Argentina en el Mundo

Argentina en el Mundo (332)

 

El nuevo presidente quiso marcar distancias con la etapa «kirchnerista», pese a contar con Cristina Fernández como vicepresidenta.

Quería establecer con claridad y desde el minuto uno, las diferencias con Cristina Fernández. No debió ser fácil pero el resultado, al menos en su discurso de investidura, fue el deseado. Alberto Fernández se presentó como el presidente de la «unidad sin rencor», como un jefe de Estado dispuesto a «levantar Argentina» y a «pagar la deuda» pero no a cualquier precio.

El sucesor de Mauricio Macri puso sobre la mesa las «cifras y datos contundentes» (en negativo) de su antecesor, convocó a empresarios y sindicatos y declaró la guerra al actual Poder Judicial. «Nunca más una justicia contaminada», clamó.

En simultáneo, pidió condenas, para los corruptos (o corruptas), anunció la intervención de la Agencia Federal de Inteligencia (AFI), el tijeretazo de publicidad oficial a los medios de comunicación, un Plan integral contra el hambre, créditos estatales, ayudas para los marginales y un nuevo presupuesto una vez que logre (si logra) un acuerdo que evite hacer oficial el virtual default (cesación de pagos) en el que se encuentra el país.

«Nunca más» (título del informe de la Comisión de Desaparición de Personas), «levantar Argentina» y «unidad», fueron las expresiones más reiteradas en el Congreso durante un discurso donde invitó a «superar el muro del odio y del rencor». Fernández, salvo la polémica sobre la ampliación del aborto, no se dejó nada en el tintero y cerró con el único asunto, sin fisuras, que abraza la sociedad.

«No hay más lugar para colonialismo en el siglo XXI», haremos «el legítimo reclamo« de las islas Malvinas, bajo soberanía de Gran Bretaña. Con pasajes que parecían más dirigidos a Cristina Kirchner que a Mauricio Macri, rechazó «aislarse del mundo».

El Fernández que ayer se presentó como el número 1 prometió «robustecer el Mercosur» (mercado Común Suramericano) de la mano de Brasil. El vicepresidente Hamilton Mourao, sentado junto a la presidenta del Senado, Pilar Llop, escuchaba atento. La víspera Jair Bolsonaro cambió tres veces de opinión sobre mandar un representante de su Gobierno a la investidura. Bolsonaro, finalmente, autorizó a Hamilton Mourao. Alberto Fernández entendió la importancia de su principal socio comercial y destacó un vínculo que debe estar, «más allá de cualquier diferencia personal de quienes gobiernan en la coyuntura».

Durante una hora el elegido por los argentinos para tomar las riendas del país hasta el 2023, desgranó sus planes, se colocó en primera línea de fuego contra la violencia de género, «imperdonable», el desafío del cambio climático e hizo repaso, sin ensañamiento pero con contundencia, a la herencia recibida: «Inflación superior al 50 por ciento», «PIB más bajo de la última década», «deuda externa en relación al PIB en su peor momento desde el 2004...)». Hizo el recordatorio que Macri evitó en su día y que le habría ayudado, como sucederá ahora con el flamante Gobierno, a adoptar decisiones incómodas e impopulares.

El Fernández presidente supo hacer guiños a la oposición, a «los que me votaron y a los que no«, se esforzó en mantener un tono conciliador y cuando metió el bisturí en temas espinosos como el de la justicia, fue hábil para enviar, en simultáneo, mensajes para los jueces corruptos pero también para la mujer que tenía sentada a su izquierda y cuyo destino posterior al banquillo y a su vicepresidencia, difícilmente podría ser otro al de prisión cuando concluya la decena de juicios que tiene pendiente (tiene dos órdenes de detención). El Fernández que promete ejercer el poder rechazó la prisión preventiva, «hasta que no haya sentencia».

El mensaje era un consuelo para la caterva de ex ministros y autoridades del Gobierno de Cristina Kirchner que todavía están presos por corruptos. En ese mismo discurso, el hombre que tendrá en su mano la posibilidad de una amnistía o un indulto para su vicepresidenta, si termina condenada, dijo algo que, quizás, no hizo feliz a la número dos del Ejecutivo. «Queremos que no haya impunidad ni para el ciudadano corrupto ni para el que lo corrompe», aseguró. La viuda de Néstor Kirchner ojeaba el discurso sobre el papel con gesto adusto.

Las palabras de Fernández fueron, como demostró el domingo durante la misa en Mercedes Luján, más que palabras cuando saludó a Mauricio Macri. De nuevo, el abrazo y las confidencias marcaron una escena imposible de hacer extensible a la viuda de Néstor Kirchner.

La actual vicepresidente retiró la vista con desprecio cuando el primer presidente no peronista de la democracia, que logró terminar su mandato, le tomó la mano para saludar. «No cuenten conmigo para seguir transitando el camino del desencuentro», diría el otro Fernández. Con él, es posible pero con ella…

Carmen de Carlos

 

El nuevo presidente promete luchar contra el hambre y acabar con el rencor como recurso político.

Alberto Fernández hizo una descripción dramática de la situación en Argentina. Dijo que asumía la presidencia de un país “en virtual default” y “con el 40% de la población en situación de pobreza”.

En referencia a la deuda, lanzó un mensaje diáfano: “El país tiene la voluntad de pagar, pero no tiene recursos para hacerlo”. La crudeza empleada para hablar de la crisis económica contrastó con el tono conciliador del discurso con que inauguró su mandato. Ante las dos cámaras del Parlamento y numerosos invitados extranjeros, Fernández llamó a la fraternidad y a “superar el muro del rencor y el odio” en política. “Quiero ser el presidente que escucha, el presidente del diálogo”.

La toma de posesión del nuevo presidente argentino reflejó un hecho importante: a diferencia de otros países latinoamericanos, y pese al drama económico y social, Argentina goza de una saludable normalidad institucional. Alberto Fernández ingresó en el hemiciclo, donde se congregaban diputados y senadores, empujando la silla de ruedas de la vicepresidenta saliente, Gabriela Michetti, parapléjica.

Fue un gesto simple, pero imprimió humanidad a la ceremonia. Luego Mauricio Macri tuvo que soportar que la nueva mayoría cantara a voz en grito la Marcha Peronista, y que su vieja enemiga, la vicepresidenta Cristina Fernández de Kirchner, le dispensara un saludo gélido. El ya ex presidente supo despedirse con elegancia. En estos tiempos, eso es mucho.

Fernández recordó, por su tono y sus palabras, a Raúl Alfonsín, el presidente que insistió en recibir el bastón de mando (usurpado hasta entonces por una atroz dictadura militar) en un 10 de diciembre, el día internacional de los Derechos Humanos. Fernández, peronista, inició su carrera política en la administración de Alfonsín, un radical por el que desde entonces siente un gran afecto.

El nuevo presidente recurrió a una conocida frase de Alfonsín, “con la democracia se come, se cura y se educa”, para expresar su deseo de que el diálogo caracterizará su mandato. “Si alguna vez me desvío del compromiso que asumo, salgan a la calle para recordármelo”, pidió. También utilizó con frecuencia la fórmula “nunca más”, celebérrima desde que el fiscal Julio Strassera cerró con ella los juicios a las Juntas Militares de la dictadura.

El peso de la deuda

Como primera medida, Fernández tiró a la papelera el presupuesto redactado por el gobierno saliente. Explicó que no era posible hacer proyecciones económicas sin resolver antes la cuestión de la deuda, a renegociar urgentemente con el Fondo Monetario Internacional y con los acreedores privados.

Se trata de un problema monstruoso. Bajo las actuales condiciones, en 2020 Argentina afronta vencimientos por más de 58.000 millones de dólares, más de 36.000 en 2021 y casi 50.000 millones en 2022, sumando deuda en dólares y en pesos.

“El país tiene la voluntad de pagar, pero no tiene los medios para hacerlo”, reconoció. “Para poder pagar”, precisó, “hay que crecer primero”. El proyecto del gobierno peronista se centra en conseguir que el FMI aplace por dos años el reembolso de principal e intereses, para dedicar esos 24 meses a recuperar una cierta estabilidad y relanzar una economía que no crece desde 2010.

Fernández proclamó que, en paralelo a la renegociación de la deuda, su prioridad serían los más desfavorecidos, el 40% de la población que vive en la pobreza, el 12% sumido en la indigencia, y advirtió que los más acomodados deberían hacer “un mayor aporte” en forma de impuestos. “Seriedad en el análisis y responsabilidad en los compromisos que se asumen para que los más débiles dejen de padecer, bajo esas premisas afrontaremos toda negociación de nuestra deuda”, dijo.

Como mecanismo para regular el funcionamiento de la economía, con objetivos a largo plazo y con políticas de Estado, anunció la creación de un Consejo Económico y Social. También declaró una “emergencia sanitaria” para corregir la decadencia de la salud pública: bajo el mandato de Macri, el presupuesto de la sanidad bajó un 45%.

Se comprometió a manejar “con absoluta transparencia” los fondos de las obras públicas (hubo muy poca transparencia en ese ámbito durante el mandato de su hoy vicepresidenta) y a mantener una relación “ambiciosa, creativa y fraternal” con Brasil, el gran socio, “más allá de cualquier diferencia personal entre quienes gobiernan la coyuntura”. Fernández y el presidente de Brasil, el ultraderechista Jair Bolsonaro, se detestan.

Un presidente peronista estaba obligado a brindar un gesto inaugural de buen populismo, y Fernández suscitó un gran aplauso cuando anunció la intervención de la Agencia Federal de Investigación, cuyo historial reciente es siniestro, y la supresión completa de sus fondos reservados: ese dinero se destinará al plan contra el hambre. “¡Nunca más al Estado secreto, nunca más a los sótanos de la democracia!”, exclamó.

El espionaje político ha contribuido al descrédito de la justicia argentina, y en ese terreno el presidente se enfrenta a un campo minado. Quiere acometer una “reforma integral” del sistema federal de justicia para acabar con “las persecuciones indebidas”, los “sumarios contaminados” por los servicios secretos y los “linchamientos mediáticos”, “nunca más a una justicia que persigue según los vientos políticos”, pero deberá hacerlo sin que parezca que su objetivo se limita a salvar a su vicepresidenta, Cristina Fernández de Kirchner, imputada por corrupción en numerosas causas.

La ex presidenta, ahora vicepresidenta, adoptó una actitud discreta. El protagonismo fue para Alberto Fernández, quien reconoció la “visión estratégica” de Cristina Fernández de Kirchner al renunciar a su propia candidatura, demasiado divisiva, y armar con él el tándem que se impuso rotundamente al dúo Mauricio Macri-Miguel Pichetto en las elecciones de noviembre.

Alberto Fernández dedicó el tramo final de su discurso a prometer que lucharía para “erradicar la violencia contra las mujeres” (sorprendió que no mencionara su compromiso electoral de legalizar el aborto) y acabar con la discriminación por raza, género, sexualidad o cualquier otra razón.

En las primeras filas aplaudía su hijo Estanislao, de 24 años, dibujante, administrativo de seguros y transformista. “Volvamos a ganarnos la confianza del otro”, pidió el presidente, antes de señalar que al término de su mandato la democracia argentina cumpliría 40 años.

“Quisiera que se nos recordara porque logramos volver a unir la mesa familiar, por haber sido capaces de superar la herida del hambre, por haber superado la lógica perversa de una economía que gira alrededor de la desorganización productiva, la codicia y la especulación”, deseó.

Alberto Fernández concluyó su parlamento con un recuerdo a sus padres y con lágrimas en los ojos. Tras muchos saludos y abrazos se dirigió en su automóvil particular a la Casa Rosada, donde tomó juramento a sus ministros y saludó desde el balcón a la multitud que, bajo un calor aplastante, abarrotaba la Plaza de Mayo.

Enric González

 

La ausencia de la expresidenta Cristina Kirchner y del gobernador de la provincia de Buenos Aires se sintió en el oficio religioso.

El milagro de Estado de la unidad, la concordia y el respeto se produjo, al menos durante una misa, en Argentina. La Iglesia logró sentar, hombro con hombro, a dos presidentes, Mauricio Macri y Alberto Fernández.

El titular de la Conferencia Episcopal, Oscar Egea y el arzobispo de Mercedes Lujan, Jorge Eduardo Scheinig, oficiaron una ceremonia de reconciliación, histórica, con la presencia en primera fila de los ministros de dos Gobiernos (en ejercicio y designado) que, por primera vez en este siglo, se esfuerzan en dar una imagen de normalidad democrática.

Faltaba, como era previsible, la expresidenta y vicepresidenta electa, Cristina Fernández. La persona que más separa a los argentinos rechazó la mano tendida por la Iglesia de sumarse a un oficio sin precedente. Algunos de los mensajes pronunciados desde un estrado convertido en púlpito a las puertas de la catedral de Luján parecían dirigidos expresamente a ella. «Cuídense. No se hagan daño, que no haya odio ni pelea» y en tono de ruego, «no caer en la tentación de destruir al otro» insistió Monseñor Scheinig.

El gobernador de la provincia de Buenos Aires y exministro «K», Axel Kicillof, tampoco aceptó la invitación al oficio religioso pero las palabras que resonaban le tenían, sin duda, a él también como destinatario.

Poco más de 48 horas antes del traspaso de poder, Argentina asistió asombrada a lo que puede considerarse el primer intento, en serio, de cerrar la denominada «grieta», término que resume el abismo entre dos países dentro del mismo país. Dicho de otro modo, la Iglesia intervino, como nunca antes, para cerrar la herida de la crispación y alejar la polarización extrema que enfrenta a la sociedad desde, prácticamente, el discurso de investidura de Néstor Kirchner del 25 de mayo del 2003.

La imagen resultaba insólita. Abrazos, sonrisas, guiños y hasta un vaso (parecía limonada) compartió Macri con Juliana Awada y Alberto Fernández. Bajo un sol de justicia la penitencia o el desafió superado por estos y por los ministros de ambos Ejecutivos fue resistir los 30 grados. Gestos importantes y escenas compartidas de dos hombres que se encuentran en los antípodas políticas, marcaron el principio de una historia cuyo desarrollo y final no se presupone demasiado feliz.

El pensamiento del Papa

Otro deseo del arzobispo de Mercedes Luján, provocó más de una sonrisa en ambos lados o bandos políticos. «… Conocer el pensamiento del Papa de manera directa y no por quienes la parcializan» y desvirtúan su mensaje. Al «lider social» y activista kirchnerista Juan Grabois, considerado uno de los protegidos del Papa, le pitaban los oídos. Lo mismo sucedía con Eduardo Valdés, ex embajador de Cristina Fernández en el Vaticano. Ambos ejercieron de presunta correa de transmisión de los mensajes, en ocasiones muy crudos, de Francisco contra el Gobierno de Mauricio Macri.

Ambos advertían también que el Pontífice jamás volvería a poner un pie en territorio argentino mientras en la Casa Rosada permaneciera el Presidente que mañana entregará el bastón de mando y la banda presidencial (gesto que no hizo con él Cristina Fernández) a Alberto Fernández.

La alineación de los equipos o cuadros presidenciales explicaba por sí misma la importancia de cada uno. Junto a Alberto Fernández se sentaba su pareja, Fabiola Yáñez, a continuación Santiago Cafiero (Jefe de Gabinete designado) y… a su lado un invitado especial, el exministro de Economía, Roberto Lavagna.

El economista considerado «piloto de tormentas» financieras y excandidato presidencial, rechazó sumarse al Gabinete de Alberto Fernández para retomar las riendas de una economía en estado comatoso. Su hijo Marcos Lavagna, aceptó dirigir el Indec, el Instituto Nacional de Estadísticas y Censos que corrompió el Gobierno del matrimonio Kirchner y Macri reconstruyó de las cenizas (en sentido literal en el caso de computadores y documentos).

La misa, convocada «Por la unidad y la paz» en honor de la virgen de Luján, patrona de Argentina congregó al mundo de la política y del sindicalismo. Para todos había mensajes sagrados, pero también para un sociedad que no puede sentirse ajena ni sacudirse responsabilidades del país que colabora a construir. A la gente, el arzobispo le pidió «estatura moral, respeto por los otros, sentimiento de unión» sin tener que renunciar a un pensamiento propio porque, un recordatorio necesario, «todos somos la patria», insistió.

A 70 kilómetros de Buenos Aires sucedió lo impensable. La Iglesia hizo posible lo que en más de quince de años fue imposible. Si fue un milagro puntual o el principio de una nueva realidad será el tiempo el que lo diga.

Carmen de Carlos

 

Martín Guzmán, de 37 años y discípulo del Nobel Joseph Stiglitz, será el ministro encargado de renegociar la deuda externa.

 

Kirchner acusa a los magistrados que la juzgan y llama “corsarios” a los fiscales.

 

El regreso de un “superministro de Economía”, como lo fueron Domingo Cavallo durante el menemismo y la crisis de 2001 o Roberto Lavagna durante el primer kirchnerismo, es el rasgo más sobresaliente del gabinete que acompañará a Alberto Fernández a partir del 10 de diciembre.

Encabeza la lista de nombres Martín Guzmán, un académico de 37 años que el nuevo presidente repatrió desde la Universidad de Columbia. Guzmán trabaja con el Nobel Joseph Stiglitz y es experto en renegociaciones de deudas externas, la losa que lastrará cualquier intento de recuperación económica si Argentina no logra, al menos, posponer vencimientos.

El nombre de Guzmán como ministro de Economía sonaba bajo entre pasillos y creció a medida que se acercaba el día D. A Fernández le convenció la lectura de la crisis de deuda que tiene Guzmán, y dejó en sus manos que convierta en praxis las ideas heterodoxas que el académico despliega en el aula. Los críticos advierten que nunca ocupó un cargo público y que no tiene experiencia en gestión.

Guzmán es doctor en Economía de la Universidad de Brown, EEUU, y dirige el programa de Reestructuración de Deuda de la Universidad de Columbia. Su desembargo en Buenos Aires estuvo mediado por Joseph Stiglitz, el preferido de Cristina Fernández de Kirchner entre los economistas extranjeros. El Nobel fue un férreo defensor de la gestión económica del kirchnerismo y siempre criticó las recomendaciones que el FMI hace los países necesitados de financiamiento, como Argentina.

En noviembre pasado, Guzmán presentó ante las Naciones Unidas en Ginebra un posible plan para Argentina. Dijo entonces que Buenos Aires no debe pagar ni capital ni interés hasta 2022, no debe pedir más dinero al FMI para cumplir con el pago a los bonistas privados y debe evitar cualquier hipótesis de default. Durante el periodo de gracia, Argentina debería reordenar sus cuentas para hacer “sustentable” la deuda en el mediano plazo.

Junto a Guzmán trabajará Matías Kulfas. Este economista de 47 años ocupará desde el martes el ministerio de Producción, luego de que su nombre sonara durante semanas como ministro de Economía. Fernández se decantó finalmente por el académico de Columbia, pero la relación que mantiene con Kulfas es muy cercana.

El nuevo ministro tiene experiencia política y lleva años en la gestión pública: fue gerente general del Banco Central durante el kirchnerismo y ya pasó como funcionario por el ministerio de Economía. Egresado de la Universidad de Buenos Aires, Kulfas es de perfil heterodoxo y un experto en procesos de industrialización nacionales. En varias ocasiones acusó a Macri de haber liderado un “industricidio” en Argentina. Tendrá ahora la oportunidad de recuperar al sector más golpeado por la herencia macrista.

El tridente económico de Fernández lo completa Miguel Pesce como presidente del Banco Central. Pesce será un timonel con experiencia: fue vicepresidente de la entidad monetaria entre 2004 y 2015, un récord histórico que le permitió acompañar a los cuatro presidentes de gestión kirchnerista. Egresado de la Universidad de Buenos Aires, su cuna política está en la Unión Cívica Radical, el partido centenario de Raúl Alfonsín y Fernando de la Rúa.

Su contacto con Fernández data de 2003, cuando el por entonces jefe de ministros de Néstor Kirchner le encomendó la tarea de representar al ministerio de Economía en el directorio del Banco Central.

Un dato puede ser revelador del perfil que dará a su nuevo cargo: en 2010 defendió el uso de las reservas internacionales para pagar deuda pública, algo a lo que se oponía con vehemencia el presidente de la entidad, Martín Redrado. Redrado perdió su puesto y Pesce lo reemplazó durante dos semanas como interino.

Federico Rivas Molina

 

El presidente graba un mensaje de 40 minutos que difunde en cadena por todas las radios y televisiones del país.

 

Mauricio Macri se despidió de la presidencia con un derroche de optimismo. A cinco días del fin de su mandato, el jefe del Estado argentino utilizó casi 40 minutos de cadena nacional (retransmisión por todas las emisoras de televisión y radio) para explicar los éxitos de su gestión y lo mucho que, según él, había avanzado Argentina durante los pasados cuatro años.

Escuchándole, se hacía casi incomprensible que hubiera perdido las elecciones sin llegar siquiera a la segunda vuelta. Solo hizo autocrítica en el ámbito económico, aunque aseguró que había “sentado las bases” para un futuro crecimiento. Su propio gobierno, como el FMI, pronostica que en 2020 seguirá la recesión iniciada hace ya dos años.

Macri perseguía varios objetivos con su mensaje. El primero, amortiguar las acusaciones formuladas por el presidente entrante, el peronista Alberto Fernández, según el cual el presidente saliente deja poco más que “tierra arrasada” con una deuda en dólares altísima, una economía en retroceso, una inflación desbocada (superior al 50% anual), un desempleo superior al 10% y una pobreza que ya rebasa el 40% y afecta a 16 millones de argentinos, de acuerdo con los datos publicados por la Universidad Católica pocas horas antes de la alocución presidencial.

El segundo objetivo consistía en perfilarse como jefe de la oposición, puesto que no tiene asegurado porque en su campo político diversos dirigentes aspiran a él. Por último, quiso lanzar críticas a la presidenta anterior, Cristina Fernández de Kirchner, nueva vicepresidenta a partir del día 10, a quien no mencionó pero de quien recordó las presuntas prácticas corruptas. Debido a sus reformas administrativas, dijo, “ahora es más difícil robar”.

Atribuyó a los anteriores gobiernos peronistas buena parte de su propio fracaso en la gestión económica. Sobre el crecimiento de la deuda externa y el préstamo recibido del FMI, cuyos plazos deberá renegociar el gobierno de Alberto Fernández porque Argentina no puede hacerles frente, Macri dijo que casi todo ese dinero se había dedicado a pagar deudas anteriores y a cubrir su propio déficit presupuestario.

Acerca del déficit, omitió señalar que se podía haber cubierto con endeudamiento en pesos, no en dólares. También definió como” saludable” el tipo de cambio actual, de casi 60 pesos por dólar, cuando solo unos meses atrás, tras su derrota en las primarias de agosto, calificó en términos casi apocalípticos la devaluación. En su mensaje señaló que la devaluación tras las primarias se debió al “miedo de millones de argentinos” al retorno del peronismo.

“No me voy satisfecho con la economía”, dijo. Sí se iba satisfecho con casi todo lo demás. Aseguró que dejaba una Argentina más integrada en el “diálogo internacional”, con un sistema político más decente, con una justicia más independiente, con una prensa más libre, con unas estadísticas oficiales más fiables, con unas instituciones más sólidas y con menos narcotráfico. También con un mejor suministro energético.

En esos terrenos se le podían plantear algunas objeciones (su gobierno, por ejemplo, utilizó en varios casos la justicia para hostigar a adversarios políticos), pero en general le asistía la razón.

“Siempre les dije la verdad”, proclamó, antes de lamentar “no haber podido ofrecer mejores resultados”. Y prometió que su coalición liberal-conservadora, en proceso de reorganización, haría una oposición constructiva: “Jamás haría nada para entorpecer la labor del gobierno entrante”.

Enric González

 

Bolsonaro promueve una reducción del arancel externo del bloque, una medida que el peronista Fernández rechaza.

La cumbre del Mercosur, programada para el miércoles y el jueves en Bento Gonçalves, en el sur de Brasil, ya tenía todo lo necesario para ser una de las más tensas de los últimos años, dada la incertidumbre sobre la dirección que los presidentes electos de Argentina, el centro izquierdista Alberto Fernández, y de Uruguay, el derechista Luis Lacalle Pou, querrán dar al bloque, a la sombra del ultraderechista Jair Bolsonaro.

El brasileño ni siquiera ha felicitado Fernández, que tomará posesión el próximo martes, en uno de los puntos más bajos de la relación Brasil-Argentina, eje tradicional del Mercosur, que también integran Uruguay y Paraguay. La sorprendente decisión del presidente de Estados Unidos, Donald Trump, de elevar los aranceles a la importación de acero y aluminio brasileño y argentino ha elevado aún más esta tensión.

En la práctica, sin embargo, poco se puede decidir sobre este tema en la reunión, ya que estarán presentes representantes del Gobierno de derecha de Mauricio Macri, ya de despedida, y Tabaré Vázquez, que solo estará tres meses más en la presidencia. Ningún miembro de las futuras oficinas de Fernández o Pou asistirá a la reunión, ni siquiera como oyentes. En el caso de los argentinos, no fueron invitados por la falta de afinidad ideológica entre el anfitrión Bolsonaro y el futuro ocupante de la Casa Rosada.

Que no haya cruce entre Bolsonaro y Fernández tiene mucho que ver con la fecha decidida por Brasil para el traspaso de la presidencia pro tempore del Mercosur, que por orden alfabético pasará a Paraguay. Cada país dirige el bloque durante un semestre y lo común es que el pase de manos se haga lo más cerca posible del fin del periodo. Bolsonaro, sin embargo, lo hará en el inicio de diciembre, cinco días antes de que asuma Fernández. El brasileño pensó más la cumbre como una despedida a Macri que como una bienvenida al líder peronista.

Desde el lunes, diplomáticos y técnicos de los cuatro países del bloque están reunidos en Bento Gonçalves para discutir qué acuerdos deberían anunciarse. Hasta ahora, es seguro que ocurrirá uno: la obligación de indicar el origen geográfico de ciertos productos. Estos incluyen queso Serra da Canastra, café del Cerrado brasileño, cacao del sur de Bahía, todos de Brasil, o el vino argentino de Mendoza. "Es para que se asegure el respeto a una marca de valor dentro del bloque", explicó el diplomático brasileño Pedro Miguel da Costa e Silva, secretario de Negociaciones Bilaterales y Regionales en las Américas.

Dos acuerdos más están en proceso de concretarse, ambos en áreas fronterizas. El primero facilita las operaciones policiales conjuntas, en las cuales los agentes de un país pueden ingresar al otro siempre que se encuentren en medio de una persecución de criminales.

El otro autoriza a los residentes que viven en la región fronteriza a tener acceso a servicios en ambos lados en las áreas de salud, educación y trabajo. "Estas cumbres son como el juego de Flamengo y River Plate, todo se puede decidir en el último minuto", dijo el diplomático Costa e Silva, refiriéndose a la final de la Copa Libertadores de América, en la que el equipo brasileño venció al argentino en los cuatro minutos finales del partido.

UNA PRESENCIA DEVALUADA

La cumbre del Mercosur no tendrá el brillo de citas pasadas. Según Itamaraty, está confirmada para este jueves la asistencia de solo tres presidentes: el anfitrión Jair Bolsonaro, el argentino Mauricio Macri y el paraguayo Mario Abdo Benítez. Por Uruguay irá la vicepresidenta, Lucía Topolansky, porque Tabaré Vázquez está en tratamiento médico.

A la última cumbre realizada en julio pasado en la provincia argentina de Santa Fe asistieron además los presidentes de Chile, Sebastián Piñera, y de Bolivia, Evo Morales. El chileno se quedará en Santiago atento a la crisis en su país y Morales está exiliado en México tras su renuncia anticipada al cargo. Bolsonaro había invitado a su sucesora interina, Jeanine Añez, pero la senadora declinó la invitación y estará representada por su ministra de Exteriores, Karen Longaric.

Un tema trascendental será la reducción del arancel externo común que es del 14% en promedio, según el producto comercializado entre los cuatro países del bloque. Desde principios de año, Argentina y Brasil trataron de cambiar esta cifra, pero las elecciones en dos de los cuatro países del bloque impidieron un progreso efectivo.

El objetivo brasileño era lograr la reducción a finales de este año. "Por supuesto, el objetivo brasileño hubiera sido lanzar una reforma arancelaria externa común, pero es un tema complejo que necesita mucha conversación y mucha negociación”, dijo el diplomático brasileño. El arancel pone una barrera a los socios que pretendan importar productos de fuera de la zona que sean fabricados dentro del bloque, con el objetivo de proteger las industrias locales.

Tensión entre Bolsonaro y Fernández

La relación entre Bolsonaro y Fernández será el principal lastre de la reunión. Argentina y Brasil son los países más grandes de la región y de su buena sintonía depende la salud del bloque. El trato no puede ser peor. Bolsonaro se metió sin filtro alguno en la campaña electoral argentina y no dudó en pedir el voto por Macri, al tiempo que amenazaba con estallar el Mercosur si el “populismo de izquierda” de Fernández se instalaba en la Casa Rosada. La visita que el argentino Fernández hizo al expresidente Lula da Silva en la prisión de Curitiba elevó aún más la tensión.

Fernández salió de aquella visita a la cárcel acompañado por el ex canciller Celso Amorim. Dijo entonces que en Brasil no había Estado de derecho y que Lula debería estar libre. Bolsonaro consideró las declaraciones del peronista como una intromisión y advirtió que a Argentina le iría muy mal si votaba al kirchnerismo. “Bolsonaro contaba con el apoyo de Argentina y con una buena relación con Estados Unidos. A partir de ahí generaría su estrategia internacional, pero todo esto se dio vuelta con la derrota de Macri y empezaron los temblores”, dice el exembajador en Brasil durante el kirchnerismo, Juan Pablo Lohlé.

El cruce tendrá consecuencias políticas. Por primera vez en 17 años, un presidente de Brasil no viajará a Buenos Aires para participar del traspaso de poder en la Casa Rosada, previsto para el 10 de diciembre. Fernández tampoco visitará Brasil, al menos en lo inmediato. Como presidente electo prefirió realizar una gira sin precedentes por México, país que pretende sumar a un eventual eje norte-sur que sirva de contrapeso al eje Brasil – Estados Unidos que impulsa Bolsonaro.

“La cuestión de fondo es que Brasil ha comenzado un proceso de reforma económica y de apertura de la economía que es irreversible. La reducción del arancel externo común es una parte de esa estrategia, y Argentina no tiene nada que hacer contra eso. Si Argentina no está de acuerdo se expone a la quiebra del Mercosur como unidad política”, advierte el analista Jorge Castro, presidente del Instituto de Planeamiento Estratégico.

Los socios, sin embargo, están obligados a entenderse. Brasil es el principal socio comercial de Argentina y Argentina es el tercero de Brasil, detrás de China y Estados Unidos, y el primer comprador de sus productos industriales. “La relación entre los dos países no se basa en consideraciones ideológicas, lo que hay son intereses nacionales que subordinan por necesidad cualquier diferencia personal” entre sus presidentes, dice Castro.

La decisión de Trump de aplicar aranceles a las exportaciones de metales de Brasil y Argentina puede tener como efecto colateral el acercamiento de los socios. Washington ha puesto a los dos países en la misma bolsa, sin importar las diferencias ideológicas de sus gobiernos.

El embajador Lohlé considera que habrá que esperar a la toma de posesión de Fernández para conocer la naturaleza de la nueva relación. “Estará más clara el día que Fernández establezca formalmente las conversaciones a nivel institucional. Lo racional sería que se mantenga el diálogo. Cualquier tensión la resuelve la política y la diplomacia, pero primero la política”, dice. Durante los últimos días, Fernández y Bolsonaro dieron alguna prueba de ello y bajaron el tono de la polémica que los enfrenta con promesas de pragmatismo.

Afonso Benites/Federico Rivas Molina

 

María Gabriela Chávez muestra su regalo a través de las redes sociales.

María Gabriela Chávez está renovando los vínculos privilegiados con sus antiguos amigos argentinos y para que no haya duda de su intención ha publicado en las redes sociales el «regalito» que ha ofrecido a la nueva vicepresidenta de Argentina, nada menos que Cristina Fernandez de Kirchner.

Se trata de unos muñecos de trapo alusivos a los fallecidos Néstor Kirchner, Evita Perón, Hugo Chávez y de ella misma, que la expresidenta argentina exhibe abrazada a los muñecos sonriente, vestida con blusa de color lila en las fotos, a pesar de enfrentar varios juicios en su contra que los tribunales le encausan por corrupción.

«Hace unos días visité a Cristina y le entregué estas bellezas de muñecos, hechos con amor por manos venezolanas. Los muñequitos de Néstor y Cristina se los obsequié yo; y los de Chávez y Evita se los envió el equipo de @puntoyv ¡TE QUEREMOS, CRIS!!! ¡Gracias infinitas!!!», publicó este 3 de diciembre María Gabriela en sus cuentas de Twitter e Instagram.

La hija predilecta del difunto expresidente venezolano, que gobernó cerca de 14 años en Venezuela (1999-2013), ha estado de bajo perfil en los actos públicos desde febrero de este año por ser sospechosa de blanquear dinero y llevar una vida suntuosa en Nueva York como embajadora alterne de Venezuela en las Naciones Unidas.

Pero antes del escándalo de la gran vida que se daba como diplomática venezolana y ser sancionada por corrupción en Estados Unidos, María Gabriela hizo sus primeros pinitos en el tráfico de influencias con el gobierno de Kirchner en Argentina, donde fue conocida con el mote de la «reina del arroz».

Hace diez años la estrecha relación entre María Gabriela y Cristina se profundizó con visitas a la residencia de los Olivos y viajes a Bariloche y hospedaje en los hoteles de los Kirchner al sur de Argentina. Y justo ahora con la vuelta al poder y la relación de privilegio que tenía con la viuda de Kirchner es lo que busca renovar la hija de Chávez, dorando la píldora con los muñecos de Néstor y Hugo.

Denuncia de irregularidades

En la Asamblea Nacional, los diputados democristianos de Copei Abelardo Díaz y Homero Ruiz denunciaron en julio de 2014 que María Gabriela estuvo involucrada en un contrato irregular con la empresa argentina Bioart S.A. en la compra de arroz y maíz por 15,5 millones de dólares en el marco del convenio agroalimentario entre Venezuela y Argentina.

El escándalo lo destapó el diario «Clarín». La firma Bioart SA, una empresa de Rosario a la que se atribuyen vínculos con el ministro de Planificación Federal Julio De Vido, exportó arroz a Venezuela con elevados sobreprecios. La compañía, propiedad de los hermanos Vignati con los que la hija de Chávez mantuvo amistad e incluso se ha dejado ver en fotografías en las redes sociales, llevaba vendidas más de 40.000 toneladas de maíz a Venezuela pactados a precios del 80% superiores a los del mercado.

Posteriormente, en octubre de 2019, el «Diario Las Américas» informó de que María Gabriela Chávez, junto a su novio Roberto Leyva, estaba siendo investigada por lavado de dólares a través de negociados que hacían con la estatal Petróleos de Venezuela (Pdvsa). Según revistas especializadas, la hija de Chávez acumuló una fortuna de tal magnitud que fue catalogada como una de las mujeres más ricas de Venezuela.

Pero lo que llamó la atención de las autoridades norteamericanas fue la gran vida dispendiosa que llevaba en Nueva York, que no se correspondía con su cargo diplomático ni la crisis económica y hambruna que sufrían sus connacionales.

El «Diario Las Américas» sostiene que la pareja Leyba-Chávez, según los movimientos de la tarjeta de débito, gastó decenas de miles de dólares en tiendas de lujo exclusivas como Chanel, Louis Vuitton, Hugo Boss, Michael Kors y Kenneth Cole, todas ubicadas en Manhattan.

«Entre el 23 y el 26 de octubre de 2015, la cuenta registró pagos por unos 9.000 dólares en la tienda Chanel, en Midtown Manhattan. La tienda exclusiva, ubicada a escasos 12 minutos de la sede de las Naciones Unidas, ofrece desde perfumes, relojes y carteras, hasta calzados, anteojos y costosa joyería con diseños exclusivos», añade el diario.

María Gabriela era clienta fija de las tiendas Forever 21 (con dos compras de casi 2.300 dólares), la tienda de ropa íntima Victoria Secret (tres visitas en cinco días con más de 1.000), y la tienda de cosméticos MAC de Times Square, visitada cuatro veces con desembolsos de más de 1.600 dólares.

Ludmila Vinogradoff

 

Renuncia a su banca para asumir como vicepresidenta, cargo desde donde garantizará los votos del peronismo en la Cámara Alta.

Cristina Fernández de Kirchner ha dejado de ser senadora para ser vicepresidenta. El Senado aceptó este miércoles su renuncia, en una sesión en la que también juraron los 24 legisladores que obtuvieron una banca en las elecciones del 27 de octubre pasado.

La expresidenta, sin embargo, no dejará el Congreso. En Argentina, el vicepresidente es titular del Senado y preside las sesiones. Si bien se la considera una función casi testimonial, Kirchner le dará otra impronta, fiel al peso que su figura tendrá a partir del 10 de diciembre en el gobierno del peronista Alberto Fernández.

La Constitución argentina establece un Congreso bicameral, donde los diputados representan a los ciudadanos y los senadores a las 23 provincias y la ciudad de Buenos Aires, a razón de tres por cada una. Es en la Cámara Alta donde se juega el poder de los gobernadores, que tienen en sus representantes la llave que abre o cierra los proyectos del Poder Ejecutivo.

La primera tarea de Kirchner ha sido unificar a los senadores del peronismo, divididos durante la gestión de Mauricio Macri entre kirchneristas y peronistas federales, como se llamó a los que respondían directamente a los caudillos regionales y descreían de la expresidenta como líder político del partido.

Desde el 10 de diciembre, cuando entren en funciones los legisladores que juraron este miércoles, el peronismo responderá a una única bandera, la del Frente de Todos, la misma que llevó a Alberto Fernández a la presidencia. El nuevo frente sumará 41 senadores, cuatro más de los que necesita para tener quorum propio y avanzar sin necesidad de apoyo opositor con los proyectos de ley que presente la Casa Rosada.

La unidad del peronismo ha sido obra de Kirchner, erigida ahora como armadora del oficialismo en el Congreso, un sitio que se guardó para sí cuando decidió ungir a Fernández como candidato a presidente, por encima de su propia postulación.

El cemento del Frente de Todos será el temor a la gravedad de la crisis económica que el nuevo Gobierno heredará de Macri. Con la premisa de “acompañar” a Fernández, Kirchner puso en cargos clave a hombres fuertes del interior que no necesariamente son purasangre kirchneristas.

Ese ha sido el caso de José Mayans, el presidente del nuevo bloque oficialista. Mayans responde a Gildo Insfrán, gobernador de Formosa desde 1995. Con siete periodos consecutivos sobre sus hombros, este caudillo del interior fue el primero en abandonar el grupo de los líderes regionales “dialoguistas” con Macri. Kirchner pagó ahora ese gesto con un espacio de poder en el Senado. Lo mismo hizo con el gobernador de Santiago del Estero, Gerardo Zamora: la esposa del dirigente, Claudia Ledesma, será la presidenta provisional de la Cámara y reemplazará a Kirchner durante sus ausencias.

El Senado argentino sesionó hoy por última vez con la conformación que acompañó a Macri. Emergerá ahora uno mucho más abroquelado alrededor de la Casa Rosada. Un dato da una idea de los tiempos que vienen. Por unanimidad, los legisladores aceptaron el permiso sin goce de sueldo que pidió el senador José Alperovich, acusado por una sobrina de abuso sexual agravado.

Tres veces gobernador de Tucumán, Alperovich es un hombre muy poderoso dentro del peronismo. Durante el fin de semana dijo que toda la denuncia era falsa y aseguró que la sesión de hoy lo encontraría firme en su asiento. El presidente electo, sin embargo, pidió que se investigue la denuncia y los senadores respondieron enseguida con su voto. Alperovich tiene mandato hasta 2021, pero los fueros de senador que lo protegen de la cárcel no impiden que avance la investigación en su contra.

Federico Rivas Molina

 

El presidente de Argentina deroga el protocolo sobre aborto no punible y arrincona al secretario de Salud, quien renuncia.

En la recta final de su campaña para la reelección presidencial, Mauricio Macri se expresó en público contra el aborto para atraer votos católicos y evangélicos. Ahora, a tres semanas de dejar el poder, los sectores más conservadores de la alianza gubernamental han ganado también la pelea interna.

El Ejecutivo argentino ha derogado este viernes un protocolo, aprobado 48 horas antes, que actualizaba el procedimiento para atender a mujeres gestantes que quieren interrumpir su embarazo en los casos previstos por la ley, es decir, por violación o existencia de riesgo para la madre. Horas después, el secretario de Salud, Adolfo Rubinstein, autor del texto anulado, ha presentado su dimisión.

En la resolución que derogó el protocolo, publicada en el Boletín Oficial, el Ejecutivo argentino plantea que Rubinstein lo dictó "sin consultar la opinión de sus superiores jerárquicos, máxime teniendo en particular consideración la relevancia e implicaciones de las cuestiones en ella reguladas".

Cita también que no participaron en su redacción organismos vinculados en la materia. El texto está firmado por Macri, por el jefe de Gabinete, Marcos Peña, y por la ministra de Desarrollo Social, Carolina Stanley. A diferencia de Rubinstein, partidario de legalizar la interrupción voluntaria del embarazo, tanto Macri como Stanley se han posicionado en contra.

El protocolo publicado el miércoles reemplazaba al de 2015, que vuelve a quedar vigente. Entre las principales diferencias estaba la reducción de 14 a 13 años en la edad de consentimiento para interrumpir su embarazo. Además, definía que entre la solicitud de la gestante y la intervención no podían pasar más de diez días, un plazo que hoy a menudo se incumple, como ocurrió con Lucía, una niña de 11 años violada a la que retuvieron durante un mes en el hospital sin acatar su voluntad de abortar.

Caso Lucía: El calvario de una niña violada que intentaba abortar en Argentina

 

El texto definía que el embarazo de niñas y adolescentes menores de 15 años representa riesgo a la salud física y mental, lo que las amparaba para abortar en caso de solicitarlo. También prohibía la objeción de conciencia institucional en centros públicos y privados y reafirmaba que en los casos de violación es suficiente el consentimiento de la víctima y una declaración jurada.

El objetivo del nuevo protocolo era adecuarlo al nuevo Código Civil y sentar las bases mínimas para la atención de abortos no punibles en las 24 provincias de Argentina. En la actualidad, sólo once provincias han adherido al protocolo nacional de 2015 y otras seis tienen protocolos propios. En el norte, la región más conservadora, la falta de un procedimiento regulado para actuar en estos casos contribuye a que gestantes con derecho a interrumpir su embarazo no puedan hacerlo.

"Lamentablemente, la derogación del protocolo en el día de la fecha me obliga a renunciar indeclinablemente a mi cargo", ha escrito Rubinstein en la carta dirigida hoy a Macri. En la misma, subraya que la guía de actuación estaba destinada "a los médicos y equipos de salud para darles certeza y protección en la realización de los procedimientos que deben realizar para garantizar los derechos que están consagrados en el código penal".

En 2018 el Congreso argentino debatió modificar la legislación actual, que contempla hasta cuatro años de cárcel por el delito de aborto salvo en los supuestos no punibles, y la coalición gubernamental se dividió entre verdes (a favor) y celestes (en contra).

El Senado rechazó el proyecto de ley que había aprobado la Cámara de Diputados y el enfrentamiento perdió fuerza hasta esa semana, cuando el nuevo protocolo ha generado críticas y aplausos dentro de las filas macristas.

"Me parece lamentable y claramente inconstitucional la resolución del secretario de Salud ampliando de manera irresponsable las causales de aborto no punible y limitando la objeción de conciencia médica", tuiteó el presidente provisional del Senado, Federico Pinedo. "No hay razón alguna para derogarlo! Es un despropósito que aún haya provincias que no lo apliquen, permitiendo que mujeres violadas vuelvan a ser abusadas por el Estado al no garantizar un aborto legal!", escribió por su parte el diputado Daniel Lipovetzky.

Referentes feministas han criticado con dureza la marcha atrás del Gobierno argentino por considerar que supone un espaldarazo a los profesionales que ponen trabas a los abortos no punibles y a quienes persiguen judicialmente a las gestantes que deciden interrumpir su embarazo.

La derogación del protocolo ha vuelto a colocar al aborto en la agenda política y aumenta la presión sobre el presidente electo, Alberto Fernández. El dirigente peronista considera necesario legalizar la interrupción voluntaria del embarazo por motivos de salud pública y ha anticipado que enviará un proyecto al Congreso para su tratamiento.

Mar Centenera

 

Las diferencias entre Fernández y Macri anticipan la estrategia regional del presidente electo.

La crisis en Bolivia se ha metido como una cuña en la conflictiva transición argentina. Las diferencias entre el presidente, Mauricio Macri, y su sucesor, Alberto Fernández, sobre lo ocurrido esta semana en La Paz han envenado aún más el traspaso de mando, previsto para el 10 de diciembre.

Macri ha evitado hasta ahora hablar de “golpe de Estado” para referirse a la situación en Bolivia y rechazó cualquier posibilidad de conceder asilo político al presidente depuesto, Evo Morales. Fernández ha hecho todo lo contrario: no dudó en hablar de golpe, pidió a Macri que acoja a Morales y disparó contra el papel de la OEA en la crisis.

Falta un mes para que Macri entregue la banda presidencial al peronista Fernández, pero nada es fácil en Argentina. Aún no está resuelto cómo será el acto en el Congreso, que se supone sólo protocolar. Macri recuerda aún que Cristina Fernández de Kirchner, hoy vicepresidenta electa, se negó a participar de la ceremonia de traspaso hace cuatro años y no quiere que la que viene la tenga como protagonista.

Los equipos nombrados para la transición, surgidos de un amigable encuentro cara a cara entre Macri y Fernández horas después de las elecciones del 27 de octubre, apenas se han reunido. La transición está demorada y las diferencias sobre Bolivia no han hecho más que agravar la situación.

Fernández ha asumido la crisis boliviana como su primer desafío en política exterior. Durante el pasado fin de semana, en la reunión del Grupo de Puebla, una conjunción de referentes progresistas que lo tiene como líder, el argentino había repudiado lo que consideró una intentona golpista en Bolivia. Depuesto Morales, no lo dudó. Denunció un golpe de Estado y llamó a Macri para unificar discursos. Macri, sin embargo, prefirió la moderación. “Estamos muy preocupados por la situación”, dijo durante un breve intercambio con periodistas en la Casa Rosada.

Cuando la violencia política en Bolivia se agravó, Fernández pidió a Macri que concediese asilo político al líder depuesto. El propio presidente electo se ocupó de ventilar los detalles de aquella conversación durante una entrevista en televisión. “Le dije [a Macri] que en verdad la vida de Evo corría peligro y que había que hacer algo. Él me habló de las dificultades de traerlo a la Argentina, yo le dije que no estaba de acuerdo. Me dijo que lo veía como una dificultad porque creía que estamos en una transición y que meternos en eso era complejo. Yo le dije que no compartía”, contó Fernández.

En medio de la tensión, la embajada argentina en La Paz acogió a dos altos funcionarios de Morales en calidad de “huéspedes”, sin que la cancillería haya decidido aún si les concederá o no asilo. El gobierno argentino, además, no ha reconocido aun a la senadora Jeanine Áñez como presidente legítima de Bolivia. Fernández pidió a Macri que no lo haga.

Morales terminó finalmente en México, tras aceptar una oferta del presidente Andrés Manuel López Obrador. El canciller mexicano, Marcelo Ebrard, contó entonces que Fernández colaboró con el traslado mediando ante Paraguay para que permitiese el aterrizaje en Asunción del avión que trasladaba a Morales, impedido de recargar combustible en Lima. Fernández se involucró en la crisis boliviana, en línea con lo que se podrá esperar de la estrategia de su Gobierno en relaciones exteriores.

A un alineamiento con las causas “progresistas” de la región y la búsqueda de un eje Argentina – México, opondrá sin duda una tensa relación con el Brasil de Jair Bolsonaro y los Estados Unidos de Donald Trump. En la misma entrevista, Fernández también cargó contra la OEA, a la que acusó de “turbia”. “Supongamos que la OEA dijo la verdad, la realidad es que Evo aceptó y llamó de nuevo a elecciones. El problema no eran las elecciones, sino que querían elecciones sin Evo Morales”, disparó.

En el gobierno de Macri, lo sucedido en La Paz dejó heridas. El presidente se refirió al tema una vez más este miércoles. No habló de golpe de Estado, pero repudió “la violencia de cualquier tipo y bajo cualquier circunstancia”. Sobre las salidas a la crisis boliviana, dijo que "las elecciones son la mejor manera de transparentar la voluntad del pueblo boliviano”.

En su alianza de Gobierno, sin embargo, fueron más duros. La Unión Cívica Radical (UCR), el partido centenario que integra el frente oficialista Juntos por el Cambio, denunció un golpe de Estado. Lo mismo hizo el Pro, el partido del presidente. En una declaración de consenso presentada este miércoles en el Congreso, todos sus diputados dijeron que “nunca más la región debe volver al camino de los golpes de Estado”. Son fisuras que Macri deberá, en el futuro, administrar desde el llano.

Federico Rivas Molina

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Fundado el 4 de agosto de 2003

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