Jueves, 02 Julio 2020 00:00

Una disyuntiva fatal - Por Vicente Massot

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No deja de resultar sorprendente -aunque se trate, el nuestro, de un país lleno de charlatanes- cuántas tonterías se han dicho en el transcurso de los 101 días transcurridos de cuarentena, a cuántos improvisados hemos tenido que escuchar, cuántos han sido los pronósticos fallidos y qué tantas teorías se han echado a rodar sin ninguna base científica que las avalara.

 

En esta verdadera comedia de enredos -que, dicho sea de paso, no ha terminado- rivalizaron funcionarios públicos, periodistas y médicos por igual. Hubo quienes, muy sueltos de cuerpo, profetizaron el fin del capitalismo financiero. Otros, de esos ilusos que creen en el Sermón de la Montaña aplicado a la política, imaginaron un mundo mejor luego de la peste. No faltó el desatinado que anunció el posible resurgimiento del comunismo, y también dieron el presente los indocumentados de costumbre que se cansaron de anticipar la llegada del pico de contagios, primero en el mes de abril, luego extendido a mayo, a junio más tarde, y ahora venimos a desayunarnos que quizá debamos padecerlo en julio o agosto. Ninguno, que se sepa, ensayó una disculpa a sus desatinos. Total, seguá, la Biblia y el calefón.

Entre los lugares comunes que tuvieron su cuarto de hora y fueron objeto de sesudos análisis y conjeturas -como si se tratara de verdades canónicas- sobresalieron dos que vale la pena enumerar y comentar a los efectos de entender el grado de autoengaño latente en estas playas. Por un lado, el tópico según el cual la pandemia -por sus consecuencias horrorosas- había logrado gestar un principio de unión de los argentinos y una suerte de consenso de oficialistas y opositores. Las fotos del presidente de la República, flanqueado por el gobernador de la provincia de Buenos Aires y el jefe del gobierno autónomo de la capital federal -en las distintas ocasiones que se juntaron en la quinta de Olivo- obraron el milagro: convertir a los enemigos en socios, o algo parecido. Por el otro lado, la idea de que Alberto Fernández era un moderado y resultaba necesario tener en cuenta que, para mantenerse en el poder, debía hacer un sutil equilibrio dentro del frente que lo llevó a la Casa Rosada.

A esta altura, parece claro que aquellas expresiones de deseos se han estrellado contra la realidad, que comienza a pasarle facturas. El kirchnerismo es poco dado a gestar consensos. En su corta historia ha puesto de manifiesto -hasta el hartazgo- sus pujos hegemónicos, que nunca pensó abandonar. La crisis por la que atravesamos ha producido, pues, precisamente el efecto contrario al que imaginaban los bienpensantes: los rencores se han incrementado y la famosa grieta se ha extendido con prisa y sin pausa. No sólo nada hace prever que vaya a atenuarse, sino que el conflicto escalará hasta topes desconocidos en el preciso momento en que salgamos del encierro obligatorio.

¿Por qué? -Básicamente en razón de que no hay manera de maquillar el pavoroso desplome de la economía y el consiguiente descalabro social que nos dejara como herencia la fórmula pandemia + cuarentena. Si acaso hubiera alguna manera de evitar el brete echando mano a una caja del tipo de las AFJP o de la ANSES; o si el Fondo Monetario estuviese dispuesto a obrar de manera tan dadivosa como lo fue con la administración anterior; o si el precio de las commodities de origen agrícola súbitamente trepasen a las nubes, cabría la posibilidad de gambetear el abismo y seguir adelante con algunos retoques y afeites. Pero como no hay salvataje, ni magia ni buena fortuna a la vista, el gobierno tendrá antes de fin de año que tomar uno de estos dos caminos: o ajusta o se radicaliza.

En el caso de que optase por el primero deberá administrar miseria y generará, por partes iguales, reacciones adversas en las tribus que conforman el Frente de Todos y en los que no votaron a la fórmula de los Fernández. Desindexar las jubilaciones, mandar al subsuelo el salario real, poner en caja a los gobernadores acostumbrados a manejarse con bolsillo de payaso, aumentar los subsidios sólo de manera nominal y crear nuevos impuestos, es un cocktail explosivo por donde se lo analice. Elegir, en cambio, la segunda de las sendas pondrá al país al borde del enfrentamiento civil y no hará más que agravar la crisis.

La probabilidad de que el kirchnerismo redoble la apuesta e intente un escalamiento de los antagonismos latentes en la sociedad argentina se explica a partir del talante y de las ideas de los dos Fernández. Si tuviera alguna consistencia la noción de que uno de ellos -el que oficia de presidente- es un hombre afecto al diálogo y deseoso de gestar compromisos entre el oficialismo y la oposición, quizá los maximalistas quedarían relegados a un segundo plano. La dificultad que arrastra semejante noción es que resulta -apenas- una construcción mediática. Si alguien todavía dudase respecto de lo que piensa el hombre que ocupa el sillón de Rivadavia, sus confesiones a Lula de la semana pasada evacuan cualquier duda: “Mi problema es que ya no tengo a Pepe y a Tabaré, no tengo a Lugo, no te tengo a Vos, no tengo a Correa, a Evo, ni a Michelle o Lagos. No lo tengo a Néstor ni a Chávez. Sólo tengo a Andrés Manuel López Obrador”. A confesión de parte relevo de pruebas. A nadie se le ocurrirá decir que la vicepresidente le puso un revólver en la cabeza para que realizara tamañas declaraciones. Tampoco nadie le avisó -por lo visto- que su sinceridad delante del ex–jefe de estado brasileño no caería demasiado bien del otro lado de los Andes ni en la ribera oriental del Río de la Plata

Alguien podría responder, con alguna lógica, que a Alberto Fernández le cuesta desentenderse de su rol de profesor de derecho y que, a veces, se enreda en su propia verborragia. Bien; aunque convendría recordar que, casi al mismo tiempo que hablaba con Lula, la cancillería argentina se negaba, en el seno de la OEA, a condenar los excesos del régimen de Nicolás Maduro en Venezuela. Cuando las palabras se corresponden bien con las decisiones, hay motivos para decir: Cartón lleno.

La cuarentena, con sus idas y vueltas, se prolongará hasta septiembre y, aunque al presidente le moleste sobremanera el comentario, cuanto más extensa sea, peores resultarán las consecuencias que traerá aparejadas. Con esta particularidad que, en general, no es materia de análisis: si bien la mayoría de las personas es consciente de la difícil situación por la que atraviesa el país, lo que todavía no alcanzan a entrever es la dimensión de la catástrofe que se avecina.

La disyuntiva de la que Alberto Fernández y Cristina Kirchner no estarán en condiciones de escapar es producto de la dimensión de la quiebra del Estado. Salvo que la decisión fuese continuar dándole vueltas a la manivela de la máquina de fabricar billetes, el aparato público nacional se halla fundido y carece de fuentes genuinas para financiar su déficit. La conclusión viene sola: será menester que ajuste sus cuentas, algo que los sucesivos gobiernos criollos no han querido, no han sabido o no han podido hacer en tiempo y forma desde 1945 a la fecha. A lo sumo se han conformado con licuar el gasto público con devaluaciones más o menos importantes. Pero ese expediente -que seguramente se repetirá en esta ocasión- no alcanza. Por tercera vez, desde los fallidos planes de ajuste de Alfredo Gómez Morales -puesto en marcha en l952- y de Celestino Rodrigo -que data de l975- una administración peronista tendrá que repartir miseria. Sería una experiencia inédita porque, en comparación con la Argentina de hace setenta años y con la de cuarenta y cinco años atrás, la situación actual es cualitativamente más grave.


Vicente Massot

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Fundado el 4 de agosto de 2003

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