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Viernes, 04 Octubre 2019 00:00

¿De Mendoza a la Argentina?

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La incertidumbre, no sobre el futuro en general sino sobre el futuro inmediato, parece ser la constante de esta coyuntura política, con un candidato con muchas posibilidades de ser presidente impuesto por una vicepresidente que no sabemos qué rol va a desempeñar, y un presidente en el ejercicio del poder que insiste en su reelección.

 

Las elecciones en la provincia de Mendoza (el quinto padrón del país y la única provincia que acompaña a Santa Fe en la decisión constitucional de no permitir que los gobernadores sean reelectos) incorporan como novedad que la supuesta “ola peronista” iniciada el 11 de agosto, merece por lo menos ser matizada o relativizada, y que cualquier gobierno con un mínimo de buena gestión, un mínimo de coraje político, un mínimo de decencia y un mínimo de suerte, puede ganar las elecciones, porque más allá de la dudosa verdad del axioma populista, “Voz del pueblo, voz de Dios”, no puede desconocerse que los ciudadanos puestos a elegir en condiciones institucionales normales raramente se suicidan y “operativo suicidio” habría merecido calificarse, si la conducta electoral de un pueblo como el de Mendoza hubiera sido votar no por una candidata de la coalición liderada por Fernández, sino por una candidata que se enorgullecía de su condición de “kirchnerista químicamente pura”.

Tampoco se debe desconocer que el gobernador Alfredo Cornejo -presidente nacional de la UCR- es uno de los críticos internos más persistentes de Mauricio Macri y en particular de algunas de sus decisiones políticas y económicas, (considera imperdonable no haberle permitido a María Eugenia Vidal desdoblar las elecciones de provincia de Buenos Aires) sin que esto signifique negar la coalición Cambiemos e incluso su decisión de votar por Macri en los comicios del 27 de octubre. Cambiemos, a través de la UCR, gana en Mendoza, en primer lugar, porque la gestión provincial fue buena y, en segundo lugar, porque las elecciones no solo se desdoblaron, sino que Macri no pasó por Mendoza, cosa que sí hicieron en una ruidosa flotilla de aviones pagada por los contribuyentes y con los resultados electorales conocidos, los gobernadores peronistas liderados por el compañero Alberto Fernández.

Sería necio desconocer que Alberto Fernández dispone de muchas posibilidades de ser el nuevo presidente de los argentinos, pero sería imprudente no tener en cuenta que las elecciones son el 27 de octubre y que el resultado final se conocerá cuando se cuenten los votos y no antes. Las PASO de agosto son un indicio importante, pero no son la verdad revelada. Por lo pronto, Cambiemos no da el brazo a torcer, sus dirigentes y militantes dicen estar convencidos que “la van a dar vuelta”, una empresa muy difícil de lograr pero no imposible, entre otras cosas porque en estos intensos veinte días que faltan hay tiempo suficiente para acertar y también para equivocarse. Y esto vale para todos los candidatos, incluso para Alberto Fernández.

La incertidumbre, no sobre el futuro en general sino sobre el futuro inmediato, parece ser la constante de esta coyuntura política, con un candidato con muchas posibilidades de ser presidente impuesto por una vicepresidente que no sabemos qué rol va a desempeñar, y un presidente en el ejercicio del poder que insiste en su reelección. ¿Quién gobierna en la actualidad: Macri o Fernández? Y si las elecciones las gana Alberto: ¿quién gobernará: él o Cristina? No son estas las únicas incertidumbres. Y basta para ello prestar atención a los discursos de los candidatos, ambos asegurando que se abre hacia el futuro un horizonte de crecimiento, prosperidad, buenos salarios con inflación cero y trabajo para todos. No hace falta ser un sabio o un mago para saber que las promesas no son más que eso, promesas, en tanto lo que parece ser inevitable es que gane quien gane el ajuste vendrá y por más vueltas verbales que le den, un ajuste siempre será un límite a las condiciones de vida de la sociedad.

Una verdad que muy bien podría calificarse de Perogrullo es que los gobiernos que ajustan o prometen ajustes no ganan elecciones, motivo por el cual los candidatos con posibilidades de llegar al poder no lo anuncian, aunque los números así se lo señalen, fieles en ese sentido a lo que muy bien podría calificarse como la doctrina Menem: “Si les decía a los votantes lo que iba a hacer no me votaban”. ¿Y es tan inevitable el ajuste? Si en algo parecen coincidir los economistas de las más diversas orientaciones es que no hay otras chances, salvo que alguien pueda demostrar que emitiendo dinero, o pidiendo prestada plata en algún lugar del mundo o del universo que todavía tengan ganas de darnos crédito, o cobrando más impuestos en el país que exhibe la grilla de impuestos más alta del mundo, o que descubramos las minas del rey Blanco que con tanto empeño buscaron en su momento Almagro, Pizarro, Alvar Núñez Cabeza de Vaca y “Aguirre y la ira de Dios”, o que se cumplan las profecías de Del Caño y una revolución socialista obrera y popular nos traslade al Paraíso, no nos queda otra alternativa que ajustar gastos y ponernos a estudiar y a trabajar.

Las dificultades que este programa incluye son visibles, sobre todo en esta Argentina que se supone rica, convive con el mito de que “una cosecha nos salva”, posee un nivel altísimo de reclamos reivindicativos, por lo que no parecen estar del todo equivocados o ser unos incorregibles irresponsables, los políticos y sociólogos que aseguran que la Argentina de hoy un ajuste más no soporta. Y acompañan sus palabras con números, entre los que se destacan aquellos que señalan ese treinta y cinco por ciento de pobres que Macri reconoció resignado y sin recurrir a coartadas, una actitud cuyos inevitables costos el peronismo cuando fue gobierno eludió sin despeinarse el jopo a través del recurso de ocultar las cifras o adulterarlas descaradamente.

Es muy posible que, entre las exigencias del ajuste o la promesa de ponerle plata a la gente en el bolsillo, seguramente existen posiciones intermedias que suavicen los rigores o las soluciones evasivas de unos y otros. Los candidatos con posibilidades reales de ser presidentes lo saben, aunque hasta el momento no hayan dado indicios de cual sería ese camino virtuoso que permita cumplir con nuestros compromisos internacionales, ajustar las cuentas y, al mismo tiempo, proteger no solo a los sectores más pobres sino a nuestra poderosa clase media, el sustento real y efectivo de cualquier gobierno con independencia de su signo político.

Las naciones actuales funcionan con una economía capitalista fundada en la propiedad privada de los medios de producción y sociedades con una tradición de derechos civiles, sociales y políticos que pueden deteriorarse, pero nunca se pueden desconocer. La fórmula ideal para asegurar el despliegue de este “sistema” es equilibrar las exigencias de la economía de mercado que asegure la producción de bienes, con las demandas de la sociedad por el ejercicio efectivo de sus derechos. A los gobiernos los legitiman los votos de los ciudadanos, pero, así como estos gobiernos no pueden desconocer el mandato popular, tampoco puede desconocer las exigencias del mercado.

La “herramienta” que todo gobierno dispone para asegurar ese equilibrio es el Estado y el desafío que se le presenta a cualquier gobierno es cuánto Estado es necesario para asegurar la convivencia social y la actividad económica, fórmula desde ya complicada de hacer funcionar, y en la Argentina doblemente complicada, porque una de las carencias decisivas que padecemos (hicimos todos los esfuerzos necesarios para conseguirlo) es la degradación de la actividad estatal, al punto que para más de un analista si alguna prioridad es necesario establecer a la hora de ejercer el gobierno, es la reconstrucción del Estado nacional, sin el cual no hay posibilidades de pensar en una economía de mercado eficiente y una sociedad fundada en principios de equidad y libertad que merezcan ese nombre.


Rogelio Alaniz

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Rogelio Alaniz

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