Viernes, 06 Septiembre 2019 00:00

La Argentina y un poblado vacío de poder

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Aunque la expresión tiene una resonancia alarmante, no es exagerado afirmar que el país camina al borde del vacío de poder. Después de las primarias del 11 de agosto (esa elección que, según Elisa Carrió, "no existió"), la presidencia de Mauricio Macri quedó prendida con alfileres, se agudizó la incidencia de la economía sobre la gobernabilidad y se estableció para el Gobierno una dependencia creciente de sus relaciones con el bando victorioso, que no está encabezado por un presidente legalmente electo aún, sino por el candidato que -según la mirada realista de la mayoría de propios y ajenos- lo sucederá... en el mejor de los casos, en el aún lejano mes de diciembre.

 

PRESIDENCIA VIRTUAL

Es Alberto Fernández, el triunfador de las PASO, quien empieza a ser considerado y atendido como si el 27 de octubre ya hubiera ocurrido; una diversidad de actores (desde gobiernos extranjeros, hasta el llamado "círculo rojo" y el FMI) lo tratan como virtual presidente, aunque según el protocolo sólo sea por ahora un candidato.

Mauricio Macri está mosqueado por la situación y molesto por la velocidad con la que los intereses se reacomodan; culpa a los votantes por la reacción de los mercados y por esas turbulencias también menea el miedo a un retorno del cristinismo, aunque lo cierto es que -como lo dijo esta semana con todas las letras el ministro de Interior, Rogelio Frigerio- "la economía estaba mal antes de las primarias. Por eso perdimos".

Lo cierto es que los mercados reaccionaron como era previsible: el resultado empeoró lo que ya funcionaba mal; desde el propio oficialismo se había alentado la polarización y la dispersión de terceras opciones y el gobierno terminaba derrotado por la fuerza adversaria que prefería, a la que definía como chavista, autoritaria y restauradora, y a cuyo candidato a presidente describía como un mero títere de la señora de Kirchner. Lo imprevisto fue semejante derrota, ante la cual el gobierno no tenía respuestas pensadas.

EL NUEVO NOMBRE DEL CEPO

Macri todavía sostiene in pectore la ilusión de recuperar en octubre la enorme distancia que lo separó de Fernández, aunque últimamente se contiene forzado por las circunstancias. Recién hace pocos días -final de agosto- admitió adoptar medidas de control cambiario que Hernán Lacunza, el sucesor de Nicolás Dujovne, venía proponiendo desde que se hizo cargo del Ministerio de Hacienda. El último viernes, con el riesgo país muy por encima de los 2.000 puntos y el dólar superando los 62 pesos, todavía en el vértice del Gobierno se vacilaba al borde de medidas más fuertes de control financiero. Todavía preocupado por sus chances en la elección que viene, el Presidente, "de las alternativas malas que se podían adoptar quería empezar por las menos agresivas", para gambetear la aceptación de alguna forma de cepo.

De cualquier modo, el Gobierno terminó aplicando, después de la "reperfilación" de deuda (o default light), una limitación a los giros de utilidades de los bancos y finalmente (en domingo: el 1º de septiembre) se resignó a utilizar el cepo que pretendía evitar, rebautizándolo creativamente como "paraguas cambiario". Mucho más flexible, en rigor, que el que estableció el gobierno anterior, este cepo intenta, en primera instancia, que los controles sobre el dólar preserven a los ahorristas más modestos y a las empresas pequeñas y medianas. Un cepo benigno.

UN ACIERTO DE MACRI

Si se dejan de lado las culpabilizaciones, Macri acierta en que las elecciones determinaron consecuencias amargas. En una situación de creciente vacío de poder -con un presidente extremadamente debilitado, un gobierno surcado por conflictos intestinos, una coalición oficialista marcada por los tironeos internos- la tarea que le cabe a Macri es estabilizar la situación y preservar la gobernabilidad hasta diciembre, reordenar sus filas para tratar que la retirada no sea desordenada y en todo caso emplear la bandera de la recuperación electoral en octubre para tratar de refidelizar a sus cuadros y votantes. El "presidente virtual", por su parte, procura ejercer con cautela su ascendente, pero todavía irregular y en algún sentido recelado poder. Desde España, donde ha comenzado a estrenar su próximo papel, ofreció ayer el bosquejo del perfil que busca encarnar: un dirigente progresista y compasivo, que promete pagar las deudas del país, pero que asegura también que no lo hará descargando más penurias sobre los argentinos; que afirma su deseo de mantener las relaciones más cordiales con Estados Unidos y trabajar por el acuerdo entre Europa y el Mercosur; un político que también es profesor de derecho e hijo de un juez, que cuestiona la politización de la justicia y menciona como ejemplos la condena que sufre Lula Da Silva y los procesos que acosan a Cristina Kirchner, su compañera de fórmula.

¿CUANTA AUTORIDAD TRAE FERNANDEZ?

Fernández, en rigor, tiene por delante dar pruebas de su autoridad en la coalición que encabeza y de su capacidad para sacar al país de la crisis. Deberá hacerlo sin demasiado prolegómenos: sus propios aliados le ofrecen plazos breves de tolerancia. Juan Grabois, uno de los líderes de los trabajadores informales, ya anunció, por ejemplo, que "en 100 días le estaremos reclamando a Alberto lo mismo que le exigimos a Macri". El oficialismo "duro" y un cortejo de analistas mediáticos (en número claramente decreciente desde el 11 de agosto) vienen trabajando sobre miedos compartidos por una porción del electorado y sostienen que Fernández será impotente ante "la dueña de los votos" (Cristina Kirchner) y se dejará gobernar por ella y por los sectores más duros, acostumbrados a ganar en la calle o que, si él intenta ejercer efectivamente la presidencia, sobrevendrá un enfrentamiento grave.

Ciertamente, Fernández tiene debajo de él y a su alrededor, una coalición muy amplia y diversa de la cual no es accionista mayoritario: aunque facilitó algo que la dueña de la mayor cantidad de votos no estaba en condiciones de concretar (la construcción de una mayoría electoral capaz de triunfar), tejió las alianzas y condujo su coalición al triunfo rotundo de las PASO, él está a la cabeza de la boleta por una gracia de la señora de Kirchner y es así como en octubre podrá alcanzar la presidencia de la Nación.

¿Le escribirán los nombres de su gabinete y le definirán las líneas de su política como le compusieron las listas electorales?, preguntan insidiosamente algunos adversarios.

Seguramente Fernández, un político cultivado, ha leído a Goethe: "Lo que te ha sido dado, conquístalo para poseerlo". La designación de su gabinete y la definición efectiva de su rumbo darán muestras de su capacidad para componer equilibrios, manejar pulseadas y encontrar un camino propio. Fernández ya advirtió que su gobierno será uno "del Presidente y 24 gobernadores" (incluyó a la Ciudad de Buenos Aires con ese número; implícitamente: a gobernadores no peronistas). Una señal de que buscará una base federal propia, inclusive por encima de los límites de camiseta política.

También ha dicho que compondrá su gabinete después de formalizar su victoria en octubre, porque quiere elegir "más allá de mi propia fuerza": muy probablemente convocará a figuras independientes de relieve científico o profesional y también a hombres y mujeres que han participado de los equipos o la atmósfera macrista.

Habrá que esperar para comprobarlo: Fernández no quiere soltar prenda ni sobre nombres ni sobre medidas específicas hasta no contar con la plenitud (o casi) de los atributos presidenciales. Digamos: entre el resultado de octubre y el 10 de diciembre.

Es razonable que así sea, como lo es que no haya cedido a la doble presión (gobierno-FMI) que requería su aval a los acuerdos suscriptos por Nicolás Dujovne y Christine Lagarde. Si se admite que fue la marcha de la economía la causa principal del repudio electoral al oficialismo -como de hecho lo confirmaron Nicolás Dujovne al renunciar y el gobierno al tomar medidas que contradicen aquellos acuerdos y hoy lo admiten hasta ministros de Mauricio Macri-, parece justificado que el ganador preserve el crédito de esperanza que la mayoría de los ciudadanos expresó al votarlo y no debilite ese crédito asociándose a una experiencia que recibió el castigo de las urnas.

El mundo también observa: los gobiernos del G20, que hace menos de un año celebraron la Argentina en Buenos Aires junto a Mauricio Macri, mantienen un cauto silencio después de las PASO. ¿Acaso el mundo dará la espalda a la Argentina porque un presidente sea reemplazado democráticamente por otro? Más bien el mundo parece disponerse (o resignarse) a tratar mano a mano con la Argentina no homologada.

SIN CONTINUIDAD

Aunque el gobierno de Mauricio Macri quiso capitalizar políticamente en exclusividad el relacionamiento argentino con el mundo que supo impulsar, y buscó mostrarse como única garantía de ese vínculo, a partir del resultado del 11 de agosto se ponen sobre el tablero otras consideraciones: pese a su alto costo -un apoyo financiero de más de 57.000 millones de dólares- el Gobierno no pudo garantizarse continuidad.

Por su parte, Fernández se muestra dispuesto a pelear por ese respaldo. "Para nosotros, es sorprendente que el mundo crea que Macri es la solución", declaró al Wall Street Journal. Esa demostración de interés por disputar y conseguir el apoyo de la opinión internacional revela, contrario sensu, su desinterés por una política de aislamiento con la que algunos (a ambos lados de la grieta) procuran asociarlo.

Fernández tiene ante sí un desafío que va más allá de controlar la coalición con la que triunfó, tiene que gobernar un país que debe estar activamente en el mundo y, para ello, cumplir objetivos de unión interna, productividad económica, libertad, equidad y justicia. Una vez en la presidencia, su tablero será mucho más grande que su coalición. Y él deberá jugar con fichas de todos los colores.

Mientras un presidente legal se retira y un "presidente virtual" accede, Argentina debe asomarse al vacío y no caerse. Ni arrojarse.

Jorge Raventos

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Fundado el 4 de agosto de 2003

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