Lunes, 01 Junio 2020 00:00

El hombre que está solo y desespera - Por Carlos Salvador La Rosa

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Cristina eligió bien, pero porque tuvo a quien elegir. No le servían para sus objetivos ni Randazzo, ni Lavagna, ni Schiaretti, ni Massa. Todos tenían algún poder propio que mañana podrían poner contra ella.

 

Ni le servían los obsecuentes a lo Parrilli o Zannini por el hecho de no tener ni el más mínimo poder y entonces se los vería como si fueran ella. Alberto Fernández fue una rara avis, se había enfrentado en serio con ella, mucho más que todos los peronistas no K con poder propio, pero a la vez no tenía nada de poder.

No obstante, aún con poder cero, Alberto vivió la pandemia como su tiempo de gloria, ese que ni siquiera tuvo nunca tanto Cristina salvo quizá cuando ganó en 2011, y tal vez Néstor cuando pagó la deuda externa y al FMI lo fanfarroneó con la plata que le sobraba. Pero son tan distintos. Uno era pura épica, el Nestornauta; Alberto en cambio con su éxito pandémico se sintió más cerca de Mandela. No un tipo heroico sino el gran conciliador que devino pater familis de millones de argentinos asustados, que frente a lo desconocido esperaban una mano y una voz que los conforte y los conduzca. Y aceptaron a Alberto en ese rol. Y él se sintió por primera vez en el paraíso. Ese reconocimiento era todo suyo, lo único que no le debía a Cristina, algo que difícilmente se volverá a repetir, salvo que él se encargue de prepararse para que los futuros éxitos, de haberlos, también puedan entrar en su alforja. Lo que grandes enfrentamientos seguro le costarán.

Alberto, aunque de ideología moderada, tiene el carácter de un compadrito de caminar canyengue o arrabalero, de un patotero matoneando con el pecho a veces y casi siempre con la palabra cuando se enoja. Un profesor tanguero y sentimental. De Corrientes y Esmeralda, como el hombre que está solo y espera de Scalabrini Ortiz. Pero en estos momentos felices cambió su irascible carácter. Se hizo bueno con los periodistas, porque cada día de cuarentena le sumó más poder y aunque a partir de ahora quizá cada día se lo está restando, él se resiste a perder tanta gloria. Hoy no sólo es el hombre más popular de la Argentina sino que la gente, incluso una gran cantidad de votantes peronistas, quiere que gobierne él solo y que Cristina no se inmiscuya. No ignora que la cuarentena debe cesar, pero es difícil abandonar el momento en que se sintió casi Dios.

Él quisiera aprovechar la ocasión para convertirse en un continuador de Néstor o Alfonsín. Pero no puede ser Néstor porque éste comenzó a serrucharle el piso a Duhalde el primer día que asumió. Y tampoco Alfonsín porque éste llegó con todo el poder propio.

Habrá que ver si el hombre que alguna vez se enfrentó en serio a los dos Kirchner y que ahora logró una gloria impensada, se anima o no a independizarse de la única dueña actual de todo el poder, que, si bien se cuida de no humillarlo ni superponerse demasiado con él, por debajo no va dejando segunda línea sin ocupar con sus gurkas camporistas.

Cristina reina, pero no gobierna. Mientras que Alberto gobierna, pero no reina. No está de más recordar que la Argentina, y sobre todo su cultura predominante -la peronista- es más monárquica que republicana. Por eso decir que reina, pero no gobierna no es decir que la reina no tiene poder, sino que quizá tenga más poder que el que gobierna.

No es la Argentina una monarquía constitucional como España, Inglaterra o Dinamarca donde el rey es el garante de la unidad del Estado en base a la tradición pero el poder es todo del que gobierna, presidente o primer ministro. Nosotros somos más una monarquía que una república en tanto forma real de gobierno. Una monarquía disfrazada de república, mientras que en Europa es al revés. Nuestros contenidos son monárquicos, feudales o caudillescos mientas que nuestras formas son simulaciones republicanas

Pero si a veces no nos damos cuenta es porque casi siempre -sino siempre- el rey y el presidente fueron la misma persona. La originalidad histórica del momento es que esta vez son dos personas. Ahora bien, en caso de diferencias de opinión, si se desempata a favor de la reina no pasa nada, pero si es al revés el riesgo de ruptura es inminente. Por ahora siempre coincidieron y cuando no, Cristina le hizo comprender a Alberto que había que hacer lo que ella decía. Y él nunca se negó.

Pero los cosas podrían estar cambiando: hace apenas un año Alberto nunca esperó ser presidente porque no tenía nada para serlo. Y hace apenas tres meses jamás imaginó que acumularía tanta imagen positiva. Demasiadas emociones para un hombre solo. Demasiada tentación de creérsela, aunque no se la crea.

Hoy tiene elementos como para intentar reemplazar al poder actual, como lo tuvo Néstor con Duhalde; pero Alberto no es Néstor, ni Cristina es Duhalde. Duhalde, creyéndose un peroncito (aunque barrial del conurbano) se tragó un cuenterío que Perón inventó para la gilada en los años 70: que si Cámpora era elegido presidente él se iría como embajador plenipotenciario del país a comunicar la buena nueva justicialista a toda la humanidad. Pero apenas llegó a la Argentina echó al tío Cámpora y asumió él. Duhalde, más ingenuo, se fue en serio a América Latina para ser embajador del peronismo, pero apenas puso un pie en Ezeiza Néstor le quitó hasta el poder dentro de su casa. Eso jamás lo permitirá Cristina y difícilmente Alberto tenga la audacia de Néstor para hacerle eso a alguien mil veces más poderosa que Duhalde cuando Duhalde era el más poderoso.

Alberto dice que jamás firmará un indulto para Cristina, pero Cristina tampoco lo quiere, o mejor dicho, quiere lograr los mismos efectos que un indulto pero de otro modo, porque -como dice Jorge Asís- busca ser reivindicada para la historia grande y además castigar como criminales a los que la acusaron. No se conforma con menos y ha avanzado muchísimo en el plan de impunidad con que espera lograr su objetivo, con el apoyo hasta ahora total del presidente-

En fin, que el pobre Alberto no se puede referenciar en el pasado porque no le es posible compararse con nadie ya que es un invento originalísimo de su inventora y tampoco se puede referenciar en el futuro porque el futuro lo están armando para otros. Aunque a la vez tiene el presente más auspicioso que jamás pudo imaginar. Pero en eso está solo, salvo quizá acompañado por Horacio Rodríguez Larreta, el otro hombre que creció con la pandemia tanto como él. Por eso a los dos les conviene estar juntos, aunque jamás podrán aliarse.

Tampoco es un albertítere, o sea un chirolita como de algún modo lo fue Cámpora, pero está permitiendo la consolidación dentro del peronismo de los herederos de la JP echados por Perón en los años 70. En cierta medida por eso lo pusieron allí y porque no puede crear, ni lo dejarían, al albertismo, mientras que Sergio Massa puede seguir gestando el massismo y todos los demás peronistas con algún poder, su propio ismo

Está muy solo este Alberto sin albertismo, sin pasado ni futuro. Aunque con un extraordinario, pero fugaz presente que quisiera eternizar.


Carlos Salvador La Rosa
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