Lunes, 17 Septiembre 2018 00:00

El país del déjà vu

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La democracia argentina otra vez está siendo puesta a prueba por las correntadas subterráneas gestadas por la suma de intolerancias acumuladas en nuestra historia. Y aunque sea lo más fácil de suponer, no se trata de conspiraciones conscientes donde actores poderosos producen actos ocultos con premeditación para desestabilizar gobiernos o encarcelar opositores, según sea el caso.

 

Son, por el contrario, hechos que exceden a los protagonistas. Propios de nuestra debilitada estructura institucional, que tiende a convertir cualquier crisis política o económica circunstancial en algo que pone en jaque el sistema en sí mismo.

Está claro que a Cambiemos lo beneficia la crisis de los cuadernos y que a la oposición, en particular kirchnerista, le beneficia la crisis económica. Pero nada indica que sea Macri el causante del estallido de los fenomenales juicios a la corrupción que tienen en jaque al kirchnerismo. Ni que sea Cristina la que armó el fenomenal shock en la economía que tiene en jaque al gobierno de Macri. Quizá ambos hubieran querido gestar la crisis contra el adversario y seguro apoyaron en todo lo que podían lo que les convenía para perjudicarlo, pero las cosas ocurrieron más allá de su voluntad.

Es que el problema actual de la Argentina no es, como en otras épocas, el exceso de poder de alguna persona, sector o corporación, sino la debilidad relativa de todos.

Que se traduce en la incapacidad del gobierno para frenar una enorme tormenta económica que a esta altura de la gestión -por más culpas que haya tenido el gobierno anterior- es básicamente responsabilidad suya.

Se traduce también en la incapacidad de la cúpula del kirchnerismo (y su servidumbre de testaferros) para que todos los días no les estalle un escándalo de corrupción, debido al volumen escandaloso de la misma, tanto que tanto robo desde el Estado sigue siendo difícil de creer a pesar de que no fue el único gobierno ladrón.

Y se traduce en la incapacidad de los supuestamente poderosos empresarios de la patria contratista, que ayer pagaron coimas como pichoncitos asustados ante el apriete K y hoy confiesan todos y todo ante los jueces, tan en pichoncitos asustados como antes.

En primera síntesis, que toda esa gente no esté dirigiendo de acuerdo a sus particulares intereses la sociedad y el Estado argentinos actuales no es porque no quieran, sino porque no pueden. Más bien las corrientes ocultas de la historia se los están llevando puestos en conjunto y ellos sólo atinan a defenderse de tormentas y tifones que no controlan.

Ya no se trata, como en otras ocasiones, de la imposibilidad del no peronismo para terminar un gobierno, sino de la enorme dificultad de todos los sectores políticos y económicos para conducir una sociedad.

En ese sentido es una anarquía cualitativamente mayor que la de 2001 porque los cubre a todos, aunque posiblemente menos traumática en lo políticamente inmediato porque no hay ningún sector en condiciones de reemplazar al que gobierna.

Lo cual no quiere decir que un Bolsonaro, un Trump, un Berlusconi, un Le Pen o algo parecido se esté armando en las entrañas de la antipolítica. Pero eso hoy no lo sabemos.

Hoy tenemos un gobierno que no tiene ni siquiera demasiado en claro si está conduciendo la economía (mal o bien, en este caso lo mismo da) o si la economía lo está conduciendo a él.

Una oposición kirchnerista que quiere desestabilizar al gobierno (como el zorro al coyote, porque ese nivel de dibujito animado es el que tienen sus intentonas golpistas) pero que en el fondo está aterrorizada sólo porque no la desestabilicen a ella, porque no caigan todos presos.

Una oposición no kirchnerista apenas en gestación. Es la que menos sabe quién es o qué quiere, sólo busca colgarse de la dramática situación a ver si saca algún inmerecido provecho de la lid Macri y Cristina; oportunismo puro.

Y por último, un empresariado que decían era un poder fáctico tan poderoso que hasta logró con Macri su propio gobierno, pero que sólo quiere -como los K- salvarse de ir en cana.

Todos a la defensiva.

Para entender lo que pasa, volvamos un poco atrás. En 1987, con el conato carapintada, pareció reiterarse otro golpe de los tantos ocurridos en los anteriores últimos 50 años, pero sólo se trataba de un grupúsculo de oficiales que pedían una “solución política” al tema de los juicios al genocidio.

Querían que se pusiera una “línea de corte” y se dejara de seguir juzgando criminales, hasta llegar a un indulto. Pero lo cierto es que el golpe militar no ocurrió y a partir de entonces no hubo más golpes militares.

Hoy todos los que van cayendo presos por sus delitos de corrupción desean fervientemente que la crisis económica prosiga para que se hable más de ella que de ellos. Para tapar la divulgación de la corrupción. En otras palabras, más que colgarse de la crisis para ayudar a hacer caer al gobierno actual, lo que más desearían es, al igual que los carapintadas, una “línea de corte”. Que se suspendan los juicios a la corrupción y que en un segundo paso se indulte a los ya encarcelados. Una ambición política menor aunque, de acontecer, sería trágica porque si para salvar la democracia hay que ceder a quienes la chantajean, el deterioro institucional será inevitable. Una cosa es lo que debió ceder Alfonsín con una democracia apenas nacida, pero si a los 35 años continuados debemos hacer lo mismo, estamos en el horno.

En síntesis final, aunque los protagonistas principales de esta enrevesada Argentina quieren echarle la culpa de sus males a las conspiraciones de sus rivales, hoy ello no es lo más importante ni lo más grave.

Lo grave es que el gobierno no tenga idea de hacia dónde nos puede conducir esta crisis económica. Y que la oposición K y los empresarios (también algunos apoyos del oficialismo) no tengan idea de hasta dónde puede salpicarlos la etapa superior del deschave de la corrupción producida por los cuadernos. Y que los que no están ni en un lado ni en otro, a falta de ideas alternativas se conformen, al estilo buitre, con comer la carroña de los que van cayendo.

En ese marco de situación donde abundan más las debilidades que las fortalezas de todos, quizá lo más importante sería (como alguna vez suplicó el líder radical Ricardo Balbín, ese del abrazo con Perón) llegar a las elecciones en los plazos estipulados aunque sea con muletas, pero llegar.

Sino no llegaremos a ningún lado y el déjà vu será el destino de este país, condenándolo al eterno retorno de lo mismo, pero cada vez peor.

Carlos Salvador La Rosa
clarosa@ losandes.com.ar

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Fundado el 4 de agosto de 2003

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