Miércoles, 21 Agosto 2019 00:00

Las palabras y la credibilidad

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Lula da Silva apoyó, cinco meses antes de asumir, el plan que Fernando Cardoso había firmado con el FMI.

 

Ya se sabe a quién le creen -o le temen- los mercados. Alberto Fernández, pensando más en su mercado electoral que en los mercados financieros, pasó el test. A sus declaraciones sobre sentarse con cada bonista a discutir qué hacer, cabía una sola interpretación que es la que hicieron los tenedores de esos papeles y salieron a venderlos a paladas. Por eso tuvo que tratar de poner paños fríos Guillermo Nielsen, que se encargó de la renegociación de la deuda con Lavagna, diciendo que no habrá reestructuración de la deuda. Un barril de aceite en un mar embravecido.

Mientras las acciones de las empresas argentinas se hundían, Macri ungía a Lacunza en reemplazo de Dujovne. Lo que significó este desplazamiento va más allá de la responsabilidad o no que le cupo al ministro de Hacienda en el desastre electoral. Es mucho más serio: el paquete de medidas para aliviar el ajuste no solo terminó con Dujovne, sino que hirió gravemente el plan espartano del FMI.

Ya puesto el resultado -Lacunza prometió esforzarse para estabilizar la economía hasta el 10 de diciembre- Macri habló de nuevo con Fernández. Está muy bien que lo hagan, más allá de que ninguno de los dos elegiría al otro para irse de vacaciones. Y también parece lógico, como sería en cualquier país lógico que no es la Argentina, que los candidatos envíen a sus economistas a dialogar con el nuevo ministro. También es lógico que la izquierda dura no acepte el convite porque están esperando -y pronosticando- desde hace tantísimo tiempo- que el capitalismo vuele en mil pedazos.

Cualquier esfuerzo que contribuya a enderezar la economía y evitar la deriva a la hiperinflación es razonable: hay que parar al dólar, la caída de los bonos y hasta el hundimiento de las acciones de YPF en Wall Street, casi considerando a la petrolera la vaca verdaderamente muerta.

Lo que no está para nada bien es que los dos candidatos no se den cuenta de qué es lo que está pasando en los mercados, de los cuales nos guste o no dependemos. Porque mientras el país produzca menos de lo que necesita para vivir tiene un problema irresuelto.

¿Es necesario insistir que las PASO parieron un candidato que los mercados dan ya por presidente electo? ¿Y otro, que es presidente saliente porque ya lo dan como perdedor?

Los inversores (no sólo los inversores) miran sin entender. Ni las primarias, ni el tiempo que va desde éstas a las presidenciales. Y leen cada discurso como si fueran hechos consumados. ¿Qué pueden entender si un gobierno, aunque diga que no, manda para atrás el programa de ajuste acordado con el FMI? En todo caso, ¿por qué ahora? ¿Esto cambiará la suerte electoral? ¿O hubo una súbita toma de conciencia del impacto social de tamaño apretón? Es difícil, aunque hay todavía una leve esperanza de dar vuelta la tortilla: Lilita Carrió tomó el timón de la campaña para pavor de aquellos que ya tiraron la toalla, según la gráfica descripción de un funcionario el frío mediodía del lunes, entre anticuchos y pisco sour, delicias de la comida peruana.

Hay quienes recuerdan el gesto de Lula, en Brasil, comprometiéndose a sostener el acuerdo con el FMI que había firmado el ex presidente Fernando H. Cardoso por 30 mil millones de dólares.

Fue un ejemplo de cordura. Entre un socialdemócrata y un izquierdista, que se había cansado de perder y comprendía que el infierno económico podía engullírselo también.

Cardoso logró terminar su mandato y le entregó a Lula el poder sin Apocalipsis.


Ricardo Kirschbaum

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