Viernes, 28 Junio 2019 00:00

¿Cuánto cuesta la presencia (más­ bien la ausencia) de Espert?

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La candidatura del liberal significaba un problema para el Gobierno, que vería reducido su caudal electoral. Para luchar contra esa posibilidad se valieron de Alberto Assef, veterano político que estuvo con Perón, Seineldín, Menem, Kirchner y Massa. Marcos Peña y Máximo K tuvieron un rol clave en la conformación de las listas.

 

Ya en el tobogán que desliza al país hacia las elecciones primarias del mes de agosto, al lado de las siempre sublimes declaraciones sobre cómo deberían ser las cosas, las fuerzas políticas más significativas hacen uso de las rutinas más -digamos- pragmáticas para asegurar el territorio que consideran propio y, por las dudas, ampliarlo con espacio ajeno.

SIN LUBRICACION

Tanto en las filas del oficialismo como en el espacio que sostiene la fórmula Fernández-Fernández y también en el contingente que rodea a Roberto Lavagna, la lapicera destinada a convalidar candidaturas fue monopolizada por los respectivos centros operativos: Marcos Peña en el macrismo, Máximo Kirchner en el cristinismo y Marco Lavagna en el Consenso que postula a su padre para presidente. Resultado: en las listas del oficialismo quedaron afuera los candidatos amparados por el "ala política" del PRO (competidora de Peña), cuyas figuras más notorias son Emilio Monzó y el ministro de Interior, Rogelio Frigerio, así como sectores del peronismo propuestos por el senador y candidato a vicepresidente Miguel Pichetto.

En el caso de las listas dibujadas por Máximo Kirchner, lo que se observó fue un claro predominio de nombres conectados con La Cámpora, ausencia o apartamiento de Alberto Fernández en las decisiones y un casi nulo cumplimiento de los compromisos con intendentes del conurbano y con los gremios. Marco Lavagna, por su parte, marginó de la primaria de su fuerza en la Capital Federal a los candidatos propuestos por Margarita Stolbizer y por Luis Barrionuevo, que ahora reclaman sus derechos ante la Justicia.

Ante esta materia, Peña, el joven Kirchner y el joven Lavagna parecen coincidir en una estrategia "de aparato" en la que se difuminan (si es que alguna vez existieron) las diferencias entre vieja y nueva política. Hay política cruda, a secas.

Los operadores principales de las coaliciones con mayores chances tratan de asegurarse contingentes legislativos tan incondicionales como sea posible: se preparan para un período de negociaciones políticas duras, inclusive si imaginan que tendrán necesariamente que prestarse a acuerdos. Si vis pacem, para bellum.

CAMBIANDO LAS NORMAS A DESTIEMPO

La Casa Rosada alentó, asimismo, la suspensión de las elecciones primarias de agosto. Lo hizo a través de voceros radicales propensos a la exposición mediática, que hurgaron en el argumento de su "alto costo" (unos 4.500 millones de pesos), especialmente ante la evidencia de que las presuntas primarias no cumplen función alguna cuando los partidos definen sus listas administrativamente y obvian en la práctica la competencia interna.

El argumento es sensato; lo que resulta patético es el intento de cambiar las reglas de juego electorales cuando el proceso está en marcha y faltan seis semanas para que las PASO tengan lugar. Sería razonable que el próximo Congreso vote una norma para que rija en futuras elecciones generales.

Más allá de las consideraciones de sentido común esgrimidas (que facilitaron la difusión de la iniciativa) el interés en anular estas primarias se centraba, en rigor, en otros motivos: el gobierno estima que, en octubre, a la hora de la elección verdadera (primera vuelta) podrá exhibir algunas mejoras, modestas pero tangibles, en la situación económica, que es un escenario fundamental en el voto de la mayoría. Pero teme que una diferencia considerable a favor de la fórmula FF en las primarias de agosto suscite una reacción desmedida de los mercados que termine frustrando aquellas esperanzas e incidiendo, en definitiva, en el momento en que el voto decide efectivamente el personal del próximo gobierno.

Lo que se observa es que el oficialismo, mientras en público ostenta certeza en una victoria ("la gente no quiere volver al pasado"), teme en la intimidad que ese triunfo se le filtre entre los dedos por cuestiones de detalle.

FAIR PLAY Y GOLES CON LA MANO

En las horas previas al siempre agitado cierre de las listas de candidatos, el presidente Macri produjo algunos gestos reveladores. Por ejemplo, se hizo tiempo para recibir a Amalia Granata, la modelo que se convirtió en diputada electa por Santa Fe superando allí a Cambiemos con la bandera celeste del rechazo al aborto. Macri hizo otra cosa: autorizó la incorporación a la lista oficialista bonaerense de candidatos a diputados del nombre de Alberto Assef, presidente del Partido Nacionalista Constitucional. Assef es un veterano político que empezó como yrigoyenista properonista (estuvo entre los primeros radicales conectados a Juan Perón en la década de 1970), fue aliado del coronel Mohamed Alí Seineldín y supo vincularse a distintas figuras justicialistas (desde Menem hasta Kirchner y Massa). Fue Miguel Pichetto quien acercó a Assef a Cambiemos, extrayéndolo de un lugar sensible: el Partido Nacionalista Constitucional es virtualmente la única estructura legal que sostenía el frente Despertar y la candidatura presidencial "libertaria" de José Luis Espert. Según diversos estudios demoscópicos, esta opción electoral podría arrebatar entre 4 y 6 por ciento de sufragios del "caudal originario" del macrismo. Evitar que Despertar se presente equivale, evidentemente, a recapturar ese capital de votos. Esa puede ser una respuesta provisoria para los que analizan la alianza de Macri con Pichetto según el número de votos que éste aporta.

En cualquier caso, atraer sobre la hora con la oferta de una candidatura al dirigente de una fuerza ajena con el objetivo de ahogar la presentación de un candidato competidor tiene el aire de familia de hacer un gol con la mano; tiene menos que ver con el fair play que con la voluntad de ganar a toda costa. La intención de sacar de pista la candidatura de Espert no se agotó con el affaire Assef. Después de que el incómodo candidato ultraliberal consiguió otro paraguas legal para competir electoralmente, aparecieron oportunos impugnadores para insistir en impedírselo. ¿Cuánto vale sacarlo a Espert de la carrera?

EL DIABLO ESTA EN LOS DETALLES

El episodio Assef tanto como el encuentro con Amalia Granata muestran que Macri está empeñado en hacer política, en pelear voto a voto y en cerrar todas las grietas por las que puede perder votantes. Si el frente de Espert puede convocar a aquellos votantes macristas descontentos porque el gobierno no llevó a fondo un programa de reformas económicas liberales ortodoxas, Granata refleja a un electorado descontento por la apertura del debate sobre el aborto, que Macri franqueó.

Ese electorado puede optar por la candidatura presidencial de un macrista (fue funcionario dilecto de Macri en la ciudad primero y en la etapa inicial del gobierno nacional), el mayor Juan José Gómez Centurión, combatiente destacado en la guerra de Malvinas y orgulloso candidato de NOS, "el único frente que no postula a defensores del aborto en sus listas".

Gómez Centurión nunca fue, en rigor, un macrista típico, de los que prefiere Marcos Peña, pero constituye uno de los costados del conglomerado que sumó a la victoria de Cambiemos en 2015 y 2017. Apoyado ahora por las vigorosas e intensas corrientes del evangelismo, puede quedarse con dos o tres puntos porcentuales de votos que el oficialismo necesitará imperiosamente en una elección tan competitiva como la que se está gestando. El encuentro de Macri con Granata estuvo destinado, quizás, a cortar en parte esa sangría. Los votos se cuentan de a uno. En la Casa Rosada están aprendiendo que no todo se resuelve con focus groups. Curso acelerado.

Jorge Raventos

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Fundado el 4 de agosto de 2003

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