Martes, 13 Agosto 2019 00:00

¿Fantasmas recurrentes?

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“Si algún elemento fue protagonista en un estadio de la evolución, en otro entrará en la oscuridad y será sostén de una figura nueva, porque dicha evolución ama su obra Y NO DE JA DE CONTAR CON EL AZAR, como todo comportamiento sabio”
- Víctor Massuh

 

Así deberíamos ver las elecciones de las recientes PASO -aunque a muchos les duelan sus resultados-, porque la explicación de los fracasos de la sociedad argentina radican en su deseo irrefrenable de ser distinta, esencialmente revolucionaria e inédita a los ojos del mundo –como si proviniese del complejo de algunas hormigas que ven a un elefante y se sienten injustamente maltratadas por la naturaleza-, permaneciendo insensibles a los cambios psicológicos que deberían producirse en nuestro interior si quisiéramos salir realmente de los atolladeros en los que nos metemos de tanto en tanto.

El primero e ineludible, es aceptar que, si seguimos poniendo el futuro de nuestras aspiraciones en manos de gente equivocada, no lograremos escapar jamás de un encierro que nos ha convertido en rebeldes contemporáneos sin causa, en un mundo donde rigen los imperativos de eficacia y competitividad.

Para ello, deberíamos abandonar un convencimiento colectivo que nos hace dar por bueno y completísimo nuestro haber intelectual para “seleccionar” a determinados candidatos inadecuados para que manejen la res pública, lo que nos ha hecho vivir hasta hoy envueltos en un repertorio de ficciones.

Hasta las palabras que usamos a diario para definir la realidad suenan a impostaciones rebuscadas. “Sí se puede”, fue en ese sentido una muestra más del esfuerzo casi desesperado que hizo el gobierno de Cambiemos para que ciertas cosas que se habían puesto patas para arriba sufrieran un cambio gradual de “buena voluntad”.

De todo esto ha dado sobradas pruebas al votar una clase social supuestamente “media”, cuyos márgenes superiores e inferiores son sumamente difusos, y responden –otra vez-, a criterios personalísimos de una lógica por momentos indescifrable.

El domingo pasado, esta clase media ha “chocado” de frente su deseo de que la política solucione “al instante” sus problemas sin consecuencias colaterales, lo cual significa tener una idea bastante confusa y ridícula de lo que ello supone, y provocará que en algunos días más, cuando termine la “hora de la embriaguez”, algunos desencantados con el gobierno de Macri se pregunten, mirando de lado a lado: “¿y ahora qué?” “¿de qué sirvió el castigo?” “¿no nos lo habremos propinado a nosotros mismos?”

Una extraña “secreción espontánea” que pone a la vista que nuestros conflictos públicos “se ha pertrechado nuevamente con el utillaje arcaico y torpísimo de nociones sobre lo que es sociedad, colectividad, individuo, usos, ley, justicia y revolución” (Ortega y Gasset).

En efecto, nuestra debilidad por un supuesto idealismo que pudiera fundirse algún día con una realidad tangible nos ha conducido a creer que “la ocasión que lleve súbitamente a término un proceso puede ser cualquiera; como, por ejemplo, la coleta de un chino que asome por los Urales o bien una sacudida del gran magma islámico” (siempre Ortega).

Como se verá, los conceptos humorísticos del filósofo madrileño, vertidos en 1935, no han perdido actualidad. Al menos entre nosotros.

Lo que ocurre, como señala Spengler, es que subyace en nuestra sociedad una metafísica del señorío y la guerra, FUNDADA EN LA VOLUNTAD DE VENCER Y NO EN EL RESPETO DEL OTRO. Nuestros héroes paradigmáticos son siempre los “conquistadores”, los que superan a sus adversarios y también a sí mismos. Lo fue Macri en sus años de “oro” y parecen encarnarse ahora en un indescifrable Alberto Fernández, evidenciando que no siempre el reconocimiento de la pluralidad lleva a una filosofía del diálogo y la convivencia. Al contrario, puede ser un estímulo para la destrucción o la conquista.

Como esos castillos culturales que fascinan estéticamente de lejos, pero vistos de cerca tienen una fragilidad que decepciona, y donde más temprano que tarde algunos ladrillos sueltos en su estructura bastan para echar por tierra el edificio en construcción.

La teoría de la imprevisibilidad sobre la que hemos insistido estos años en nuestras columnas semanales se ha cumplido una vez más. Es como si la historia se burlara de teóricos y supuestos expertos, desembarazándose con su sola presencia de la voluntad de aquellos que pretenden fijarle su camino, siguiendo un curso espontáneo e inédito, no dando a los “especialistas” el tiempo suficiente PARA QUE MODIFIQUEN SUS LÓGICAS Y PATRONES ANALÍTICOS.

Es una historia que viene poniendo en tela de juicio los pronósticos de la razón y los arbitrios de la voluntad, provocando que una gran mayoría de los dirigentes políticos vayan a la zaga de los acontecimientos, intentando hacer unos retoques siempre tardíos, por formar parte de una sociedad muy precipitada, que jamás se toma el tiempo necesario para el hallazgo de soluciones serenas.

¿Qué más podría agregarse?

Quizás, que, en un país esencialmente presidencialista como el nuestro, solo resta decir, como en tiempos de la monarquía francesa: “le roi est mort, vive le roi” (el rey ha muerto, viva el rey), para que logre evitarse la peligrosa situación del interregno hasta diciembre.

A buen entendedor, pocas palabras.

Carlos Berro Madero  
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