Lunes, 19 Agosto 2019 00:00

Los peronistas que vos matáis gozan de buena salud

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Luego del “pase” de Alberto Fernández y Sergio Massa al kirchnerismo, de Juan Manuel Urtubey al lavagnismo y de Miguel Ángel Pichetto al macrismo, muchos supusieron que el viejo movimiento creado por el General Perón, al ocupar todos los espacios políticos, ya no ocuparía ningún espacio en particular.

 

Interpretación que anunciaba por enésima vez el fin del peronismo. Aunque ahora de un modo más sutil: no por desaparición sino por multiplicación infinita. Ser todo como forma de no ser nada. Diluido.

Hasta entonces el macrismo no había salido del antiperonismo convencional: ese que hace coincidir el inicio de la decadencia nacional con el inicio del peronismo y que se proponía como su liquidador, la nueva política contra la vieja, que era básicamente peronista. El duranbarbismo vendía la fórmula del éxito, afirmando que en política dos macristas más dos peronistas no eran cuatro sino mucho menos, por lo cual una alianza con cualquier peronista no suma, sino que resta. Pero el susto de los últimos meses por la crisis económica logró imponerse a esta concepción y entonces el ala política del macrismo abrió las puertas del gobierno al peronismo, logrando la incorporación de Pichetto un peronista llamado republicano, que quizá lo fuera, porque renovador precisamente no era.

Fue en realidad la primera refutación del duranbarbismo quien sostenía la posibilidad de un mundo sin peronistas. Convencido de que, si el peronismo desaparecía, el problema argentino se arreglaría. Algo que desde 1955 a la fecha viene demostrando su rotundo fracaso, pero el hombre es el animal que siempre tropieza con la misma piedra.

Sin embargo, esta vez, oliendo el peligro, todas las vertientes del peronismo decidieron unificarse y así evitar la muerte por dilución en todo el universo político. Fue Cristina quien por primera vez en años dejó de tirar manteca al techo como venía haciendo desde 2013 cuando por culpa de querer su reelección eterna, provocó la división massista. O cuando en 2015 para tener un operador obsecuente gobernando Buenos Aires, ubicó allí al peor de los candidatos posible, el Aníbal, tan horrible que, hasta el Papa, pese a simpatizar con Cristina, lo rechazó. O cuando en 2015 por no aceptar unas PASO con quien consideraba muy por debajo de ella (Florencio Randazzo), perdió los votos que le habrían dado un triunfo en Buenos Aires.

Esa era la realidad del presente, la de que un peronismo dividido por culpa principal de Cristina le dejaba todo el espacio al no peronismo. Pero en su lucrativa fabulación Durán Barba vendió esa división como el éxito de la nueva política sobre la vieja. Entonces, de acuerdo a esa lógica lo que se necesitaba era polarizar para borrar del mapa a un peronismo que expresaba todo lo viejo, frente a unos Ceos que expresaban todo lo nuevo (quienes como máximo tenían que tragarse el sapo de aliarse tácticamente con algunos viejos radicales o algunos viejos políticos macriperonchos a lo Monzó, que ya se irían gastando de a poco por falta de uso y falta de necesidad; bastaba con solo ningunearlos).

A pesar de las dificultades objetivas en economía, la cosa políticamente venía bien porque con el kirchnerismo, por un lado, y con la ancha avenida peronista del medio por el otro, se repetiría el 2013, el 2015 y el 2017. Tres tercios aseguraban el triunfo del tercio macrista, a pesar de todo.

Pero ocurrió lo impensado, la vanidad de Cristina, esa que la hizo pelearse con el Alberto en el 2008, de poner a Boudou en el 2011, de dejar fugarse a Massa en el 2013, de apostar al pelotazo en contra del Aníbal en el 2015 o crearse su propio partidito en el 2017, esta vez no se repetiría porque estaba en juego algo mucho más importante que las ínfulas de una reina de sangre azul que desprecia a los mortales de sangre roja.

Ahora lo que estaba en juego era la libertad, suya y la de sus hijos. Por lo tanto, en vez de como una reina actuó como una política y una madre en defensa de sus herederos.

Para ello se propuso la reunificación peronista.

Entonces comenzó a autocriticarse a su manera, no reconociendo errores (porque eso no está en su naturaleza), sino gestando hechos políticos diferentes a su estilo tradicional, de los cuales el primero fue sentarse en una reunión de sus súbditos del PJ formal casi como una más, algo que le debe haber costado horrores pero aun así lo hizo.

También convocó a la izquierda no k que con el cuco del neoliberalismo se olvidó de sus denuncias de corrupción a los K.

A partir de allí vinieron sus jugadas fuertes: bajarse de la candidatura presidencial para poner allí al peronista que más la criticó por años. O aún peor, tragarse el sapo de que Alberto convocara a quien Cristina (y en general el mundo entero) considera el camaleón más grande que existe: Sergio Massa.

La diáspora se terminó y la reunificación comenzó, por obra y gracia de quien antes todo lo dividió. La ancha avenida del medio voló en mil pedazos y los peronistas volvieron al peronismo, o lo reinventaron otra vez, que es más o menos lo mismo. Qué será de aquí en más de este singular movimiento para todo servicio, dependerá de quien se quede con su conducción.

Frente a la primereada cristinista, el macrismo intuyó que algo no andaba bien, que con la nueva política no alcanzaba, entre otras cosas porque en cuatro años se había puesto bastante vieja. Y entonces escuchó a su ala política y convocó a Pichetto luego de que Cristina convocara al Alberto. Pichetto es una expresión más cabal del peronismo que Alberto, pero el problema es que llegó tarde y entonces quien debió haber sido la frutilla de un postre (peronista) convocado desde mucho tiempo antes, terminó siendo la frutilla sin postre. Él y pocos más son los que aceptaron la nueva alianza, aunque, claro está, si Macri se reeligiera Pichetto sería la pieza fundamental para establecer la unión con el peronismo moderado, unión que desde que empezó su gestión el rionoegrino le venía proponiendo al macrismo frente a la oposición rotunda del duranbarbismo que sólo quería polarizar.

Se prefirió hablar de los 70 años de decadencia y de la inminente desaparición del peronismo. Y de lo mala que era la mezcla. Supremas tonterías. Tanto que ahora puede ocurrir al revés, con el peligro que significa que otra vez el movimiento del General aspire a la hegemonía o al partido único, simplemente porque de nuevo no tenga nada enfrente.


Carlos Salvador La Rosa
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