Domingo, 27 Octubre 2019 00:00

Macri salió de su laberinto: ¿le alcanzará? - Por Silvia Mercado

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Después de negarse a los usos tradicionales de la política, le propuso a Miguel Ángel Pichetto la candidatura a vice y se lanzó a una campaña de estilo peronista, como jamás había imaginado. Llega a las elecciones muy distinto a como era en el 2015. ¿Le alcanzará?

 

El Mauricio Macri que llega a las elecciones presidenciales donde se juega la reelección, es bastante distinto al que entró a la Casa Rosada el 10 de diciembre de 2015. Y no solo por lo obvio, como la confianza que tenía entonces de que su sola victoria alcanzaría para domesticar a las complejas fuerzas que pujan por una tajada del Estado para continuar reproduciéndose. Desde el primer día estuvo convencido de que podría solo para poner en marcha la economía argentina, levantando el cepo, generando confianza, esperando las inversiones, poniendo proa al rumbo definido, ese horizonte donde están los principales países occidentales del mundo.

“No va a ser difícil”, le aseguró por esos días a un amigo de siempre, de esos que suele encontrarse una vez por semana para jugar a las cartas, un compromiso que dejó de cumplir solo en excepcionales ocasiones, como cuando se realizó el G20 o cuando se murió su padre Franco. La última semana de campaña no fue una ocasión de esas, al punto que el martes, cuando volvió de hacer campaña en Rosario, también tuvo sesión de cartas y, según cuentan, a pesar del agotamiento estaba afilado y ganó varias manos.

Ese Macri, el de 2015, no escuchaba a los que le decían que su sistema de gestión era excesivamente excéntrico y operaba como un freno en la gestión cotidiana, donde ningún ministro tenía poder y las decisiones se terminaban tomando en ese triángulo que él mismo dio en llamar “son mis ojos, son yo”, para hablar del equipo que formó con Marcos Peña como jefe de Gabinete y Mario Quintana y Gustavo Lopetegui como vicejefes, verdaderos embudos del Gobierno.

Tampoco quería ampliar su base de alianzas. No le pareció necesario hacer del Gabinete un sistema de distribución política partidaria como se acostumbra en gobiernos de coalición de casi todos los países, incluidos exitosos como Israel y Dinamarca, por nombrar unos pocos. Es más, le parecía decadente y, tal vez, tenía razón. Lo extraño es que terminara poniendo de ministros sin experiencia de gestión a tomar decisiones de altísima trascendencia e ingenuidad a la vez, creyendo que el mundo privado era escuela suficiente para los manejos del Estado.

Como sea, y a pesar de que en cada segundo semestre los resultados tardaban en llegar, Macri nunca abandonó la convicción de que su sistema era el correcto y que los confundidos eran los demás, algo así como todos los que lo rodeaban y que él intentaba escuchar, pero tampoco le resultaba sencillo. Se sentía incomprendido y que solo iban a verificar que tenía razón una vez que los resultados fueran evidentes.

Es que a Macri le parecen naturales los caminos de largo plazo en los que empieza de cero. Desde la Policía de la Ciudad hasta el PRO, son infinitos los logros que alcanzó tomando por el camino más difícil, empezando de cero, a su manera y con sus reglas, aceptando cambios solo cuando la realidad le mostrara en forma consistente que era necesario lo que él llama “atajos". Pero si fuera por él, los evitaría. Siempre prefirió el estilo propio a cualquier acuerdo, inventar de nuevo la pólvora, hacer una propia y distinta, antes que negociar con el que la fábrica hace décadas.

Con sus más y sus menos, Macri transcurrió sus dos primeros años de Gobierno con la tranquilidad de que las cosas estaban funcionando, aunque los resultados fueran más lentos de lo que esperaba. Se le complicaron las cosas en abril del 2018, y de nuevo en agosto y setiembre, pero siguió confiado: podría encarrilar las cosas apenas el mundo se ordenará de nuevo.

Esa confianza en sí mismo, sin embargo, es la que lo enredó en su laberinto. Capaz de llegar con sus propios métodos y sin escuchar a casi nadie, con fortaleza emocional para superar las peores dificultades, hasta el desprecio que sufrió de su propio padre, al que le demostró en vida que “Sí, se puede”, Macri se sintió capaz de todo. Las sucesivas devaluaciones y un peronismo con abstinencia del poder hicieron lo suyo y al Presidente solo le quedó jugar una última carta, que jamás hubiera aceptado cuatro años atrás, como fue convocar a la apoteosis de la corporación política en la Argentina como es el peronista Miguel Ángel Pichetto.

Dicen que Marcos Peña bramó con esa decisión, aguijoneado por Jaime Durán Barba, que no podía creer cómo se rompía con el “manual del nuevo elector latinoamericano”. Pero nada pudieron hacer al constatar que el mundo que rodeaba al Presidente, los medios, y los expertos de todas las materias se fascinaban con la “inyección de testorena” (concepto del periodista y psicólogo Diego Sehinkman) que ingresó a Cambiemos.

Claro, sin el anuncio de Cristina Fernández de Kirchner de nominar a Alberto Fernández como candidato a presidente, no hubiera dado ese paso. Como tampoco el Jefe de Gabinete hubiera aceptado el consejo que por distintas vías le llegó de hacer una campaña arriesgada, intensa, con poca seguridad y desplegando la emoción al mejor estilo peronista tradicional, si el 11 de agosto no hubieran quedado fuera de la cancha.

La situación que se generó fue tan particular que Macri se transformó en el último mes casi en un candidato de la oposición, sin poder, que la corre de atrás para representar el cambio, mientras Fernández parece el gobernante responsable del aumento del dólar y la inestabilidad cambiaria, lo que le abrió una ventana de oportunidad a la fórmula de Juntos por el Cambio, de la que carecía apenas un mes atrás.

¿Le alcanzará a Macri el fenomenal esfuerzo personal que hizo, con una vértebra lumbar desplazada, lo que lo obligó a ser infiltrado en más de una oportunidad y usar una faja en forma casi permanente? Por lo que dicen las encuestas, y a pesar de que aumentaría el porcentaje de votos, no lograría que Fernández saque menos de 45 por ciento.

Como sea, nadie podrá decir que no hizo todo lo posible, actuando pragmáticamente en contra de sus propias creencias, modificando quizás su propia personalidad, explorando territorios que siempre le fueron ajenos. Y, quizás -quién dice- hasta lo logra.


Silvia Mercado
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