Miércoles, 17 Abril 2019 00:00

La falta de una “salida” política

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Al comprobar que las próximas elecciones serán nuevamente el escenario de opciones que no han encontrado el camino hacia un progreso que abarque a toda la sociedad, deberíamos mirarnos al interior de nosotros mismos y admitir que no habrá “salida” política si no terminamos de entender que no existen dogmas efectivos que puedan rescatar la salvación de un país onírico, dispendioso y frustrado.

 

Si nos sobrara tiempo –no es el caso, dado el cúmulo de deudas que hemos constituido con distintos acreedores-, podríamos quizá seguir soñando eternamente sin caer en la insignificante bestialidad que señala en su obra “El inmortal” Jorge Luis Borges, donde pinta con maestría las características de la degradación.

Una degradación a la que hemos llegado repitiendo las mismas barrabasadas que nos han convertido en una sociedad mendicante, altanera y violenta, apostando siempre a nuevos “salvadores” que solo significan una contingencia más en un camino que alguna vez estuvo empedrado prolijamente (¿hace 70 años?) y hoy luce embarrado, con huellas profundas en las cuales se atasca el vehículo con el que pretendemos transportarnos hacia adelante.

Tradicionalmente, hemos perdido el tiempo en búsquedas puestas “fuera de nosotros mismos”, es decir, muy lejos de nuestras posibilidades, al punto de habernos sumergido finalmente en un escenario donde abundan en demasía los ilusos, los disconformes, los contradictores, los soberbios y los holgazanes.

Instalados en él, debatimos problemas ficticios y nadie bucea sobre la verdadera razón de una decadencia que desnuda nuestra verdadera “identidad” oculta, para definir con precisión en qué nos hemos convertido y poder obrar en consecuencia.

Nuestra viveza para exponer argumentos deletéreos nos encierra en teorías que ni siquiera pueden ser llamadas “ideológicas”, porque responden a un narcisismo que nos ha llevado a ser considerados mundialmente como talentosos desperdiciados que “creemos que creemos” -como señaló alguna vez Gianni Vattimo-, convencidos que describimos el mundo y nuestro destino de manera mucho más “valiosa” (¿) que cualquier comprobación científica o naturalista existentes.

Llegamos así al punto en que pronosticamos acontecimientos a ocurrir que solo pertenecen a nuestra prolífica “cartografía de la imaginación” (Fernando Savater).

Lo cierto y lo falso, están alimentados por ella, habiendo rendido a sus pies cualquier esfuerzo “normal” para parecernos un poco más a quienes han resuelto en otros lares problemas semejantes a los nuestros de manera simple y efectiva.

Decía Bernard Williams al respecto: “una creencia justificada es aquella a la que se llega a través de un método, o que está respaldada por consideraciones que la favorecen no sólo porque la hagan más atractiva o algo por el estilo, sino en el sentido específico que proporciona razones para creer que es verdadera”.

Es fácil comprobar que Justificación y especificidad son dos conceptos que no hemos manejado a través de los años con la destreza necesaria para salir del laberinto al que hemos llegado.

¿No valdría la pena analizar nuestras penurias desde este punto de vista, habida cuenta de nuestros reiterados e IDÉNTICOS fracasos, aceptando que el problema no radica SOLAMENTE, -por dar un ejemplo actual-, en las consecuencias que podría acarrear que Macri o Cristina venzan en la contienda electoral este año?

Quizá podríamos salir así de nuestras recurrentes frustraciones, por no haber sabido resolver el dilema existente entre la ilustración y la superstición señalado por Hegel.

A buen entendedor, pocas palabras.

Carlos Berro Madero
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