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Miércoles, 09 Octubre 2019 00:00

Progresismo berreta

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Axel Kicillof hace política con la pobreza que él no revelaba. Y Donda contra los policías porque sí.

 

Se supone que los políticos son gente informada y equilibrada que reúne cualidades o algunas cualidades que los distinguen y que explican por qué pueden desempeñar cargos públicos. Se supone o debiera suponerse.

La pobreza es una vergüenza nacional. Pero en nombre de la pobreza no se puede justificar ni se puede decir cualquier cosa. Y menos usar a los pobres para hacer política. Es lo que acaba de hacer Axel Kicillof: juntó dos recientes índices del Indec, el aumento de la pobreza y el aumento de la desocupación, y los convirtió en argumento de campaña electoral. Dijo: hay gente que vende drogas porque perdió el trabajo. Un despropósito y una agresión a los pobres.

Lo dijo el domingo por tevé. Y después dijo que lo dijo porque alguien se lo había dicho: “El otro día anduve en Morón y me lo contaba un cura del barrio Carlos Gardel”. El cura es Rodrigo Vega, militante kirchnerista.

El problema no es Vega sino Kicillof que intentó meter la marcha atrás cuando ya se había ido a la banquina. Candidato a correr de la gobernación a María Eugenia Vidal, Kicillof había encontrado como ministro una manera de borrar a los pobres del mapa. Ocultaba los números de la pobreza con la excusa de que difundirlos era estigmatizar a los pobres. Se hicieron colas para pegarle.

Hay una discusión por debajo de todas las discusiones. Y argumentos que van y vuelven y siempre vuelven. Uno es que la pobreza y la marginalidad fabrican delincuentes. Tan cierto como que los pobres son hoy carne de cañón de los narcos. Son los que más sufren la inseguridad. Por lo general la fuerza pública está ausente donde viven y no pueden acceder a la seguridad privada. Son las primeras víctimas del delito y por esta razón los que más apoyan las políticas de mano dura.

Otra realidad es que no hay gobierno de las últimas décadas que pueda jactarse de algún triunfo perdurable sobre la pobreza. Macri es la última prueba. La penúltima es Cristina que llegó a decir que acá había menos pobres que en Alemania. Pobreza de nuestra política.

De los últimos días queda el decomiso en Ezeiza de un cuarto de tonelada de cocaína. Están detenidas nueve mulas, casi indigentes que sacaron sus pasaportes para hacer este contrabando a España. Nada casual: los jefes están prófugos.

Los narcos han alcanzado un poder que cada vez mete más miedo: reclutaron a tres oficiales de la Policía de Seguridad Aeroportuaria que hacían la vista gorda con el embarque. Más datos de lo que se conoce: el jefe de la delegación de la Policía Federal en Santa Fe fue detenido con drogas y también está detenido el juez antidrogas de Orán, en Salta. Y acaban de procesar por encubrir narcos al jefe de los fiscales federales de Bahía Blanca.

Como Kicillof con los pobres que venden drogas, la diputada Victoria Donda vio un procedimiento en la avenida Corrientes y al voleo dictaminó que es racista y nazi requerir documentos en la calle. Pasó mientras policías porteños se los pedían a un vendedor ambulante. Donda es de las que creen o de las que nos quieren hacer creer que no pasó nada desde la Dictadura. Para ella seguimos con la misma Policía.

La Ciudad viene haciendo operativos en la zona, donde supuestos vendedores de pañuelos descartables roban celulares y joyas. El pibe de 18 años al que le pidieron documentos está acusado de once delitos y tenía órdenes de captura de dos juzgados. Y encima se tragó una cadena de oro para ocultar un robo. Donda nunca se preguntó si era un delincuente. Prefirió hacer política: sacó su credencial de abogada, gritó que era diputada y apretó a los policías. Progresismo oportunista o progresismo trucho. Elija. Pueden ser los dos.


Ricardo Roa

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Ricardo Roa

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