Martes, 19 Marzo 2019 00:00

Los efectos sistémicos de la corrupción

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La inmensa mayoría de los ciudadanos ve, por ahora, a la corrupción como un simple juego de suma cero: los recursos ilegalmente obtenidos podrían destinarse a cosas mucho mejores.

 

Los seres humanos sobreestimamos lo malo y subestimamos lo bueno; cualquiera puede intuirlo, yo lo aprendí de mi economista de la conducta favorito, Daniel Kahneman.

Una cara enojada, o un rabioso exaltado, se destacan en medio de una multitud feliz o tranquila mucho más que un rostro feliz o calmo en medio de una multitud alterada o enfurecida. Un político, un funcionario, un juez competente en medio de una multitud de inútiles (reales o sospechados) pasará desapercibido, pero cualquier incapaz llamará la atención sobre todos, y los contaminará: diremos, son “todos incompetentes”, y si estamos delante de un político competente nos dispondremos, en el mejor de los casos, a considerarlo la mosca blanca. Y nos creemos muy astutos por proceder de esta manera, que es universal.

Esto sucede no solamente con conductas, o con imágenes, sino también con palabras, especialmente aquellas que están cargadas de emociones. Las palabras atemorizadoras atraen la atención y movilizan las emociones más rápidamente que las que suscitan sentimientos placenteros.

Palabras truculentas nos capturan más eficazmente. Crimen, guerra, prevalecen sobre paz o amor. La palabra en sí misma nos amenaza. Y esto sucede con el término corrupción. Sentimos la amenaza y sobreestimamos lo malo: todos los políticos, todos los empresarios, todos aquellos que mantienen una posición de poder de cualquier naturaleza, son corruptos. Es más, han logrado esa posición por serlo, o porque sus padres, o abuelos, lo fueron. Esta tesitura social predominante es la vez muy racional y muy nociva.

Es muy racional porque nos protege. A los humanos nos mueve mucho más evitar pérdidas que conseguir ganancias, como ha estudiado la economía de la conducta. La decepción es una pérdida. Sicológica, emocionalmente, es una pérdida seria. Si confiamos en quien nos jura ser honesto, o nos promete una línea de conducta honesta, podremos sufrir una decepción, nos sentiremos en ese caso dolidos y humillados.

Nos avergonzaremos de nosotros mismos por haber sido tan estúpidos. Ni siquiera el “pagar para ver” del póker es aconsejable. Si no confiamos, nos protegeremos de todos esos peligros. Y cuando la confianza de los ingenuos sea defraudada, podremos sentirnos justificadamente perspicaces.

Entonces, este modo de proceder es indiscutiblemente racional. Pero es colectivamente nocivo porque, sin la confianza social y sin la cooperación colectiva consiguiente, los comportamientos honestos en el plano público no podrán prosperar. Estamos en el círculo vicioso del apuntalamiento del statu quo, somos conservadores en el mal sentido de la palabra: la sobreestimación de lo malo, que nos empuja a desconfiar, ha llegado a inhibirnos, a desalentarnos: no actuamos, no nos ponemos en movimiento, y si lo hacemos es a impulso de la ira, la indignación, y a veces de cosas peores como el resentimiento.

Y, bien pensado, cuando condenamos indiscriminadamente a todos los que “están ahí” caemos en algo parecido a la justificación de la tolerancia ante la corrupción. “Bueno, sí, fulanita roba pero, ¿acaso no lo hacen todas?”. Si “todos lo hacen”, la variable de selección pasa, de ser la exigencia de buen gobierno, a la generosidad del gobernante de turno para soltar algo del dinero del que arbitrariamente disponen, en beneficio particular de todos los que lo necesitan (virtualmente, todos, hasta los más ricos siempre necesitan).

Se apagan, así, los signos que nos permitirían ir más allá del (indispensable) plano ético para avanzar en la comprensión social de las conexiones conceptuales y empíricas entre corrupción y mal gobierno, estancamiento económico, y desigualdad.

Esto refuerza el conservadurismo porque si creemos que todos son corruptos, creeremos forzosamente que nada puede hacerse contra ello, salvo depositar las cosas en manos de un nuevo salvador, de derecha, centro o izquierda, que nos prometa todo. Con las conocidas consecuencias.

La inmensa mayoría de los ciudadanos vemos, por ahora, a la corrupción como un simple juego de suma cero: porque los recursos ilegalmente obtenidos podrían destinarse a cosas mucho mejores. Pero los efectos sistémicos de la corrupción no se perciben. Todo esto considerado, no es raro que resulten creíbles para los ciudadanos iniciativas supuestamente pergeñadas por algunos miembros de peso de lo que se ha puesto de moda llamar el “círculo rojo”, enderezadas a una delirante amnistía a políticos y empresarios imputados de corrupción.

Es difícil creer que esta especie, aunque resulte verosímil para muchos, tenga alguna veracidad. Nos deja, no obstante, una pregunta en pie: ¿podrá ser el combate a la corrupción objeto de un tratamiento cooperativo en los próximos doce meses, que comprenderán la campaña electoral, los comicios, y los primeros cien días del próximo gobierno?

A mí nunca me convenció la superficialidad del término “grieta”, nunca creí que pudiera expresar la complejidad de las tensiones político-culturales argentinas. Pero si pudiéramos tomarlo en serio por un momento, ¿qué significaría “cerrar la grieta” en el combate contra la corrupción? Equivaldría a dejar actuar a la Justicia y acompañarla de un control ciudadano activo, muy activo, y a mantener un impulso mesurado para evitar cazas de brujas, cruzadas justicieras y culpabilizaciones indiscriminadas a diestra y siniestra, lo que implica evitar caer en la tentación fácil de las filiaciones tanto familiares como políticas.

Si pudiéramos tomarlo, así, en serio, sería una oportunidad excelente para que los políticos responsables se aproximaran entre sí, y obtuvieran de la ciudadanía un capital de confianza que los beneficiara colectivamente, y no a unos en contra de los otros.

Vicente Palermo

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Fundado el 4 de agosto de 2003

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