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“Cuando la izquierda pierde una elección, intenta destruir un país; cuando gana, lo consigue”.

 

 

Anestesiar para convencer, cubriendo con persistencia malévola todos los espacios de nuestra mente, es el método “des” informativo que eligen algunos dirigentes políticos charlatanes para seguir sosteniendo su popularidad en cualquier escenario, aún los jamás imaginados.

 

 

En público y sobre todo en privado se libra estos días una discusión sobre la decisión política del gobierno de darle prioridad plena a los criterios de sanidad que aconseja la Organización Mundial de la Salud. La mayoría de los analistas, algunos con objetividad, otros con pesar, coinciden en que la guerra contra el coronavirus ha fortalecido al Presidente.

 

 

El gobierno nacional comenzó subestimando la gravedad de la pandemia. Con absoluta irresponsabilidad, el ministro de Salud, Ginés González García, sostenía en febrero que el coronavirus no llegaría a la Argentina. Cuando era evidente que el pronóstico del principal responsable de las políticas sanitarias de nuestro país estaba sepultado por la realidad, el presidente Alberto Fernández, sensatamente, advirtió que debía hacer algo.

 

 

¿A quién aplauden las personas en sus balcones? Los médicos argentinos hoy continúan la mejor tradición de abnegación de sus maestros y aquellos que los precedieron en esta gesta.

 

 

Muchos se preguntaban cómo haría el populismo para gobernar sin esas vacas gordas que le permitieron en su momento construir su fama de justicieros sociales.

 

 

Desde los años ‘80, los gobiernos se jactan de poner Malvinas “al tope de la agenda exterior de la república”. Lo peor es que lo hacen. Calificándolo, algo narcisistas, de “política de Estado”. Así hacemos macanas y nos embarramos la cancha nosotros mismos.

 

 

En los dos primeros meses del año en curso habían muerto 14.641 personas por efecto del Coronavirus; 79.602 debido a resfríos de distinto tipo; 180.584 merced a la malaria; 153.696 se suicidaron; 193.479 en virtud de accidentes de tráfico; 240.950 producto del VIH y 1.777.141 por obra y gracia del cáncer. Las cifras son confiables, como que se originaron en la Universidad de Hamburgo.

 

 

Alberto Fernández le empieza a tomar el gustito a la imitación de algunos gestos políticos de Néstor Kirchner, que tanto rédito le trajeron a su mentor. Aquel presidente de 2003, que timoneaba en la emergencia económica, se enojaba y fabricaba enemigos.

 

 

En las pocas horas que han transcurrido desde la última columna hasta ahora han ocurrido tantas cosas que uno no sabe bien por dónde empezar la de hoy.

 

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Fundado el 4 de agosto de 2003

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