Miércoles, 19 Diciembre 2018 00:00

¿La fiesta inolvidable?

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Cuando una historia nos conmueve especialmente dejándonos estupefactos por las tragedias que encierra, solemos recurrir al humor para recobrar el espíritu.

 

Hoy, en nuestra zarandeada Argentina, ya ni eso nos alcanza, porque con elecciones a la vista y el auspicioso alivio del G20 en el pasado inmediato, resulta difícil encontrar algún motivo para ensayar bromas sobre la realidad que nos toca vivir en el escenario político.

En efecto, el peronismo -especialmente el más próximo a los Kirchner-, se acicala para una “rentrée” triunfal (¿), considerando que los ciudadanos somos todos lelos (quizá le asista la razón en muchos casos) y utiliza su tradicional discurso persuasivo falaz, para conmover a quienes dudan sobre qué hacer en las elecciones del año próximo.

Al pregonar su modelo preferido sobre un “estilo de vida”, continúa intentando captar las preferencias de los “sin memoria” -como si sus tropiezos vergonzosos en el poder no hubiesen tenido lugar jamás-, tratando de penetrar SOBRE LA MÁS VULNERABLE CARACTERÍSICA PSICOLÓGICA DEL SER HUMANO: LA IMAGEN DE SÍ MISMO.

Esto afirmaba el sociólogo estadounidense Alvin Toffler al señalar lo que ocurría en algunos segmentos sociales, denominando este tipo de “movimientos” como SUBCULTOS (el peronismo es, en efecto, un “subculto”), que estructuran “estilos políticos” asentados sobre organizaciones tribales atractivas y casi irresistibles para “el afán casi universal de PERTENECER a algo, de IDENTIFICARSE con algún grupo de poder y no sentirse condenado a una impresión de soledad, alienación e impotencia” (sic).

Visión digna de ser tenida muy en cuenta para entender la historia argentina.

Quizá sobre la derivación que sufran estos sentimientos interiores esté asentada hoy cualquier posibilidad de retorno de un fascismo populista que nos sometió siempre (contando con un generalizado beneplácito popular), al punto de hacernos dudar sobre quiénes somos y poniendo todos los valores que debieran mantener intacta la llama de la sabiduría entre signos de interrogación.

“El sentido de pertenecer a algo”, agregaba Toffler, “de ser parte de una célula social mayor que nosotros mismos, es con frecuencia tan agradable que nos sentimos fuertemente impelidos, A VECES CONTRA NUESTRO BUEN CRITERIO, hacia los valores, actitudes y estilos de vida predilectos del grupo”.

Faltan ocho meses para las PASO y nada parece haber cambiado respecto del pasado. No nos estamos planteando nada de lo que importa, sino que nos dejamos llevar - ¿una vez más? -, por “lo que nos incomoda”, mientras volteamos la vista en derredor cavilando acerca de qué habrá de nuevo en el peronismo…por si acaso.

Pues nada señores. Lo de siempre. Amiguismo y vaguedades. Venta descarada de “pertenencia”. Corrupción. Fabulaciones que cambian según el temperamento de quienes las “venden”: “Cristina buena” (multiprocesada) por aquí y algún “apóstol atropellador” como Grabois por allá. O los que no contentos con dejar en la ruina a una provincia, como Daniel Scioli, insisten en decirnos “saber qué nos hace falta” (sic), en lugar de meterse en algún freezer que los congele para ser exhibidos como “rara avis” en algún próximo milenio.

Y los camaleónicos Alberto Fernández, Felipe Solá y otros cuantos, que tratan de convencernos que la ex presidente “no está tan soberbia como antes” (sic), recordándonos a los pececillos que se usan para carnada y terminan su vida atrapados en el anzuelo de algún pescador.

O los “patriarcas” como Insfrán, que alienta a niños que recitan poemas - torpemente redactados-, ensalzando su grandeza con palabras almibaradas que causan indigestión.

El “producto”, narrado de un modo que pretende ser diferente, conserva tanta semejanza con el tradicional, que solo un despistado puede llamarse a confusión. Porque la realidad indica claramente que el peronismo nos empobreció y bajo el lema de la “redistribución equitativa” (¿), enterró a la sociedad “hasta las verijas”; y cuando no pudo sostener por más tiempo sus falacias, terminó saqueando las arcas del Estado, retirándose temporalmente “a cuarteles de invierno” para vivir con el producto de sus exacciones.

Hoy, casi todos sus miembros son ricos y no se sabe bien de qué trabajan.

Bueno, en realidad sí se sabe: una gran mayoría, de políticos peronistas “generosamente” jubilados por leyes magnánimas; sin que nos animemos a hacer con ellos lo mismo que solemos con los regalos que no nos gustan y, de algún modo, nos molestan: ENCERRARLOS APRESURADAMENTE EN EL ÚLTIMO CAJÓN DE UNA CÓMODA.

Solamente ciertos sentimientos “necrofílicos” pueden llevarnos a reconsiderar como “potables” los años de sometimiento, falsedades y desaciertos que vivimos hasta hace muy poco tiempo, cuyas malolientes evidencias de corrupción está desmadejando hoy, como puede, la justicia.

Es una verdadera tragedia que quienes más necesitan plantearse el dilema en estos términos, sigan identificándose, tozudamente aún, con LA FIESTA INOLVIDABLE celebrada por “una elite que VIAJA A SU DESTINO IMAGINARIO, situado en algún lugar cercano a la cima del mundo”, como señala el filósofo indio Arundhaty Roy, “mientras los pobres continúan atrapados en una espiral de delincuencia y caos” (sic).

Mientras desarrollamos nuestras reflexiones sobre la realidad que hemos descripto en estas breves líneas, no podemos impedir que nos atosigue el recuerdo de una frase que el inolvidable Quino puso alguna vez en la voz de su famoso personaje Mafalda: “paren el mundo, que me quiero bajar”.

A buen entendedor, pocas palabras.

Carlos Berro Madero
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