Jueves, 29 Agosto 2019 00:00

Un país otra vez al borde de un ataque de nervios

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Alberto un día va para un lado y otro día para otro, según cuánto lo apriete uno u otro de sus peronismos.

 

Dejemos atrás los viejos traspasos fallidos de poder y limitémonos a los que pertenecen a la democracia que comenzó en 1983, donde hasta el momento los gobiernos peronistas son los únicos que pusieron traspasar mandato a gobiernos, del mismo signo o no, cuando se cumplieron los plazos establecidos.

Gobiernos no peronistas fueron los de Raúl Alfonsín, Fernando de La Rúa y ahora lo es el de Mauricio Macri. Algo une a los dos primeros.

Alfonsín no pudo lograr el cumplimiento de su período de seis años porque el peronismo de Menem ganó las elecciones y al día siguiente del resultado, el poco poder político del radical se evaporó. Por eso debió adelantar la entrega.

De La Rúa sufrió un par de meses antes de su caída la derrota de su alianza ante el peronismo, quien rompiendo todas las tradiciones institucionales, decidió quitarle las presidencias legislativas al oficialismo, como preparándose para la sucesión que efectivamente ocurriría poco después. Como aquí no se podía adelantar mandato porque faltaban dos años para cumplirlo, el caos (ayudado) se hizo insoportable y la economía le estalló a De la Rúa, quien autorizó a su ministro Cavallo a instalar el tristemente célebre “corralito”, con lo cual el vacío de poder retornó al país multiplicado por mil. Y el peronismo que ya se había “preparado” desde antes del vacío para la sucesión, se quedó otra vez con todo. Ni siquiera necesitó ganar elecciones esta vez.

En los momentos actuales el determinismo histórico (otra vez ayudado) intenta proseguir su fatalismo inevitable. Pero ahora ni siquiera hubo elecciones, ni presidenciales ni legislativas, sino apenas unas primarias donde no se eligió nada porque nadie compitió con nadie en las internas partidarias. Sin embargo, los climas políticos, como fantasmas renacidos, amenazan con similares furias a las anteriores, pese a que no existe comparación con las dramáticas situaciones económicas de 1989 y 2001. Es que aunque no vivamos en un lecho de rosas, previo a las PASO la dura crisis se iba lentamente atemperando. Pero el día después retornó lo peor. Lo que sugiere que estamos más en una crisis política que económica, aunque la economía ande mal.

En 1989 Menem poseía todo el poder, en 2001 el peronismo ocupó todos los cargos de la sucesión presidencial y tenía en Duhalde al caudillo más fuerte del país, quien aliándose con los caudillos provinciales acumuló para sí todo el poder vacante. En cambio, hoy el poder no tiene con claridad nombre propio. Aunque, como en las anteriores ocasiones, sigue siendo, otra vez, enteramente peronista.

Cristina Fernández es la gestora del brillante, aunque estrafalario artilugio que logró el triunfo en las PASO y quien casi todo indica tiene el poder real. Pero para ganar el poder no puede mostrar su poder, o hacerlo mínimamente. Lo debe hacer a través de Alberto, quien no parece ser un camporita ni un mero testaferro. Ya que también contribuyó personalmente al éxito electoral. No fue simplemente arrastrado por Cristina.

Así como Ella construyó un experimento único en el mundo donde la candidata a vicepresidenta designa al candidato a presidente, Fernández le agregó algo igual de estrambótico: una “unidad” de casi todo el peronismo donde ni siquiera hubo tiempo de estipular acuerdo alguno. Unirse como sea era condición sine qua non para ganar pero había que juntarse en tiempo récord. Por lo cual por ahora sólo es un amontonamiento de dirigentes con ideas y propuestas contradictorias cuando las tienen, o sino de meros intereses personales o sectoriales que está por verse si se conciliarán.

Ese armado de un peronismo unido por su amontonamiento es la creación original de Alberto, y hoy el candidato sin ser ni siquiera presidente electo, ya está viviendo las consecuencias de su criatura.

La Argentina, por su parte, sufre los dos Frankenstein creados para ganarle a Macri. El de Cristina y el de Alberto. Dos extrañas criaturas que, oliendo el poder a ocupar, pueden hasta despegarse de sus creadores o de las intenciones de éstos. O sus creadores pueden llevarlos a hacer cosas impensables si se sienten amenazados de no poder arribar tan fácilmente como esperan al poder. Por ejemplo, si movilizaciones populares o decisiones judiciales entorpecen lo que se esperaba totalmente superado con los votos.

Ante este estado de situación, Alberto Fernández más que el dueño del poder o el testaferro de otro dueño ha devenido una especie de receptáculo. El hombre donde, como en la torre de Babel, todos los distintos idiomas del peronismo se entrecruzan presionándolo para un lado o para el otro. Si sus economistas le aconsejan calmar al mercado, los cristinistas le exigen doblegar al FMI. Si unos le sugieren un pacto con Macri para lograr una razonable gobernabilidad y un democrático traspaso de poder en diciembre, otros le insinúan que cuanto peor mejor, que hay que adelantar las elecciones para adelantar la entrega del poder y que para eso hay que poner al gobierno a la defensiva, apretarlo con todo lo que se pueda y vaciarlo ya mismo de todo poder.

Y Fernández un día va para un lado y el otro para el otro, según cuánto lo apriete uno u otro de sus sectores amontonados. Y eso que hoy la mayoría K está en un “silencio estratégico”, para no alejar votantes del centro moderado. Cuesta imaginar lo que pasará cuando todos hablen.

Del mismo modo va el país, un día para un lado y el otro día para el otro, al vaivén de los Frankenstein creados para llegar al poder. Con miles de problemas, pero con la esperanza, que es lo último que se pierde, de que esta vez un gobierno no peronista pueda terminar su mandato en tiempo y forma. Cosa que todos los argentinos del medio y de abajo anhelan, pero no todos los que están arriba. No todos.


Carlos Salvador La Rosa
clarosa@ losandes.com.ar

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Fundado el 4 de agosto de 2003

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