Viernes, 03 Abril 2020 00:00

Salud, conflicto de intereses y cacerolas antipolíticas - Por Jorge Raventos

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En público y sobre todo en privado se libra estos días una discusión sobre la decisión política del gobierno de darle prioridad plena a los criterios de sanidad que aconseja la Organización Mundial de la Salud. La mayoría de los analistas, algunos con objetividad, otros con pesar, coinciden en que la guerra contra el coronavirus ha fortalecido al Presidente.

 

Las encuestas de imagen confirman esa idea. Ahora bien, Alberto Fernández ha buscado rodearse y legitimarse en ese camino con el aval de prestigio que se atribuye a la OMS y a las expresiones locales de la especialidad.

Quizás por eso habría que relativizar un tanto el incremento de poder que se adjudica al Presidente: los garantes tienen un peso. Cabe preguntarse qué ocurriría si, en determinado momento, el poder político decidiera tomar caminos diferenciados del consejo sanitario porque, por caso, necesidades sociales, económicas o de seguridad pasan a ocupar las preocupaciones prioritarias.

La malicia de los sectores de oposición que motorizan los cacerolazos de los últimos días reside en estirar la cuerda de esa tensión castigando a la política, frente a los aplausos destinados a la medicina. El programa de la oposición más recalcitrante es, en esencia, un programa antipolítico.

EL PROGRAMA DE DESORDEN

El gobierno lo neutraliza mejor (y se capitaliza) cuando hace clinch e integra a la -digamos- oposición moderada (cuya figura mayor es Horacio Rodríguez Larreta); en cambio, se debilita relativamente cuando opta por la confrontación ideológica y por practicar un estéril ping pong en los extremos. La política gana si su acción es coherente con un programa de unión nacional (que no debería confundirse con un promedio asexuado e inmovilizador, sino con una orientación clara, una negociación realista y una participación auténtica).

En un mundo en el que sólo un tercio de los países miembros del G7 adoptó la cuarentena dura que promueve la OMS como escudo ante la pandemia no debería considerarse un pecado debatir si ese debe ser el remedio infalible aún si la economía colapsa.

Por más de una década -a partir de mediados de los años 90 del siglo pasado y particularmente desde 2001, cuando China ingresó como miembro pleno- la institución mundial emblemática de la globalización fue la Organización Mundial de Comercio (OMC, o WTO si se prefiere la versión en inglés).

En los últimos años su centralidad decayó: el intercambio mundial se canalizó, en muy alta medida, a través de mecanismos e instrumentos regionales o bilaterales. La OMC perdió peso y celebridad.

En la actualidad el rol de portaestandarte institucional de la globalización parece haberse trasladado a la Organización Mundial de la Salud (OMS, o WHO por su sigla inglesa). La OMS ha recorrido un trayecto inverso al de la OMC: pasó de ser una especie de cenicienta sanitaria de Naciones Unidas, con baja relevancia y recursos limitados, a desempeñar un estrellato internacional y hasta a ser confundida, en la atmósfera creada por el coronavirus, con una autoridad global (cosa que no es: es un ente de coordinación, ya que los organismos del sistema de la ONU no operan con autonomía ni sustituyen la soberanía de los estados: son una resultante de los consensos y disensos de los­ estados miembros).

El protagonismo de la OMS empezó a edificarse con una seguidilla de epidemias, iniciada en 2002/2003 con el SARS (síndrome respiratorio agudo y grave) detectado en China que provocó la muerte de 774 personas, continuada poco después con la llamada gripe aviar (300 muertos) y, en 2009/2010 con la llamada gripe porcina. El manejo de algunas de estas epidemias, sin embargo, también erosionó el crédito de la OMS.

En principio, organizaciones no gubernamentales de óptima imagen pública (por caso, Médicos sin Fronteras o Intermón Oxfam) cuestionaron el peso que adquieren en el manejo y la agenda de la organización entes filantrópicos o empresas del sector privado que aportan el 75 por ciento del financiamiento de­ la OMS, y "atan sus donativos a objetivos que ellos quieren". La objeción más grave emergió en ocasión de la gripe porcina que la OMS declaró pandemia en 2009. La alarma provocó pánico y muchos países, para asegurarse reservas de medicamentos y vacunas, hicieron grandes adquisiciones a las mayores empresas farmacéuticas del mundo. El virus tuvo, en la realidad, efectos moderados. España que había comprado 13 millones de dosis, sólo empleó 2 millones. Según la revista mexicana Nexos, que dirige el distinguido intelectual y novelista Héctor Aguilar Camín, "nuestro país sufrió un desastre económico que perjudicó a razón de más de cuatro mil millones de dólares, más de lo que costó el sismo de 1985".

El entonces presidente de la Comisión de Salud en el Consejo de Europa -el doctor Wolfgang Wodarg- denunció "el papel dudoso" de la OMS en ese episodio. Wodarg declaró tener evidencias de que se habían distorsionado intencionalmente los hechos (en junio de 2009 la OMS anunció que la epidemia de A/H1N1, la "gripe porcina", se había transformado en "pandemia de grado seis", dando la impresión de que la peligrosidad de la gripe había aumentado) y se había creado una situación de pánico con el objeto de favorecer a las empresas farmacéuticas transnacionales que hacían grandes negocios vendiendo vacunas y agentes antivirales a los gobiernos. Los principales expertos en gripe de la OMS eran, decía, empleados, asesores o accionistas de dichas empresas.

La prestigiosa publicación médica British Medical Journal (BMJ) y la Oficina de Periodismo de Investigación también señalaron un conflicto de intereses: al menos tres de los investigadores que presentaron el grueso de los documentos científicos en los que se basó la adquisición de medicamentos por parte de los gobiernos -informaron- habían recibido dinero de alguna de las empresas farmacéuticas que producían los fármacos.

Ian Overton, editor jefe de la Oficina de Periodismo Investigativo declaró entonces a la BBC que "las pautas (de comportamiento contra una pandemia) estaban muy influenciadas por tres anexos que fueron escritos por tres individuos, los profesores Fred Hayden, Arnold Monto y Karl Nicholson, que­ estaban o habían estado poco antes de ese momento recibiendo dinero de compañías farmacéuticas que obtendrían beneficios de sus recomendaciones".

Las compañías mencionadas -agregaba el informe de BBC- "son Roche y GlaxoSmithKline (GSK). Roche tuvo beneficios de miles de millones de dólares con la venta de tamiflú a gobiernos que siguieron las recomendaciones de la OMS, mientras que GSK produce relenza y algunos antivirales".

En aquel tiempo y hasta hace relativamente poco (2007-2017), la OMS estaba dirigida por la china (de Hong Kong) Margaret Chan. Hoy conduce un etíope, el doctor Tedros Adhanom Ghebreyesus.

...Y OTRAS INTOXICACIONES

La palabra pandemia incluye una tonalidad de alarma que, misteriosamente, no se incorpora a otros fenómenos de la salud, que producen daños más amplios y extendidos. Algunos periodistas disimularon apenas su contrariedad cuando el ministro de salud, Ginés González García, desafió esta semana el alarmismo profesional con datos objetivos: "Por estadística, es mucho peor la gripe que el coronavirus, acá y en cualquier lugar del mundo -informó-. La gripe tuvo muchos decesos el año pasado o el anteaño, pese a que hay vacunas. Sin embargo, nadie hace un conteo diario de la cantidad de muertos. En ese aspecto, hay una tensión muy fuerte vinculada a la casuística del coronavirus".

En efecto, entre el 10 y el 20% de la población mundial (entre 600 y 1200 millones de personas) tiene gripe en un año. Las epidemias anuales causan alrededor de 3 a 5 millones de casos de enfermedades graves y alrededor de 290.000 a 650.000 muertes en todo el mundo.

Desde enero hasta el fin de marzo -la tercera parte del año- el coronavirus ha afectado a un total de 937.000 personas en el mundo. De ellas, han fallecido 47.000 y, más de 194.000 ya se han recuperado. Para proporcionar las cifras: normalmente durante un trimestre mueren 14 millones de personas en el mundo.

Conviene incorporar otros datos, un estudio realizado por 3 médicos italianos que están en el centro de la pandemia, difundido por la prestigiosa publicación internacional Jama (especializada en temas médicos) y citado en un informe del Instituto para el Desarrollo Social Argentino, señala que sobre 355 casos de muertos con coronavirus en Italia estudiados en profundidad, surge que la edad promedio es de 80 años (un 14%, más de 90); el 25% tenía una enfermedad crónica pre-existente cuando contrajo el coronavirus, otro 25% tenía 2 enfermedades pre-existentes y el 50% tenía 3 o más enfermedades. Sólo 3 casos­ eran ancianos sin enfermedades pre-existentes". Este es otro indicio -comenta el informe de IDESA- de que muchas de las muertes que se están produciendo en Italia hubiesen ocurrido igual, sin la presencia del coronavirus. Las verdaderas causas de la muerte son las dolencias preexistentes (afecciones cardiovasculares, pulmonares, diabetes); el virus es lisa y llanamente un acelerador.

ALARMA, NERVIOS Y POLITICA

El Presidente cuenta hoy (según las encuestas) con un respaldo amplísimo, que incluye a un amplio segmento de quienes votaron por Mauricio Macri en las elecciones. Ahora bien, muchos de esos que respaldan al Presidente aspiran a que la cuestión productiva (no sólo la sanitaria, ni siquiera la asistencia alimentaria) encuentre también un lugar jerárquico en las decisiones. Muchísimos de esos no están de acuerdo con la prolongación de la cuarentena. Hay muchos que legítimamente opinan que es preciso mantener vivo el aparato productivo para que siga viva la salud pública, no sólo la prescripción inversa. Alberto Fernández no necesita pelear por el apoyo de esos sectores: ya lo tiene. Debe más bien empeñarse en conservarlo, mostrando que la esfera económica le interesa.

Hace unos días, Ricardo Romano, un intelectual peronista que fue subsecretario general de la Presidencia en los años 90- le ofreció al gobierno una idea precedida por esta advertencia: "Cuando desaparezca la excepcionalidad desaparecerá la paciencia". En ese sentido, Romano sugirió "empezar a pensar­ cómo enfrentar la posguerra mientras simultáneamente se sigue librando la batalla sanitaria". Se inspiró explícitamente en el antecedente del Consejo de Posguerra que organizó Perón en 1944, "integrado por los mejores especialistas de todas las disciplinas, de toda ideología, para crear un verdadero laboratorio de ideas para sortear la acuciante situación presente y el porvenir".

Si el Presidente ha sabido rodearse de asesores expertos en epidemias, que pueden trasmitirle sus inquietudes y sus saberes y convertirse a veces en voceros y de a ratos en avalistas del poder, le están faltando personajes análogos en el platillo de la producción y el trabajo, del federalismo, de la ecología, que puedan defender con vigor y legitimidad un camino que incluya la salud pública y la vida productiva y laboral y que puedan hacerlo constructivamente, lejos de la perfidia barullera de las cacerolas.

Jorge Raventos

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Fundado el 4 de agosto de 2003

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