Lunes, 19 Junio 2017 00:00

Pros y contras

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El anticristinismo parece más fuerte que el antimacrismo. No equivocarse es ganar.

 

Los fenómenos políticos polémicos, novedosos y con vocación transformacional generan reacciones antinómicas tan o más fuertes, y que suelen perdurar y ser más influyentes que los sucesos y actores que los originaron. Esta dinámica simbiótica y dialéctica tiene sin duda impactos cambiantes y manifestaciones multiformes, pero sobre todo brinda la posibilidad de establecer maniobras electorales oportunistas, fundamentalmente en entornos políticos degradados e inestables, donde casi toda la política es protagonizada por personas. Vale decir, por líderes que generalmente carecen de restricciones organizacionales, legales, ideológicas y culturales, con lo cual priorizan casi exclusivamente sus preferencias individuales (egoístas), sin preocuparse por respetar reglas formales e informales de partidos políticos con identidades y tradiciones que moldeen comportamientos e influyan en sus decisiones.

Por ejemplo, el antimilitarismo en la Argentina es aún hoy sólido y perdurable, sin proporcionalidad alguna al peso casi nulo que tienen hoy las Fuerzas Armadas en nuestra vida política y social. El antimenemismo poscrisis de 2001 siguió siendo, a pesar de la implosión de la Alianza, mucho más fuerte que el repudiado Menem y su mínima compañía, expresión última del súbito angostamiento de poder que sufrió tan pronto abandonó la presidencia. En España parece haber ocurrido algo similar: quieren retirar el féretro de Franco del Valle de los Caídos, lo que muestra la influencia de la tradición antifranquista en una sociedad donde nadie invoca al otrora todopoderoso Generalísimo. Con figurones como Pinochet y Fujimori pasaron cosas parecidas. Y las sobreactuaciones de Trump son una clara manifestación de la notable declinación del poder norteamericano, sobre todo desde el 9/11 y los estrepitosos fracasos en Afganistán e Irak. A pesar de ello, el antiimperialismo sigue tan o más vigente que en épocas de Roosevelt o Vietnam.

De este modo, los movimientos “anti” suelen ser más nutritivos, resistentes y perennes que aquellos que los originaron. Se moldean identidades respecto de lo que uno no quiere ser, aunque esto postergue o desplace debates mucho más lógicos e interesantes sobre los atributos efectivos o pilares valóricos que sirvan como amalgama. Desde hace más de ochenta años, en el mundo estas formaciones de matriz antagónica adoptaron a menudo un esquema frentista, en línea con las famosas recomendaciones del VII Congreso de la Internacional Comunista de 1935, como estrategia para enfrentar el avance del fascismo. En efecto, experiencias iniciales como las del Frente Popular en España, Francia o Chile dieron inicio a una amplísima variedad de formaciones muy a menudo de carácter perecedero, como resultado de contradicciones profundas y pujas por el poder entre sus principales componentes, al margen del atractivo de tener un enemigo en común. Recordemos, por ejemplo, los casos de la Alianza en la Argentina, o las enormes dificultades que continúa teniendo el MUD en Venezuela para coordinar los esfuerzos contra un régimen aislado, fracasado y violento como el de Maduro.

Coyunturas críticas. Hay momentos en los que estos fenómenos “anti” cuajan y logran un envión que les permite incluso consolidarse en el poder, al menos por algún tiempo. La Concertación de Partidos por la Democracia se forjó en Chile en torno del plebiscito de 1988 donde se dirimió la continuidad del régimen militar, de acuerdo con la Constitución de 1980; y de ese impulso surgió una fuerza muy significativa que controló cinco de los seis períodos presidenciales que conforman esa transición a la democracia (rebautizada en la última etapa como Nueva Mayoría). Cambiemos fue el resultado de una construcción que comenzó a forjarse en 2013 para las elecciones de mitad de mandato, pero sobre todo de una evaluación crítica de la dispersión extrema con las que las diferentes expresiones opositoras llegaron a las presidenciales de 2011. El Movimiento en Marcha de Emmanuel Macron emergió gracias a la crisis del sistema de partidos tradicional de la V República, y aprovechó un notable vacío gracias sin duda a la inestimable colaboración de todos sus oponentes y de la Diosa Fortuna (que también explica al menos en parte por qué  Macri es hoy el presidente de los argentinos).

Pero desde 2015 a esta parte no tuvimos en la Argentina esas coyunturas críticas que redefinen la arena política y permiten el surgimiento de nuevos actores. Como lo fue el conflicto con el campo para el kirchnerismo, cuando consolidó un proyecto más sólido y sobre todo más amplio luego de los fracasos de la concertación plural y la transversalidad. Sintiéndose amenazado en su continuidad a partir del voto no positivo, derrotado en las legislativas de 2009, el kirchnerismo renació de las cenizas y logró un impulso extraordinario hacia el 54% de 2011 gracias a la muerte de Néstor un año antes. Los excesos autoritarios y los groseros errores de criterio y gestión por parte de CFK explican su derrota y el eclipse de su liderazgo, acotado ahora sobre todo a las barriadas más marginadas de ese monumento perfecto al fracaso argentino que es el Gran Buenos Aires.

Macri ha sufrido un desgaste y generado desilusión incluso en un segmento de sus votantes. Sin embargo, un sondeo reciente que realicé junto a D’Alessio Irol sugiere que sigue reteniendo casi 3 de cada 4 de los votos obtenidos en la segunda vuelta de 2015. Eso implica un umbral cercano al 40% del electorado. Teniendo en cuenta la fragmentación de la oposición, no es un escenario improbable que Cambiemos ratifique su estatus de primera minoría. Nada extraordinario, pero parecido a lo que fue la elección de 2005 para el kirchnerismo emergente.

Todavía el anticristinismo es muchísimo más fuerte que el antimacrismo. Es lo que le permite al Gobierno acotar el costo de no tener buenas noticias de peso electoral en el plano económico. A pesar de que Cristina es hoy en relación con su presidencia lo que Menem 2003 fue respecto de la suya, el movimiento en su contra es aún tan fuerte que puede ser capitalizado por el oficialismo en estas elecciones.

Pudo haber tenido una docena de marchas y contramarchas, errores no forzados absurdos e infantiles, resultados materiales aún mediocres, una narrativa autocontenida, incluso medio hueca.

Pero al no persistir en el error, como hizo Cristina con la 125, el financiamiento inflacionario, la guerra contra los medios independientes, el cepo, el conflicto con los holdouts o el pacto con Irán, los costos para Macri parecen al menos hasta ahora relativamente acotados.

Como ocurre en general en la Argentina, estas elecciones las terminarán ganando los que se equivoquen menos. 

Sergio Berensztein

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Fundado el 4 de agosto de 2003

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