Lunes, 25 Junio 2018 00:00

Argentina, un país superparadojal

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Cuando Barack Obama asumió su primera presidencia, a inicios del año 2009, su mirada hacia América Latina la puso en el presidente brasileño de aquel entonces, Lula da Silva.

 

En medio de los gobiernos populistas de izquierda que hegemonizaban el continente, Obama vio en Lula al hombre capaz de conducirlos a todos, incluso a los populistas, hacia el primer mundo. Al único político capaz de integrar el sur de América al mundo desde una posición de equilibrio y no de subordinación. Pero un par de años después Lula fue reemplazado por Dilma Rousseff, quien no pudo mantener ese liderazgo continental y entonces la influencia creciente de Hugo Chávez encerró al continente en vez de abrirlo.

Se perdía una oportunidad que difícilmente se repetirá para nuestro continente: la de aprovechar el colosal precio internacional de las materias primas a fin de transformar nuestras economías para convertirnos en países desarrollados. Pero en vez de eso, en vez de la esperanza que Obama depositó en Lula para que condujera la larga marcha hacia el primer mundo, triunfó la tendencia aislacionista de la antiglobalización.

América Latina devino, por izquierda, un antecedente de lo que luego sería el mundo occidental a través de los populismos de derecha que hoy predominan en Estados Unidos y Europa: los que pretenden convertir al mundo en una nueva Edad Media de proteccionismos nacionales insertos en continentes o imperios culturalmente enfrentados entre sí, en permanentes guerras comerciales y geopolíticas. La increíble paradoja de un mundo objetiva e inevitablemente globalizado pero en manos de líderes antiglobalizadores.

Antes de su adiós presidencial a principios de 2017, Obama atisbó alarmado los indicios de estas nuevas tendencias, por eso cuando un año antes ganó la presidencia argentina Mauricio Macri, el norteamericano entrevió en él a un nuevo Lula, mejor dicho a alguien muy diferente a Lula pero que podría cumplir similar papel internacional al que Obama imaginó ocho años atrás para el brasileño: el de integrar América Latina al mundo. Ahora con la desventaja de que las materias primas ya no valían lo suficiente para brindar, bien usadas, el pasaporte al desarrollo, pero con la ventaja de que el populismo antiglobalizador estaba en crisis en todo el continente.

Lamentablemente, Obama no pudo imponer a su sucesora en EEUU y entonces dejó solo a su nuevo aliado latinoamericano. Mejor dicho, lo dejó en manos de un nuevo presidente yanqui que pensaba en todo al revés de su antecesor. Sólo le quedaba, entonces, a Macri (porque en América Latina a la debacle de los populismos le siguió más el desorden que un nuevo orden político de otro signo) el apoyo de Merkel y Macron, pero esos dos líderes europeos deben hacer frente, cada vez con mayor desventaja, a las tendencias aislacionistas y xenófobas que avanzan como la peste roja sobre toda Europa, con el evidente apoyo de Donald Trump.

Sin embargo, contra lo que se podría pensar, ni Trump ni la antiglobalización creciente en el primer mundo se constituyeron en un obstáculo internacional para Macri, quien con su liberalismo aperturista no dejó de ser apoyado por todo Occidente, los aislacionistas y los aperturistas.

Así, casi todas las dificultades que sufrió el presidente argentino en sus primeros dos años y medio de gestión (y fueron muchas) tuvieron causas internas, tanto por la herencia dejada por el kirchnerismo como por los importantes errores cometidos durante su propia gestión.

No obstante, frente a un mundo en constante pero caótica transformación, sin consensos neoliberales como en los años 90 cuando el imperio globalizador avanzaba contra viento y marea, Macri no tuvo que bajar la cabeza y carnalizarse políticamente con los poderosos como hizo Menem, pero tampoco tuvo que lidiar con populismos antiglobalizadores en su continente. Por eso, quizá por ubicarse casualmente en el medio de todo, logró que todos lo apoyaran.

Entonces, en momentos en que el gobierno parecía derrumbarse, no sólo el FMI sino principalmente los dirigentes políticos de los países que componen el FMI, decidieron apoyarlo contundentemente a pesar de que los mercados y los inversores no parecieron apoyarlo igual.

Ese apoyo político internacional, tanto de líderes globalizadores como antiglobalizadores, fue determinante para el respiro actual que le ofrece al gobierno de Macri una nueva oportunidad, esa que no le ofreció una oposición interna desbocada que cada vez que el gobierno entra en crisis es liderada conceptualmente por Cristina Kirchner, ya que es la única opositora que mide aunque no mida lo suficiente para ganarle a Cambiemos. Una opositora de la cual casi todos los demás opositores, particularmente los peronistas, quisieran prescindir pero de la cual nadie puede prescindir, con lo cual en las crisis siempre terminan a sus pies.

En fin, que la Argentina sigue siendo el país de las grandes paradojas. Pese a no expresar las principales tendencias de la política occidental actual, desde Trump hasta sus rivales han apostado para que a Macri le vaya bien, y no solo con palabras sino con hechos y con dinero.

Pero aún resta analizar la mayor de las paradojas: la de que el único líder de dimensiones mundiales que no apuesta por el proceso político que está ocurriendo en la Argentina bajo el liderazgo de Cambiemos es precisamente un argentino, el papa Francisco, que desde el primer momento mostró escasa simpatía por Macri.

Por tratarse de un liderazgo espiritual, esa actitud del Papa siempre fue contrarrestada por una justificación que parecía bastante razonable: que los argentinos sólo nos miramos el ombligo y por ende juzgamos con varas menores, localistas, costumbristas, al Papa, quien está pensando en el mundo mucho más que en nosotros, como además efectivamente debería ser. Y quizá haya sido así, pero si lo fue ya no parece serlo. Porque el tema del debate por la despenalización del aborto no sólo ha mostrado a un Papa indignado por el tema en particular, sino a alguien que parece haber explotado las furias que tenía acumuladas desde siempre. Lo que a la vez indica que de aquí en más el debate ya no se desarrollará con el grado elevadísimo de civilización y de respeto que tanto en las calles como en el Congreso aconteció (salvo los extremistas de ambos lados, claramente minoritarios) porque con las recientes declaraciones papales y las de sus principales espadas argentinas, la cuestión parece asumir un clima de guerra santa.

Es comprensible que al papa Francisco no le guste nada el resultado obtenido en Diputados con la legalización e intente que no ocurra lo mismo en Senadores, en particular por tratarse de su tierra de origen y precisamente durante su pontificado. Pero aun así, Francisco parece estar confrontando contra algo más que sólo una ley, sino contra un régimen político en el cual descree profundamente, como siempre han sostenido no sólo sus críticos más duros sino también los líderes políticos que más apoyan su accionar.

Es que así como en su momento el papa Juan Pablo II fue una pieza clave en la lucha contra el régimen político de Polonia, su país de origen, salvando las enormes distancias (porque aquello era una dictadura y esto es una democracia), el Papa argentino parece ser uno de los pocos líderes de envergadura mundial que está en pugna contra los que hoy gobiernan la Argentina, su país.

Carlos Salvador La Rosa
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