Argentina en el Mundo

Argentina en el Mundo (344)

 

Un endurecimiento del 'cepo' cambiario impide a los ciudadanos comprar más de 200 dólares mensuales.

Fue algo normal. También fue algo histórico. La reunión de una hora en la Casa Rosada entre el presidente saliente, Mauricio Macri, y el presidente electo, Alberto Fernández, rompió dos viejas maldiciones de la política argentina. Por primera vez se afrontaba una transición de forma cooperativa y por primera vez un presidente no peronista se disponía a agotar su mandato. La primera medida más o menos consensuada fue un drástico endurecimiento de los controles cambiarios: los ciudadanos no podrán comprar más de 200 dólares mensuales.

Ambos se detestan. El todavía presidente ha llegado a decir que prefiere hablar con Cristina Fernández de Kirchner a hacerlo con Alberto Fernández, “porque ella, al menos, es sincera”. Pero la crítica situación económica les obliga a trabajar juntos. También ayuda a mantener las buenas maneras el hecho de que ambos tengan motivos para sentirse satisfechos. Fernández ha logrado la presidencia en primera vuelta y ha devuelto el peronismo al poder. Macri ha evitado un desastre como el de las primarias, ha conectado como nunca con su electorado durante el tramo final de la campaña y mantiene un grupo fuerte en el Congreso para ejercer la oposición.

Un portavoz peronista dijo que la reunión en la Casa Rosada había sido “cordial” y que el objetivo consistía en “hacer lo mejor para el país”, pero matizó que no existía “ningún cogobierno” y que Macri sería responsable de lo que ocurriera hasta el relevo en la presidencia.

Mercados en baja

La Bolsa de Buenos Aires abrió el lunes poselectoral con una subida de hasta 5%, pero luego comenzó a caer y a media rueda el rojo superaba el 3%. Los operadores atribuyeron el sube y baja de las acciones al ruido político que acompaña la estrategia del presidente electo, el peronista Alberto Fernández, para resolver el problema de deuda externa que heredará de Mauricio Macri. Los inversores dan por hecho una extensión de plazos en los pagos de los bonos, pero temen ahora que haya también una quita de capital.

Los números del índice Merval terminaron en rojo, pero no se pudo hablar de pánico. Argentina sabe mucho sobre eso. El lunes que siguió a la derrota de Macri en las primarias del 11 de agosto, las acciones argentinas cayeron 48% en dólares, en la que fue la segunda mayor caída de la historia en los mercados bursátiles. Sólo superó semejante derrumbe la Bolsa de Sri Lanka, que en 1989 bajó 61,7%.

El equipo de coordinación del presidente electo estará encabezado por Santiago Cafiero, de 40 años, antiguo viceministro de Desarrollo Social de la provincia de Buenos Aires. Cafiero tiene muchas posibilidades de convertirse en jefe de gabinete (primer ministro) en diciembre.

Los equipos económicos de Macri y Fernández llevan tiempo en contacto para coordinarse en dos cuestiones esenciales: por un lado, la preservación del valor del peso y de las reservas en divisas del Banco Central y, por otro, las relaciones con el Fondo Monetario Internacional (FMI). La nueva directora del FMI, Kristalina Georgieva, envió un mensaje de felicitación a Fernández y dijo que esperaba “colaborar con su Administración”. Una de las primeras tareas del Gobierno peronista será renegociar la deuda externa, en práctico default.

Una medida de urgencia consensuada por ambas partes fue el endurecimiento de los controles cambiarios desde primera hora del lunes. Las restricciones adicionales limitan la compra de dólares a 200 dólares mensuales por persona, o solo 100 si se realiza en efectivo, y constituyen una metáfora de la evolución de la gestión macrista.

Hace cuatro años, cuando llegó a la Casa Rosada, Mauricio Macri exhibió como un triunfo el levantamiento del cepo cambiario impuesto por Cristina Fernández de Kirchner. El dólar oficial, que rondaba los ocho pesos, se acomodó enseguida a la cotización del mercado negro y saltó hasta los 15 pesos. Ahora el dólar oficial ronda los 60 pesos, en el mercado negro o blue se paga a más de 70 y el cepo es más severo que el de 2015.

Tras la derrota electoral oficialista en las primarias del 11 de agosto, el Banco Central limitó a 10.000 dólares las compras. No lo llamó cepo, para evitar malos recuerdos, pero allí estaban de nuevo las restricciones. El consenso general fue que la suma era excesiva. Desde entonces, el Banco Central tuvo que intervenir cada día en el mercado de cambios para sostener al peso. Perdió 6.000 millones de dólares en esas operaciones, y la cifra creció hasta los 22.000 millones por el retiro de los depósitos en dólares de los ahorradores y el pago de deudas.

Macri resistió con el cepo moderado hasta las elecciones de este domingo. Y el lunes aplicó, finalmente, lo que el mercado pedía a gritos. El máximo para compras minoristas pasó de 10.000 dólares mensuales a 200, un torniquete que linda con la prohibición: el mercado cambiario oficial queda en la práctica anulado para los ciudadanos, aunque no para las empresas exportadoras. El presidente del Banco Central, Guido Sandleris, anunció que el objetivo era “preservar las reservas”, que hoy suman 43.500 millones (de los que 30.000 están ya comprometidos para el pago de deudas de vencimiento inminente), y facilitar la transición al gobierno de Fernández.

“Tenemos claro que este tipo de medidas no son gratuitas para la economía, dificultan el funcionamiento. Por eso uno tiene que ser muy cuidadoso. Lo que subyace es que, lamentablemente, los argentinos no hemos sabido construir consensos básicos en cuanto al funcionamiento de la economía”, dijo Sandleris.

El resultado del cepo fue inmediato y previsible. La cotización oficial del dólar, que toma como referencia la pizarra del Banco Nación, bajó de 65 pesos a 64. El dólar “blue” trepó hasta los 85 pesos, pero ante la falta de operaciones se estabilizó en torno a los 73 pesos para las pocas operaciones registradas. Sin dólares en el mercado informal y sin un valor claro de referencia, las casas de cambio del microcentro de Buenos Aires amanecieron con sus pantallas apagadas y con poco público.

Federico Rivas Molina

 

El líder peronista se reúne este lunes con su rival para pactar una transición ordenada.

Alberto Fernández es el nuevo presidente de Argentina. Mauricio Macri admitió su derrota, amplia (48% frente a 40,5%) pero no tan severa como pronosticaban los sondeos, e invitó a su sucesor a un desayuno este lunes para organizar las seis semanas de transición que restan hasta el 10 de diciembre. Fernández previno a la multitud peronista que celebraba la victoria sobre la dureza de la tarea a la que deberá enfrentarse. “Vienen tiempos difíciles”, dijo, después de prometer que gobernaría “para la gente, para todos”. Macri, a su vez, felicitó al ganador y ofreció cooperación.

El resultado electoral fue todo lo balsámico que podía ser. Venció Alberto Fernández, pero no arrasó, lo que permitía al macrismo erigirse en una oposición fuerte. También el comportamiento de Macri y Fernández fue balsámico. A diferencia del áspero relevo de hace cuatro años, en el que Cristina Fernández de Kirchner se negó a ceder personalmente los símbolos presidenciales a Mauricio Macri, en esta ocasión los dos rivales dejaron de lado su antipatía mutua y se declararon dispuestos a trabajar juntos.

Ambos eran conscientes de que la situación económica argentina está en un punto crítico. Y de que en las próximas jornadas podrían reproducirse las turbulencias financieras que siguieron a la victoria peronista en las primarias de agosto.

“Estamos preparados para cualquier escenario”, dijo Hernán Lacunza, el ministro de Hacienda que asumió el cargo en agosto, después de que la reacción de los mercados financieros al resultado de las primarias convirtiera una crisis grave en una crisis gravísima. Lacunza fue el hombre que acabó con el dogmatismo económico que hasta entonces habían preconizado Mauricio Macri y su jefe de gabinete, Marcos Peña, y guardó en un cajón el manual de liberalismo para adoptar medidas muy parecidas a las utilizadas por Cristina Fernández de Kirchner durante su segundo mandato, cuando la caída de los precios en las materias primas agotó la inercia de prosperidad de la que se disfrutaba desde 2003.

Lacunza tenía listo un endurecimiento de los controles cambiarios, para frenar un ulterior desplome del peso. La cúpula del Banco Central se reunió a las nueve de la noche y estudió un paquete de medidas de emergencia. Desde agosto, el Banco Central ha perdido 22.000 millones en reservas y le restan solamente 11.000 millones. La expresidenta Cristina Fernández de Kirchner, nueva vicepresidenta, exigió al Gobierno saliente que fuera cuidadoso en las próximas semanas.

Mauricio Macri mantuvo el optimismo hasta el último momento. Tenía motivos: protagonizó una campaña electrizante y redujo de forma sustancial la diferencia de 17 puntos que le había sacado Fernández en las primarias. Macri necesitaba una participación altísima, cercana al 85% que en 1983 dio la victoria al radical Raúl Alfonsín y puso fin a la dictadura. Aquella fue la primera vez que el peronismo salió derrotado de unas elecciones libres. En esta ocasión votó el 82% del electorado.

El dato cuadraba con las expectativas del macrismo: una gran cantidad de voto era imprescindible para diluir el 49,4% alcanzado por Fernández en las primarias. Pero era también imprescindible que los votantes adicionales se volcaran en favor de Macri, y eso no ocurrió. Aunque fue derrotado y perdió la presidencia, Macri quedó políticamente en pie.

“Todos entendemos que es una elección histórica entre dos modelos de país”, había declarado el presidente a mediodía. “Ahora hay que mantener la tranquilidad”.

Alberto Fernández ya se mostraba confiado a la hora de votar: “Tenemos que tomar esto como una jornada histórica e iniciar el tiempo que se viene con tranquilidad, se terminó el nosotros y ellos”, manifestó. “Cuando pase la elección hablaremos más tranquilos”, añadió.

Quizá el “nosotros” y el “ellos”, la grieta que divide la sociedad argentina en dos mitades, la peronista y la antiperonista, termine más adelante. De momento se mantiene. En el colegio de la Universidad Católica donde votó Fernández se formaron dos pequeños grupos de manifestantes, uno gritándole “corrupto” al candidato, otro cantando el “vamos a volver” que entonan los peronistas desde que en 2015 perdieron el poder.

Una vez iniciado el recuento, las redes sociales se inundaron de mensajes que denunciaban, en abstracto, un fraude electoral del peronismo. La rabia de los perdedores presagiaba turbulencias. Igual que la euforia peronista: el público que abarrotaba el cuartel general del Frente de Todos silbó y abucheó a Macri cuando se retransmitió su discurso de aceptación de la derrota.

La vicepresidenta electa Cristina Fernández de Kirchner, figura esencial para comprender la polarización del país, votó en su feudo patagónico de Río Gallegos y voló luego hacia Buenos Aires. La jornada electoral coincidía con el noveno aniversario de la muerte de su marido, Néstor Kirchner, el presidente que a partir de 2003 logró sacar Argentina del marasmo en que había caído el país tras el colapso económico de 2001 y 2002. La expresidenta, encausada en múltiples sumarios por corrupción, no habló del aniversario. Sí lo hizo, emocionado, Alberto Fernández, que fue jefe de Gabinete de Néstor Kirchner: “Le quiero mucho y siempre está”, dijo.

Después, mientras celebraba el triunfo, el presidente electo felicitó a Evo Morales por su cuarto mandato y, en el día de su cumpleaños, pidió la liberación del expresidente brasileño Lula de Silva. Ese mensaje no contribuyó, probablemente, a mejorar la agria relación que el nuevo presidente argentino mantiene con el actual presidente brasileño, el ultraderechista Jair Bolsonaro.

En la capital del país, el macrista Horacio Rodríguez Larreta venció al peronista Matías Lammens ya en primera vuelta. En la provincia bonaerense, la más rica y poblada del país, la situación fue la contraria: el peronista Axel Kicillof, exministro de Economía con Cristina Fernández de Kirchner, se impuso holgadamente a la actual gobernadora macrista, María Eugenia Vidal.

Enric González

 

Mantienen su preocupación por el rol de la vicepresidenta y un posible control al giro de utilidades.

Los directivos de las principales empresas españolas esperaban una victoria del peronismo en las elecciones presidenciales de Argentina y este lunes aceptaban con resignación el triunfo de Alberto Fernández sobre Mauricio Macri. "Esto no cambia nada. Ya todo ha cambiado tras las primarias", afirmó a LPO un representante de una empresa española con inversiones en Argentina y Uruguay durante un evento en el Palacio de la Bolsa de Madrid.

La contundente victoria de Fernández en las primarias del 11 de agosto ya había provocado un temblor en los mercados con una brusca devaluación del peso y una aceleración de la fuga capitales, por lo que el resultado de este domingo estaba descontado y no modifica significativamente el panorama de los inversores. Las principales empresas españolas con intereses en Argentina, como Telefónica, Santander, BBVA, Codere o Día, no registraban importantes caídas en la apertura bursátil. De momento, reina la cautela.

Ajustan el cepo al límite: Sólo se podrán comprar 200 dólares por mes

"Macri se lo tenía merecido", señaló otro representante de una importante empresa española a LPO. "Esto era previsible. El problema es Cristina", dijo el directivo, dejando en claro que lo que más preocupa al Ibex 35 no es Alberto Fernández, sino su vicepresidenta Cristina Fernández de Kirchner. El recuerdo de la expropiación de Repsol y la estatización de Aerolíneas Argentinas al Grupo Marsans durante el Gobierno kirchnerista sigue fresco entre los empresarios españoles.

Sin embargo, las compañías también estaban sufriendo las consecuencias de la grave crisis económica en la que cayó Argentina bajo el Gobierno de Macri. En especial, los bancos y Telefónica se encuentran entre las firmas más expuestas. Por ello, este lunes por la mañana se seguía con atención en el Palacio de la Bolsa las noticias sobre el desayuno previsto entre Macri y Alberto Fernández y el endurecimiento de los controles cambiarios ordenados de urgencia por el Banco Central de Argentina. "La verdad de la situación se conocerá mejor a lo largo de esta semana", dijo prudente una tercera directiva consultada por LPO.

Botín le dijo a Alberto Fernández que en España preocupan los controles de capitales

Las medidas de control cambiario habían sido una de las principales preocupaciones que Ana Botín, la presidenta del Banco Santander, transmitió a Alberto Fernández durante el encuentro que mantuvieron en Madrid a principios de septiembre. Durante aquella reunión, Botín ratificó que el Santander mantendrá sus inversiones en Argentina, donde es el banco privado más importante con 9.000 empleados y cerca de cuatro millones de clientes. Sin embargo, también pidió que el peronismo no vuelva con los controles a los giros de utilidades de las multinacionales.

La restricción a la adquisición de divisas anunciada por el Banco Central "se enfoca exclusivamente en la compra de dólares para atesoramiento y especulación financiera", señaló el presidente de la entidad, Guido Sandleris, en la madrugada argentina.

Tomás Rudich

 

Jujuy apuesta por el litio para cambiar el perfil productivo de la provincia.

En la Puna de Atacama, a 4.000 metros sobre el nivel del mar, la falta de oxígeno marea y la radiación daña los ojos. En medio de esa tierra seca, destella el agua profundamente turquesa de los piletones [depósitos] de la empresa Sales de Jujuy.

Un año de sol duro evaporará la salmuera y la minera habrá extraído de ella 12.600 toneladas de carbonato de litio, el componente básico de las baterías que hoy consume con voracidad la industria del automóvil eléctrico. Jujuy, una de las provincias más pobres de Argentina, ha encontrado en el “oro blanco” una alternativa a décadas de estancamiento.

Las expectativas alrededor del litio son enormes. Entre 2010 y 2018, el estallido de la demanda en Asia, Europa y Estados Unido duplicó los precios, hasta los 12.000 dólares la tonelada. Argentina, un país necesitado de inversiones, vio enseguida el filón de un gran negocio.

Su naturaleza produce “oro blanco” en abundancia y la extracción a cielo abierto es barata. Pero una cosa es tener reservas y otra, carbonato de litio exportable. “Cuando competís con el mundo te das cuenta de que no estás sentado arriba de la gallina de los huevos de oro”, advierte el secretario de Minería de Jujuy, Miguel Soler. El gran desafío argentino es conseguir inversiones para la exploración y extracción en un contexto interno de crisis recurrentes.

Camino a Sales de Jujuy, el paisaje es de postal de agencia de viajes. La quebrada [valle angosto] de Humahuaca es uno de los principales atractivos de Argentina. Los visitantes encuentran en Jujuy paisajes y retazos de una cultura indígena que ha sobrevivido a la uniformidad del turismo de masas. La carretera atraviesa Salinas Grandes, donde las empresas que exploran la viabilidad de la extracción de litio han chocado con la resistencia de las comunidades locales.

En el salar de Olaroz, dos horas en automóvil más adelante, viven una docena de comunidades que finalmente aceptaron en 2008 la instalación de Sales de Jujuy, pese a los temores por el uso de millones de litros de agua en medio del desierto, un asunto crítico en este tipo de explotaciones por evaporación. De los 500 trabajadores de la minera, el 42% pertenece a los pequeños poblados aledaños.

El negocio marcha. La empresa, propiedad de la australiana Orocobre y la japonesa Toyota, anunció el mes pasado la obtención de un crédito por 185 millones de dólares otorgado por el Mizujo Bank de Japón. El dinero se usará para ampliar de 500 a 1.500 hectáreas las piletas para evaporación. “Hoy tenemos capacidad para producir 17.500 toneladas y vamos a agregar capacidad para 25.000 toneladas más. Ese proyecto es de un año y medio de construcción”, dice el CEO de la compañía, Martín Pérez de Solay. Sales de Jujuy exportó el año pasado el 100% de su producción y asegura que sus cuentas cierran pese a la bajada del precio del litio.

“En 2018, el promedio de venta era de 12.000 dólares la tonelada y este año ha bajado a 8.000 dólares. Sucede que hay más oferta y que bajó la demanda, porque los científicos siguen avanzando en la optimización de baterías”, dice el secretario de Minería, Miguel Soler.

El Gobierno jujeño confía en que los precios se estabilizarán. “Lo complicado es obtener los fondos y que sea negocio. Todos estamos de acuerdo en generar valor agregado en las provincias, pero para que eso funcione tenemos que ser competitivos”, explica Soler. Los campos de exploración que hay en la provincia están adjudicados, pero solo opera el de Olaroz, en manos de Sales de Jujuy, y un nuevo emprendimiento de capitales canadienses y chinos, Exar, que está a punto de ser inaugurado en una extensión contigua al mismo salar.

La ley argentina establece que los recursos mineros pertenecen a las provincias. Por eso Jujuy ha encontrado en el litio una puerta al crecimiento económico. El Estado es socio de la empresa en un porcentaje menor, pero ha promovido desarrollos paralelos para la industrialización local del carbonato de litio. Uno de ellos ha sido su apoyo a un centro de investigaciones del Conicet, el principal organismo de promoción científica de Argentina.

En las instalaciones abandonadas por Altos Hornos Zapla, una antigua productora de hierro que estuvo detrás del crecimiento de Palpalá, una ciudad periférica a la capital jujeña, funciona un centro tecnológico financiado con recursos nacionales y provinciales.

“Allí trabajan 10 investigadores y la idea es que haya 80, para que sea el instituto del litio más importante de Sudamérica”, dice el representante del Gobierno en el centro, Héctor Rafael Simone. La apuesta a mediano plazo es que el instituto forme técnicos locales que mañana puedan trabajar en las mineras, hoy dependientes para sus tareas más sofisticadas de mano de obra importada o llegada desde Buenos Aires.

Los salares de la Puna son el resultado de cientos de miles de años de acumulación en zonas bajas de minerales provenientes de agua de lluvia evaporada. Pero bajo la superficie, a decenas de metros, el agua que no fue afectada por el sol forma reservas enormes de salmuera con concentraciones mil veces mayores que el salitre marino.

Para extraer el litio se realizan perforaciones, se extrae el agua y se la vierte en piletones para que la naturaleza haga el resto. “Para cada tonelada de litio se utilizan unos 600.000 litros de salmuera y 45.000 litros de agua industrial. Esta agua dulce sale de los costados del salar, del abanico pluvial. El debate está en cómo interactúa la salmuera que sacás del salar con el agua apta para el consumo humano o el ganado”, explica Miguel Soler. El uso a gran escala de agua en zonas donde llueve menos de 250 milímetros al año ha generado todo tipo de polémicas.

El instituto del litio estudia, entre otras cosas, nuevas técnicas de extracción sustentable. Victoria Flexer es doctora en Química por la Universidad de Buenos Aires y en 2015 decidió regresar a Argentina después de 7 años en Francia, Australia y Bélgica. Participó desde cero del desarrollo del instituto del litio en Palpalá.

La científica y sus becarios de doctorado, que recibe de la Universidad Nacional de Jujuy, buscan “tecnologías más eficientes y sustentables para la recuperación del litio de salmueras”, explica Flexer. En instalaciones recién inauguradas, los científicos trabajan en laboratorios equipados por el Conicet. Quieren terminar con la evaporación a través de “algún tipo de reactor químico que permita una recuperación selectiva de los minerales y obtener el litio en menos tiempo y con menos impacto ambiental”, dice Flexer.

El argumento oficial es que ese impacto ambiental no está comprobado, porque no hay ningún estudio científico que establezca que la extracción de agua del salar afecta a las vertientes naturales que usan las comunidades locales. Los ambientalistas no están de acuerdo.

“El impacto ambiental lo verificamos en pequeña escala. Pese a que en estos años no hubo sequía, aguas abajo del salar están mermando las vertientes. Y en algunos puntos está saliendo agua con un porcentaje superior de sal. Esto mata las plantas y los animales”, dice Néstor Ruiz, antropólogo de la organización Jujuy por un ambiente sano.

Ruiz convive con las comunidades y conoce el impacto que la llegada de las mineras tuvo entre sus habitantes. Muchos de ellos apoyaron la instalación de las mineras porque encontraron en ellas una salida laboral y se beneficiaron con la construcción de escuelas y otras infraestructuras.

Pero hay sectores que rechazan de plano cualquier tipo de explotación en tierras que consideran propias. “Hoy las comunidades dicen ‘no´ a la explotación”, advierte Ruiz. “O el Gobierno nos lleva por delante o aquí no se instala ninguna empresa más. No nos oponemos al desarrollo, lo que no queremos es tener que migrar de la Puna”.

Federico Rivas Molina

 

El presidente de Argentina quema sus últimos cartuchos con una baño de multitudes.

Algunos lo comparaban con el histórico cierre de campaña de Raúl Alfonsín en 1983. Otros, con la euforia de las «barras» de Racing, el club de fútbol que festeja casi más cuando pierde que cuando gana pero el protagonista del mitin, el presidente Mauricio Macri, prefirió apuntar a lo que verdaderamente hay en juego en las elecciones del próximo domingo: «Se define cómo vamos a vivir, nuestro presente y nuestro futuro por muchos años».

Luego, entusiasta, aseguró: «Vamos a dar vuelta este país para siempre… Sí, se puede». Era la manifestación «del millón» (acudieron en torno a 500.000) que no se rinde aunque no haya un sondeo que permita pensar que la reelección de Macri es realista.

En la Avenida 9 de julio, emblema de la capital argentina, una alfombra de miles de personas se extendió hasta el Obelisco. Fue la mayor demostración de fuerza de una campaña con manifestaciones en las principales ciudades del país y en el extranjero. En el caso de Madrid, el actor Luis Brandoni fue el maestro de ceremonias. Los de dentro y los de fuera confían en reconquistar los cuatro millones de votos que necesitan para evitar lo que hoy parece inevitable, el regreso al poder del kirchnerismo con Alberto Fernández como titular de la papeleta presidencial y Cristina Fernández de vicepresidenta (Frente de Todos).

«Son valores, principios que no se pueden entregar. Si perdemos lo hacemos sin ponernos de rodilla». «No nos van a humillar en las urnas. Si toca ser oposición lo haremos pero con fuerza y representación. No es lo mismo perder con 40 por ciento que con 30». Las explicaciones del por qué ir a un acto del que se da por perdedor, las pronunciaban dirigentes históricos de la UCR (Unión Cívica Radical), representantes de la Internacional Socialista, ex ministros o jefes de servicios de inteligencia que apostaban «por la democracia». También, jóvenes militantes dispuestos a estar en primera línea de la política porque, «nada es eterno». Y después, en unos años, sueñan con ser ellos los que tengan el poder.

Mauricio Macri se dejó abrazar y arropar por un gentío con el que ahora es capaz de fundirse. Las cámaras de las pantallas le enfocaban pero no recogían los rasguños en las manos ni los dedos enrojecidos de tantos apretones. No llegó a besar los pies a una jubilada como hizo en la provincia de Tucumán pero se ve que, por fin, disfruta de la masa, del fervor y del cuerpo a cuerpo sin angustia. Es la recta final de su mandato y de la campaña y es ahora donde, tarde, se envuelve en la mística de los líderes que hacen historia, aunque sean derrotados.

«Esto va de derechos y libertades, de democracia», insisten en el escenario. Los pesos pesados de la coalición Juntos por el Cambio estaban firmes ante el desafío y los malos pronósticos. El jefe de la ciudad de Buenos Aires (gobernador), Horacio Rodríguez Larreta, fue el primero en tomar la palabra. Su reelección es lo único que parece seguro en una formación que defraudó a la ciudadanía y a sí misma. Buenos Aires es el bastión y el origen del Pro, el partido de Macri que se fundió en Cambiemos.

Una imagen resultó difícil de explicar. María Eugenia Vidal, la gobernadora de la provincia de Buenos Aires, estaba, con los pies en el asfalto, apoyada en una valla. La gran promesa política de hace cuatro años, la revelación de una mujer con genuina vocación y talento para la política, se hizo trizas en las primarias de agosto y prefirió estar más cerca de la gente que de los suyos. El verdugo de su infortunio en las urnas fue el ex ministro Axel Kicillof, kirchnerismo en estado puro con ADN de la Cámpora, el poder real en la Argentina que prepara la madre de Máximo Kirchner.

Los que tiene experiencia en las arenas de la política estaban en la calle por orgullo, por dignidad y los que su día a día está lejos del Congreso o de la Casa Rosada lo hacían, «porque vamos a dar vuelta a la elección», insistían repicando la frase de Macri.

El presidente de lo que parece será una transición hacia atrás y no hacía adelante, se revolvía: «No nos vamos a quedar callados, viendo cómo nos roban el futuro con el dedito (en alusión a Alberto Fernández), con el atril (por Cristina Fernández), con canchereadas (prepotencias), con soberbia y esa forma de concebir el poder que muchos argentinos rechazamos».

Pletórico advirtió a los derrotistas: «Tengo siete vidas pero con Pichetto a mi lado tengo 8», proclamó en agradecimiento al senador peronista que sumó como candidato a vicepresidente. Ese es el hombre cuya misión es lograr alcanzar lo inalcanzable, recuperar el favor del votante peronista que no es un fanático de «Cristina», como todos se refieren a la viuda de Néstor Kirchner.

Macri, orgulloso de ser el «gato», insulto trasformado en lema de campaña, demostró que sabe dar zarpazos y está dispuesto a seguir. Hoy domingo, en el último debate tendrá otra oportunidad. Los suyos lo llevan impreso en la camiseta con humor, «Yes, we cat».

Carmen de Carlos

 

El aspirante peronista defendió la legalización del aborto, mientras el actual presidente evitó pronunciarse.

Los seis candidatos a la presidencia de Argentina celebraron su primer debate público. Y, contra pronóstico, fue el aspirante con más posibilidades, Alberto Fernández, quien se mostró más agresivo. En lugar de contemporizar, el peronista Fernández atacó una y otra vez al actual presidente, Mauricio Macri, y le acusó de mentiroso. Además, adoptó una posición clara en una cuestión tan crucial y delicada como el aborto: se declaró a favor de la legalización, mientras Macri prefirió no pronunciarse.

Con el formato previamente pactado por los equipos de cada candidato, eran casi imposibles las sorpresas y los errores. No las hubo. En realidad, no hubo un auténtico debate, sino una serie de breves monólogos previamente memorizados y ordenados por temas.

El primer debate de la campaña, celebrado en Santa Fe (el segundo y definitivo antes de las elecciones del 27 de octubre está previsto el próximo domingo en Buenos Aires) confirmó los principales argumentos de los dos grandes rivales. Macri pidió un nuevo mandato para completar “el cambio”, desafiando ocasionalmente la incredulidad de la audiencia, como al decir que el país estaba “mejor” que a su llegada, aunque no se notara “en el bolsillo”. Fernández pidió la presidencia para “volver a poner la Argentina en pie” y recuperar “la economía productiva”.

Roberto Lavagna, que fue ministro de Economía al inicio de la recuperación tras el colapso económico de 2001 y 2002, y aspira a representar el peronismo más reformista, fue vago en su exposición y apeló al consenso.

En un par de ocasiones, Alberto Fernández le dio la razón. No hubo roces entre ellos, potenciales aliados en el futuro. Los demás candidatos fueron realmente a lo suyo. Nicolás del Caño, del Frente de Izquierda, propuso medidas típicamente socialistas y guardó medio minuto de silencio “por las víctimas de la represión en Ecuador”.

José Luis Espert desarrolló un manual de liberalismo casi puro en lo económico, con duros ataques a los sindicatos y a la gratuidad de la universidad pública. Y el ex militar Juan José Gómez Centurión encarnó al Bolsonaro argentino, con elogios al Ejército (y palabras de comprensión para la última dictadura) y un feroz y continuo rechazo a cualquier hipótesis de legalización del aborto.

Macri arrancó con un ataque al flanco más vulnerable de Fernández, el de la pasada corrupción kirchnerista. Y recordó que el propio Fernández había descalificado la gestión presidencial de Cristina Fernández de Kirchner, antes de aceptar encabezar una candidatura con ella de presidenta. Pero el “factor Cristina” apenas volvió a mencionarse, salvo en una frase aislada del ultraliberal Espert.

Fernández devolvió el golpe recordando el debate final de las últimas elecciones, en el que Mauricio Macri prometió acabar con la inflación y la pobreza. “Ganó la presidencia el candidato que mintió”, subrayó el peronista. Acusó a Macri de haber “destruido la economía” generando una recesión a la que no se ve término, una inflación superior al 50% anual, más desempleo, más pobreza y una deuda externa que se acerca al 100% del Producto Interior Bruto. Afirmó además que buena parte del préstamo de 57.000 millones concedido por el Fondo Monetario Internacional se la habían llevado al extranjero “los amigos” de Macri.

El candidato peronista dijo que no debían esperarse de él ni dogmas ni fórmulas infalibles e invariables, sino medidas pragmáticas que nunca perjudicarían “a los que trabajan”. Una vez más, repitió que el consumo interno (que contribuye en un 70% a la riqueza argentina) se había desplomado y era necesario recuperarlo, así como fomentar la exportación.

En su intervención final, Macri lamentó que volvieran “el dedito”, en referencia al dedo más o menos acusador que blandió Fernández a lo largo del debate, y la arrogancia “típica” del kirchnerismo. “Sabemos que tenemos problemas”, dijo, “pero volver a tener los problemas del pasado no nos va a ayudar”.

Enric González

 

La alta probabilidad de un retorno del peronismo al poder coincide con una relajación de las medidas judiciales.

A los tribunales argentinos se les reconoce una gran habilidad para adaptarse a los cambios políticos. Desde que las primarias de agosto anticiparon un probable relevo en la presidencia del país, la situación procesal de numerosos políticos y empresarios kirchneristas parece haber mejorado sustancialmente. Siete de ellos han quedado ya en libertad tras sufrir un período más o menos largo de encarcelamiento preventivo. Por otra parte, se han reactivado viejas causas contra Mauricio Macri y los suyos.

El excarcelado más reciente fue Carlos Kirchner, primo del expresidente Néstor Kirchner, con prisión preventiva desde 2017 en una causa por presuntos sobornos en contratos de obra pública. Kirchner quedará libre cuando pague una caución de 200.000 dólares. Antes fueron Cristóbal López y Fabián de Sousa, socios en el grupo Indalo.

López y De Sousa llevaban casi dos años en prisión preventiva. En septiembre, fueron sobreseídos por una causa sobre venta irregular de activos. Luego, el tribunal oral federal número 3 ordenó al juez Claudio Bonadio, que lleva otra de las causas abiertas contra ellos, la referida a los presuntos sobornos masivos del “caso de los cuadernos” (en el que la principal encausada es la ex presidenta Cristina Fernández de Kirchner), que les dejara en libertad a la espera de juicio.

Bonadío les impuso una fianza de 60 millones de pesos (un millón de dólares) a cada uno, que cubrieron con una póliza de seguros porque la mayor parte de su patrimonio está embargado o en concurso de acreedores. López y Sousa abandonaron la cárcel de Ezeiza el lunes. “Nunca debieron haber sido detenidos”, dijo el candidato peronista a la presidencia, Alberto Fernández, tras conocerse la noticia.

López y Sousa tienen otros asuntos pendientes, relacionados con presunto lavado de dinero en operaciones inmobiliarias (sumario Los Sauces), un presunto fraude en la construcción de un acueducto en Chubut y con el presunto impago de impuestos en la sociedad Oil Combustibles. El juez Bonadio, uno de los más hostiles al kirchnerismo, no descarta volver a pedir prisión provisional para ambos.

Bonadio ha tenido que ir soltando a varios de los acusados en la “causa de los cuadernos”, aparentemente el mayor caso de corrupción durante el kirchnerismo: corresponde al pago de sobornos por parte de numerosas empresas para conseguir contratos públicos, y la acusación señala a Néstor y Cristina Kirchner como principales beneficiarios. El 17 de septiembre se levantó el arresto domiciliario impuesto a Oscar Thomas, ex director de la entidad binacional Yacyretá.

El pasado día 4 de octubre salieron de prisión Gerardo Ferreyra, propietario de la sociedad Electroingeniería, y Carlos Cortez, presunto testaferro de Daniel Muñoz, ex secretario de los Kirchner. Ferreyra declaró, al recuperar la libertad, que la “causa de los cuadernos” no iba a llegar “nunca” a juicio, igual que la causa de la AMIA.

Uno de los encarcelados preventivamente por esta causa, Fernando Esteche, ex líder de la organización antisistema Quebracho, fue igualmente liberado el 4 de octubre.

La causa de la AMIA se refiere al supuesto encubrimiento oficial de los agentes iraníes acusados de asesinar a 85 personas el 18 de julio de 1994, con un auto bomba que destruyó la sede de la Asociación Mutual Israelita Argentina. El fiscal que investigaba el asunto era Alberto Nisman, muerto de un disparo en su casa (probable suicidio, asesinato según algunos) el 18 de enero de 2015.

Otro célebre excarcelado, por absolución, es el general César Milani, que fue jefe del Ejército argentino durante el mandato de Cristina Fernández de Kirchner. Milani fue acusado de detener ilegalmente a Pedro Olivera y de torturar a su hijo en marzo de 1977, durante la dictadura militar. Un tribunal de la provincia de La Rioja le absolvió a principios de agosto y Milani recuperó la libertad tras dos años de encarcelamiento.

El general tiene otro caso pendiente en Tucumán por la “desaparición” del recluta Alberto Ledo, también en 1977, en el que se espera también un veredicto absolutorio, y una causa adicional por “enriquecimiento ilícito”. Al salir a la calle, el general Milani denunció “una inédita campaña política, mediática y judicial contra un jefe del Ejército”.

Mientras se relajan las causas contra kirchneristas, se ha reactivado la causa sobre Correo Argentino (sobre la sospecha de que la administración presidida por Mauricio Macri otorgó un trato de favor a una empresa del grupo Macri) y avanza la investigación en el caso de la venta de la aerolínea familiar Mac Air a Avianca, presuntamente favorecida con la asignación por parte del gobierno de Macri de 36 rutas adicionales a la empresa compradora.

“El mercado cambiario es un actor político”, aseguran los sociólogos Mariana Luzzi y Ariel Wilkis, autores de 'El dólar. Historia de una moneda argentina’

¿A qué precio cotizaba el dólar oficial para la venta el 26 de febrero de 2015? Esa fue una de las preguntas para una concursante del programa Quién quiere ser millonario emitido por la televisión argentina el 8 de abril de 2019. En otros países, sólo profesionales vinculados al mercado cambiario o a la exportación conocerían la respuesta.

Pero la concursante acertó -8,73 pesos-, como lo hubiesen hecho muchos de sus compatriotas. El interés de los argentinos por la divisa verde comenzó en los años treinta y con el paso de los años se popularizó hasta convertirse en un dato más de la vida cotidiana, del que informan a diario los medios junto a la temperatura y el estado del tráfico.

Los argentinos ahorran en dólares para protegerse de la elevada inflación y de las recurrentes devaluaciones. Esa es la explicación más habitual de los economistas a la obsesión nacional por la moneda estadounidense. Otra variable es la restricción externa.

Pero los sociólogos Mariana Luzzi y Ariel Wilkis, autores del ensayo El dólar. Historia de una moneda argentina (1930-2019) (Crítica), subrayan que Argentina no es el único país sudamericano con un historial de inflación desbocada y menos todavía con restricciones externas, pero sí uno de los que más "piensa en verde" y consideran que la mayor singularidad en el país sudamericano es el rol político de la divisa.

"Desde 1983 hasta la actualidad, el mercado cambiario ha tenido protagonismo en casi todas las elecciones presidenciales. El mercado cambiario es un actor político en Argentina, esa es nuestra hipótesis", dice Wilkis durante una entrevista en Buenos Aires. "El dólar se convirtió en un artefacto de interpretación de lo que pasa en la política y en la economía", subraya Luzzi.

El último ejemplo se vivió tras las elecciones primarias del pasado 11 de agosto. Ninguna encuesta anticipó la victoria por más de 15 puntos del candidato presidencial peronista Alberto Fernández frente a Mauricio Macri. Al día siguiente se desató una tormenta financiera: el dólar cerró a 58 pesos, 12 más que el viernes, y provocó un nuevo salto inflacionario.

La gente corrió a supermercados y centros mayoristas a comprar productos antes de que se encareciesen (lo que los argentinos llaman stockear) y, quienes podían, compraron dólares. Algunos negocios, como los concesionarios de automóviles, suspendieron temporalmente las ventas hasta actualizar los precios.

En los días posteriores, el Gobierno hizo todo lo posible por calmar al mercado cambiario. Macri reemplazó a su ministro de Economía, declaró una restructuración de la deuda y volvió a imponer controles cambiarios, aunque menores a los que rigieron durante los últimos cuatro años de kirchnerismo. "Cuanto más se escapa el dólar, más se aleja para el Gobierno la posibilidad de un triunfo", opina el sociólogo sobre el decisivo papel de la divisa estadounidense.

En el libro los autores rastrean los orígenes de esa obsesión, a la que ningún gobierno ha logrado poner freno. Se remontan a 1931. "Ese año fue el primer control de cambios, la primera vez que el Estado decide regular el acceso al mercado cambiario y empieza un debate en los medios", señala Luzzi.

El salto se dio a finales de los años cincuenta, cuando Arturo Frondizi lanzó un ambicioso Plan de estabilización, firmó el primer acuerdo del país con el FMI y hubo una gran devaluación. "Se cierra durante unos días el mercado de cambio y cuando se reabre la prensa muestra a una multitud en la city a ver qué pasa. El mercado dejó de ser un dato en una tabla para ser un evento de la vida pública ciudadana", afirma Wilkis.

La atención al mercado cambiario se consolidó durante la década siguiente, caracterizada por una gran inestabilidad y grandes devaluaciones, y va in crescendo, con el paréntesis de los poco más de diez años de convertibilidad (1991-2002), cuando se impuso la paridad de un peso - un dólar que saltó por los aires en medio de la grave crisis del corralito. En 2019 todo sigue igual, con el dólar como un ícono tan argentino y popular como el fútbol o el tango.

"El dólar está muy presente en el proceso de valuación de los bienes aunque no necesariamente después la transacción se va a hacer en dólares", explica Luzzi. En el caso de las viviendas, las compras suelen ser en la divisa estadounidense. En la de los automóviles, en cambio, las operaciones son en pesos, al precio de cambio del dólar de ese día.

"Parte de las decisiones que toma el Gobierno [argentino] sobre su moneda impacta únicamente en un sector de la economía, pero hay otro conjunto importante de transacciones vinculadas a una moneda que no domina y sobre la que no tiene control", advierte Wilkis.

"Una de las conclusiones de nuestro libro para el debate público es que el dólar no es parte del ADN de los argentinos sino que es un proceso histórico que ha sido largo y lento y, por lo tanto, es reversible en el largo plazo", concluye.

Mar Centenera


 

Estos datos se refieren al primer semestre y aún no incluyen el reciente aumento de la inflación en el país, que alcanzó el 60% anual. Señala que hay 15 millones más de personas en pobreza ahora que en 2018.

La pobreza alcanza niveles devastadores en Argentina. El 35,4% de la población, 8,1 puntos más que hace un año, y el 25,4% de los hogares no pueden pagar alimentos básicos. Hay más de 15 millones de personas. Los datos, publicados el lunes por el Instituto Nacional de Estadística, se refieren a la primera mitad del año, por lo que no incluyen la devaluación del 12 de agosto y el posterior aumento de la inflación al 60% anual. Esto significa que la situación ahora debe ser aún peor. Se estima que para fin de año la pobreza afectará al 37% de la población.

La nueva tasa de pobreza es quizás la peor noticia recibida por Mauricio Macri en sus cuatro años como presidente. Peor que el uso del FMI, el incumplimiento parcial, la recesión y el fracaso en la lucha contra la inflación. Llegó a la oficina pidiéndole a los argentinos que lo juzguen por su éxito o fracaso en la lucha contra la pobreza, y los números no admiten discusión. Heredó de Cristina Kirchner una pobreza del 29%, según estimaciones de la Universidad Católica (Kirchnerismo interrumpió las mediciones oficiales) y dejará más del 35% al ​​próximo presidente, que probablemente no será él, sino el peronista Alberto Fernández. Los entrenadores estiman que para fin de año, cuando comience el nuevo período, la cifra será de alrededor del 37%.

"Aunque ese número duele, necesitamos mirarlo a la cara, como lo hacíamos todos los años", dijo Macri sobre los datos de pobreza. Pidió "consenso" para combatir el empobrecimiento de la población y enfatizó que su política siempre fue medir la pobreza, "no ocultarla", en referencia al presidente anterior.

Los datos del Instituto Nacional de Estadística también revelan que el 7.7% de los argentinos son indigentes, y que el 50% de los menores, uno de cada dos, viven en la pobreza. Entre junio de 2018 y junio de 2019, los alimentos básicos aumentaron en un 58,3%, mientras que los salarios y las pensiones se ajustaron solo en un 35%. Esta brecha explica que un número creciente de personas no puede pagar la comida. También hay un mayor desempleo, la transformación de empleos regulares en informales y el deterioro de los beneficios sociales.

Además de "mirar hacia adelante" hacia la creciente pobreza, Mauricio Macri necesita "mirar hacia adelante" en las elecciones del 27 de octubre, donde, si se confirman las tendencias mostradas en las primarias del 11 de agosto, corre el riesgo de sufrir Una amplia derrota.

El presidente envió, a través de su cuenta de Twitter, un mensaje a los argentinos anunciando que "cambiaría lo que fuera necesario cambiar" para aliviar la situación en el país. "Sé que estás enojado, enojado", escribió. Luego dijo que le dijo la verdad a la gente, luchó contra el narcotráfico y mejoró la infraestructura, y prometió que el futuro de la economía sería "mejor".

El presidente multiplica su actividad para mejorar sus perspectivas electorales. Su reelección es muy difícil, pero lo que es esencial para el macrismo ahora es que la coalición que ha gobernado en los últimos cuatro años mantiene una presencia relevante en el futuro Parlamento. Macri dijo el lunes que reduciría el desempleo (10.6% de la población en edad laboral) al suprimir los impuestos a las pequeñas empresas.

Pero también emitió un decreto que, al modificar el sistema de cálculo, redujo sustancialmente la compensación por accidentes laborales, discapacidad permanente y muerte. Los sindicatos consideran que la medida significaría un mayor empobrecimiento de los asalariados y han comenzado a prepararse para presentar un recurso de inconstitucionalidad contra el decreto.

Enric González

 

El Gobierno de Macri se reúne en Nueva York con los responsables del Fondo para obtener un dinero clave para sortear el impago de la deuda.

Argentina y el Fondo Monetario Internacional inician una semana crucial de conversaciones, pero con un regusto amargo a simulacro, en tanto que el FMI no cree que el actual Gobierno siga aún en unos meses y ese actual Ejecutivo duda de que vaya a seguir ahí.

La contundente victoria del candidato peronista Alberto Fernández en las primarias del pasado agosto hacen más que probable su victoria en los comicios de octubre y, con ella, la desconfianza del organismo internacional. Sobre la mesa hay un problema de corto plazo, el envío de 5.400 millones de dólares pendientes del rescate que el país necesita, y otro de largo, el auxilio de un país plagado de incertidumbre. Sobre ese último nadie se atreve a hacer cálculos.

El ministro de Hacienda, Hernán Lacunza, y el presidente del Banco Central de Argentina, Guido Sandleris, se reunirán este martes en Nueva York con el director gerente interino del FMI, David Lipton, y el jefe para las Américas, Alejandro Werner, además de con inversores. El miércoles, en Washington, los dos altos cargos argentinos se verán con el jefe de la misión para Argentina, Roberto Cardarelli.

El objetivo de Lacunza es desbloquear el giro de 5.400 millones de dólares que estaba previsto para septiembre y que el Gobierno de Mauricio Macri requiere para afrontar los vencimientos de deuda de este mes y sortear el impago.

El FMI acordó con Argentina entre junio y septiembre de 2018 el mayor rescate de la historia de la institución, un préstamo de 57.000 millones de dólares, que equivalía al 10% del producto interior bruto (PIB) del país y suponía rememorar algunas de las peores pesadillas económicas en ese trozo de América. A cambio, el Gobierno de Mauricio Macri se comprometía a cuadrar las cuentas públicas —es decir, no gastar más de los que el Estado ingresa— en 2020, un objetivo que hoy, entre otros, parece inalcanzable.

En agosto, cuando Fernández, candidato de Frente a Todos, ganó con autoridad las primarias, los mercados financieros se echaron a temblar en un lunes negro en toda regla, temerosos como estaban de la situación de interinidad que se produciría en el Gobierno durante meses y de los riesgos para el rescate del FMI ante un nuevo presidente de corte peronista que se había dedicado previamente a maldecir el plan diseñado en Washington. La desconfianza retroalimentó la crisis argentina.

Acto seguido, Macri despachó una batería de medidas sociales para contener las heridas de la crisis, con una bajada de impuestos a la clase media, la subida de la ayuda a los más pobres y la congelación del precio de los servicios públicos y la gasolina. Y este paquete, previsto hasta diciembre (fecha en que ya habrá el nuevo Gobierno surgido de los comicios), también aleja al Ejecutivo de los compromisos asumidos con el FMI.

Así es cómo ha funcionado el circulo vicioso con Argentina, que tiene por delante un periodo muy complicado con los acreedores privados (en los próximos cuatro meses deben renovar alrededor de 15.000 millones de dólares en deuda, de los que 10.000 se encuentran en manos privadas) y con los públicos. El Fondo ha dicho muy poco en público.

El portavoz, Gerry Rice, ha insistido ante la prensa en que "las situaciones de mercado complejas y la actual incertidumbre en las políticas complican aún más la situación", mientras procede a revisar el programa. Fuentes cercanas a las conversaciones van más allá y hacen explícito el temor a las políticas peronistas que se avecinan, lo que puede convertir cualquier nuevo compromiso del actual Gobierno en papel mojado.

El Fondo no quiere, sin embargo, repetir los errores de la crisis griega, cuando el exceso de austeridad también reavivó la crisis y las metas financieras se revelaron poco realistas.

El calendario de revisión no está claro y la situación de interinidad en el propio Fondo —a punto de ratificar a Kristalina Georgieva como nueva directora gerente, en sustitución de Christine Lagarde—, tampoco ayuda. La semana pasada, el Gobierno declaró la emergencia alimentaria, con los comedores gratuitos desbordados por todas las familias que no pueden pagar la comida. Cuando los elefantes se pelean, la que sufre es la hierba que hay debajo.

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Fundado el 4 de agosto de 2003

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