Domingo, 30 Diciembre 2018 00:00

"En la timba de la vida..."

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El año concluye con un nuevo arrepentido kirchnerista reiterando, palabras más palabras menos, lo que ya todos conocemos. Los testimonios y las pruebas son abrumadoras. La rutinaria crónica policial contada por diferentes testigos que repiten hasta el cansancio la misma letanía.

 

El balance de la economía es decididamente malo. Negarlo es ignorancia o algo peor. Seguramente el gobierno nacional tiene algunas explicaciones, pero lo que ahora le está faltando es tiempo. Para colmo de males, el presidente habló mucho, demasiado y sin necesidad. Macri lanzó pronósticos como si fuera el presidente de Boca que entusiasma a su platea con buenos deseos que no tienen por qué corroborarse en la realidad. Demás está decir que un presidente de la nación tiene otras obligaciones y su palabra necesariamente posee, debería poseer, otra densidad.

Apoyo al gobierno de Cambiemos sin demasiado entusiasmo, pero con cierta convicción, la convicción de darnos una oportunidad para ingresar al siglo XXI dejando atrás más de medio siglo de populismo. No lo endioso a Macri -dejo para los K esos menesteres religiosos- pero lo reconozco. Y como lo reconozco, me siento libre de criticarlo porque no soy una oveja o un zombie. Soy un ciudadano.

Plantear que una alternativa económica al actual orden es “ponerle plata en el bolsillo a la gente”, crear fuentes de trabajo, subir salarios, bajar impuestos y dar créditos baratos, sin decir cómo lo harán, es confundir alternativa con deseos y sobre todo, con deseos demagógicos. El sueño más entrañable del populismo, su ilusión más cara, es prestarse ante la sociedad como Papá Noel y que la sociedad, además, le crea. El líder populista es una suerte de Papá Noel del tercer mundo, algo tropical y algo tramposo. Del trineo al balcón.

En homenaje a la memoria histórica, me resultaría muy interesante saber por qué los peronistas hoy son tan estrictos y celosos con los fueros de Cristina, cuando en su momento fueron tan descarados y eficaces para quitárselos a Ricardo Balbín y mandarlo unos cuantos meses en cana.

Los peronistas argumentan que entregarían a Cristina si hubiera jueces probos. Pero como no los hay... Ella queda libre. La verdad sea dicha, son encantadores. ¿Es necesario recordar que la mayoría de los jueces que supuestamente no son probos fueron designados por ellos? ¿Es necesario?

A Horacio Rosatti y Ricardo Lorenzetti los conozco desde hace años. Sería exagerado decir que somos amigos, pero guardo de ellos un recuerdo agradable, afectivo, el recuerdo de haber convivido en los años juveniles un mismo tiempo histórico. Dicho esto, añado que la Corte Suprema de Justicia hoy tiene mayoría peronista: Lorenzetti, Rosatti y Maqueda. Dicen algunos analistas que las contradicciones en la Corte no pasan por el signo partidario. Permítanme dudar. Una identidad partidaria no es una casualidad o un producto del azar. Salvo que alguien me demuestre que la identidad política no es importante, que es un adorno, un detalle.

A Cristina no la protege Miguel Ángel Pichetto, ni tampoco los senadores; en primer lugar, la protege el peronismo con el mismo entusiasmo y eficacia con que protege a Menem. Una mano lava la otra y entre las dos nos lavamos la cara. El pacto de protección no es ideológico, político o cultural, es mafioso. Hoy por ti mañana por mí. Código de bandidos.

Me parece muy digno que el gobernador Miguel Lifschitz proponga para estas elecciones una consulta sobre la reforma constitucional, luego de que su iniciativa fuera rechazada por la Legislatura, rechazo que, conviene recordar, no fue tanto a la reforma en general como a la reelección en particular.

Aníbal Ibarra anuncia que Cristina es inocente. Un señor que nunca terminó de probar su inocencia en el caso Cromagnon se declara experto en la materia “Inocencia”. Lo siento por él, pero de Cristina podrán decirse muchas cosas, pero de lo único que jamás se la podrá acusar es de inocente. Solo un personaje dominado por las culpas como Ibarra puede proclamar, muy suelto de cuerpo, la inocencia de la responsable del mayor saqueo de la historia nacional.

Prefiero el ciudadano al militante. El ciudadano que ejerce sus derechos y se hace cargo de sus deberes, que se interesa por la vida pública pero no sacrifica su universo privado en el altar de la utopía. El ciudadano que deviene en político o intelectual o en objetor de conciencia, preservando en todas las circunstancias su espacio privado de libertad. El militante me temo que es lo opuesto. La palabra posee un componente “militar” que me desagrada. La apelación al heroísmo, el sacrificio e incluso el martirilogio ha dejado tristes testimonios históricos. Hoy, en los tiempos de crisis de las ideologías, el militante suele estar muy cercano al fanático. En casi todos los casos sus jefes lo respetaron muy poco. “Perejil” bautizaron algunos jefes de las organizaciones armadas al militante entregado sin demasiada reflexión a una cruzada que, en más de un caso, sustituía otras carencias.

Sobrevivientes del fantasmal y lumpenizado Partido Comunista reivindican a Vladimir Putin, a los ayatolas de Irán, a Maduro y a los Castro. Odian a Israel y a EEUU. A la hora de elegir lo peor son infalibles. En realidad, los fascina la autocracia, el despotismo, las sociedades transformadas en majadas, los psicópatas ejerciendo el poder absoluto. Detestan la libertad. Conversar con ellos significa verificar que la categoría “fascista de izquierda”, existe.

Pensar una versión de “Las mil y una noches” en clave kirchnerista. Sherezade salva su vida contándole al sultán un episodio de corrupción todas las noches; una historia diferente con los mismos protagonistas y los mismos jefes. El relato es inagotable porque el saqueo fue inagotable. Sherezade finalmente se incorpora a la lista de “arrepentidas”.

De Osvaldo Bayer es esta historia: “Conocí en un club de barrio del Conurbano donde me ganaba la vida a un señor de lentes ahumados, traje blanco y zapatos de charol. Todas las mañanas, cerca del mediodía, se acercaba, mano derecha en el bolsillo y el cigarrillo en la izquierda, y me decía mirando hacia algún punto del infinito: “Pibe... ¿dónde están las minas?”. Ese señor era Raúl Lastiri, futuro presidente argentino por el partido que ustedes conocen y que, a decir verdad, en materia política se dio todos los gustos.

Recuperar personajes de la literatura nacional para una historia del kirchnerismo: el Viejo Vizcacha, intendente de La Matanza; el Laucha de Roberto Payró, dirigente villero; Gómez Herrera de “Las divertidas aventuras del nieto de Juan Moreira”, diputado nacional; Ireneo Funes, ministro de Seguridad y el Rufián Melancólico, secretario general de algún gremio estatal combativo. La historia podría formalizarse en una serie televisiva cuya estética oscilaría entre el Patrón del Mal y Los Sopranos, con un toque fellinesco al estilo “El cuentero”.

Crónica habitual de una generación. Nos juntamos en un bar a despedir fin de año y hablamos de amigos que hace años no vemos. Lisos a granel. Abundan comentarios y anécdotas, salpicadas de vez en cuando con la información del caso: “Se hizo kirchnerista”. El comentario es resignado, como quien acepta una fatalidad parecida a una desgracia. “¿Fulanito o fulanita de tal, ¡kirchnerista!... jodeme... no te puedo creer?” Un amigo observa en voz baja: “Es como si dijéramos: los mordió un vampiro, los mordió Drácula.... aparentemente siguen siendo los de siempre... pero en el cuello llevan la marca, la línea que dibuja los trazos de una letra del abecedario”.

Rogelio Alaniz

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Fundado el 4 de agosto de 2003

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