Carlos Salvador La Rosa

Carlos Salvador La Rosa

 

Cristina, sin ignorar lo que hizo, se ve inocente porque al nivel del hombre común tomar dineros ajenos es un delito, pero al nivel de los seres excepcionales no. El lawfare provee impunidad al ubicar a la política más allá de la justicia, al considerarla inimputable. El lawfare es un indulto para los más poderosos.

 

 

Alberto está obligado, a fin de mantener la paz interna de su coalición, a negar todas y cada una de las cosas que dijo en esos años locos en que se creyó libre. Todos creen que Cristina logrará su impunidad, pero no tanto ella porque es la única que conoce la contundencia de las pruebas en su contra.

 

 

Gracias a los Kirchner, los herederos de los que fueron echados de la Plaza por Perón hoy tuvieron su triunfo póstumo y le doblaron la mano al General. Estos muchachos sienten veneración por Cristina, aún más que por Evita.

 

 

 

Cristina es una opo-oficialista que defiende al gobierno o se le opone según lo requiera su plan estratégico, dentro del cual Alberto es sólo una táctica más.

 

 

La cuarentena no es la cura de nada. Es sólo un medio entre tantos otros que se debe usar de acuerdo a la prudencia política.

 

 

Así como el no peronismo cae del gobierno debilitado por falta de poder, el peronismo cae por un uso excesivo que termina hartando.

 

 

La principal meta de la persona con vocación de político no es el bienestar del pueblo, aunque puede quererlo. Su meta central es lograr la grandeza a través de la ambición de confundir su persona con el todo que gobierna.

 

 

El Estado tiene que luchar contra su principal enemigo, la oligarquía agropecuaria que es para ellos la peor de todas, cuando debería ser su principal aliada.

 

 

Cristina eligió bien, pero porque tuvo a quien elegir. No le servían para sus objetivos ni Randazzo, ni Lavagna, ni Schiaretti, ni Massa. Todos tenían algún poder propio que mañana podrían poner contra ella.

 

 

“Hemos perdido el adelanto de las ideas sobre el mundo, la distancia que hace que una idea siga siendo una idea. El pensamiento debe ser excepcional, anticipador y estar al margen, debe ser la sombra proyectada de los acontecimientos futuros. Ahora bien, hoy vamos a la zaga de los acontecimientos. De ahí el retraso de la interpretación”.
- Jean Braudillard, “El crimen perfecto”, 1995.

 

 

Es demasiado grande la dimensión de la actual pandemia como para que cuando la misma finalice, todo vuelva a estar como estaba. Es previsible que el mundo cambie en muchas cosas, aunque no sepamos en cuales y si ellas serán para bien o para mal. Intentemos imaginar algunas, no a modo de profecía sino como proyección del presente.

 

 

A pesar de todo, durante estos primeros meses de gobierno, nadie creyó seriamente que Alberto Fernández podría ser un Cámpora, chirolita de Cristina, ni un De la Rúa con una vice que lo despreciaba desde la corrección política de izquierda como hizo el Chacho Álvarez con el radical.

 

 

Los sectores no kirchneristas del actual gobierno, compuestos por los cuadros más importantes del albertismo y del massismo, tanto en su modo de pensar como en las políticas que proponen en la mayoría de los casos, están mucho más cerca de la lógica de un dirigente medio de Cambiemos, como Monzó, Frigerio, Morales o Cornejo que de Cristina (no están, claro, cerca de Macri y su círculo íntimo, pero estos dirigentes de Cambiemos que citamos tampoco lo estuvieron ni lo están).

 

 

La del lawfare (o guerra mediática) no es la primera conspiración que las fuerzas del mal encaran contra los justos y los inocentes, acusados de todas aquellas ignominias que jamás cometieron, pero a los que sus enemigos necesitan culpabilizar para llevar a cabo sus más oscuros designios.

 

 

Durante la era macrista los relatos políticos pasaron de moda, quizá como una reacción a la excesiva proliferación de los mismos durante la anterior era kirchnerista. Pero ahora, en la posterior era kirchnerista los relatos no podían sino volver, como una clara marca de identidad de este modo de hacer política.

 

 

Este fin de semana, casi al mismo tiempo, el presidente del radicalismo nacional Alfredo Cornejo realizaba un gran encuentro partidario en Mar del Plata, mientras que el jefe de gobierno de la Capital Federal, Horacio Rodríguez Larreta visitaba al gobernador mendocino Rodolfo Suárez. Dos hechos simbólicos por demás.

 

Se define a la historia contrafáctica como “un ejercicio de abstracción sobre los sucesos históricos que pretende dilucidar un curso hipotético de acontecimientos históricos, respondiendo a la pregunta ¿qué habría pasado si ...?”.

 

Ninguna etapa del peronismo es igual, ni siquiera parecida a la otra. Ahora pasa lo mismo, este gobierno no es una continuación del anterior de Cristina, es estructuralmente otra cosa, no muy sencillo de interpretar ni de entender.

 

Lamentablemente, pero a la vez felizmente, las primeras fantasías con las que Alberto Fernández se propuso llegar a la presidencia de la Nación no parece que se cumplirán.

 

 

Hubo dos momentos históricos en los que el conductor del peronismo, jugando el papel del barón de Frankenstein, construyó una criatura monstruosa para llegar al poder que de otro modo no habría podido obtener. Uno de ellos fue Juan Perón en 1973, el otro fue Eduardo Duhalde en 2003.

 

 

Las ideologías ya no funcionan como antes para explicar la realidad. Décadas atrás la izquierda hubiera interpretado claramente las insurrecciones populares que ocurren por doquier en todas partes del mundo, como la revolución de los pueblos contra sus explotadores, pudiendo entrever una línea conceptual parecida en todas las rebeliones.

 

 

Años atrás, el entonces presidente de Chile, Ricardo Lagos, decía que la globalización se dividía en dos bandos claramente establecidos: el de los globalizadores y el de los globalizados, vale decir, los que gozaban y los que sufrían la nueva internacionalización de las técnicas y de las finanzas.

 

 

Los perdedores nacionales de ayer quedaron más contentos de lo que esperaban y los ganadores un poco menos contentos de lo que aspiraban.

 

 

En la eventualidad que el peronismo recupere a nivel nacional el poder político, lo que llegará al gobierno es un amplio espectro de “peronismos” donde quizá el kirchnerismo sea el más importante, pero deberá confrontar con otros que también buscarán hegemonizar.

 

 

Es el pobre en su horfandá
de la fortuna el desecho,
porque naides toma a pechos
el defender a su raza.

Debe el gaucho tener casa,
escuela, iglesia y derechos.

Hacéte amigo del Juez
no le des de qué quejarse;
y cuando quiera enojarse
vos te debes encojer,
pues siempre es güeno tener
palenque ande ir a rascarse

 

Déjà vu es un término francés que significa “ya visto”. El concepto describe la sensación que experimenta una persona al pensar que ya ha vivido con anterioridad un hecho que, en realidad, es novedoso.

 

Los radicales hicieron de Mendoza una fortaleza inexpugnable, como En el álamo de Davy Crockett.

 

 

El peronismo, luego de más de 70 años de existencia, no es ya ni una doctrina ni una ideología ni un partido, es una tradición, la última tradición argentina de la movilidad social. El último resabio de la Argentina grande, no de su decadencia.

 

 

Para acceder o mantenerse en el poder el peronismo suele recurrir a inventos estrambóticos que no están ni fuera ni dentro de la ley sino en su margen, en un limbo más allá de lo legal o ilegal. Tan original como el movimiento creado por Perón son las estratagemas que desde ese movimiento se crean.

 

 

Alberto un día va para un lado y otro día para otro, según cuánto lo apriete uno u otro de sus peronismos.

 

 

Luego del “pase” de Alberto Fernández y Sergio Massa al kirchnerismo, de Juan Manuel Urtubey al lavagnismo y de Miguel Ángel Pichetto al macrismo, muchos supusieron que el viejo movimiento creado por el General Perón, al ocupar todos los espacios políticos, ya no ocuparía ningún espacio en particular.

 

 

De sur a norte, de este a oeste de la Argentina, un grito profundo de no a Macri se masificó imparable.

 

 

La tragedia de Alberto Fernández desde que aceptó su misión (quizá única en el mundo) de ser el candidato a presidente designado por su vicepresidenta, es que debe lograr dos cosas incompatibles:

 

 

En su primer gobierno, Perón los llamaba los “emboscados”; eran los que sin ser peronistas se colaban en el movimiento para intentarle cambiar el rumbo.

 

 

Hoy resulta que es lo mismo ser derecho que traidor, ignorante, sabio, chorro, generoso, estafador. ¡Todo es igual, nada es mejor, lo mismo un burro que un gran profesor!

 

 

 

La misión que Cristina le encargó a Alberto es la de que sea el presidente encargado de liberar a los chorros.

 

 

El peronismo se transformó en una segunda naturaleza argentina cuando los peronistas definieron su identidad política sin definirla, según esa frase crucial que nos dejó Osvaldo Soriano: “Yo nunca me metí en política, siempre fui peronista”. Ninguna ideología podía competir en el alma popular contra esa convicción donde, quienes la compartían, sentían que ser peronista y ser argentino era la misma cosa.

 

 

Cristina no eligió como su presidente a Alberto Fernández por haberse arrepentido de traicionarla, sino precisamente por traicionarla.

 

 

En el film “La lista de Schindler”, un general nazi que platica filosóficamente con Oscar Schindler le explica a éste las razones de los asesinatos de los judíos por parte del hitlerismo: “No se trata del odio tradicional a los judíos, es política”.

 

 

Cristina Fernández ha reaparecido no sólo para postularse sino para combatir a la justicia y frenar todos los juicios en su contra.

 

 

“Debemos convocar al más amplio diálogo a todos los sectores. Es necesario tener la amplitud de convocar y escuchar a todos y ver la viabilidad de las propuestas que los distintos sectores acompañen al Gobierno”

 


“Muchas veces, después del balotaje, pensé en eso que finalmente no se dio: yo, frente a la Asamblea Legislativa, entregándole los atributos presidenciales a... ¡Mauricio Macri! Lo pensaba y se me estrujaba el corazón. Es más, ya había imaginado cómo hacerlo: me sacaba la banda y, junto al bastón, los depositaba suavemente sobre el estrado de la presidencia de la Asamblea, lo saludaba y me retiraba. Todo Cambiemos quería esa foto mía entregándole el mando a Macri porque no era cualquier otro presidente. Era Cristina, era la ‘yegua’, la soberbia, la autoritaria, la populista en un acto de rendición”.
- Cristina Fernández de Kirchner, “Sinceramente”.

 

 

Ya que los radicales no pueden cambiar a Mauricio Macri por María Eugenia Vidal como candidato presidencial, que es lo que ellos quisieran, ahora intentarán cambiar a Cambiemos.

 

 

En un aclamado western de los años 60, dirigido por el gran director John Ford, llamado “Un tiro en la noche”, un abogado noble y valiente, pero sin experiencia en armas es desafiado a duelo por el más feroz pistolero del condado; sin embargo, el que muere es el bandido y el ganador deviene héroe convirtiéndose con el tiempo en un famoso senador gracias al prestigio que obtuvo en tan singular duelo.

 

 

La campaña electoral de Raúl Alfonsín en 1983 contra el peronismo, en los inicios democráticos, se volcó definitivamente a favor del radical cuando éste supo expresar en una frase todo aquello de lo que la sociedad argentina quería escapar.

 

 

La diferencia del peronismo con otros movimientos similares que surgieron en América Latina luego de la segunda guerra mundial fue, en gran parte, la consigna que Juan Perón repitió quizá más veces que ninguna otra a lo largo de su vida: la de que sólo la organización vence al tiempo.

 

 

Una verdadera revolución de las costumbres se está viviendo en la Argentina relacionada con la cuestión de género, como ya viene ocurriendo en otros países, sobre todo los más desarrollados.

 

 

La Argentina está complicada, pero el mundo lo está mucho más. Vivimos una profunda transformación sin muchos palenques adonde apoyarnos porque las comparaciones históricas son muy precarias.

 

 

El año que vivimos en peligro comienza a finalizar con una precarísima y relativísima calma, pero calma al fin. Si Dios y diciembre así lo quieren, claro. Y entonces, si bien no parece ser aún el momento en que se pueda pensar el país del futuro (si es que aún lo tenemos, cosa que ya nadie sabe a ciencia cierta), al menos parece ser el de ir haciendo balance de daños sufridos y costos que se deberán pagar para su reparación... y para que no se repitan.

 

 

El auge democratizador en América Latina y en Europa del este durante los años 80 y 90 del siglo XX, hoy vive un tiempo de declive porque las raíces de los nuevos regímenes son más débiles que las de los países desarrollados. Sin embargo, de un modo u otro el cuestionamiento a la democracia abarca a todos los países, en tanto crítica a la política en general como modo de resolver conflictos.

 

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Fundado el 4 de agosto de 2003

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