Lunes, 04 Junio 2018 00:00

Obispo Pichetto

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No fue la reciente crisis económica el parteaguas del gobierno de Mauricio Macri entre su primera y su segunda parte. Sí lo fue, en cambio, la semana que pasó, la de la poscrisis, cuando todos los consensos explícitos o implícitos, totales o parciales, construidos políticamente en los dos años anteriores, saltaron por los aires.

 

Es que dos acontecimientos, uno interno y otro externo, han hecho su feroz irrupción en la política nacional para cambiar el panorama existente por otro muy del todo diferente:

Primero, la transformación del debate sobre las tarifas en una guerra a todo o nada con la única y exclusiva finalidad de iniciar la campaña electoral.

Segundo, los voraces vientos y tifones gestados por la era Trump han comenzado a hacer su efecto también en la Argentina, y no sólo económica, sino también políticamente. Veamos.

En la etapa que ahora está muriendo, el sector más conciliador del peronismo intentó una remake “cafierista” de los años 80, tratando de proveer gobernabilidad a la gestión de Macri mientras buscaba sacarse el pasado de encima, renovarse generacionalmente, trasvasar sus ideas y volverse de nuevo competitivo electoralmente, como logró la renovación peronista apenas cuatro años después de la derrota del 83.

Por su parte, el sector más confrontativo intentó una remake “duhaldista”: acosar sin tregua a Macri para debilitarlo lo suficiente como para hacerlo huir en helicóptero a lo De la Rúa.

El gobierno no se cayó porque ganó las legislativas a diferencia de De la Rúa, pero la opción “racional” tampoco funcionó porque quienes estuvieron a cargo, como Miguel Ángel Pichetto, Sergio Massa, Diego Bossio, José Luis Gioja o la mayoría de los gobernadores justicialistas no tienen nada de renovadores, ni saben cómo renovarse, ni poseen cuadros políticos nuevos ni ideas nuevas y todos, de un modo u otro, forman parte del pasado, pero no como protagonistas secundarios sino como actores centrales, por lo cual les resulta imposible despegarse.

Por ende, la racionalidad opositora se les evapora de las manos frente al apetito frenético de poder, no basado en la fortaleza de un PJ reconstruido sino en la debilidad de Cambiemos.

En consecuencia, ninguno de ellos puede romper en serio con Cristina Fernández, quien con sus estrépitos unas veces o con sus silencios otras veces, sigue siendo la gestora final de los climas políticos opositores.

Una mujer que durante estos dos primeros años el macrismo pretendió mantener viva aunque sea en formol porque la consideró la contrincante ideal para que no surgiera nada nuevo y competitivo en la oposición.

Pero que ahora el peronismo entero no intenta dejarla de lado porque no puede hacerlo, y porque ya nadie en el movimiento busca ser alternativa superadora sino sólo ofrecerse para calmar el caos que prevén y para el cual, hoy, todos están dispuestos a aportar su pequeño y malsano granito de arena.

El ejemplo más espectacular es sin lugar a dudas el de Pichetto, el oficialista eterno como le dice Lilita, el obispo mayor de la iglesia peronista, el enterrador de los viejos reyes y protector de los nuevos, el hombre de plástico capaz de defender todas las ideologías en nombre de la razón de Estado, el constructor del poder desnudo de todo pudor y de todo valor.

El más leal de todos los peronistas, de acuerdo al sentido de lealtad del peronismo: porque nunca abandona a nadie definitivamente (acaba de presentarle un libro a Menem pese a haber sido el más brillante abogado defensor legislativo del kirchnerismo durante doce años) pero a cada uno lo ubica donde corresponde en cada momento, de acuerdo a las necesidades del todo peronista: para eso domina el Senado, para incorporar como senadores vitalicios de hecho a los expresidentes del palo y de ese modo protegerlos de la cárcel donde deberían estar de no estar allí.

Al principio el rey al que sirvió y abandonó en la puerta del cementerio se le enoja, pero luego lo comprende porque el único objetivo que tiene siempre en su mira Pichetto es el de mantener viva la organización peronista adaptándola a la evolución de los tiempos de un modo lo suficientemente inteligente a fin de que cambiando todo (adaptándose camaleonísticamente al espíritu de cada época) no cambie nada para ninguno de sus miembros. El peronismo como etapa superior del gatopardismo.

Defendió mejor que nadie a Menem durante toda su gestión y lo mismo hizo con Raúl Moneta cuando el riojano lo envió a operar para él (Moneta fue quien le prometió al menemismo crearle la estructura comunicacional financiera con la cual eternizarse en el poder).

Luego hizo todo lo que le pidió el matrimonio K e incluso, cuando vio en 2015 al peronismo naufragar, no dudó en pegarse, como ningún otro peronista, al macrismo para garantizarle gobernabilidad, tanto que en los debates legislativos donde actuaron aliados no hubo mejor defensor del gobierno actual que el gran Pichetto.

Pero ahora cambió todo. No hay nada para renovar en el peronismo, porque no existe ningún renovador ni ninguna idea renovadora (tal vez, quizá, cajas en blanco como Sergio Massa, capaz de adaptar cualquier idea para cualquier cosa pero sin creer en ninguna idea).

Entonces, antes que se le vayan los senadores que le responden, atraídos por la fácil coartada de recuperar el gobierno en 2019 simplemente porque el actual se degrade hasta la imposibilidad de su reelección, ha decidido reivindicar una unidad imposible (excepto para destruir) por encima de la renovación posible (que pueda construir una alternativa razonable al gobierno actual).

Pichetto sabe que esto no está bien, que seguirle el juego a la expresidente como patológicamente se lo ha seguido esta semana todo el peronismo es muy malo, pero no tiene margen.

Ya no puede proponerle al peronismo que sea amable con el gobierno para superarlo desde la racionalidad y la propuesta. Quizá la mayoría del peronismo no quiera -como quiere Cristina y su nave de los locos- que el gobierno vuele por los aires, pero sí confían en que llegue exhausto, derrotado y vencido a cumplir su mandato y que ellos ayuden a que eso sea posible: lo de las tarifas no tiene otra explicación que esa ambición mezquina.

Ni renovadores ochentosos ni golpistas noventosos, ahora lo que quieren es amontonarse para ganar, después se verá. Y rogar que no les pase lo mismo que les pasó en los años 70.

Igual Pichetto jamás se rinde, porque mientras no haya un nuevo Papa (al que sin duda Pichetto rendirá, como a todos los anteriores, entera y leal pleitesía) él seguirá conduciendo discretamente desde los salones versallescos a la iglesia peronista.

Además, se ha dado cuenta que si hoy no conviene o no se puede pactar con Macri, sí se puede ayudar a introducir, desde la “doctrina peronista”, el trumpismo en la Argentina, el nuevo clima de época.

Como viene ocurriendo en España o en Italia, nuestros dos padres eurolatinos y que siempre suelen ser los que hacen unos años antes lo que nosotros haremos después.

Esa España donde el viejo socialismo venido a menos tiene que aliarse para recuperar, patéticamente, el poder con el kirchner-chavismo hispánico y el nacionalismo separatista.

Algo que le encantaría a Cristina. Y esa Italia donde la ultraizquierda antisistema y el berlusconismo se unen en contra de la integración europea desde la xenofobia y la discriminacion.

Algo que ideológicamente coincide con ese Pichetto que repudia a los inmigrantes de nuestros países hermanos. No vaya a ser que Cristina y Pichetto hayan encontrado en el trumperonismo el motivo de su abrazo reconciliador.

Carlos Salvador La Rosa
Editor de Opinión
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