Miércoles, 14 Noviembre 2018 00:00

El peronismo: una tragedia conceptual

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El peronismo ha demostrado ser con el tiempo una gran abstracción; un sentimiento interior de un tipo de individuo que suele concentrarse en los propios pensamientos, apartando de los sentidos y de su mente la realidad inmediata.

 

Ese refugio de una “interioridad” indescifrable, consiste en una sublevación contra lo concreto, resultando por ello consustancial con el fracaso a largo plazo, porque los problemas humanos (la política es una parte indisoluble de la vida en sociedad) SON DE MÁXIMA CONCRECIÓN, como señala con acierto Ortega y Gasset.

Inexplicablemente, hemos terminado por darle entidad desproporcionada a un movimiento político multiforme que no habla de dichas “concreciones”, sino en cuanto ellas signifiquen un proyecto que los incluya SIEMPRE como actores imprescindibles de la política nacional.

Es así que un peronista no se exige nada especial a sí mismo y suele predicar a los demás con la petulancia de quien se cree superior cuando de buscar soluciones a un problema de orden público se trata, sin dar argumentos de peso que le permitan sostener un dogma de inocultable raíz autoritaria.

Su tarea ha consistido siempre en “inflamar” emociones en adherentes que son reclutados entre quienes se sienten “perdedores” en el juego de la vida y aspiran a ser reconocidos no por lo que realmente valen, sino por lo que ellos creen merecer.

En sus proclamas y peroratas, han ido tejiendo durante años la matriz de un pensamiento revolucionario indefinible, presumiendo que entienden más que nadie sobre la esencia de los problemas públicos, afirmando por lo tanto su derecho a ejercitar desde el gobierno los postulados de un credo político omnisciente.

Una vez que sus militantes consiguen asumir el poder, terminan fracasando en su labor, porque la misma consiste, esencialmente, en mantener viva la llama de la adhesión cuasi religiosa de sus adeptos, pensando solo en una próxima elección que los tenga nuevamente como protagonistas excluyentes.

Mientras tanto, ata a su redil a partidarios que obtienen concesiones graciosas de todo tipo, descriptas en un manual de “derechos y obligaciones” que podría resumirse brevemente así: “todo lo que desees te será concedido por el Estado aunque no demuestres mayor entusiasmo por conseguirlo con tu esfuerzo; y toda obligación que se te imponga, deberá ser proporcional al asentimiento subjetivo que manifiestes para aceptar su eventual contraprestación”.

De tal manera, las masas que le siguen gozan de los placeres de una vida laxa, mientras se sirven de los “utensilios” creados por ciertos grupos selectos, pretendiendo usufructuarlos con el mismo derecho que tienen aquellos que se han esforzado para construirlos.

Como si existiesen derechos “naturales” para sus adeptos, el peronismo ha forjado una confusa doctrina que lo llevó a considerar que ciertos privilegios son inadmisibles, MIENTRAS CON MUCHA ASTUCIA CONSTRUYERON OTROS, PERGEÑADOS POR ELLOS PARA SATISFACER SU APETITO POLÍTICO HEGEMÓNICO.

Esta matriz perversa, ha tenido durante décadas la colaboración esencial de una sociedad a una suerte de nivelación entre las distintas clases sociales, donde la sublevación de las masas propició el aumento de una vitalidad confundida con el derecho irrestricto al progreso sin exclusiones de ningún tipo.

Los que siempre hemos visto al peronismo como un magma gelatinoso en donde quedan pegados quienes se le arriman, nos encontramos, al rebatirlo, con la dificultad de que se trata de una lucha a ser librada entre lo concreto –que es la naturaleza de la vida misma-, y una vertiente emocional que pretende elevar a individuos que se sienten víctimas de una supuesta “desigualdad”, sostenida casi siempre con argumentos bastante esotéricos.

En el poder, el peronismo es temible, porque lucha para mantener su ideal de dominación política “aristocrática”, tratando de sostener promesas electorales imposibles de cumplir, que nos han dejado invariablemente al borde de un caos provocado por el manejo discrecional y temerario de la “res pública”.

Es de esperar que el gobierno de Cambiemos no caiga en la tentación de “peronizar” su administración, contagiando sus cuadros con un populismo demagógico, creyendo que la variante supuestamente “buena” (¿) del partido es una suerte de peronismo “racional”.

La realidad indica claramente que éste sólo esconde bajo una piel de oveja las apetencias intactas de un lobo feroz que cree que quienes no son parte del “sistema conceptual” cuasi religioso que propugnan, deben ser aplastados tarde o temprano mediante la fuerza de una “secreción espontánea de su demagogia esencial” (Ortega nuevamente).

Cincuenta años de historia política lo han puesto en evidencia.

A buen entendedor, pocas palabras.

Carlos Berro Madero
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