Lunes, 29 Junio 2020 00:00

Pandemia, azar y futuro - Por Carlos Berro Madero

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Hay dirigentes políticos dotados de grandes cualidades para impresionar y seducir a la gente, a través de una elocuencia totalmente huérfana de razonamientos claros, sesudos y austeros.

 

No comprenden que la realidad no cambia de lugar porque se intente “ponerla” en otro sitio, por más esfuerzos que se hagan para excitar el entusiasmo de algunos desprevenidos, ya que la misma vuelve a decir presente apenas damos vuelta a la esquina, por decirlo de algún modo.

Por otro lado, el azar, que suele ser caprichoso, viene montado sobre ella sin que podamos impedirlo, por lo que algunas obsesiones pierden prestigio cuando alguien pretende establecer planes contingentes “amontonando” reglas estrictas para dirigirla.

La pandemia ha desnudado la horrible orfandad de nuestra clase política, acostumbrada a desempeñar sus funciones mediante la formulación de apotegmas sentenciosos.

Muchos dirigentes no demuestran haberse planteado siquiera lo que será nuestra vida de hoy en más, que quedará ceñida a una nueva “proximidad” y cuidados personales en aspectos en los que jamás habíamos puesto atención.

Esta conducta atravesará longitudinalmente a toda la sociedad y muchos países desarrollados, a pesar de algún desborde ocasional, comienzan a establecer desde ahora diversos protocolos para afrontarla.

Nosotros, como siempre, continuamos tratando de embocar la ficha en la boca del sapo a como dé lugar.

Porque desafortunadamente, como dice Balmes, existen hombres que viven dominados por las preocupaciones, sin buscar “ni en los libros ni en las cosas lo que realmente hay, sino LO QUE LES CONVIENE PARA APOYAR SUS OPINIONES. Y lo más sensible, es que se portan de esta suerte creyendo sin asomo de duda que están trabajando por la causa de la verdad” (sic).

Esto ocurre desde hace muchos años, y así vemos hoy a Alberto Fernández, ministros y funcionarios -especialmente quienes dirigen la provincia de Buenos Aires-, encasillados detrás de razones que pergeñan para sostener argumentos que logren favorecer teorías prendidas con alfileres.

A medida que transcurre el tiempo, sus ánimos se han atufado y están atascados en una situación que se los lleva por delante, - ¿eventual intento de morir con gloria? -, sin aguzar su perspicacia para comprender que el Covid-19 y todos los virus del futuro -acorde con determinaciones científicas rigurosas y confiables-, llegaron para quedarse; y que ésta es la realidad que toda la sociedad deberá afrontar de aquí en más.

Una comprensión bastante difícil de adquirir respecto de un azar que ha venido para sacar a la sociedad de un cierto letargo al que nos habíamos acostumbrado, relegando una mayor introspección personal que nos permitiese indagar a fondo sobre las diferencias que existen entre “ser” y “estar”.

Vivimos así un escenario en el que muchos dirigentes políticos no aciertan a definir nada, ni se explican la génesis de acontecimientos que los han dejado semiparalizados al no haber comprendido su naturaleza esencial, limitándose a “describirlos” como si fuesen meros espectadores. Y lo más grave aún, es que a partir de esas descripciones han trazado programas para abordarlos que bien podrían denominarse como “de ocasión”.

Es sabido que solo quien comprende la naturaleza de las cosas está facultado para enseñar y sabe adónde va reconociendo el camino a seguir; pero esto ocurre solo después de haber adquirido el conocimiento previo de dicha naturaleza como es, aceptándola como parte indisoluble del oficio de vivir.

Porque es más que evidente que TODOS deberíamos “ser capaces de operar nuestra vida a un nivel de adaptabilidad que jamás se nos había pedido antes a los seres humanos”, como auguró Alvin Toffler al respecto de un futuro impredecible, ¡EN LOS AÑOS 70!

No se trata pues de cuarentena sí o no; ni quince o veinte días más o menos; ni detecciones tempranas del virus solamente; sino aceptar evidencias claras que indican que a través de él se enfermará una gran cantidad de gente (quizá no tanta como se temía por lo que se está viendo); muchos se curarán; otros morirán (bastante menos), y una enorme mayoría quizá jamás se entere que estuvo infectada cuando todo haya pasado.

Habrá que prepararse pues para afrontar ESA realidad que parece haber llegado para quedarse; y lo que solía denominarse como el “lugar” ha dejado de ser fuente primaria de diversidad, porque las diferencias entre las personas no guardan ya una relación tan íntima con el marco geográfico y las fronteras como otrora.

A ese futuro deberían apuntar pues las disposiciones que se pongan en marcha para salir de la encrucijada, sin tratar de embotar nuestras facultades mentales con interminables estadísticas -algunas incomprobables-, vertidas por supuestos expertos a quienes se ve enfurruñados y atemorizados porque la pandemia pueda llevarse “puestos” sus ideales de poder y relevancia personal.

Al verlos actuar, nos viene a la memoria el zorro de la fábula de Esopo, que, al intentar atrapar unas uvas ubicadas por encima de su cabeza, luego de varios intentos sin lograrlo decreta para sí que no importa, porque quizás no estén aún maduras.

A buen entendedor, pocas palabras.

Carlos Berro Madero
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