Martes, 06 Septiembre 2016 09:58

¿Es renovable el peronismo?

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Fueron apenas dos ráfagas, dos rayos de luz en su larga historia, los momentos en los que el peronismo quiso agregar las prácticas republicanas a su accionar, como una temática sustancial y no meramente circunstancial o adjetiva. Que su líder fuera apenas un primus interpares momentáneo y no un monarca absoluto. Que a la idea de movimiento no se la buscara identificar como sinónimo de la patria toda, fuera de la cual todo es antipatria.

 

 

Que la reelección indefinida no sea la bandera central de toda reforma constitucional. Que el adversario fuera eso y no el enemigo. Que no se ambicionara un mundo sin periodistas. Que se respetara y alentara la división de poderes en vez de querer una Justicia y una Legislatura adictas al autodenominado “proyecto nacional”. Que se rechazara como primitivo, bárbaro e irracional el culto a la personalidad.

 

Las dos veces en que ese replanteo de renovación republicana ocurrió, el peronismo hizo un intenso y profundo cuestionamiento de sí mismo. No tuvo miedo en criticar sus excesos aun defendiendo las políticas de movilidad social y los derechos al trabajador que impulsó durante 1945-55, e incluso la “resistencia” de 1955-1973 que en sus vertientes no violentas buscó recuperar o construir la democracia plena que en ese período no existió.

 

La primera autocrítica la hizo Juan Perón en su regreso al país en los 70 y la segunda las grandes capas medias incorporadas al partido justicialista durante la era alfonsinista.

 

El Perón republicano afirmaba que en su nuevo imaginario político el modelo eran las democracias integradas de Europa occidental donde conservadores y socialistas fortalecen el sistema democrático aun en sus diferencias. Así, anheló un cogobierno con la oposición radical o al menos una democracia “integrada” con ella y el resto de la oposición. Se autocriticó por su política de persecución a la prensa durante sus primeras presidencias. También criticó el culto a la personalidad (aunque no con el énfasis que hubiera sido necesario). Fue un Perón convencido de la necesidad del republicanismo institucional aunque no tanto del liberalismo político, pero aun así su cambio fue significativo cómo se encargó de recordar para la historia Ricardo Balbín con sus palabras de despedida frente al féretro del General.

 

La segunda renovación fue hija de la primera pero con una crucial diferencia: en 1973 el que intentó la renovación republicana fue Perón pero no la pudo inculcar en su movimiento, el cual -en casi todas sus vertientes- no lo escuchó en absoluto. Incluso el mismo Perón, cuando debió meterse en las luchas internas del peronismo, no tuvo la misma contemplación que mostró hacia afuera del mismo y con su muerte la violencia estalló plena, cubriendo con su estigma toda la escena política.

 

En los ‘80, en cambio, lo que se renovó fue el peronismo a partir de sus líderes intermedios y de la impresionante afiliación al PJ que se vivió en aquel entonces. Primera vez que el partido fue más importante que el movimiento. Vale decir, primera vez que el peronismo aceptó ser “parte” del país y no “todo” el país.

 

Para eso necesitó la bienvenida derrota electoral de 1983.

 

El peronismo renovador cambió casi todas sus prácticas internas e incluso ayudó a republicanizar el país junto al alfonsinismo. Propuso como consigna “Volver a Perón”, pero al que quería volver es al Perón del abrazo con Balbín más que al primer Perón del cual rescataba la cuestión social, pero criticaba casi todas las prácticas políticas de aquel entonces. O al menos se mostraba como su antípoda. Con respecto a lo que ocurrió luego de la muerte de Perón, con algo de ingenuidad histórica, el peronismo renovador pretendió cubrir el período setentista con un manto de olvido, como que hubiera sido un mal trago ya superado y los “demonios” de aquel entonces hubieran desaparecido para siempre.

 

Sin embargo, el “buen” trago de la renovación fue el que resultó superado en menos que canta un gallo.

 

Viéndolo en perspectiva histórica, el peronismo post-Perón siempre volvió a prácticas reñidas con el republicanismo, utilizando a las ideas renovadoras o las autocríticas apenas como engañabobos para tomar el poder y luego, alcanzado el objetivo, dejarlas de lado. Así, en su última etapa -el kirchnerismo- la totalidad de las prácticas políticas que el último Perón criticó y que la renovación intentó sustituir por otras más correctas, fueron reivindicadas como positivas, o peor porque incluso se buscó tomar claro partido en las luchas setentistas intentando impulsar anacrónicamente las confrontaciones de ese tiempo.

 

Además, en pleno siglo XXI, se asoció la palabra república a la de dictadura; la palabra liberal se la anatemizó por odio al menemismo que apoyó el 90% de los que apoyaron a los Kirchner, y se agregó la novedad de identificar la noción de populismo con una especie de socialismo, algo así como el socialismo siglo XXI de Chávez, o el socialismo nacional de los Montoneros.

 

Viendo esta realidad en que los viejos defectos se ampliaron a la enésima potencia y observando cómo los intentos de republicanización del peronismo fracasaron estrepitosamente, nada indica que las tibias críticas actuales de todos los que de algún modo u otro fueron partícipes necesarios e imprescindibles de lo que hoy critican, puedan significar alguna renovación profunda. Además, la crítica rara vez es autocrítica, más bien se intenta aislar al kirchnerismo como una secta conformada nada más que con los que aún le quedan a Cristina, cuando en realidad si ella tuvo el poder que tuvo fue por el apoyo casi total del peronismo y no por este grupúsculo de impresentables que hoy la reivindican, más aptos para un sketch cómico o para las rejas, que para la toma del poder.

 

Estos supuestos nuevos renovadores que ahora pretenden homenajear al Antonio Cafiero, que ya viejo se metió a liderar democráticamente una oleada renovadora y una nueva camada generacional con ganas de representarla, en realidad están más cerca de Ítalo Argentino Lúder, el peronista respetado por todos que en los 70 tuvo la oportunidad de enfrentar el desgobierno de Isabel pero no se animó y que en los 80 protegió con su elegante impronta a un peronismo impresentable cuya cabeza realmente representativa era Herminio Iglesias y no Lúder, como muy bien discernió Alfonsín y por eso los derrotó.

 

Por lo tanto, si el peronismo, que mejor o peor ya representa una larga tradición democrática nacional, quiere transformarse definitivamente en una pata republicana fundamental de una nueva institucionalidad argentina adherida a los contenidos sustanciales de nuestra Constitución, deberá no sólo profundizar por mil sus casi insignificantes escarceos actuales donde sus jefes siguen pareciendo tenerle miedo a todo, como antes le tuvieron igual miedo a Cristina o Néstor frente a los cuales hasta callaron las diminutas críticas actuales. Deberán, además, superar los intentos del viejo Perón y de la renovación ochentosa que también fracasaron estrepitosamente. Porque con negar el menemismo y el kirchnerismo a los cuales sostuvieron cuando tenían poder, no alcanza, ya que es muy fácil negar a los caídos. O peor, porque tal como estamos, lo más seguro es que quienes niegan a los caídos apenas porque cayeron, se preparen para hacer lo mismo que ellos hicieron, en cuanto les llegue su oportunidad.

 

En fin, un partido cuyos principales líderes sobrevivientes admiten el fracaso total de Menem y ya casi están admitiendo lo mismo con los Kirchner, es un partido que reconoce haber fracasado durante veinticinco años seguidos. Mientras, la renovación peronista de los 80 ocurrió antes de ambos fracasos. Por eso, frente a la magnitud inmensamente mayor del desafío actual, el peronismo deberá pensar si le alcanza con renovarse, o si, en nombre de su mejor historia, deberá transformarse en otra cosa. 

 

Carlos Salvador La Rosa

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