Viernes, 24 Mayo 2019 00:00

De prisa, de prisa

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Hasta el miércoles al mediodía -con la velocidad de los acontecimientos hay que consignar la hora en que se escribe-, parecía quedar claro que Alternativa Federal marcharía a unas PASO pero sin Roberto Lavagna. Pequeña novedad. Sumemos a las novedades la convocatoria a Marcelo Tinelli, los socialistas, Margarita Stolbizer y, cuando no, a Daniel Scioli.

 

¿Y Lavagna? Es muy probable que se quede hablando solo. Y que regrese a su casa con sus sandalias y sus zoquetes blancos. ¿Será tan así? Puede ser, siempre y cuando se advierta que en la Argentina nada es tan así. O sea que hasta el 22 de junio habrá finales abiertos. Todo puede ser posible, porque estamos dispuestos a creer en todo. La volatilidad política es muy alta, pero sería aconsejable distinguir la espuma de la consistencia real.

Alberto Fernández, por ejemplo, es espuma. En él todo empieza y termina en una empecinada ambición sin carisma, sin territorio y sin sustento. Lavagna hasta ahora es una burbuja. Y una burbuja a punto de disolverse. Schiaretti y Massa, no. Cristina, tampoco. Macri, mucho menos.

De todos modos, nunca perder de vista que todo puede cambiar en esta Argentina bendita. Es que todo parece ser tan disparatado, que hasta yo puedo ser candidato a presidente. Pero convengamos que, más allá de disparates, alguna lógica termina por imponerse. Y esa lógica gira alrededor de tres o cuatro dirigentes centrales que son los que expresan las corrientes políticas de su tiempo.

Por lo pronto, lo que parece quedar claro es que el peronismo irá dividido en estas elecciones. Y dividido en dos fracciones. Incluso, tres. Mauricio Macri y Cambiemos de parabienes. Además, ahora le toca al oficialismo mover las piezas. El sábado jugó Cristina con el Alberto; el miércoles jugó Alternativa Federal, aunque no se sabe con quién. Ahora le toca jugar a Macri. También acá puede haber novedades. Se insiste una vez más en María Eugenia Vidal acompañada de ese venerable comodín que se llama Lousteau. Palabras. No hay Cambiemos sin Macri como no hay kirchnerismo sin Cristina. ¿Y Lavagna no se sumará a Cambiemos? Un disparate. ¿Y al kirchnerismo? Otro disparate.

Por ahora, habrá que prestar atención a la convención de la UCR de fin de mes. Tal como se presentan los hechos, los principales dirigentes de este partido están dispuestos a continuar en Cambiemos. Lo van a intentar hacer en ciertas condiciones y a Macri le convendrá atender esas exigencias porque un Cambiemos sin la UCR estaría herido de muerte.

¿Y cuáles serán esas exigencias? Mayor participación en las tomas de decisiones. El reclamo es lógico y previsible, pero no estoy seguro de que sobre este tema haya novedades importantes. Los reclamos de UCR acerca de aperturas son lógicos y previsibles. Aquí hay zonas de debates de resolución difusa. Un acuerdo al estilo el que firmó el radicalismo de provincia de Buenos Aires sería lo ideal. Esos ideales en política nunca se alcanzan, pero sería deseable para la UCR trabajar en esa dirección.

Palabras más palabras menos, supongo que lo más razonable para Cambiemos será admitir unas elecciones Paso. Esa compulsa interna tranquilizaría a los escrúpulos de los radicales y al mismo tiempo permitiría sumar más votos, porque ya se sabe que las Paso cumplen de hecho la función de la primera vuelta en un régimen de ballotage y ya es sabido que con internas siempre llegan más votos que cuando se presenta un solo candidato.

Insisto en que este culebrón en el que se ha transformado la política nacional mantiene su condición de final abierto. Tal como se presentan los hechos, en este bendito país pueden pasar muchas cosas. Tantas cosas pueden pasar, que no sería descabellado que después de tanta polvareda la antinomia central sea Macri o Cristina.

El otro dato a destacar es la tendencia de la política a situarse en el centro. Que esto ocurra quiere decir en primer lugar que el país está encontrando un cierto equilibrio, es decir que la Argentina está muy lejos de ser la tierra de nadie que pontifican los populistas. Esta sospecha es la que está presente en los dirigentes de la Alternativa Federal. La Argentina no anda bien, Macri ha fracasado, como les gusta decir, pero el país está muy lejos de estar postrado por un cáncer terminal como vaticinan los kirchneristas. Por el contrario, en las últimas semanas las señales de recuperación adquieren cada vez más consistencia. Es en ese contexto que se explica este, para algunos, sorprendente corrimiento al centro de todo el arco político.

No me consta que la incorporación de Alberto Fernández corra al kirchnerismo al centro. Puede que la intención sea ésa, pero ya se sabe que en política las intenciones pueden llegar a ser en el mejor de los casos un punto de partida. Y nada más. A la hora de opinar podemos jugar a entretenernos porque está todo permitido, pero todos sabemos que el discurso central de Cristina sigue siendo lo que escribió -a pedido de Alberto- en su libro “Sinceramente”. Creo que su verdad, esa verdad amasada con retazos de ideología, vanidades, resentimientos y pulsiones, está en ese libro, un libro que no es un programa de gobierno, ni un proyecto de poder, ni un aporte a la comprensión de la Argentina, sino un texto donde expresa no lo que piensa, sino lo que siente. Y por eso es verdadero. Por eso hay que creerle.

¿Un kirchnerismo de centro? Para que así fuera habría que suponer que el Alberto es la expresión de ese centro. Lo siento por ciertos analistas. El Alberto es un operador político y su exclusiva lealtad es el becerro de oro del poder. No es Corach, Coti Nosiglia o Frigerio. Si con alguien es posible compararlo es con su tocayo Aníbal. No son iguales por supuesto, pero en lo fundamental se parecen. Y la primera persona que sabe que son intercambiables se llama Cristina. Ayer apostó al Aníbal, hoy apuesta al Alberto.

¿Es tan descabellado suponer no que se sigue equivocando, sino que a su manera y en su estilo la Señora es coherente? Calificar a una decisión bastante previsible, torpe en su ejecución y de destino incierto como una jugada maestra es no conocerla o atribuirle a ella y a los hechos de la política virtudes y contenidos que solo existen en su fantasía.

¿Pero acaso no es posible un kirchnerismo de centro? El kirchnerismo no es ni de centro, ni de izquierda, ni de derecha en el sentido clásico de la palabra. Su realidad es un amasijo de todo eso, pero con un núcleo central que le da vida: la vocación de poder y la reproducción viciosa de mitos que como todo mito se expresa en un relato destinado a seducir incautos o a excitar a neuróticos. No hay mucho más para indagar en el kirchnerismo. Es lo que se ve y se padece. Su realidad nunca estuvo mejor representada que en esa sala de Comodoro Py, el lugar en que la jefa, sus colaboradores y sirvientes fueron reunidos para rendir cuentas a la justicia y a la historia.

En homenaje al arte de la especulación, admitamos tentativamente que podría haber un kirchnerismo que ponderara las virtudes del centro, pero solo como respuesta táctica a una coyuntura complicada en la cual la propia jefa puede terminar entre rejas. Ahora bien, nada de ello autoriza a admitir la existencia de un kirchnerismo de centro. Basta escuchar las declaraciones de Alberto Fernández respecto a lo que propone hacer con la Justicia y con los jueces que molestaron a su jefa, para poner los pies sobre la tierra acerca de este kirchnerismo centrista. También esas declaraciones nos dan una pista acerca de los alcances del programa político del kirchnerismo: la libertad de la jefa. Todo lo demás es jarabe de pico.


Rogelio Alaniz

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Fundado el 4 de agosto de 2003

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