Domingo, 10 Junio 2018 00:00

Argentina en la vorágine: "lo peor ya pasó", crisis y acuerdo con el FMI - Por Silvia Mercado

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Todo sucedió en un mes. Mauricio Macri habla el idioma del mundo y no es del todo comprendido por los argentinos

 

"A finales de mayo de 1940, después de muchas vacilaciones, después de muchos titubeos, de paseos arriba y abajo por la habitación en plena noche, de caos mental diciendo primero una cosa y luego otra, de un abuso exasperante de los cambios de parecer, del examen de conciencia, de la meticulosidad, de escuchar a los demás, de reconsiderar las cosas, de sopesar unas opciones y otras, de calcularlo todo, de taciturnidad depresiva, (Winston) Churchill pudo por fin enfrentarse a la nación y ofrecerle unas palabras templadas en el fuego de unas intensas dudas, y aterrizar en el lado correcto de la historia", escribió Anthony Mc Carten en su novela Las horas más oscuras. A la mañana siguiente, el premier inglés comunicó su decisión de ir a la guerra contra Adolfo Hitler y solo prometió "sangre, fatigas, lágrimas y sudor".

Quien haya visto la película de ese nombre, dirigida por Joe Wright, fue testigo de los conflictos del premier inglés personificado por Gary Oldman, finalmente los dilemas de cualquier líder político frente a una toma de decisión dramática y cuyo resultado puede llevarlo -diríamos en la Argentina- a la gloria o a Devoto.

No hubo tiempo todavía de conocer la génesis y el desarrollo de la decisión que llevó a Mauricio Macri a pedir la ayuda de Christine Lagarde, la directora gerente del FMI, el organismo temido y odiado por la mayoría de la opinión pública local. No sabemos si, de verdad, estuvo en las opciones originales, como a veces se hace trascender. Ni quiénes exactamente intervinieron en la decisión.

Tampoco por qué estuvo el Presidente tan seguro de que el préstamo sería importante en volumen y rápido en ejecución. Es decir, cuál es con precisión el diagnóstico que el FMI tiene hoy de la Argentina ni la Argentina del FMI, más allá de alguna que otra interpretación de ocasión, como que "bueno, este FMI no es el mismo que el de otros tiempos", que dijo el ministro de Hacienda, Nicolás Dujovne, en la primera conferencia de prensa después del anuncio presidencial.

Lo que se sabe es lo que se ve. Que ante la corrida cambiaria que demostró -sin maquillaje- la fragilidad de las cuentas públicas, Macri tomó una determinación que jamás formó parte del debate, que él mismo se encargó de transmitir en un mensaje que no duro 10 minutos, que el FMI inmediatamente emitió un comunicado donde reconoció que las negociaciones habían comenzado, que exactamente un mes después la Argentina anunció el acuerdo al que se había llegado y que, antes de que termine junio, se embolsaría el primer tramo de 15 mil millones de dólares.

La vorágine de los acontecimientos impide pensar. Cuando hay cantidad de argentinos que todavía no se acostumbran al cambio de Gobierno y siguen sin comprender cómo es que el peronismo ya no tiene residencia en la Casa Rosada. Cuando otros que votaron a Cambiemos aún no digieren que haya más inflación y menos salario de los prometidos. Cuando empresarios o industriales que esperaban que un presidente "pro-empresa" generaría por sí solo mejores condiciones para el crecimiento y la inversión, como el mismo Macri transmitía en las reuniones. Cuando todavía cuesta entender por qué la corrida cambiaria, el FMI volvió a las conversaciones cotidianas, ya acordó con el Gobierno, confirmó que nos va a prestar un monto que nadie creía posible y ya está enviando a sus equipos técnicos para monitorear que el ajuste, finalmente, se concrete.

Un amigo del Presidente, que lo conoce de cuando eran chicos, suele decir que "Mauricio se equivoca mucho, pero tiene dos cosas que siempre lo ayudan. Por un lado, audacia. Por el otro, suerte". Y debe ser cierto. Porque si no, es imposible comprender cómo fue que se animó a romper con un sentido común muy arraigado en la última década, a saber, que sacarnos de encima al FMI (como hizo Néstor Kirchner, al "desendeudarnos") nos había liberado de un yugo que nos viene del tiempo de la Baring Brothers, la compañía financiera inglesa que le prestó 1 millón de libras esterlinas a Bernardino Rivadavia en 1824.

La mayoría de la dirigencia peronista y sindical todavía no entiende qué pasó. Se habían convencidos de que #Hay2019 y estaban empujando el paso. Con los últimos acontecimientos, los que entienden de qué se trata el poder ahora están tratando de interpretar las nuevas pistas. Andrés Rodríguez, por dar un nombre, no le importó dejarse vilipendiar de lo lindo en la reunión con otros cegetistas a los que convocó en UPCN para explicarles lo que se venía. Miguel Ángel Pichetto, por dar otro, ni apareció por el Congreso del PJ que sesionó en el microestadio de Ferrocarril Oeste.

Por cierto, Macri todavía se puede seguir equivocando mucho en su manejo interno. Se habló mucho en los últimos tiempos de nuevas mesas chicas de la política pero la verdad es que todavía no está instrumentada. Por otro lado, está claro que tiene más facilidad para hablar el idioma del mundo que el local. No tolera que nadie le haga sombra y muestra dificultades para conducir un equipo diverso, que se exprese en distintas tonalidades. Muchas veces se muestra terco y se siente incomprendido. Traducirlo no siempre es fácil para los argentinos. En cambio, en los centros del poder global, es respetado y respaldado, y pareciera que siempre quieren hacer algún gesto más para ayudarlo.

Aunque no le gusta pensar en términos de historia, Macri forma parte de esa tradición argentina que busca estar conectado con el mundo. Claro que también está la otra, la tradición del "vivir con lo nuestro", el encierro que viene con los tiempos de crisis. De hecho, son pocos los presidentes argentinos que recorrieron el mundo antes de llegar a la Casa Rosada. Domingo Faustino Sarmiento realizó un viaje por Estados Unidos y los países más modernos de Europa. Juan Domingo Perón hizo un viaje iniciático por el lado Eje de Europa. Ambos le dieron la impronta a su presidencia de lo que vieron y, por cierto, con criterios bien opuestos.

Macri es un presidente del siglo XXI, que no cree en grandes relatos, sino en la experiencia. Su propia vida se fue saliendo de los moldes previstos por su familia, simplemente animándose a transitar más allá de las fronteras de su propio círculo rojo, para explorar las pasiones de lo popular y la vida cotidiana de los que no nacieron en cuna de oro. ¿Qué salió de todo eso? Todavía no lo sabemos muy bien, y quizás él mismo tampoco lo sepa del todo. Nadie llega a la Presidencia sabiendo muy bien de qué se trata.

McCarten dice en Las horas más oscuras que "cuando los hombres más prudentes desconfiaban, y con razón, de las consecuencias de las decisiones (de Churchill), en él no tenía cabida el temor y no entendía fácilmente que otros tuvieran miedo. La audacia es una cualidad que se encuentra en muchos grandes líderes, pero es tan probable que dé lugar a la ignominia como que dé lugar a la excelencia. Lo que marca la diferencia en último término es que el líder tenga razón o no".

Ojalá que Macri la tenga. Por el bien de todos.

Silvia Mercado
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