Argentina En el Mundo

Argentina En el Mundo (321)

 

El teniente advierte de que los Ejércitos latinoamericanos, incluido el argentino, “siguen siendo muy reaccionarios” y están sometidos a la influencia de Estados Unidos.

El teniente general César Milani fue jefe del Estado Mayor del Ejército argentino entre 2013 y 2015, en el tramo final de la presidencia de Cristina Fernández de Kirchner. El 17 de febrero de 2017 fue detenido por una doble acusación de delito de lesa humanidad y pasó dos años y siete meses en prisión preventiva. Hace unas semanas fue absuelto en los dos casos.

Su historia sugiere que los tribunales se utilizan a veces como castigo político. Sugiere también que un alto oficial peronista es todavía una rareza. Milani advierte ahora de que los Ejércitos latinoamericanos, incluido el argentino, “siguen siendo muy reaccionarios” y están sometidos a una enorme influencia de Estados Unidos. “Las clases altas”, dice, “creen que las Fuerzas Armadas les pertenecen”.

César Milani nació en Cosquín, provincia de Córdoba, un 30 de noviembre de hace 65 años. Su abuelo era un inmigrante italiano. La familia pudo adquirir una vivienda social gracias a un programa peronista. Hoy, como teniente general retirado, Milani mantiene su admiración hacia Juan Domingo Perón. Y cree que los políticos argentinos “pecan de inocencia” por creer que el Ejército, después de 36 años de democracia, es una fuerza neutral. Asegura que los militares de alto rango no han dejado de ser conservadores o ultraderechistas.

Asumió la jefatura del Ejército el 3 de julio de 2013 y pronunció un discurso en el que expresaba su “aspiración de que las Fuerzas Armadas apoyaran un proyecto nacional”. “Ahí empezó mi condena”, afirma. Al día siguiente fue denunciado como presunto participante en la “desaparición” en Tucumán, en junio de 1976, del recluta Alberto Ledo, soldado en la compañía de la que Milani era subteniente. Se acusó al entonces joven oficial subalterno de 21 años, recién regresado del Colegio Militar, de participar en el aparato represivo de la dictadura. Ese era solo el principio.

Pocos días después le visitó un general retirado, antiguo agregado en la Embajada argentina en Washington, para hacerle notar que en Estados Unidos se le veía como “un germen de chavismo” y que suscitaba preocupación. Luego “se presentó un directivo del diario Clarín para ofrecerme tranquilidad judicial, mediática y política a cambio de que me portara bien, y le respondí que yo era leal a la presidenta”. En los meses y años siguientes, Clarín, el diario más influyente de Argentina, dedicó 25 portadas a los supuestos delitos de Milani.

Las denuncias y acusaciones fueron acumulándose. Ramón Olivera, hijo de un torturado por la dictadura en la provincia de La Rioja, le acusó de haber detenido ilegalmente a su padre y de haberle “hostigado verbalmente”. Se le abrió una causa por “enriquecimiento ilícito” —aún no juzgada— por la compra de su vivienda y otra a raíz de una denuncia anónima sobre una adquisición de puentes militares para emergencias civiles. La prensa le acusó de utilizar el espionaje militar para favorecer a Cristina Fernández de Kirchner. Incluso se le quiso involucrar en la misteriosa muerte del fiscal Alberto Nisman.

En cuanto dejó la jefatura del Ejército, el mundo se le vino encima. Fue detenido en 2017 y trasladado de prisión en prisión, siempre aislado, porque los presos comunes le amenazaban de muerte y sus supuestos compañeros de delito, los auténticos criminales de la dictadura militar, le consideraban “un traidor” por ser peronista (algo insólito entre los generales) y por haberse fotografiado con Hebe de Bonafini, una de las fundadoras de las Madres de la Plaza de Mayo.

Meses antes de que los tribunales de Tucumán y La Rioja absolvieran al general César Milani y cuando éste permanecía aún en prisión preventiva, el abogado penalista Gustavo Feldman publicó un libro titulado Castigo sin crimen. Las pruebas de la inocencia de César Milani. Su lectura produce escalofríos.

En las primeras páginas, Feldman escribe: “Este libro demuestra que Milani está preso por una acusación infundada, que es un verdadero rehén de la pacatería, la cobardía y el camaleonismo de la peor corporación de la República: el Poder Judicial de la Nación, con la ayuda incalculable de los operadores y depredadores mediáticos disfrazados de periodistas”. Conviene recordar que el Estado argentino, presidido por Mauricio Macri, tomó la inusual decisión de personarse como querellante en la causa de Tucumán.

Ahora, vestido con traje y corbata, absuelto tras más de 30 meses de prisión preventiva, Milani se declara preocupado por la evolución de los Ejércitos en Latinoamérica y considera sintomáticos los hechos que condujeron a la renuncia de Evo Morales en Bolivia, tras recibir un “consejo” en ese sentido del jefe de las Fuerzas Armadas.

“Estados Unidos, a través del Comando Sur, vuelve a sus viejas mañas; no para fomentar golpes militares, pero sí para preservar su control sobre el continente y para mantener los Ejércitos como fuerzas de exclusión, no de inclusión”, explica.

“Los Gobiernos civiles se sostienen gracias al respaldo militar, como se ve en Chile [donde el presidente Sebastián Piñera lo tiene] o en Bolivia [donde Morales no lo tuvo], y supongo que aquí el Ejército planteará resistencia al nuevo Gobierno de Alberto Fernández”, comenta. Milani, admirador del presidente ruso Vladímir Putin “por su nacionalismo”, agrega que “el Ejército necesita líderes militares fuertes, que puedan apoyar proyectos de inclusión y sepan resistir las injerencias sobre los mandos”, en referencia a las presiones de las élites dominantes y de Estados Unidos.

Enric González

 

El Ejecutivo argentino también ha elevado la indemnización por despido, una medida que intenta frenar el desempleo.

El nuevo Gobierno argentino aumentó las retenciones fiscales a las exportaciones agrarias. A través de un decreto publicado este sábado, quedó sin efecto el esquema impositivo establecido por el anterior presidente, Mauricio Macri, que retenía cuatro pesos por dólar exportado, y se impuso un porcentaje fijo del 9% por cada dólar.

En el caso de la soja, el producto más competitivo en los mercados internacionales, el 9% se sumó al 18% que ya estaba en vigor, por lo que el total retenido a los exportadores asciende al 27%.

La decisión de Alberto Fernández constituye en realidad una actualización: cuando Macri fijó los cuatro pesos por dólar, el dólar se cambiaba a 38 pesos; ahora se cambia casi a 60.

Aun así, las patronales agrarias, principal fuente de divisas del país, expresaron de inmediato su malestar por no haber sido consultadas. Carlos Iannizzotto, presidente de Coninagro, acusó al presidente de faltar a su palabra: “Dijo que no iba a tomar medidas sin hablar antes con nosotros”, se quejó. “Esto no va a caer bien en el sector”, comentó a su vez Matías de Velazco, presidente de la Confederación de Asociaciones Rurales de Buenos Aires y La Pampa.

El asunto de las retenciones agrarias, en especial las referidas a la soja, es siempre delicado. En 2008, el Gobierno de Cristina Fernández de Kirchner las aumentó desde el 35% hasta el 48,7% y las patronales agrarias se lanzaron a una protesta que duró cuatro meses, con frecuentes manifestaciones y cortes de carreteras.

La crisis le costó el puesto al entonces ministro de Economía, Martín Lousteau. Fernández, entonces jefe de gabinete, intentó resolver el problema con una nueva ley que finalmente fue rechazada por el Senado por un solo voto, el emitido por el propio vicepresidente, Julio Cobos. Fernández tomó entonces la decisión de dimitir y dejó el Gobierno con fuertes críticas contra la presidenta.

El nuevo Ejecutivo ha publicado también un decreto destinado a frenar los despidos. Durante los próximos seis meses, cualquier despido no justificado implicará una indemnización del doble de lo que establece la ley. El decreto declara la Emergencia Pública en Materia Ocupacional, debido a la severa crisis económica que atraviesa el país y que ha disparado la tasa de desempleo hasta el 10,6%.

La medida no debería tener gran incidencia, porque las empresas ya redujeron plantillas antes de que Alberto Fernández tomara posesión (esperaban alguna decisión de este tipo) y porque los próximos meses veraniegos, enero y febrero, son vacacionales. De todas formas, varios grandes empresarios se quejaron y reclamaron un relanzamiento de la economía y del mercado interno, no medidas temporales.

 

Enric González

 

Eduardo de Pedro y Juan Cabandié encabezan los Ministerios de Interior y Ambiente. Victoria Donda, el Instituto contra la Discriminación.

En su discurso de toma de posesión, Alberto Fernández trajo a la memoria de los argentinos a Raúl Alfonsín, el presidente que marcó el inicio de la transición democrática después de una cruenta dictadura (1976-1983) y llevó a juicio a sus máximos responsables.

El nuevo mandatario declaró su compromiso con los derechos humanos y lo ha materializado también en la formación del Gobierno. Entre la nueva generación de peronistas que lo acompañan hay tres herederos de desaparecidos por el régimen militar: el ministro de Interior, Eduardo Wado de Pedro; el de Ambiente, Juan Cabandié; y la titular del Instituto Nacional contra la Discriminación, la Xenofobia y el Racismo (Inadi), Victoria Donda.

De Pedro, nacido en 1976, es hijo de Enrique De Pedro, estudiante de Derecho y militante del grupo armado peronista Montoneros que fue asesinado por la dictadura en abril de 1977 y de Lucila Révora, secuestrada y desaparecida al año siguiente. El día del secuestro, Révora salvó la vida de su hijo al meterlo dentro de la bañera y protegerlo con su cuerpo. Pasó casi tres meses en manos de los militares antes de ser recuperado por la familia.

De profesión abogado, De Pedro comenzó como activista de derechos humanos antes de dar el salto a la política partidaria. Fue diputado nacional, vicepresidente de Aerolíneas Argentinas, secretario general de la Presidencia e integrante del Consejo de la Magistratura. Considerado uno de los hombres más cercanos a Cristina Fernández de Kirchner se ganó también la confianza del nuevo presidente, que lo ha colocado en un puesto clave de su Gabinete.

Juan Cabandié Alfonsín nació en marzo de 1978 en la Escuela Superior Mecánica de la Armada (ESMA), el mayor centro clandestino de detención de la dictadura. Hasta los 26 años vivió con un nombre ajeno y creyendo que sus padres eran un policía retirado y una ama de casa.

Lleno de sospechas, Cabandié se acercó a Abuelas de Plaza de Mayo y un test genético reveló su verdadera identidad en enero de 2004. Descubrió así que su padre, Damián Abel Cabandié, fue secuestrado en noviembre de 1977, a los 19 años, al salir de la casa en la que vivían en Buenos Aires. Pocas horas después, los militares secuestraron también a su madre, Alicia Alfonsín, de 17 años y embarazada de él. En diciembre, Alfonsín fue trasladada a la ESMA, donde lo dio a luz tres meses después.

A partir de 2004, Cabandié comenzó a reconstruir su historia. Se convirtió en un referente de la militancia de los derechos humanos mientras se abría paso también en la agrupación juvenil kirchnerista La Cámpora. Fue legislador por Buenos Aires y diputado nacional antes de asumir con Fernández como nuevo ministro de Ambiente y Desarrollo Sostenible.

Victoria Donda Pérez es una abogada, activista de derechos humanos y política que se enteró en octubre de 2004 que había nacido en la ESMA. Abuelas de Plaza de Mayo llegó a ella a través de una denuncia sobre el caso de una niña que había sido anotada como hija propia por el ex prefecto Juan Azic. Tras judicializar el caso, el ADN confirmó que en realidad era hija de José María Laudeano Donda y de María Hilda Pérez, ambos secuestrados y desaparecidos por la dictadura en 1977.

Fue elegida diputada nacional por el kirchnerismo en 2007, pero se alejó al año siguiente y mantuvo la distancia hasta que el peronismo comenzó a reunificarse meses atrás para presentar un frente común con el que derrotar al macrismo. Al frente del Inadi, Donda se sumó este martes al discurso de unidad pronunciado por el presidente. "Se tiene que terminar la violencia en la política, vinimos a unir la sociedad, si hay alguien que se enriquece con la grieta son aquellos y aquellas que se vienen enriqueciendo y que vienen empobreciendo a buena parte de la sociedad argentina", planteó.


 

El nuevo presidente quiso marcar distancias con la etapa «kirchnerista», pese a contar con Cristina Fernández como vicepresidenta.

Quería establecer con claridad y desde el minuto uno, las diferencias con Cristina Fernández. No debió ser fácil pero el resultado, al menos en su discurso de investidura, fue el deseado. Alberto Fernández se presentó como el presidente de la «unidad sin rencor», como un jefe de Estado dispuesto a «levantar Argentina» y a «pagar la deuda» pero no a cualquier precio.

El sucesor de Mauricio Macri puso sobre la mesa las «cifras y datos contundentes» (en negativo) de su antecesor, convocó a empresarios y sindicatos y declaró la guerra al actual Poder Judicial. «Nunca más una justicia contaminada», clamó.

En simultáneo, pidió condenas, para los corruptos (o corruptas), anunció la intervención de la Agencia Federal de Inteligencia (AFI), el tijeretazo de publicidad oficial a los medios de comunicación, un Plan integral contra el hambre, créditos estatales, ayudas para los marginales y un nuevo presupuesto una vez que logre (si logra) un acuerdo que evite hacer oficial el virtual default (cesación de pagos) en el que se encuentra el país.

«Nunca más» (título del informe de la Comisión de Desaparición de Personas), «levantar Argentina» y «unidad», fueron las expresiones más reiteradas en el Congreso durante un discurso donde invitó a «superar el muro del odio y del rencor». Fernández, salvo la polémica sobre la ampliación del aborto, no se dejó nada en el tintero y cerró con el único asunto, sin fisuras, que abraza la sociedad.

«No hay más lugar para colonialismo en el siglo XXI», haremos «el legítimo reclamo« de las islas Malvinas, bajo soberanía de Gran Bretaña. Con pasajes que parecían más dirigidos a Cristina Kirchner que a Mauricio Macri, rechazó «aislarse del mundo».

El Fernández que ayer se presentó como el número 1 prometió «robustecer el Mercosur» (mercado Común Suramericano) de la mano de Brasil. El vicepresidente Hamilton Mourao, sentado junto a la presidenta del Senado, Pilar Llop, escuchaba atento. La víspera Jair Bolsonaro cambió tres veces de opinión sobre mandar un representante de su Gobierno a la investidura. Bolsonaro, finalmente, autorizó a Hamilton Mourao. Alberto Fernández entendió la importancia de su principal socio comercial y destacó un vínculo que debe estar, «más allá de cualquier diferencia personal de quienes gobiernan en la coyuntura».

Durante una hora el elegido por los argentinos para tomar las riendas del país hasta el 2023, desgranó sus planes, se colocó en primera línea de fuego contra la violencia de género, «imperdonable», el desafío del cambio climático e hizo repaso, sin ensañamiento pero con contundencia, a la herencia recibida: «Inflación superior al 50 por ciento», «PIB más bajo de la última década», «deuda externa en relación al PIB en su peor momento desde el 2004...)». Hizo el recordatorio que Macri evitó en su día y que le habría ayudado, como sucederá ahora con el flamante Gobierno, a adoptar decisiones incómodas e impopulares.

El Fernández presidente supo hacer guiños a la oposición, a «los que me votaron y a los que no«, se esforzó en mantener un tono conciliador y cuando metió el bisturí en temas espinosos como el de la justicia, fue hábil para enviar, en simultáneo, mensajes para los jueces corruptos pero también para la mujer que tenía sentada a su izquierda y cuyo destino posterior al banquillo y a su vicepresidencia, difícilmente podría ser otro al de prisión cuando concluya la decena de juicios que tiene pendiente (tiene dos órdenes de detención). El Fernández que promete ejercer el poder rechazó la prisión preventiva, «hasta que no haya sentencia».

El mensaje era un consuelo para la caterva de ex ministros y autoridades del Gobierno de Cristina Kirchner que todavía están presos por corruptos. En ese mismo discurso, el hombre que tendrá en su mano la posibilidad de una amnistía o un indulto para su vicepresidenta, si termina condenada, dijo algo que, quizás, no hizo feliz a la número dos del Ejecutivo. «Queremos que no haya impunidad ni para el ciudadano corrupto ni para el que lo corrompe», aseguró. La viuda de Néstor Kirchner ojeaba el discurso sobre el papel con gesto adusto.

Las palabras de Fernández fueron, como demostró el domingo durante la misa en Mercedes Luján, más que palabras cuando saludó a Mauricio Macri. De nuevo, el abrazo y las confidencias marcaron una escena imposible de hacer extensible a la viuda de Néstor Kirchner.

La actual vicepresidente retiró la vista con desprecio cuando el primer presidente no peronista de la democracia, que logró terminar su mandato, le tomó la mano para saludar. «No cuenten conmigo para seguir transitando el camino del desencuentro», diría el otro Fernández. Con él, es posible pero con ella…

Carmen de Carlos

 

El nuevo presidente promete luchar contra el hambre y acabar con el rencor como recurso político.

Alberto Fernández hizo una descripción dramática de la situación en Argentina. Dijo que asumía la presidencia de un país “en virtual default” y “con el 40% de la población en situación de pobreza”.

En referencia a la deuda, lanzó un mensaje diáfano: “El país tiene la voluntad de pagar, pero no tiene recursos para hacerlo”. La crudeza empleada para hablar de la crisis económica contrastó con el tono conciliador del discurso con que inauguró su mandato. Ante las dos cámaras del Parlamento y numerosos invitados extranjeros, Fernández llamó a la fraternidad y a “superar el muro del rencor y el odio” en política. “Quiero ser el presidente que escucha, el presidente del diálogo”.

La toma de posesión del nuevo presidente argentino reflejó un hecho importante: a diferencia de otros países latinoamericanos, y pese al drama económico y social, Argentina goza de una saludable normalidad institucional. Alberto Fernández ingresó en el hemiciclo, donde se congregaban diputados y senadores, empujando la silla de ruedas de la vicepresidenta saliente, Gabriela Michetti, parapléjica.

Fue un gesto simple, pero imprimió humanidad a la ceremonia. Luego Mauricio Macri tuvo que soportar que la nueva mayoría cantara a voz en grito la Marcha Peronista, y que su vieja enemiga, la vicepresidenta Cristina Fernández de Kirchner, le dispensara un saludo gélido. El ya ex presidente supo despedirse con elegancia. En estos tiempos, eso es mucho.

Fernández recordó, por su tono y sus palabras, a Raúl Alfonsín, el presidente que insistió en recibir el bastón de mando (usurpado hasta entonces por una atroz dictadura militar) en un 10 de diciembre, el día internacional de los Derechos Humanos. Fernández, peronista, inició su carrera política en la administración de Alfonsín, un radical por el que desde entonces siente un gran afecto.

El nuevo presidente recurrió a una conocida frase de Alfonsín, “con la democracia se come, se cura y se educa”, para expresar su deseo de que el diálogo caracterizará su mandato. “Si alguna vez me desvío del compromiso que asumo, salgan a la calle para recordármelo”, pidió. También utilizó con frecuencia la fórmula “nunca más”, celebérrima desde que el fiscal Julio Strassera cerró con ella los juicios a las Juntas Militares de la dictadura.

El peso de la deuda

Como primera medida, Fernández tiró a la papelera el presupuesto redactado por el gobierno saliente. Explicó que no era posible hacer proyecciones económicas sin resolver antes la cuestión de la deuda, a renegociar urgentemente con el Fondo Monetario Internacional y con los acreedores privados.

Se trata de un problema monstruoso. Bajo las actuales condiciones, en 2020 Argentina afronta vencimientos por más de 58.000 millones de dólares, más de 36.000 en 2021 y casi 50.000 millones en 2022, sumando deuda en dólares y en pesos.

“El país tiene la voluntad de pagar, pero no tiene los medios para hacerlo”, reconoció. “Para poder pagar”, precisó, “hay que crecer primero”. El proyecto del gobierno peronista se centra en conseguir que el FMI aplace por dos años el reembolso de principal e intereses, para dedicar esos 24 meses a recuperar una cierta estabilidad y relanzar una economía que no crece desde 2010.

Fernández proclamó que, en paralelo a la renegociación de la deuda, su prioridad serían los más desfavorecidos, el 40% de la población que vive en la pobreza, el 12% sumido en la indigencia, y advirtió que los más acomodados deberían hacer “un mayor aporte” en forma de impuestos. “Seriedad en el análisis y responsabilidad en los compromisos que se asumen para que los más débiles dejen de padecer, bajo esas premisas afrontaremos toda negociación de nuestra deuda”, dijo.

Como mecanismo para regular el funcionamiento de la economía, con objetivos a largo plazo y con políticas de Estado, anunció la creación de un Consejo Económico y Social. También declaró una “emergencia sanitaria” para corregir la decadencia de la salud pública: bajo el mandato de Macri, el presupuesto de la sanidad bajó un 45%.

Se comprometió a manejar “con absoluta transparencia” los fondos de las obras públicas (hubo muy poca transparencia en ese ámbito durante el mandato de su hoy vicepresidenta) y a mantener una relación “ambiciosa, creativa y fraternal” con Brasil, el gran socio, “más allá de cualquier diferencia personal entre quienes gobiernan la coyuntura”. Fernández y el presidente de Brasil, el ultraderechista Jair Bolsonaro, se detestan.

Un presidente peronista estaba obligado a brindar un gesto inaugural de buen populismo, y Fernández suscitó un gran aplauso cuando anunció la intervención de la Agencia Federal de Investigación, cuyo historial reciente es siniestro, y la supresión completa de sus fondos reservados: ese dinero se destinará al plan contra el hambre. “¡Nunca más al Estado secreto, nunca más a los sótanos de la democracia!”, exclamó.

El espionaje político ha contribuido al descrédito de la justicia argentina, y en ese terreno el presidente se enfrenta a un campo minado. Quiere acometer una “reforma integral” del sistema federal de justicia para acabar con “las persecuciones indebidas”, los “sumarios contaminados” por los servicios secretos y los “linchamientos mediáticos”, “nunca más a una justicia que persigue según los vientos políticos”, pero deberá hacerlo sin que parezca que su objetivo se limita a salvar a su vicepresidenta, Cristina Fernández de Kirchner, imputada por corrupción en numerosas causas.

La ex presidenta, ahora vicepresidenta, adoptó una actitud discreta. El protagonismo fue para Alberto Fernández, quien reconoció la “visión estratégica” de Cristina Fernández de Kirchner al renunciar a su propia candidatura, demasiado divisiva, y armar con él el tándem que se impuso rotundamente al dúo Mauricio Macri-Miguel Pichetto en las elecciones de noviembre.

Alberto Fernández dedicó el tramo final de su discurso a prometer que lucharía para “erradicar la violencia contra las mujeres” (sorprendió que no mencionara su compromiso electoral de legalizar el aborto) y acabar con la discriminación por raza, género, sexualidad o cualquier otra razón.

En las primeras filas aplaudía su hijo Estanislao, de 24 años, dibujante, administrativo de seguros y transformista. “Volvamos a ganarnos la confianza del otro”, pidió el presidente, antes de señalar que al término de su mandato la democracia argentina cumpliría 40 años.

“Quisiera que se nos recordara porque logramos volver a unir la mesa familiar, por haber sido capaces de superar la herida del hambre, por haber superado la lógica perversa de una economía que gira alrededor de la desorganización productiva, la codicia y la especulación”, deseó.

Alberto Fernández concluyó su parlamento con un recuerdo a sus padres y con lágrimas en los ojos. Tras muchos saludos y abrazos se dirigió en su automóvil particular a la Casa Rosada, donde tomó juramento a sus ministros y saludó desde el balcón a la multitud que, bajo un calor aplastante, abarrotaba la Plaza de Mayo.

Enric González

 

La ausencia de la expresidenta Cristina Kirchner y del gobernador de la provincia de Buenos Aires se sintió en el oficio religioso.

El milagro de Estado de la unidad, la concordia y el respeto se produjo, al menos durante una misa, en Argentina. La Iglesia logró sentar, hombro con hombro, a dos presidentes, Mauricio Macri y Alberto Fernández.

El titular de la Conferencia Episcopal, Oscar Egea y el arzobispo de Mercedes Lujan, Jorge Eduardo Scheinig, oficiaron una ceremonia de reconciliación, histórica, con la presencia en primera fila de los ministros de dos Gobiernos (en ejercicio y designado) que, por primera vez en este siglo, se esfuerzan en dar una imagen de normalidad democrática.

Faltaba, como era previsible, la expresidenta y vicepresidenta electa, Cristina Fernández. La persona que más separa a los argentinos rechazó la mano tendida por la Iglesia de sumarse a un oficio sin precedente. Algunos de los mensajes pronunciados desde un estrado convertido en púlpito a las puertas de la catedral de Luján parecían dirigidos expresamente a ella. «Cuídense. No se hagan daño, que no haya odio ni pelea» y en tono de ruego, «no caer en la tentación de destruir al otro» insistió Monseñor Scheinig.

El gobernador de la provincia de Buenos Aires y exministro «K», Axel Kicillof, tampoco aceptó la invitación al oficio religioso pero las palabras que resonaban le tenían, sin duda, a él también como destinatario.

Poco más de 48 horas antes del traspaso de poder, Argentina asistió asombrada a lo que puede considerarse el primer intento, en serio, de cerrar la denominada «grieta», término que resume el abismo entre dos países dentro del mismo país. Dicho de otro modo, la Iglesia intervino, como nunca antes, para cerrar la herida de la crispación y alejar la polarización extrema que enfrenta a la sociedad desde, prácticamente, el discurso de investidura de Néstor Kirchner del 25 de mayo del 2003.

La imagen resultaba insólita. Abrazos, sonrisas, guiños y hasta un vaso (parecía limonada) compartió Macri con Juliana Awada y Alberto Fernández. Bajo un sol de justicia la penitencia o el desafió superado por estos y por los ministros de ambos Ejecutivos fue resistir los 30 grados. Gestos importantes y escenas compartidas de dos hombres que se encuentran en los antípodas políticas, marcaron el principio de una historia cuyo desarrollo y final no se presupone demasiado feliz.

El pensamiento del Papa

Otro deseo del arzobispo de Mercedes Luján, provocó más de una sonrisa en ambos lados o bandos políticos. «… Conocer el pensamiento del Papa de manera directa y no por quienes la parcializan» y desvirtúan su mensaje. Al «lider social» y activista kirchnerista Juan Grabois, considerado uno de los protegidos del Papa, le pitaban los oídos. Lo mismo sucedía con Eduardo Valdés, ex embajador de Cristina Fernández en el Vaticano. Ambos ejercieron de presunta correa de transmisión de los mensajes, en ocasiones muy crudos, de Francisco contra el Gobierno de Mauricio Macri.

Ambos advertían también que el Pontífice jamás volvería a poner un pie en territorio argentino mientras en la Casa Rosada permaneciera el Presidente que mañana entregará el bastón de mando y la banda presidencial (gesto que no hizo con él Cristina Fernández) a Alberto Fernández.

La alineación de los equipos o cuadros presidenciales explicaba por sí misma la importancia de cada uno. Junto a Alberto Fernández se sentaba su pareja, Fabiola Yáñez, a continuación Santiago Cafiero (Jefe de Gabinete designado) y… a su lado un invitado especial, el exministro de Economía, Roberto Lavagna.

El economista considerado «piloto de tormentas» financieras y excandidato presidencial, rechazó sumarse al Gabinete de Alberto Fernández para retomar las riendas de una economía en estado comatoso. Su hijo Marcos Lavagna, aceptó dirigir el Indec, el Instituto Nacional de Estadísticas y Censos que corrompió el Gobierno del matrimonio Kirchner y Macri reconstruyó de las cenizas (en sentido literal en el caso de computadores y documentos).

La misa, convocada «Por la unidad y la paz» en honor de la virgen de Luján, patrona de Argentina congregó al mundo de la política y del sindicalismo. Para todos había mensajes sagrados, pero también para un sociedad que no puede sentirse ajena ni sacudirse responsabilidades del país que colabora a construir. A la gente, el arzobispo le pidió «estatura moral, respeto por los otros, sentimiento de unión» sin tener que renunciar a un pensamiento propio porque, un recordatorio necesario, «todos somos la patria», insistió.

A 70 kilómetros de Buenos Aires sucedió lo impensable. La Iglesia hizo posible lo que en más de quince de años fue imposible. Si fue un milagro puntual o el principio de una nueva realidad será el tiempo el que lo diga.

Carmen de Carlos

 

Martín Guzmán, de 37 años y discípulo del Nobel Joseph Stiglitz, será el ministro encargado de renegociar la deuda externa.

 

Kirchner acusa a los magistrados que la juzgan y llama “corsarios” a los fiscales.

 

El regreso de un “superministro de Economía”, como lo fueron Domingo Cavallo durante el menemismo y la crisis de 2001 o Roberto Lavagna durante el primer kirchnerismo, es el rasgo más sobresaliente del gabinete que acompañará a Alberto Fernández a partir del 10 de diciembre.

Encabeza la lista de nombres Martín Guzmán, un académico de 37 años que el nuevo presidente repatrió desde la Universidad de Columbia. Guzmán trabaja con el Nobel Joseph Stiglitz y es experto en renegociaciones de deudas externas, la losa que lastrará cualquier intento de recuperación económica si Argentina no logra, al menos, posponer vencimientos.

El nombre de Guzmán como ministro de Economía sonaba bajo entre pasillos y creció a medida que se acercaba el día D. A Fernández le convenció la lectura de la crisis de deuda que tiene Guzmán, y dejó en sus manos que convierta en praxis las ideas heterodoxas que el académico despliega en el aula. Los críticos advierten que nunca ocupó un cargo público y que no tiene experiencia en gestión.

Guzmán es doctor en Economía de la Universidad de Brown, EEUU, y dirige el programa de Reestructuración de Deuda de la Universidad de Columbia. Su desembargo en Buenos Aires estuvo mediado por Joseph Stiglitz, el preferido de Cristina Fernández de Kirchner entre los economistas extranjeros. El Nobel fue un férreo defensor de la gestión económica del kirchnerismo y siempre criticó las recomendaciones que el FMI hace los países necesitados de financiamiento, como Argentina.

En noviembre pasado, Guzmán presentó ante las Naciones Unidas en Ginebra un posible plan para Argentina. Dijo entonces que Buenos Aires no debe pagar ni capital ni interés hasta 2022, no debe pedir más dinero al FMI para cumplir con el pago a los bonistas privados y debe evitar cualquier hipótesis de default. Durante el periodo de gracia, Argentina debería reordenar sus cuentas para hacer “sustentable” la deuda en el mediano plazo.

Junto a Guzmán trabajará Matías Kulfas. Este economista de 47 años ocupará desde el martes el ministerio de Producción, luego de que su nombre sonara durante semanas como ministro de Economía. Fernández se decantó finalmente por el académico de Columbia, pero la relación que mantiene con Kulfas es muy cercana.

El nuevo ministro tiene experiencia política y lleva años en la gestión pública: fue gerente general del Banco Central durante el kirchnerismo y ya pasó como funcionario por el ministerio de Economía. Egresado de la Universidad de Buenos Aires, Kulfas es de perfil heterodoxo y un experto en procesos de industrialización nacionales. En varias ocasiones acusó a Macri de haber liderado un “industricidio” en Argentina. Tendrá ahora la oportunidad de recuperar al sector más golpeado por la herencia macrista.

El tridente económico de Fernández lo completa Miguel Pesce como presidente del Banco Central. Pesce será un timonel con experiencia: fue vicepresidente de la entidad monetaria entre 2004 y 2015, un récord histórico que le permitió acompañar a los cuatro presidentes de gestión kirchnerista. Egresado de la Universidad de Buenos Aires, su cuna política está en la Unión Cívica Radical, el partido centenario de Raúl Alfonsín y Fernando de la Rúa.

Su contacto con Fernández data de 2003, cuando el por entonces jefe de ministros de Néstor Kirchner le encomendó la tarea de representar al ministerio de Economía en el directorio del Banco Central.

Un dato puede ser revelador del perfil que dará a su nuevo cargo: en 2010 defendió el uso de las reservas internacionales para pagar deuda pública, algo a lo que se oponía con vehemencia el presidente de la entidad, Martín Redrado. Redrado perdió su puesto y Pesce lo reemplazó durante dos semanas como interino.

Federico Rivas Molina

 

El presidente graba un mensaje de 40 minutos que difunde en cadena por todas las radios y televisiones del país.

 

Mauricio Macri se despidió de la presidencia con un derroche de optimismo. A cinco días del fin de su mandato, el jefe del Estado argentino utilizó casi 40 minutos de cadena nacional (retransmisión por todas las emisoras de televisión y radio) para explicar los éxitos de su gestión y lo mucho que, según él, había avanzado Argentina durante los pasados cuatro años.

Escuchándole, se hacía casi incomprensible que hubiera perdido las elecciones sin llegar siquiera a la segunda vuelta. Solo hizo autocrítica en el ámbito económico, aunque aseguró que había “sentado las bases” para un futuro crecimiento. Su propio gobierno, como el FMI, pronostica que en 2020 seguirá la recesión iniciada hace ya dos años.

Macri perseguía varios objetivos con su mensaje. El primero, amortiguar las acusaciones formuladas por el presidente entrante, el peronista Alberto Fernández, según el cual el presidente saliente deja poco más que “tierra arrasada” con una deuda en dólares altísima, una economía en retroceso, una inflación desbocada (superior al 50% anual), un desempleo superior al 10% y una pobreza que ya rebasa el 40% y afecta a 16 millones de argentinos, de acuerdo con los datos publicados por la Universidad Católica pocas horas antes de la alocución presidencial.

El segundo objetivo consistía en perfilarse como jefe de la oposición, puesto que no tiene asegurado porque en su campo político diversos dirigentes aspiran a él. Por último, quiso lanzar críticas a la presidenta anterior, Cristina Fernández de Kirchner, nueva vicepresidenta a partir del día 10, a quien no mencionó pero de quien recordó las presuntas prácticas corruptas. Debido a sus reformas administrativas, dijo, “ahora es más difícil robar”.

Atribuyó a los anteriores gobiernos peronistas buena parte de su propio fracaso en la gestión económica. Sobre el crecimiento de la deuda externa y el préstamo recibido del FMI, cuyos plazos deberá renegociar el gobierno de Alberto Fernández porque Argentina no puede hacerles frente, Macri dijo que casi todo ese dinero se había dedicado a pagar deudas anteriores y a cubrir su propio déficit presupuestario.

Acerca del déficit, omitió señalar que se podía haber cubierto con endeudamiento en pesos, no en dólares. También definió como” saludable” el tipo de cambio actual, de casi 60 pesos por dólar, cuando solo unos meses atrás, tras su derrota en las primarias de agosto, calificó en términos casi apocalípticos la devaluación. En su mensaje señaló que la devaluación tras las primarias se debió al “miedo de millones de argentinos” al retorno del peronismo.

“No me voy satisfecho con la economía”, dijo. Sí se iba satisfecho con casi todo lo demás. Aseguró que dejaba una Argentina más integrada en el “diálogo internacional”, con un sistema político más decente, con una justicia más independiente, con una prensa más libre, con unas estadísticas oficiales más fiables, con unas instituciones más sólidas y con menos narcotráfico. También con un mejor suministro energético.

En esos terrenos se le podían plantear algunas objeciones (su gobierno, por ejemplo, utilizó en varios casos la justicia para hostigar a adversarios políticos), pero en general le asistía la razón.

“Siempre les dije la verdad”, proclamó, antes de lamentar “no haber podido ofrecer mejores resultados”. Y prometió que su coalición liberal-conservadora, en proceso de reorganización, haría una oposición constructiva: “Jamás haría nada para entorpecer la labor del gobierno entrante”.

Enric González

 

Bolsonaro promueve una reducción del arancel externo del bloque, una medida que el peronista Fernández rechaza.

La cumbre del Mercosur, programada para el miércoles y el jueves en Bento Gonçalves, en el sur de Brasil, ya tenía todo lo necesario para ser una de las más tensas de los últimos años, dada la incertidumbre sobre la dirección que los presidentes electos de Argentina, el centro izquierdista Alberto Fernández, y de Uruguay, el derechista Luis Lacalle Pou, querrán dar al bloque, a la sombra del ultraderechista Jair Bolsonaro.

El brasileño ni siquiera ha felicitado Fernández, que tomará posesión el próximo martes, en uno de los puntos más bajos de la relación Brasil-Argentina, eje tradicional del Mercosur, que también integran Uruguay y Paraguay. La sorprendente decisión del presidente de Estados Unidos, Donald Trump, de elevar los aranceles a la importación de acero y aluminio brasileño y argentino ha elevado aún más esta tensión.

En la práctica, sin embargo, poco se puede decidir sobre este tema en la reunión, ya que estarán presentes representantes del Gobierno de derecha de Mauricio Macri, ya de despedida, y Tabaré Vázquez, que solo estará tres meses más en la presidencia. Ningún miembro de las futuras oficinas de Fernández o Pou asistirá a la reunión, ni siquiera como oyentes. En el caso de los argentinos, no fueron invitados por la falta de afinidad ideológica entre el anfitrión Bolsonaro y el futuro ocupante de la Casa Rosada.

Que no haya cruce entre Bolsonaro y Fernández tiene mucho que ver con la fecha decidida por Brasil para el traspaso de la presidencia pro tempore del Mercosur, que por orden alfabético pasará a Paraguay. Cada país dirige el bloque durante un semestre y lo común es que el pase de manos se haga lo más cerca posible del fin del periodo. Bolsonaro, sin embargo, lo hará en el inicio de diciembre, cinco días antes de que asuma Fernández. El brasileño pensó más la cumbre como una despedida a Macri que como una bienvenida al líder peronista.

Desde el lunes, diplomáticos y técnicos de los cuatro países del bloque están reunidos en Bento Gonçalves para discutir qué acuerdos deberían anunciarse. Hasta ahora, es seguro que ocurrirá uno: la obligación de indicar el origen geográfico de ciertos productos. Estos incluyen queso Serra da Canastra, café del Cerrado brasileño, cacao del sur de Bahía, todos de Brasil, o el vino argentino de Mendoza. "Es para que se asegure el respeto a una marca de valor dentro del bloque", explicó el diplomático brasileño Pedro Miguel da Costa e Silva, secretario de Negociaciones Bilaterales y Regionales en las Américas.

Dos acuerdos más están en proceso de concretarse, ambos en áreas fronterizas. El primero facilita las operaciones policiales conjuntas, en las cuales los agentes de un país pueden ingresar al otro siempre que se encuentren en medio de una persecución de criminales.

El otro autoriza a los residentes que viven en la región fronteriza a tener acceso a servicios en ambos lados en las áreas de salud, educación y trabajo. "Estas cumbres son como el juego de Flamengo y River Plate, todo se puede decidir en el último minuto", dijo el diplomático Costa e Silva, refiriéndose a la final de la Copa Libertadores de América, en la que el equipo brasileño venció al argentino en los cuatro minutos finales del partido.

UNA PRESENCIA DEVALUADA

La cumbre del Mercosur no tendrá el brillo de citas pasadas. Según Itamaraty, está confirmada para este jueves la asistencia de solo tres presidentes: el anfitrión Jair Bolsonaro, el argentino Mauricio Macri y el paraguayo Mario Abdo Benítez. Por Uruguay irá la vicepresidenta, Lucía Topolansky, porque Tabaré Vázquez está en tratamiento médico.

A la última cumbre realizada en julio pasado en la provincia argentina de Santa Fe asistieron además los presidentes de Chile, Sebastián Piñera, y de Bolivia, Evo Morales. El chileno se quedará en Santiago atento a la crisis en su país y Morales está exiliado en México tras su renuncia anticipada al cargo. Bolsonaro había invitado a su sucesora interina, Jeanine Añez, pero la senadora declinó la invitación y estará representada por su ministra de Exteriores, Karen Longaric.

Un tema trascendental será la reducción del arancel externo común que es del 14% en promedio, según el producto comercializado entre los cuatro países del bloque. Desde principios de año, Argentina y Brasil trataron de cambiar esta cifra, pero las elecciones en dos de los cuatro países del bloque impidieron un progreso efectivo.

El objetivo brasileño era lograr la reducción a finales de este año. "Por supuesto, el objetivo brasileño hubiera sido lanzar una reforma arancelaria externa común, pero es un tema complejo que necesita mucha conversación y mucha negociación”, dijo el diplomático brasileño. El arancel pone una barrera a los socios que pretendan importar productos de fuera de la zona que sean fabricados dentro del bloque, con el objetivo de proteger las industrias locales.

Tensión entre Bolsonaro y Fernández

La relación entre Bolsonaro y Fernández será el principal lastre de la reunión. Argentina y Brasil son los países más grandes de la región y de su buena sintonía depende la salud del bloque. El trato no puede ser peor. Bolsonaro se metió sin filtro alguno en la campaña electoral argentina y no dudó en pedir el voto por Macri, al tiempo que amenazaba con estallar el Mercosur si el “populismo de izquierda” de Fernández se instalaba en la Casa Rosada. La visita que el argentino Fernández hizo al expresidente Lula da Silva en la prisión de Curitiba elevó aún más la tensión.

Fernández salió de aquella visita a la cárcel acompañado por el ex canciller Celso Amorim. Dijo entonces que en Brasil no había Estado de derecho y que Lula debería estar libre. Bolsonaro consideró las declaraciones del peronista como una intromisión y advirtió que a Argentina le iría muy mal si votaba al kirchnerismo. “Bolsonaro contaba con el apoyo de Argentina y con una buena relación con Estados Unidos. A partir de ahí generaría su estrategia internacional, pero todo esto se dio vuelta con la derrota de Macri y empezaron los temblores”, dice el exembajador en Brasil durante el kirchnerismo, Juan Pablo Lohlé.

El cruce tendrá consecuencias políticas. Por primera vez en 17 años, un presidente de Brasil no viajará a Buenos Aires para participar del traspaso de poder en la Casa Rosada, previsto para el 10 de diciembre. Fernández tampoco visitará Brasil, al menos en lo inmediato. Como presidente electo prefirió realizar una gira sin precedentes por México, país que pretende sumar a un eventual eje norte-sur que sirva de contrapeso al eje Brasil – Estados Unidos que impulsa Bolsonaro.

“La cuestión de fondo es que Brasil ha comenzado un proceso de reforma económica y de apertura de la economía que es irreversible. La reducción del arancel externo común es una parte de esa estrategia, y Argentina no tiene nada que hacer contra eso. Si Argentina no está de acuerdo se expone a la quiebra del Mercosur como unidad política”, advierte el analista Jorge Castro, presidente del Instituto de Planeamiento Estratégico.

Los socios, sin embargo, están obligados a entenderse. Brasil es el principal socio comercial de Argentina y Argentina es el tercero de Brasil, detrás de China y Estados Unidos, y el primer comprador de sus productos industriales. “La relación entre los dos países no se basa en consideraciones ideológicas, lo que hay son intereses nacionales que subordinan por necesidad cualquier diferencia personal” entre sus presidentes, dice Castro.

La decisión de Trump de aplicar aranceles a las exportaciones de metales de Brasil y Argentina puede tener como efecto colateral el acercamiento de los socios. Washington ha puesto a los dos países en la misma bolsa, sin importar las diferencias ideológicas de sus gobiernos.

El embajador Lohlé considera que habrá que esperar a la toma de posesión de Fernández para conocer la naturaleza de la nueva relación. “Estará más clara el día que Fernández establezca formalmente las conversaciones a nivel institucional. Lo racional sería que se mantenga el diálogo. Cualquier tensión la resuelve la política y la diplomacia, pero primero la política”, dice. Durante los últimos días, Fernández y Bolsonaro dieron alguna prueba de ello y bajaron el tono de la polémica que los enfrenta con promesas de pragmatismo.

Afonso Benites/Federico Rivas Molina

 

María Gabriela Chávez muestra su regalo a través de las redes sociales.

María Gabriela Chávez está renovando los vínculos privilegiados con sus antiguos amigos argentinos y para que no haya duda de su intención ha publicado en las redes sociales el «regalito» que ha ofrecido a la nueva vicepresidenta de Argentina, nada menos que Cristina Fernandez de Kirchner.

Se trata de unos muñecos de trapo alusivos a los fallecidos Néstor Kirchner, Evita Perón, Hugo Chávez y de ella misma, que la expresidenta argentina exhibe abrazada a los muñecos sonriente, vestida con blusa de color lila en las fotos, a pesar de enfrentar varios juicios en su contra que los tribunales le encausan por corrupción.

«Hace unos días visité a Cristina y le entregué estas bellezas de muñecos, hechos con amor por manos venezolanas. Los muñequitos de Néstor y Cristina se los obsequié yo; y los de Chávez y Evita se los envió el equipo de @puntoyv ¡TE QUEREMOS, CRIS!!! ¡Gracias infinitas!!!», publicó este 3 de diciembre María Gabriela en sus cuentas de Twitter e Instagram.

La hija predilecta del difunto expresidente venezolano, que gobernó cerca de 14 años en Venezuela (1999-2013), ha estado de bajo perfil en los actos públicos desde febrero de este año por ser sospechosa de blanquear dinero y llevar una vida suntuosa en Nueva York como embajadora alterne de Venezuela en las Naciones Unidas.

Pero antes del escándalo de la gran vida que se daba como diplomática venezolana y ser sancionada por corrupción en Estados Unidos, María Gabriela hizo sus primeros pinitos en el tráfico de influencias con el gobierno de Kirchner en Argentina, donde fue conocida con el mote de la «reina del arroz».

Hace diez años la estrecha relación entre María Gabriela y Cristina se profundizó con visitas a la residencia de los Olivos y viajes a Bariloche y hospedaje en los hoteles de los Kirchner al sur de Argentina. Y justo ahora con la vuelta al poder y la relación de privilegio que tenía con la viuda de Kirchner es lo que busca renovar la hija de Chávez, dorando la píldora con los muñecos de Néstor y Hugo.

Denuncia de irregularidades

En la Asamblea Nacional, los diputados democristianos de Copei Abelardo Díaz y Homero Ruiz denunciaron en julio de 2014 que María Gabriela estuvo involucrada en un contrato irregular con la empresa argentina Bioart S.A. en la compra de arroz y maíz por 15,5 millones de dólares en el marco del convenio agroalimentario entre Venezuela y Argentina.

El escándalo lo destapó el diario «Clarín». La firma Bioart SA, una empresa de Rosario a la que se atribuyen vínculos con el ministro de Planificación Federal Julio De Vido, exportó arroz a Venezuela con elevados sobreprecios. La compañía, propiedad de los hermanos Vignati con los que la hija de Chávez mantuvo amistad e incluso se ha dejado ver en fotografías en las redes sociales, llevaba vendidas más de 40.000 toneladas de maíz a Venezuela pactados a precios del 80% superiores a los del mercado.

Posteriormente, en octubre de 2019, el «Diario Las Américas» informó de que María Gabriela Chávez, junto a su novio Roberto Leyva, estaba siendo investigada por lavado de dólares a través de negociados que hacían con la estatal Petróleos de Venezuela (Pdvsa). Según revistas especializadas, la hija de Chávez acumuló una fortuna de tal magnitud que fue catalogada como una de las mujeres más ricas de Venezuela.

Pero lo que llamó la atención de las autoridades norteamericanas fue la gran vida dispendiosa que llevaba en Nueva York, que no se correspondía con su cargo diplomático ni la crisis económica y hambruna que sufrían sus connacionales.

El «Diario Las Américas» sostiene que la pareja Leyba-Chávez, según los movimientos de la tarjeta de débito, gastó decenas de miles de dólares en tiendas de lujo exclusivas como Chanel, Louis Vuitton, Hugo Boss, Michael Kors y Kenneth Cole, todas ubicadas en Manhattan.

«Entre el 23 y el 26 de octubre de 2015, la cuenta registró pagos por unos 9.000 dólares en la tienda Chanel, en Midtown Manhattan. La tienda exclusiva, ubicada a escasos 12 minutos de la sede de las Naciones Unidas, ofrece desde perfumes, relojes y carteras, hasta calzados, anteojos y costosa joyería con diseños exclusivos», añade el diario.

María Gabriela era clienta fija de las tiendas Forever 21 (con dos compras de casi 2.300 dólares), la tienda de ropa íntima Victoria Secret (tres visitas en cinco días con más de 1.000), y la tienda de cosméticos MAC de Times Square, visitada cuatro veces con desembolsos de más de 1.600 dólares.

Ludmila Vinogradoff

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Fundado el 4 de agosto de 2003

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