Miércoles, 20 Marzo 2019 00:00

Lavagna, Cristina y Macri

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De manera sostenida, pero sin prisas ni arrebatos que podrían afear su siempre cuidada imagen, Roberto Lavagna se ha metido en una campaña electoral atípica.

 

Es que, aun cuando a muchos les pueda parecer extraño, todavía no ha confirmado su participación como candidato presidencial en los comicios que se substanciarán, ininterrumpidamente, desde agosto a noviembre próximos. El ex–ministro de Economía de Eduardo Duhalde y de Néstor Kirchner tiene una estrategia, que disimula tras su indefinición.

A esta altura del año nadie que no desease competir bajaría a la arena política; recorrería el país para tomar contacto con algunos de los principales caciques del peronismo federal; anunciaría su intención de forjar un frente que incluyese, más allá del peronismo, al socialismo y a los seguidores de Margarita Stolbizer; se prestaría a responder, sin solución de continuidad, las preguntas del periodismo; y hasta se permitiría fijar condiciones para lanzarse de lleno al ruedo.

Con Cristina Fernández sucede algo semejante. Son legión los analistas y contrincantes de la ex–presidente que dan como seguro que encabezará la boleta del partido Unidad Ciudadana u otra cualquiera que le conviniese. Sin embargo, no hay todavía certeza ninguna al respecto.

La Señora, de momento, no ha dicho esta boca es mía, dando lugar a un sinfín de conjeturas. No es la primera vez que sucede. Su marido y ella mantuvieron al país en vilo durante buena parte del 2007 con base en el apotegma “pingüino o pingüino”. No sería de extrañar que -a semejanza de cuanto hizo entonces- ahora repitiese la táctica. En ello, pues, vendrían a coincidir la viuda de Kirchner y Roberto Lavagna, no porque se hubiesen puesto de acuerdo sino por una coincidencia nacida de las ventajas que ofrece, en estos trances, esperar.

En circunstancias diferentes, con otro escenario y sin las incertidumbres de carácter económico que -corregidas y aumentadas- tendrán a mitad de año tanto o más vigencia que hoy, deberían haberse decidido antes. No obstante, nada los apura y todo hace prever que ambos aprovecharán los tres meses que faltan hasta el 22 de junio -fecha fijada a los efectos de anotar a los candidatos- para tomar los recaudos pertinentes y terminar de delinear su plan de acción.

Cualquiera sabe que la inflación, el desempleo, la deriva del dólar y el desenvolvimiento del salario real tendrán una importancia decisiva en los comicios por venir. Si en 120 días, poco más o menos, las dificultades con las que viene tropezando el gobierno -y que aún no ha resuelto satisfactoriamente- se agravasen, las chances de Cristina Fernández y de Roberto Lavagna crecerían sin lugar a ninguna duda. Mientras que en el caso contrario quien llevaría las de ganar sería Mauricio Macri. Esta verdad de Perogrullo permite entender las razones en virtud de las cuales aquéllos tienen sobrados motivos para desensillar hasta que aclare.

De la marcha de la economía dependerá, en gran medida, la intención del voto ciudadano. A principios de junio sabremos a ciencia cierta si el índice de precios al consumidor habrá bajado -tal como asegura el oficialismo- en relación a los números, nada halagüeños para el macrismo, que arrojaron los meses de enero y febrero y que -con seguridad- traerá marzo. Tendremos una idea clara de qué pasa con el dólar y si la brutal recesión que padece la Argentina tiende a desaparecer o no. En consonancia con lo expresado más arriba, las encuestas seguirán el curso de la campaña como nunca y adquirirán -aunque pueda disgustar a ciertos candidatos- un peso substancial a la hora de dar pelea o salirse del ring.

Por delante de Roberto Lavagna hay aún una serie de cuestiones por resolver que no se recortan en el horizonte de la jefa de Unidad Ciudadana. La sola mención de una interna, a dirimir en las Paso, le causaría a esta última risa. Su candidatura depende de ella y de nadie más.

Si da el sí, Agustín Rossi, Daniel Scioli, Felipe Solá y Guillermo Moreno inmediatamente se harían a un lado y le jurarían lealtad. Al ex titular de hacienda de Duhalde, en cambio, las cosas no se le presentan así de fáciles. Por de pronto sus contrincantes se consideran con tantos o más méritos y, en consecuencia, derechos, que él, y no están dispuestos, por ahora, a bajarse de la pelea.

Si Roberto Lavagna -como parecen indicar los relevamientos de opinión de las últimas cuatro semanas- sacase una ventaja indescontable a Juan Manuel Urtubey y a Sergio Massa -Miguel Ángel Pichetto piensa más en ser ministro de la Corte Suprema que en Balcarce 50- la presión que el peronismo ortodoxo ejercería sobre estos para que diesen un paso al costado sería terminante.

La primera condición que ha puesto es no enredarse en una disputa intestina. La segunda es forjar una alianza amplia con el objeto de no quedar asociado sólo al justicialismo. Pues, si sus únicos valedores siguieran siendo Luis Barrionuevo y Eduardo Duhalde, se hallaría en problemas con el electorado independiente al que necesita seducir. La tercera va a depender de la evolución de la economía.

Si hubiese repuntado de aquí a junio, competir no tendría demasiado sentido para él, a menos que Cristina Fernández optase por negociar su retiro a cuarteles de invierno. En un ballotage contra Macri, Lavagna considera que la presidencia estaría al alcance de su mano.

Si bien en el seno de Cambiemos no faltan quienes especulan con la candidatura de María Eugenia Vidal, si acaso la del actual presidente no pudiese sostenerse por el empeoramiento de la situación económica, lo cierto es que ninguno de los integrantes de la mesa chica del gobierno, piensan seriamente en ello. Consideran que esta vez, a diferencia de los frustrados vaticinios del segundo semestre de 2016, los brotes verdes serán una realidad.

Por lo tanto -siempre según su razonamiento- en una segunda vuelta el triunfo de Macri a expensas de Cristina Fernández debería descontarse. El entero tinglado argumental del oficialismo se basa sobre dos supuestos que todavía deben rendir examen: el crecimiento económico y la presencia de la viuda de Kirchner. Si cualquiera de ambos fuera recusado, el teorema se derrumbaría como un castillo de arena tragado por la marea adversa.

Nada está confirmado ni puede darse por descontado. A Lavagna le falta rodaje.

Se le hace menester transformar la imagen positiva -el principal capital del que dispone- en intención de voto antes del mes de junio, cuando deberá decidir qué camino tomar.

A Cristina le sobra piso electoral, aunque las posibilidades de ganar en un ballotage, agrandando en forma substancial su caudal de votos inicial, de momento no resultan claras. Las razones para que dé pelea son innumerables en comparación con las que podrían esgrimirse en sentido contrario.

Así y todo, las causas judiciales que tiene abiertas y la enfermedad de su hija -sin fueros que la protejan y en la mira de los jueces- no resultan temas menores. Quién sabe qué haría la ex–presidente en el caso que se diera cuenta de que, si ella no se anotase en la carrera, un candidato como Roberto Lavagna estaría en condiciones de llegar a la Casa Rosada y poner término a sus padecimientos procesales.

Vicente Massot

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Fundado el 4 de agosto de 2003

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