Instituto Patria encabezado con el título “Confidencial” y el subtítulo “Documento Final del Seminario Estratégico ‘Plan de Gobierno 2019 – 2023’”.

 

 

Lo que hemos escrito aquí durante años está saliendo a la luz como los hongos después de una intensa lluvia en el campo: el fascismo está desesperado por regresar al poder y no descarta ninguna opción con tal de conseguir su objetivo.

 

 

El único punto que desconcierta (y hasta por ahí nomás) en el Frente de Todos es Alberto Fernández.

 

 

Las reacciones que estamos presenciando en la sociedad podrían ser tomadas tranquilamente como una explicación sintética de qué clase de país tenemos, qué clase de gente tenemos y, por ende, que tipo de futuro nos espera.

 

 

Muchos kirchneristas se regodeaban al ver a la gente alrededor del Monumento a la Bandera, en lo que fue una nueva apropiación partidaria de un símbolo de todos. Como ellos se asumen el todo creen que pueden apropiarse legítimamente de lo que en realidad le pertenece a la Argentina.

 

 

Las declaraciones de la jefa de la banda sobre Pindonga y Cuchuflito han tenido ya a esta altura muchas interpretaciones, análisis y comentarios. Por eso solo nos vamos a centrar en esta columna en algunas cuestiones que aparecen en los márgenes.

 

 

El gobierno del presidente Macri, a través de los ministros Bullrich y Finochiaro, anunció la creación de un programa llamado “Servicio Cívico Voluntario” consistente en proveer una serie de servicios para chicos de entre 16 y 20 años que no trabajan ni estudian (es decir que no hacen nada en la vida) y que estaría a disposición en todo en el país en sedes de la Gendarmería.

 

 

 

Alberto Fernández sigue entregándonos cápsulas invaluables de cómo entiende la vida y del profundo conflicto que tiene con cuestiones simples que tienen que ver, no con la alta política o la economía, sino con el simple sentido común y hasta con la aún más primitiva cronología.

 

 

La campaña oficial de spots radiales y televisivos ha comenzado. Como no podía ser de otra manera el del totalitario “Frente de Todos” emplea la mentira y la malicia. Era lógico.

 

 

Finalmente, las listas se cerraron. Pero por la experiencia argentina ahora vendrán las impugnaciones, las denuncias… Es normal, en un país anormal.

 

 

Es posible que a muchos les importen poco las señales semánticas. Pero ellas son, muchas veces, un atajo sencillo para entender por anticipado lo que está por suceder.

 

 

 

Nada de lo que haga Cristina Fernández es creíble, si por creíble entendemos conductas que tengan como horizonte el bien del país. A Fernández nunca le interesó otra cosa que ella misma y sus intereses. La gente, la Argentina, el futuro de la nación no le importan nada.

 

 

Los primeros sorprendidos deben haber sido sus propios seguidores, los que necesitan recibir su vómito de odio para expiar su resentimiento. Seguro que la sorpresa no fue la misma para aquellos que nos oponemos con todo lo que tenemos a sus designios autoritarios y de populismo radicalizado: esa franja de gente conoce desde hace rato sus dotes de actriz.

 

 

No hay dudas que cuando un individuo o una familia tiene problemas para llegar a fin de mes tiene dos caminos para intentar solucionar la dificultad: aumentar ingresos o disminuir egresos, o, probablemente una combinación balanceada de ambas cosas.

 


¿Es posible un jubileo de las deudas en la Argentina? La pregunta surge porque en los EEUU son cada vez más los que están previniendo contra un posible jubileo de las deudas privadas de los ciudadanos dado que las proyecciones del nivel de endeudamiento del americano medio es de tal magnitud que ya muchos creen que esa deuda es impagable y que está produciendo un efecto bola de nieve cuya única solución será un “paga Dios”.

 

 

La semana pasada, Luis D’Elía, desde los micrófonos de su Radio Cooperativa dijo lo que Cristina Fernández piensa: que si ganan las elecciones implantarán un dictadura nacionalista popular revolucionaria, que cambiará la Constitución, confiscará las empresas, nacionalizará la banca y el comercio, introducirá una reforma agraria y urbana (léase expropiar propiedades de segunda vivienda o desocupadas, como mínimo), “expoliará” (dixit) Clarín, echará a todos los jueces federales y meterá presos a los que pusieron entre rejas a sus secuaces.

 

 

La mafia no va a cesar así nomás frente al avance de la verdad. Pese a la noble frase de Stornelli, “la verdad lo soporta todo”, lo cierto es que, en el mundo en general y particularísimamente en la Argentina, la mentira, el embarre de la cancha, la confusión, el elefante dentro de una manda de elefantes, han sido parte de la táctica histórica de los totalitarismos y de los regímenes que esclavizan a las sociedades.

 

 

El ex presidente Lula de Brasil acaba de recibir una nueva condena a casi 13 años de prisión más sus adicionales de inhabilitación para ejercer cargos públicos por nuevos hechos de corrupción comprobados durante su presidencia y que lo tuvieron a él como directo beneficiario.

 

 

El saldo del año 2018 resulta francamente magro para la Argentina. Ninguno de los pronósticos que registraban las consultoras hacia el fin de 2017 se cumplió, todos fallaron.

 

 

Lo que está haciendo la Corte Suprema de Justicia –o al menos parte de sus miembros- es francamente repugnante. Estoy seguro que si cayera en consulta en sus manos la causa de Boudou, la Corte dispondría su inmediata liberación.

 

 

No hay dudas de que el gobierno de Cambiemos ha cometido muchos errores en su gestión. Medidas equivocadas, decisiones erróneas, lecturas tergiversadas de la realidad; en fin, un abanico muy grande de oscuridades que han hecho que se consuma prácticamente su primer período de gobierno sin lograr un cambio notorio hacia mejor de las condiciones de vida generales.

 

 

Obviamente a estas alturas es todo muy obvio lo que puede decirse del escándalo que vivió la Argentina durante el fin de semana y que fuera trasmitido en directo a todo el mundo como una muestra de la despampanante desorganización que somos como país y de la obscena impunidad con que los mafiosos se salen con la suya.

 

 

La Argentina está siendo escenario de varios espectáculos dantescos al mismo tiempo. La mayoría de ellos, muchos de nosotros, suponíamos que ya eran objetos del pasado y que nunca más íbamos a tener que soportarlos.

 

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Fundado el 4 de agosto de 2003

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