Lunes, 19 Junio 2017 00:00

El riesgo de tener una Cristina que se niega a rendirse

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Que el oficialismo prefiera a la expresidente como adversaria no siempre puede salir bien, como ya se vio en otros países.

 

Como decía Umberto Eco en un ensayo que se haría célebre, todos necesitamos contar con un enemigo, y si no disponemos de uno que esté a nuestra altura tendremos que inventarlo para que nos ayude a definir nuestra identidad. Lo entendían muy bien los Kirchner, cuya doctrina, por llamarla así, se basaba en la noción de que la única alternativa a su régimen personalista fuera la dictadura militar de un par de décadas antes. Por raro que parezca, el esquema que, con malicia, algunos atribuían al jurista nazi Carl Schmitt, les funcionó tan bien que algunos fieles siguen equiparando al presidente Mauricio Macri con su antecesor de facto Jorge Rafael Videla.

Los macristas son menos imaginativos que los kirchneristas a la hora de construir enemigos. No se sienten obligados a inventar nada; ven en Cristina la enemiga ideal, la jefa de una banda de delincuentes que, además de saquear al país, lo dejó en ruinas, se mofa de los datos averiguables y siente cariño por la memoria de individuos como Hugo Chávez. Para más señas, es una señora que en buena lógica debería estar entre rejas. He aquí un motivo por el que muchos macristas rezan para que la santacruceña adoptiva finalmente decida ser candidata a senadora por la Provincia de Buenos Aires en las elecciones que se aproximan. Otro es que las intrigas de Cristina siguen demorando las tantas veces postergada metamorfosis del peronismo en un movimiento más o menos coherente.

A primera vista, se trata de una estrategia astuta por parte del Gobierno, pero apostar demasiado a la presunta toxicidad del enemigo perfecto puede ser peligroso. Es lo que, para su pesar, hicieron los demócratas estadounidenses. Hillary y sus operadores festejaron con júbilo el triunfo del esperpéntico Donald Trump en las PASO republicanas por suponer que les permitiría ganar las elecciones presidenciales por un margen histórico. Perdieron. Desgraciadamente para ellos, el desprecio indisimulado que sentían por los “deplorables” que perdonaban a Trump todas sus extravagancias resultó ser un bumerán mortal.

Algo similar acaba de suceder en el Reino Unido. Los conservadores de Theresa May creyeron que les sería maravillosamente fácil derrotar a los laboristas encabezados por Jeremy Corbyn, un izquierdista ultra, atrapado en los años setenta del siglo pasado, que se había rodeado de antisemitas y que en diversas ocasiones había manifestado su simpatía por terroristas irlandeses e islamistas tanto sunnitas como chiítas. Aunque los conservadores británicos ganaron más escaños que la gente de Corbyn en las elecciones anticipadas que fueron convocadas por May, vieron esfumarse la mayoría pequeña que tenían antes; para perplejidad de los politólogos, a los votantes jóvenes les importaban menos las características poco atractivas de Corbyn y su entorno que lo frustrante que les resultaba el statu quo.

¿Podría sorprendernos de la misma manera una candidatura de Cristina? Si los macristas se limitaran a atacarla, dando a entender que ellos representan el mal menor, correrían el riesgo de brindar pretextos para respaldarla a los muchos que se sentirían tentados a aprovechar una oportunidad para hacer gala de su disconformidad con el estado del país, pero parecería que son conscientes de que les será forzoso hablar más, mucho más, de sus propios méritos, y aquellos del proyecto que están impulsando, que de las deficiencias manifiestas de una oposición mayormente peronista contaminada por el kirchnerismo.

Siempre y cuando los macristas presten más atención al futuro que al pasado reciente, podría convenirles electoralmente la candidatura de la ex presidenta, acompañada como estaría por un elenco heteróclito de impresentables, algunos tan piantavotos como el excluido Luis D’Elía, que a buen seguro protagonizarán una serie de escándalos, pero entenderán que si Cristina consigue muchos votos, las consecuencias para la economía del país serían muy pero muy negativas. Es que son muchos los inversores en potencia que no quieren arriesgarse aquí hasta que el kirchnerismo haya sido debidamente sepultado, con el corazón atravesado por una estaca, por temor a lo que significaría para el país su eventual regreso.

Para Cristina, lo que está en juego no es el destino del país sino lo que le esperaría si a la ciudadanía se le ocurriera privarla de aquellos pedazos del poder político que aún posee. No quiere terminar sus días en una celda, por VIP que fuera. No puede sino esperar que, si lograra cosechar una cantidad impresionante de votos, le sería fácil continuar intimidando a aquellos jueces que sueñan con ordenar su detención pero que, por motivos nada claros, aún no se han animado a hacerlo a pesar de que la evidencia en su contra sea muchísimo más abrumadora que la que fue usada para destituir a sus homólogas, la brasileña Dilma y la surcoreana Park Geun-hye, la que fue encarcelada en marzo pasado, algunos días después de ser acusada de corrupción y abuso de autoridad. Conforme a las pautas vigentes en el resto del mundo democrático, es incomprensible que Cristina siga en libertad, pero ocurre que aquí “la normalidad”, no es más que una aspiración utópica.

Día tras día, se agregan más denuncias a una colección personal que ya es insólitamente nutrida. Según Margarita Stolbizer, es la “dueña oculta” de un hotel en la Capital Federal que, lo mismo que los de la cadena patagónica, le habría servido para lavar dinero aportado por las empresas de Lázaro Báez y Cristóbal López. En algunas partes del mundo, dicha acusación sería de por sí suficiente como para poner fin a la carrera política de cualquier dirigente, pero Cristina enfrenta a tantas, de las que algunas, como la vinculada con el atentado terrorista contra la sede de la AMIA en que murieron más de ochenta personas y la muerte sospechosa del fiscal Alberto Nisman que lo investigaba, son mucho más graves, que un hotelito más no la habrá perjudicado a ojos de los millones que la toman por una luchadora social implacable. Lejos de sentirse perturbados por las proezas delictivas que la Justicia tiene entre manos, la felicitan por haberse rebelado contra la odiosa ética burguesa que en su opinión subyace en el orden imperante.

Así y todo, no cabe duda de que Cristina sí es un problema para aquellos peronistas que durante años la defendieron pero que, luego de las elecciones de noviembre de 2015, empezaron a abandonarla a su suerte. Pragmatistas natos, están más interesados en su capacidad para aportarles votos, o de privarlos de ellos, que en lo malo que podría ser solidarizarse con una persona que es un símbolo viviente de la corrupción sistemática. Es por tal motivo que, sin creer todos en las estrafalarias verdades kirchneristas, muchos intendentes del conurbano están dispuestos a apoyarla. Cambiarían de opinión si así lo sugirieran las encuestas; mientras tanto, prefieren mantener abiertas todas las opciones. No son los únicos que piensan de dicho modo. En el amplio universo peronista, abundan los convencidos de que en última instancia lo que más importa es la popularidad de los líderes de turno.

Cristina hubiera querido ser la candidata de la siempre fantasiosa “unidad peronista” que, como sabemos, ha de ser “monolítica” y “verticalista”, razón por la cual le molesta tanto la terquedad de Florencio Randazzo que, al negarse a abandonar su propia precandidatura, le impidió reconciliarse con otros compañeros, de ahí la decisión de separarse coyunturalmente del PJ que, para ella, es a lo sumo una facción de su propio movimiento. Si bien Cristina se sabe capaz de derrotar al ex ministro de su propio gobierno en una interna, teme que le ocasione dificultades en octubre, ya que para conseguir la senaduría que supone salvadora le sería necesario perforar el techo del treinta por ciento que, conforme a las encuestas, pesa sobre ella en el distrito principal del país. Por ser un personaje mucho menos polémico que Cristina, Randazzo no tendría que preocuparse por la posibilidad de que se consolide un bloque que nunca jamás soñaría con darles sus votos: si bien el piso que le adjudican las encuestas es casi subterráneo en comparación con el de Cristina que sigue contando con la aprobación de un bonaerense de cada cuatro, en principio el único límite a sus ambiciones es el supuesto por sus propias falencias y su condición de peronista.

De todas formas, la convicción difundida de que Macri y quienes lo acompañan están resueltos a asegurar que Cristina siga desempeñando un papel clave en el drama nacional sólo puede beneficiar al Gobierno en el corto plazo. De estar en lo cierto quienes piensan así, la lucha oficial contra la corrupción no sería más que una maniobra cínica emprendida con el propósito de sacar provecho de las fechorías perpetradas por sus adversarios políticos. Los más decididos a hacer pensar que, si Cristina se candidatea, sería merced a un pacto secreto, acaso tácito, con el hombre que ella misma eligió para cumplir el papel de enemigo en jefe son, cuando no, los que se aferran a la idea de que en el fondo todos los políticos son iguales y que por lo tanto sería a un tiempo ingenuo e injusto tomar en serio las denuncias en contra de Cristina, pero hasta que la Justicia se apure un poco, al Gobierno no le sería dado persuadir a la ciudadanía de que realmente quiere romper con las tradiciones políticas que hicieron inevitable la decadencia del país. 

James Neilson

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