Martes, 24 Septiembre 2019 00:00

¿Argentina ante un futuro incierto y aterrador?

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“Si usted quiere aprovecharse de las ventajas de la civilización, pero no se preocupa de sostener la misma…, se ha fastidiado usted. En un dos por tres se queda usted sin civilización. ¡Un descuido, y cuando mira en derredor, TODO SE HA VOLATILIZADO!” -José Ortega y Gasset

 

Sentimos mucho advertir a quienes se atrevan a leer estas líneas, que no sentirán alegría alguna al tener que enfrentarse con nuestra visión de una realidad que los argentinos negamos desde hace décadas, vendiéndonos unos a otros unas basuras conceptuales que nos han llevado a vivir al borde de un precipicio.

En efecto, de tanto hablar obsesivamente del futuro, hemos hecho colapsar el presente una y otra vez, mientras abríamos un abanico de opciones lejanas -siempre es posible imaginar lo que vendrá dando rienda suelta a la imaginación-, por medio de las cuales pretendimos ilusoriamente llegar al desarrollo.

¿Para qué? ¿Para sacudirnos cualquier compromiso con la realidad? ¿Para pasar de la derecha a la izquierda sin pasar jamás por el “centro”? ¿Para seguir alimentando funcionarios y dirigentes que repiten falsedades hasta el infinito? ¿Para caminar hacia un “estilo de vida” irremisiblemente fugaz?

Vivimos en un verdadero aquelarre y el nivel cultural de una sociedad que durante el principio del siglo XX asombró al mundo, ha desaparecido casi por completo, mientras mantenemos la esperanza de que podemos recuperarlo apenas “alguien” ponga las cosas nuevamente “patas para arriba”.

Tendrá que ser probablemente algún extraterrestre, porque vivimos una generalizada y aterradora temporalidad estructural, tanto de los sistemas de valores públicos como de los privados, y todo parece indicar que aquellos a los que nos encaminamos serán aún más efímeros que los del pasado.

Nuestra manera absurda de escoger un “modo de ser” es uno de los problemas centrales, pues al haber aceptado el desorden, la corrupción y la falta de incentivos, se nos ha hecho casi imposible encontrar un camino para establecer criterios útiles para progresar.

Parodiando a Bill Clinton, nos animamos a decir al respecto que “se trata de nosotros mismos, estúpidos”.

Nuestros hijos, privados de héroes adultos en una era plagada de fracasos producidos por los mamarrachos ideológicos que hemos derramado a diestra y siniestra, carecen de modelos que no sean los de sus padres. Es decir, nosotros, que hemos vivido desperdigados e iracundos sin haber logrado entendernos jamás.

Esos jóvenes viven sumergidos en auténticos “ghettos conceptuales” carentes de una educación que les hemos escamoteado, y adoran nuevos “modelos” donde se ventila una lucha sin cuartel entre la desaparición de próceres que se han batido en retirada, y quienes vienen a alumbrar el nacimiento de un escenario masificado, donde “ya no es razón escuchar, sino al contrario, de juzgar, de sentenciar, de decidir” (Ortega).

Todo esto suena atemorizante, porque la precariedad de la cultura popular se manifiesta no solamente en que se sepa más o menos de tal o cual cosa, sino en la falta de cuidados que se tiene para poder ajustarse a la realidad.

El peligro es que más pronto que tarde (¿hoy mismo?) nos enfrentaremos al choque permanente con las nuevas “tribus” populares (¿la Cámpora, Polo Obrero, Barrios de Pie y otros?) que tienen su simbolismo expresivo en una calle que se ha constituido en la nueva “vedette” política que pretende definir un estilo de vida.

Es el resultado del hartazgo de quienes ven estallar la falta de sentido de un mundo de “no” soluciones que hemos instalado entre todos, promoviendo que se desarrolle una nueva identidad que parece consistirá de hoy en más en “hacer lío”, como acaba de aconsejar el inescrutable Papa Bergoglio (argentino al fin) a nuestra juventud.

“Cuando algunas situaciones se vuelven desconocidas, extrañas y sin precedentes” -decía Alvin Toffler- “la cosa cambia completamente. Al dar rienda suelta a la novedad, nos lanzamos contra lo no rutinario, contra lo imprevisto. Y al hacerlo así, elevamos los problemas de adaptación a un nuevo y peligroso nivel, porque LA TRANSITORIEDAD Y LA NOVEDAD CONFORMAN SIEMPRE UNA MEZCLA EXPLOSIVA”.

Preocupados por Pampita, Tinelli, Mirtha, la hija de Rial, Maradona, las encuestas de opinión de algunos improvisados, las efemérides de quienes ya no están para agradecerlas, las predicciones sobre “ambulancias” y “helicópteros” para sobrevivientes de un sistema político conjetural, estamos marchando impertérritos hacia un “no lugar”.

¿No sería mejor estar atentos a lo que dicen en el resto del mundo algunos académicos, apolíticos y serios, que ya están “creando” el futuro en otros países, oyendo sin prejuicios sus explicaciones sobre algunas novedades próximas a salir de “laboratorios” donde analizan una explosiva modernidad?

¿No sería útil que sus pensamientos desalojen de nuestra cabeza los apotegmas vacíos de contenido a los que nos hemos encadenado?

Es casi seguro que, si no lo hacemos pronto, no sólo Estados Unidos dejará de atenderle el teléfono a “los Fernández”, como ha dicho Andrés Oppenheimer en estos días, sino que muchos otros países dejarán de recibir nuestras propias llamadas, quedándonos con el tono de “ocupado” en la oreja para siempre, hundidos en la más absoluta irrelevancia.

Es lo que nos correspondería por hablar “en un idioma que el resto del mundo no entiende” (Jorge Batlle Ibáñez dixit), queriendo imponer opiniones atrabiliarias sobre la vida terrena y sus circunstancias. Las mismas que, en unos días, más nos llevarán, quizás, a reponer en el gobierno a los mismos que ya desalojamos por su impericia y desfachatez.

Los que se juntan hoy en “asados de desagravio” (¿) como el que le ofreció Sergio Massa a los Moyano -foto incluida-, esta última semana.

¡Cartón lleno!

A buen entendedor, pocas palabras.

Carlos Berro Madero
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