Lunes, 30 Marzo 2020 00:00

La única verdad vuelve a ser la realidad - Por Carlos Salvador La Rosa

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A pesar de todo, durante estos primeros meses de gobierno, nadie creyó seriamente que Alberto Fernández podría ser un Cámpora, chirolita de Cristina, ni un De la Rúa con una vice que lo despreciaba desde la corrección política de izquierda como hizo el Chacho Álvarez con el radical.

 

El problema no era lo que no era sino lo que quería ser. Y Alberto quería ser una síntesis de Alfonsín y Néstor K, cosa que tampoco podía lograr porque no tenía el poder con que llegó Alfonsín, ni Cristina era como Duhalde para que le quitaran el poder tan fácilmente como Néstor se lo quitó.

Ella, bastante silenciosamente, solo recitando su librito donde confirma el 100% de lo que fue e hizo y no admite la menor crítica (salvo que se excedió un poquito en el pacto con Irán) armó un blindaje perfecto, una estructura de poder casi indestructible, con Alberto cumpliendo tareas de abogado (de ella) y economista (pagando los costos de acercamiento al FMI, que ella no quiere pagar). De todo el resto se ocupó Cristina avanzando en el copamiento del Estado con la finalidad de que no quede un solo ladrillo estatal que no sea cristinista.

Lo estaba haciendo sin obstruir a Alberto, pero diferenciándose de todo lo que él hacía o decía. A veces contrariándolo, a veces distinguiéndose sutilmente. Y, por, sobre todo, Cristina tenía un relato, un superrelato con el que quería impregnar nuevamente al país, mientras que Alberto no tenía ni relato ni plan, y tampoco la oposición.

El país, marchaba entonces, en la dirección de Cristina, la gran ganadora de las elecciones de 2019 que no quería el poder para tomarlo ahora sino para construir hacia el futuro mucho más poder con el poder enorme que ya tiene.

Sin embargo, algo pasó que cambió el rumbo que se estaba intentando seguir. Vamos a tratar de explicarlo no a través del coronavirus sino de lo que éste trajo consigo.

Quien más está dando en el clavo es un brillante filósofo surcoreano llamado Byung-Chul Han cuyos varios libros constituyen un brillante tratado sobre los nuevos significados de la globalización digital. En un artículo que escribió sobre el virus dice algo crucial: “La digitalización elimina la realidad, toda la cultura del “me gusta”, suprime la negatividad de la resistencia. Y en la época posfáctica de las fake news y los deepfakes surge una apatía hacia la realidad. Así pues, aquí es un virus real, y no un virus de ordenador, el que causa una conmoción. La realidad, la resistencia, vuelve a hacerse notar en forma de un virus enemigo. La violenta y exagerada reacción de pánico al virus se explica en función de esta conmoción por la realidad”.

En palabras más sencillas, en un mundo digital donde cualquier cosa, sobre todo los relatos y las fake news (que son parecidos) intentaban sustituir a la realidad, con el coronavirus la realidad ha vuelto a imponerse, y los acostumbros a vivir y lucrar y construir poder con el relato no saben bien qué hacer.

En ese sentido, Alberto encontró un desafío enorme que no heredó de nadie y que puede ayudarlo a posicionarlo como un presidente en toda su magnitud de tal, si actúa con la prudencia y la energía (las dos cosas a la vez) del caso.

Alberto tiene frente a sí su primer camino autónomo para construir el papel que le falta de acuerdo a su investidura. Hasta ahora todos los caminos le estuvieron vedados simplemente porque no tenía ninguno, salvo el poder delegado por Cristina que le permitía existir, pero jamás crecer, como es la lógica de todo poder.

Ahora bien, Alberto no tiene margen y si lo tuviera no debería intentar sustituir un liderazgo por otro sino construir otro tipo de liderazgo, el de la realidad, no el del relato, el que la pandemia le está exigiendo. Y eso es un liderazgo institucional. No hacerle caso a los Filmus que lo quieren empoderar como el nuevo rey. Rey ya hay, y es reina. Punto.

El liderazgo institucional significa ver a Alberto y Rodríguez Larreta trabajando juntos, sin intentar sacar provecho de la situación, salvo el que la realidad les otorgue por hacer bien su trabajo.

Alfonsín era institucionalista pero su liderazgo era personalista. De la Rúa también era institucionalista pero no tenía liderazgo. Entre ambas puntas debe hallar el equilibrio Alberto Fernández y hoy la realidad le ofrece la oportunidad de serlo y hacerlo.

Para eso debe medir bien todas sus decisiones y no dejarse encandilar por los que por todo el mundo buscan imponer sus delirios para luchar contra el coronavirus desde sus relatos y no desde la realidad. Allí militan los Trump y Bolsonaro que, por derecha, para defender la economía, quieren negar la entidad del virus. O por izquierda, como el intelectual Giorgio Agamben en cuyo relato el virus es una invención del imperio: “Parece que habiendo agotado el terrorismo como causa de las medidas excepcionales, la invención de una epidemia puede ofrecer el pretexto ideal para extenderlas más allá de todos los límites”.

O sea, algunos por interés y otro por ideología se niegan a aceptar la realidad y actuar en consecuencia. Hasta hay quienes proponen volver al medioevo alambrando barrios y municipios como si se trataran de señores feudales.

Argentina, en principio, está actuando aceptando más la realidad que el relato, pero ahora, luego de la primera quincena de aislamiento viene un desafío más complicado, menos grueso, el de actuar con sintonía fina, no caer ni en el aperturismo ni en el aislacionismo fundamentalistas. No enamorarse de las herramientas, sino ponerlas al servicio de una estrategia definida.

En suma, pelear la realidad con las armas que provee la realidad en vez de caer otra vez en manos de los relatores que creen que todo es posible de ser mitificado, que la verdad y la mentira tienen el mismo valor de realidad. Pero ahora el mal bicho enemigo, (que es un enemigo real, no virtual) ha desnudado sus delirios. Por ende, el mundo, después de la pandemia, ya no volverá a ser igual al anterior.


Carlos Salvador La Rosa
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