Jueves, 29 Agosto 2019 00:00

Bordeando el precipicio II

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Hay un tema de conversación que cruza al país en diagonal y es materia de disputas en foros académicos, bares, casas de familia y reuniones políticas de la más distinta índole.

 

Al mismo tiempo resulta la preocupación excluyente de los mercados, en general, y de los organismos de crédito internacionales, en particular. Se trata -como es fácil imaginar- de la futura relación de Alberto Fernández y Cristina Kirchner en el caso -harto probable, dicho sea de paso- de que a mediados de diciembre se hagan cargo del gobierno. En realidad, la duda que existe es enteramente lógica en atención a los antecedentes ideológicos que arrastra el kirchnerismo y a las diferentes capillas que pueblan el Frente de Todos.

El hecho de que La Cámpora y los gobernadores de la ortodoxia justicialista compartan espacios de poder no supone -al menos, no necesariamente- la crónica de un desencuentro seguro. Claro que tampoco puede descartarse que, tarde o temprano, terminen en un enfrentamiento ruidoso. A su vez, que los dos integrantes de la fórmula presidencial no siempre hayan sido capaces de resolver sus diferencias sin cortocircuitos de por medio, dice algo del pasado en común. No predice una puja inevitable, aunque deja al descubierto -para quien quiera verlo- un interrogante de esos que a muchos les quita el sueño.

Si bien se mira la cuestión, subyace, en aquellos que temen a los K, la idea de que la ley del eterno retorno está más vigente que nunca. Expresado de otra manera: cuanto se implementó por parte del matrimonio santacruceño en sus años de esplendor, entre 2003 y 2015, habrá de repetirse, corregido y aumentado, a poco de volver ellos -en olor de multitud- a la Casa Rosada. Esto, unido a la convicción según la cual la Señora no es capaz de tolerar liderazgos que le hagan sombra a su lado, convierte a su compañero en un títere sin derecho a apelación.

Así como se descontaba que Daniel Scioli -en el supuesto de ganarle la pulseada electoral a Mauricio Macri- haría las veces del convidado de piedra y pasaría a representar un papel descolorido y secundario en Balcarce 50, así también se lo condena por anticipado a Alberto Fernández. La famosa grieta explica, siquiera sea en alguna medida, el carácter casi beligerante del razonamiento. Se da por descontado algo que pasa -sin escalas intermedias- del universo de lo posible a la dimensión de lo seguro. Con todo, nada es tan lineal en términos políticos.

Si se apela al pasado con el propósito de predecir el futuro, debe tenerse en cuenta no sólo un aspecto sino el conjunto de lo que pasó hasta diciembre de 2015. Por de pronto, hay un abismo que hace incomparables a Daniel Scioli y a Alberto Fernández. Aquél trasparentó, desde sus inicios, un servilismo respecto de Néstor y de Cristina Kirchner que sólo admite parangón con el de Héctor Cámpora de cara a Juan Domingo Perón. El ex–gobernador de Buenos Aires toleró en silencio, como un pollo mojado, el maltrato en público y privado de sus mandantes. Nunca se reveló y todo indica que, de haber sido electo presidente, la subordinación a sus valedores habría resultado absoluta. Es que estaba en la naturaleza del personaje la compulsión -por momentos enfermiza- de rebajarse ante ellos. Nada de eso puede afirmarse de quien seguramente lucirá la banda y tendrá en sus manos el bastón presidencial antes de que termine el año. Alberto Fernández es un hombre de carácter, al que no se lo puede retar cual si fuera un menor. No tiene vocación de chambelán o de bufón social. He aquí la primera diferencia.

La segunda tiene que ver con el papel desempeñado, entonces y ahora, por Cristina Fernández. ¿Acaso alguien podía imaginarla años atrás echando un manto de olvido sobre los agravios recibidos y dispuesta a convocar a su lado a sus más feroces críticos? La respuesta no requiere mucha inteligencia para responderla. Sin embargo, por necesidad o por convicción, ahora a uno de ellos le dejó el camino abierto para que sea presidente y permitió que el otro -Sergio Massa- ingresase al Frente de Todos como si tal cosa y por la puerta grande. Habría que ser ciego o de una contumacia ideológica a prueba de balas para no entender que algo cambió.

No significa lo expresado antes que carezca de odios y haya dejado de lado sus rencores. Eso nadie lo sabe. Lo que supone es que una mujer con talento político puede haber percibido que, desde el momento en que dejó la Quinta de Olivos, en la Argentina y en el mundo han ocurrido transformaciones de todo tipo. En Washington gobierna Trump y no Obama. La Argentina se halla flanqueada por el Brasil de Bolsonaro y el Chile de Piñera. Dilma Rousseff y Michelle Bachelet son historia. La soja ya no cotiza a U$ 600 la tonelada. Apenas a U$ 300. Por lo tanto, cuanto para su marido y para ella tenía sentido entonces, puede no tenerlo hoy en igual medida. Lo cual nos conduce, en forma directa, a la tercera gran diferencia, esto es, el contexto en los dirigentes del Frente de Todos que tendrán que moverse a partir de mediados de diciembre.

El lapso que se abrió en la noche del domingo 11 de agosto -cuando se conocieron los resultados de las PASO- y que epilogará con el traspaso del mando, se halla erizado de dificultades de naturaleza económica. Las complicaciones inmediatas nacen de una duda extendida en los mercados, a saber: ¿cuenta el Tesoro nacional con los recursos suficientes para honrar los pagos de la deuda que acumula hasta fin de año? Lo que antes de las primarias abiertas no era materia de discusión -el desembolso del mes de septiembre de U$ 5.420 MM por parte del Fondo Monetario Internacional- en estos momentos sí lo es. Si ese adelanto -por las razones que fuere- no se concretase, la situación del gobierno -sostenida con alfileres- resultaría crítica. Si, en cambio, haciendo a un costado las objeciones que anidan en el FMI acerca del cumplimiento de las metas del segundo y tercer trimestre, el Tesoro recibiese ese monto, de todas maneras, los quebraderos de cabeza del ministro Lacunza no desaparecerían

El viernes de esta semana vencen, como cada quince días, unos U$ 1800 MM de Letes, de las cuales la mitad está en manos privadas. Hasta que termine el año los vencimientos a los que deberá hacer frente el gobierno rozan los U$ 12.000 MM.

La reestructuración de la deuda se halla a la vuelta de la esquina. En su informe del 15 de julio pasado los funcionarios del Fondo Monetario encargados de seguir nuestro caso hicieron piruetas para no sostener lo que todos saben. Escribieron: “Un análisis sistemático y riguroso indica que la deuda [de Argentina] es sustentable no con alta probabilidad”. Basta leer el párrafo para darse cuenta de que alertaron, tratando de evitar el catastrofismo, sobre su baja sustentabilidad.

No es llegar a diciembre el problema sino en qué condiciones. Entre hacerlo con muletas o en terapia intensiva hay una diferencia cualitativa fundamental. Completar, pues, la transición en marcha es algo que dependerá de cuatro actores: el presidente que abandonará la Casa Rosada, el que la ocupará en su lugar, el FMI, y los mercados. En teoría adelantar que se pondrán de acuerdo luce bien y resulta además políticamente correcto. Llevar el desafío al terreno práctico es cosa harto distinta. Acaba de demostrarlo el comunicado sobre la reunión con el Fondo emitido por Alberto Fernández y el efecto que tuvo hoy en los mercados. Se baila en la cubierta del Titanic.


Vicente Massot

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Fundado el 4 de agosto de 2003

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