Miércoles, 12 Septiembre 2018 00:00

Los cambios que no fueron, los cambios que vendrán

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Una golondrina no hace verano. El dólar se serenó en los últimos días hábiles, en las conversaciones con el FMI imperaron la comprensión y el ánimo flexible y Mauricio Macri se comunicó una vez más con Donald Trump para conseguir el apoyo de Washington (y consiguió renovarlo). Todo bien.

 

Pero, con prudencia, el Presidente argentino advirtió desde Mendoza: “No porque hayamos tenido tres días de tranquilidad en los mercados las cosas estructurales se han resuelto”. Cierto: ni las estructurales, ni varias de las otras.

Los sacudones cambiarios de las últimas semanas determinaron algunos retoques en el gobierno, quizás los primeros, seguramente no los últimos. Así como ha vuelto a usar corbata en sus presentaciones televisadas, el Presidente ahora admite que aquello que su gobierno venía definiendo como una tormenta (implícito: un fenómeno externo y pasajero) era en rigor una crisis de tal hondura que él sólo puede compararla con la situación que atravesó personalmente hace más de dos décadas, cuando estuvo extensamente secuestrado por delincuentes.

Propensa a contagiarse los tonos dramáticos, la doctora Elisa Carrió quiso acompañarlo con declaraciones de alto patetismo (“A mí y a Macri sólo nos sacarán muertos de la Casa Rosada”) pero enseguida tuvo que arrepentirse. ¿Por qué invocar sogas o precipicios? “No es necesario tomar a Lilita literalmente”, aconsejó el gobernador porteño, Horacio Rodríguez Larreta.

En el caso de Macri, la referencia biográfica le puso un matiz de cercanía al discurso que ofreció el lunes 3. Esa aparición del Presidente fue bastante más extensa que el minuto y medio de su malgastado spot anterior. Se necesitaba más relato después de un largo fin de semana en el que los enredos abundaron.

El despeñadero que no fue En Olivos se había desarrollado un pobladísimo y casi interminable cabildeo político del que Macri participó apenas, pero que incluyó a casi todo el elenco superior de Cambiemos y a una parte del gabinete ministerial entonces existente.

Desde esas reuniones se dejó trascender nombres de candidatos a incorporarse a distintas carteras en lo que se pintaba como un inminente ajuste político. Se afirmaba, por ejemplo, que Carlos Melconian reemplazaría a Dujovne (quien, entretanto, se preparaba para negociar con la cúpula del Fondo). Simultáneamente se sabía que el radicalismo sugería, en cambio, que el reemplazante de Dujovne fuera Rogelio Frigerio, de modo de que éste liberara el ministerio para que allí ingresara Ernesto Sanz.

También se daba por cesado al canciller Jorge Faurie (quien, afirmaban diversas fuentes, sería reemplazado por Alfonso Prat Gay) y hasta se aseguraba que Martín Lousteau ocuparía el ministerio de Educación. Este hubiera sido algo singular: Lousteau había declarado apenas días antes que a fin de 2019 el gobierno de Macri estaría entregando un país con números peores a los que recibió en 2015: más inflación, más pobreza, más deuda.

La idea de que Melconian y Prat Gay se incorporarían al “mejor equipo” era complementaria de una conjetura mayor: que Marcos Peña dejaría la Jefatura de gabinete (entre Peña y aquellos subsiste una tensión provocada por desencuentros anteriores que en verdad, la impresión de que Macri desplazaría a Peña de su influyente posición (y la aparentemente volvía improbable la coexistencia).presión para que efectivamente lo hiciera) estaba bastante generalizada en sectores políticos, tanto oficialistas como de la oposición . Pero, como en el verso de Cervantes, el Presidente “caló el chapeo, requirió la espada, miró al soslayo, fuese y no hubo nada”. Macri hizo saber que Peña era inamovible (aunque admitió despojarlo de sus dos secretarios de Estado, Mario Quintana y Gustavo Lopetegui, hasta allí poderosos supervisores de la gestión de todos los ministros) y los que presuntamente iban a ser ministros, no lo fueron.

Así, la semana se inició con un saldo para muchos decepcionante (quizás provisorio, es cierto), que el discurso presidencial del lunes 3 no consiguió modificar. No hubo incorporación alguna al gabinete, Peña mantuvo su cargo y también los ministros cuya discontinuidad se había analizado. Más que cambios, hubo una devaluación del poder (ministros erosionados, un Presidente al que le rechazaron o condicionaron ofrecimientos de ministerios). Y hubo un encogimiento cosmético: el poblado gabinete que parecía una preferencia presidencial pasó de la veintena de miembros a una decena, pero los exministros, ahora como “secretarios de gobierno” mantienen sus estructuras bajo otros techos, los de las carteras supérstites.

Más allá de esas modificaciones formales, el gobierno hizo sí algunos movimientos destinados a apoyarse en un consenso implícito que venía gestándose y que   venía observando la insustentabilidad de un proyecto de achicamiento del déficit fiscal sólo basado en los recortes del gasto. Ese consenso reclamaba medidas que pasen por el camino de ampliar los ingresos fiscales y que estimulen el crecimiento.

Ante la presión de la crisis, el gobierno tomó nota de sugerencias que partieron del peronismo (reunión de en el CFI con gobernadores, Pichetto y Massa), del radicalismo (Machinea, Gerardo Morales) y, discretamente, de las mismas filas del Pro y estableció un impuesto “transitorio, justificado por la emergencia”- a las exportaciones.

En rigor, las sugerencias van más allá e incluyen postergar la vigencia de algunos gravámenes y un punto de importancia: restaurar los plazos para que los exportadores liquiden las divisas producidas por sus ventas. Pero las concesiones se definen paso a paso.

El martes el Presidente se entrevistará con los gobernadores peronistas, que le han solicitado reunirse. “La actitud del peronismo es responsable”, admiten Frigerio y Rodríguez Larreta.

El gobierno tendrá un ojo puesto en esas negociaciones destinadas gestar un proyecto de presupuesto en condiciones de ser aprobado en las Cámaras   mientras con otro observará con atención lo que ocurre en las barriadas de los márgenes. La gobernabilidad y la tranquilidad social son inquietudes de los mercados.

Aunque tímidas, las novedades de esta semana (incluyendo los primeros encuentros con el FMI) facilitaron que el mercado cambiario se tranquilizara un poco. El peso sufre las mismas presiones que otras monedas emergentes, pero las consecuencias son más graves en nuestro caso porque es mayor la dependencia de financiamiento externo y también porque el ahorro de los argentinos se realiza principalmente en dólares. Como dice el presidente, “las cosas estructurales no se han resuelto”

Política y tiempo

Hasta el borde del segundo trimestre de este año. Argentina venía creciendo moderadamente. Ahora, la llamada “tormenta cambiaria” se interpone ante un 2019 que promete los resultados de una cosecha récord en materia de trigo, maíz y soja, de un situación energética que a fines del año próximo permitirá equilibrar importaciones y exportaciones merced al aporte de Vaca Muerta; una inversión positiva de los flujos turísticos estimulada por la devaluación y también por la política de transporte, una mejora en las economías regionales y un crecimiento de otras actividades como los servicios y la biotecnología.

Estas fortalezas requieren tiempo para desplegarse y ejercer sus efectos sobre el conjunto. Entretanto, en el paisaje también hay accidentes a considerar: En siete meses de 2018 la inflación ya alcanzó el 20 por ciento. Especialistas como Orlando Ferreras estiman que la de septiembre puede llegar a 4,5 por ciento y la del año (diciembre a diciembre) puede rondar los 40 puntos (un borrador oficial la sitúa en 42 por ciento). Daniel Marx, un especialista, calculó esta semana que la deuda externa ya representa un 70 por ciento del PBI.

Por debajo de los números, la sociedad cruje en las periferias. La CGT busca expresar y simultáneamente descomprimir la preocupación de abajo con el paro programado para finales del mes. El gobierno y los movimientos sociales mantienen un diálogo de emergencia para contener cualquier tendencia (espontánea o azuzada) a los desbordes o el saqueo. Lo había puntualizado ya dos meses atrás, en la que sería su última nota publicada en Clarín, el lamentado colega Julio Blanck, fallecido el viernes 7: “Los movimientos sociales admiten que este año la ayuda alimentaria se incrementó a ojos vista. El gobierno de Vidal asegura que se están repartiendo un millón y medio de kilos mensuales de comida, además del vaso de leche que esta gestión repuso en los comedores escolares. Dicen que representa un 20% más que en 2017 y un 50% más que en 2016. Puede sonar bonito para el oído distraído, pero en realidad es el reflejo de un drama cotidiano que soportan cientos y cientos de miles de compatriotas”.

La efervescencia social acompaña a los ajustes como la sombra al cuerpo. La Argentina tiene seguramente delante una perspectiva de crecimiento, pero para llegar a la maduración de esas condiciones desde estos momentos actuales en los que orilla la crisis hay que atravesar un camino colmado de riesgos y amenazas. Una tentación para la anti política y un desafío para la política.

Todo hace suponer que los menguados cambios del último fin de semana no serán los últimos.

Jorge Raventos
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