Martes, 15 Octubre 2019 00:00

Alberto Fernández y el futuro del peronismo

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Está abierta la incógnita de si su gestión no permitirá reconducir al peronismo desde el turbulento populismo a la socialdemocracia.

 

Cuando el 1 de diciembre de 1947 se reunió en Buenos Aires el Congreso Constituyente del Partido Peronista, el almirante Alberto Teisaire, quien presidía aquellas sesiones, afirmó que “el Partido Peronista no es de izquierda ni de derecha, ni lateral (sic), ni personal (sic)”.

Desde entonces, situar al peronismo dentro de la tipología habitual que separa la izquierda de la derecha ha sido una labor propia de adivinos más que de politólogos. Sin embargo, la eventual investidura del abogado y académico Alberto Fernández como futuro presidente de la Nación Argentina, impulsada por un frente más amplio que el peronismo, deja abierta la incógnita de si su gestión no posibilitará reconducir al peronismo desde el turbulento populismo a las más tranquilas aguas de la socialdemocracia. Una contingencia que, por los argumentos que siguen a continuación, sería prematuro descartar.

Antes de que Teisaire pronunciara su impenetrable discurso, uno de los partidos que integraba el frente electoral que permitieron a Juan Domingo Perón ganar las elecciones presidenciales celebradas el 24 de febrero de 1946 con casi el 53 % de los votos fue el Partido Laborista. Un partido de reciente creación que nucleaba a los obreros sindicalizados de Argentina y que era presidido por el sindicalista Cipriano Reyes.

La característica de los sistemas presidencialistas, que dan enorme poder al Ejecutivo, hace poco verosímil la hipótesis de que Alberto Fernández vea sus facultades menguadas por parte de la expresidenta Cristina Fernández de Kirchner.

Ese partido fue luego disuelto cuando se creó en su reemplazo el Partido Peronista y Cipriano Reyes terminó encarcelado bajo la falsa acusación de haber integrado un complot cívico-militar que pretendía matar a Perón. Pero con independencia de esos avatares, lo cierto es que la clase trabajadora argentina, en su gran mayoría, se vio siempre representada por el peronismo, lo que explica la longevidad de esa corriente política.

La disolución del Partido Laborista y la creación de un partido personalista marcaron históricamente la caída de Argentina en el populismo, inextricablemente ligado desde entonces a la figura carismática del coronel Perón.

Nutridos en el humus de un sistema institucional presidencialista, que es una suerte de monarquía temporal, los liderazgos carismáticos arraigaron siempre fuertes en América Latina.

Y esa connotación tan peculiar fue también el mayor obstáculo para que los partidos socialdemócratas europeos consideraran a los populismos latinoamericanos como sus hermanos ideológicos, no obstante que los estudios genéticos de clase daban una composición muy semejante y los programas económicos guardaban grandes similitudes.

Es justamente la característica de los sistemas presidencialistas, que dotan de enorme poder al presidente, lo que hace poco verosímil la hipótesis de que el futuro presidente, Alberto Fernández, vea sus facultades menguadas por haber sido seleccionado por el dedo de la expresidenta Cristina Fernández de Kirchner.

De allí que la designación de Alberto Fernández, que se ha verificado como una acertada jugada de ajedrez político, tiene también un aspecto oculto, dado que el nuevo presidente, si consigue alcanzar la primera magistratura, lo hará como líder de una coalición más amplia que la fracción que lidera Cristina Fernández, con lo cual tendrá compromisos y aliados que le obligarán a políticas de mayor consenso.

Como es sabido, Alberto Fernández ocupó el cargo de jefe de Gabinete durante el gobierno de Néstor Kirchner desde el 25 de mayo de 2003 y lo mantuvo luego de la llegada a la presidencia de Cristina Fernández de Kirchner, a partir del 10 de diciembre de 2007. Sin embargo, siete meses después, en julio de 2008, renunció tras la crisis política desatada por la resistencia de las agrupaciones agropecuarias a la imposición de retenciones a las exportaciones agrícolas.

A partir de ese momento AF no ahorró críticas a muchas de las decisiones políticas adoptadas por CFK, y su reconciliación posterior se ha hecho sin mengua de esas críticas, de modo que existen suficientes indicios que prueban cierta independencia de criterio.

Si Alberto Fernández renuncia a las veleidades hegemónicas de sus antecesores y busca ampliar su apoyo a través del diálogo y el consenso, desaparecerá uno de los mayores obstáculos para la incorporación del peronismo en el seno de la socialdemocracia.

Como docente, Alberto Fernández ha sido ayudante de cátedra de Esteban Righi, un destacado penalista argentino. En 1973, durante la breve presidencia del peronista Héctor Cámpora, Esteban Righi ocupaba la cartera de Interior e intentó una aproximación a la socialdemocracia, aprovechando la residencia académica del penalista Enrique Bacigalupo en Alemania. Fue un intento que fracasó por los cambios abruptos que experimentó la política argentina, pero que de algún modo marca la existencia de una fuerte corriente en el interior del peronismo que se ha sentido próxima a la socialdemocracia, considerada ésta en su sentido más amplio como la unidad entre los principios de la democracia liberal y el deseo socialista de avanzar hacia una mayor justicia social.

En una reciente nota (“Retorno a la barbarie”, diario El País del 1/9/19), Mario Vargas Llosa opina que Argentina retornaría a la barbarie si los argentinos repiten la “locura furiosa” de las elecciones primarias en las que repudiaron a Macri y dieron 15 puntos de ventaja a Alberto Fernández. Tal vez sea una opinión basada en una visión dicotómica, según la cual en América Latina solo confrontan el liberalismo y el populismo. Pero la existencia de partidos de centro-izquierda democráticos en Chile, Brasil y Uruguay, de perfiles similares a los partidos socialdemócratas europeos, demuestran la existencia de un tercer espacio consolidado que escapa a las binarias alternativas de hierro.

Si Alberto Fernández -ya sea por propia convicción, ya sea por el estrecho desfiladero que se verá obligado a recorrer debido a la tremenda crisis económica y social que se abate sobre la Argentina- renuncia a las veleidades hegemónicas que embelesaron a sus antecesores en el cargo y busca ampliar sus bases de apoyo a través del diálogo y el consenso, respetando las reglas de juego de la democracia liberal, desaparecerá uno de los mayores obstáculos que han impedido la incorporación del añejo peronismo en el seno de la socialdemocracia.

Como señalaba Max Weber, la política es el reino de lo contingente, y el deber del político es llevar el máximo de racionalidad a la naturaleza contingente de la decisión política, de modo que ningún determinismo condena a un partido político a repetir los mismos errores.

Aleardo F. Laría
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