Lunes, 13 Mayo 2019 00:00

Al Antón Pirulero, cada cual atiende su juego

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“Debemos convocar al más amplio diálogo a todos los sectores. Es necesario tener la amplitud de convocar y escuchar a todos y ver la viabilidad de las propuestas que los distintos sectores acompañen al Gobierno”

 

Aunque parece una frase pronunciada por alguien de Cambiemos convocando al diálogo por los diez puntos, la misma fue dicha por Cristina Fernández de Kirchner, en Tucumán, el 9 de julio de 2009, apenas días después de haber sufrido su primer gran derrota electoral.

A diferencia de hoy, la mayoría de la oposición aceptó la convocatoria salvo Carrió que advirtió que se trataba de una trampa para ganar tiempo y recuperarse de la paliza.

Al final Lilita tuvo razón porque apenas superó la tormenta electoral, Cristina se olvidó de la convocatoria y jamás volvió con algo parecido. Es por eso que quizá hoy mire con tanto desdén la propuesta de Macri, porque debe suponer que el presidente actuará igual a como ella lo hizo. Sin embargo, Cristina no es tonta y en vez de negarse a dialogar como hicieron otros, incluso su propio hijo, propone un superacuerdo, un contrato social como el del filósofo Jean-Jacques Rousseau en 1762, sostén ideológico de la revolución francesa de 1789.

Ella sabe que cuando frente a algo concreto se propone algo tan abstracto, es porque lo que se quiere es rechazarlo sin decir directamente que no. Aunque en el caso de la ex presidenta es lógico, porque los 10 puntos el gobierno los quiere para neutralizar en la medida de lo posible el riesgo país que supone la eventualidad de un retorno de ella al poder si hiciera lo que su núcleo duro quiere que haga. Que es lo mismo que propone en su libro donde se presenta de cuerpo entero bien revanchista e intolerante. Aunque en su discurso de presentación del best seller fue un dechado de tolerancia y moderación. Es que en su libro Cristina le habla a los suyos, que quieren guerra. Y en su alocución le habló a los indecisos que quieren paz. Pero es demasiado contradictorio pretender ser las dos cosas, por lo que quizá convenga más ver lo que fue para intuir que es lo que podrá ser.

En realidad, la propuesta de Macri, más que por sí misma vale por las reacciones que provocó en los convocados, lo cual mostró no solo lo fraccionada que está internamente la clase política sino lo alejada que está de la sociedad y el mundo. Porque más que a un acuerdo, los 10 puntos apuestan a que todos los políticos se comprometan a mantener un rumbo institucional medianamente previsible frente al mundo, rumbo que todos saben que no pueden cambiar. Porque la Argentina sufre una crisis dificilísima con responsabilidades compartidas.

Por eso lo más razonable frente al llamado oficial debió haber sido, como se hizo con Cristina en 2009, aceptar sin remilgos el llamado y en todo caso apostar a más consenso y no menos. No obstante, casi todos se negaron, hasta que se dieron cuenta del error y ahora tienen en carpeta sus propios diez puntos. Recularon cuando advirtieron de que habían metido la pata con su no inicial. Es que cada uno está metido en su propio juego. Y eso es lo que le dio un poco de aire a un gobierno acosado por una crisis económica que de tan larga ya parece insuperable. El aire se lo dio el Antón Pirulero de sus oponentes. Le permitió cambiar el eje político frente al egoísmo opositor.

Aunque no todos actuaron así: Pese a su escaso poder actual, o quizá por eso, Daniel Scioli no se sonrojó al ser el primero en asistir a conversar con el gobierno. Aunque eso le costara no ir al acto de presentación del libro de Cristina porque los fundamentalistas vieron su predisposición al diálogo como traición.

También Miguel Ángel Pichetto actuó con razonabilidad. Muchos dicen que él, quien puso la cara por la credibilidad del país viajando a EE.UU. con el gobierno, fue el inspirador del decálogo. Algo que tampoco le perdonan los gurkas que sobreabundan.

Por lo contrario, lo que haya hecho o dicho Sergio Massa cada vez importa menos porque su desesperación por ganarle a Lavagna devino marketing puro. Massa es un oportunista de cada oportunidad.

Lavagna dijo que no funcionará el diálogo, aunque después se dio cuenta de la tontería que dijo y cambió. Pero su problema sigue siendo que parece más dominado por su psicología que por sus ideas políticas moderadas: que se metió en estas elecciones esperando la aclamación hacia su figura que jamás llegará, que no la tuvo ni siquiera Churchill habiéndola merecido bastante más que él. La aclamación sólo llega post mortem y cuando llega. Quizá Lavagna para seguir peleando debería arremangarse un poco más y remarla desde abajo. Para los que se creen próceres en vida ya alcanza con Cristina.

Pero no sólo por afuera de Cambiemos se vislumbra el Antón Pirulero; también en el oficialismo cada cual va por su propio lado. Acá, no tanto por los diez puntos sino por cómo encarar la campaña.

De lejos el mejor jugador del Antón Pirulero es Martín Lousteau, aunque no se sepa si es parte o no del oficialismo y tampoco nadie sepa (quizá ni él mismo) que es lo que quiere ni lo que propone. Pero la culpa no es del chancho sino de quien le da de comer. Porque el joven economista ha devenido una especie de joker o comodín al que todos los jugadores parecen querer porque les sirve a todos para todo, aunque no haya demostrado en ningún lado si sirve para algo. Se trata Lousteau de uno de esos casos raros de la política, el Narciso que seduce a todos sin concretar jamás nada salvo su vanidad, a la cual usa sin pudor por el incomprensible atractivo hacia su persona que tienen los políticos que han devenido sus cortejantes. Lo quiere Macri, lo quiere la UCR, lo quiere Lavagna y hasta desde el kirchnerismo algunos como Marianito Recalde lo convocan.

Ahora el joven maravilla propone ampliar Cambiemos hasta el infinito, una propuesta tan impracticable como el contrato social de Cristina.

Lo raro es que esa propuesta haya sido aceptada por uno de los políticos más realistas de Cambiemos: Alfredo Cornejo, quien jamás da un paso sin medir previamente todas sus consecuencias. Y su talento político, que no es poco, debería indicarle que proponer una alianza con Massa y Lavagna no sólo no es posible sino contraproducente. No se puede juntar cualquier cosa sólo para ganarle a Cristina.

Los que lo conocen y respetan creen que lo malo no fue proponer una ampliación de la coalición sino haberle puesto nombres propios a los supuestos aliados. Que Cristina o Lousteau postulen imposibles para quedar bien ellos, sabedores de que no se concretará, es previsible. Pero no en Cornejo que suele proponer lo que cree se puede cumplir.

La explicación más plausible tal vez, es que Cornejo haya propuesto un imposible para lograr un posible: llegar a la Convención de la UCR el 27 de Mayo con el suficiente prestigio crítico hacia el gobierno frente a sus enojados correligionarios, para que tenga la autoridad de lograr que cualquier posibilidad de cisma o división aborte antes de nacer. Porque si algo haría volar por los aires al radicalismo sería irse del gobierno cuando las papas queman, como quieren los radicales que nunca quisieron estar en Cambiemos. Pero también quieren los radicales que juegan al Antón Pirulero, que son multitud. En la UCR y en todos lados.

 

Carlos Salvador La Rosa
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