Viernes, 18 Octubre 2019 00:00

El debate que tampoco existió

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No hubo preguntas periodísticas ni cruces previstos entre los propios competidores: se trató de un debate sin debate.

 

Pasó el primer debate entre candidatos presidenciales y no puede decirse que la ciudadanía esté ahora más esclarecida que una semana antes sobre los problemas que sufre el país, las amenazas o peligros que lo acechan y las soluciones que propone la política.

Puede decirse que se vienen depositando irrazonables expectativas en los debates, producto quizás del valor desmesurado atribuido a la palabra y de la suposición de que siempre "de la discusión surge la luz".

En cualquier caso, el menguado formato que adoptó el llamado debate en este caso apenas daba espacio para formulaciones exiguas, más dirigidas al efectismo que a la exposición. Los presentadores sólo anunciaban los temas de que los candidatos debían hablar y les avisaban cuando su minuto había concluido. No había preguntas periodísticas ni cruces previstos entre los propios competidores: se trataba de un debate sin debate.

Con justa razón, los candidatos se abstuvieron de formular propuestas que no hubieran tenido tiempo de desarrollar y se dedicaron a sus fuegos de artificio preferidos, destinados a ofrecer material de conversación e interpretación a los respectivos ejércitos de twiteros y a los programas de tevé de la semana. Así recortadas, editadas y puestas frente a frente las frases de los candidatos representaban el debate que -como las PASO de agosto- nunca ocurrió.

Tal vez el próximo domingo, última estación antes de las urnas, las cosas sean un poco diferentes.

SE PUEDE

En estos días las cadenas de noticias estadounidenses transmiten los debates que enfrentan a una docena larga de precandidatos de la interna del Partido Demócrata. Vale la pena echarles una mirada para aprender. A pesar de que los competidores son muchísimos, todos ellos pueden expresar posiciones específicas sobre los temas de la agenda en discusión, son interrogados con idoneidad y sin complacencias por un panel de periodistas y se enfrentan entre ellos sobre materias polémicas. Se puede hacer: sólo se necesita intentarlo.

Las encuestas que tomaron la temperatura del público después del debate del último domingo muestran que la situación sigue básicamente igual: la distancia entre Alberto Fernández y Mauricio Macri no ha variado sustancialmente, aunque ambos subieron levemente en detrimento de otros candidatos.

El más perjudicado parece haber sido Roberto Lavagna que, dicho sea de paso, desaprovechó lo que el debate le ofrecía para exhibir los saberes que se le asignan. Su mérito fue haber puesto sobre la mesa el tema de la pobreza (en especial la que afecta a más de la mitad de la población juvenil e infantil), pero fuera de ese logro, se lo vio como perdido frente a su atril y sin fuerza expresiva ni conceptual en sus exposiciones.

El candidato de la izquierda, Nicolás del Caño, también desperdició la ocasión: desde su posición testimonial tenía la chance de trabajar sobre contradicciones en el discurso del Frente de Todos y rebuscar apoyos eventuales en el flanco izquierdo del electorado kirchnerista, pero le faltaron la chispa y el vigor que había mostrado su compañero Gabriel Solano en el debate de candidatos a la jefatura de gobierno porteña; o la audacia con la que, en el otro polo, José Luis Espert procuró arrebatar apoyos del electorado más antiperonista y antisindical del oficialismo.

PUBLICO Y PRIVADO

Como se ha dicho, el debate tuvo un formato malo. Además, es probable que haya quedado a la vista la falta de iniciativa de las fuerzas políticas (y sus emergentes) para hacerse cargo no sólo de los temas obvios (inflación, pobreza, estancamiento, endeudamiento), sino de un diagnóstico más abarcativo.

Es un lugar común afirmar que los políticos están desacreditados en la sociedad y que, en rigor, ese no es un fenómeno de exclusividad argentina, sino extendido por el mundo, sin excluir a las democracias de los países más ricos. Tratándose de una situación de alcance tan amplio, convendría investigar un sistema de causas que dé cuenta de esa amplitud.

En muchos lugares se ha asociado aquel descrédito con el surgimiento de lo que, con más urgencia que rigor, se ha bautizado como "populismo" (una sola palabra para muchas cosas diferentes). En verdad, si hay algo que tienen en común las distintas situaciones que se nombran con esa palabra (o se descalifican con ese epíteto), es que reflejan invertidamente el malestar con la sociedad política o, si se quiere, en los países postindustriales avanzados, el desasosiego ante el colapso del modelo de estado de bienestar y la búsqueda de nuevas formas de solidaridad que puedan reemplazarlo.

La Argentina necesita incrementar su producción, su competitividad y su capacidad de empleo en ese contexto, que es el de la crisis global de estructuras que se desarrollaron en el siglo XX, como economía del estado-nación e industrial. Ese modelo erosionó las redes de solidaridad preexistentes y necesitó complementarlas o suplantarlas lo que llevó al estado a intervenir en diferentes servicios y relaciones sociales.

La Argentina de hoy no puede prescindir de esa muleta y, al mismo tiempo, no está en condiciones de financiarla. Cuando, a principios de la década del 90, el país se enfrentó al tema del estado lo hizo a partir de una situación de hastío por el costo de su intervención y también por su ineficacia (servicios escasos, de mala calidad, etc.; años para conseguir una línea telefónica) y por la noción de que ese costo aislaba a los argentinos del mundo.

Pese a esa atmósfera dominante (que sostuvo legítimamente las presidencias de Carlos Menem) hubo una oposición que protestó contra los procesos de privatización y desregulación. Al fin de la experiencia de Menem (y, sobre todo, de la deriva de la Alianza que lo sucedió) el fiel de la balanza ideológica se retrotrajo durante los gobiernos K. Y el péndulo volvió a cambiar de dirección con el macrismo.

Tres décadas después de los 90 no tiene sentido repetir un debate que es anacrónico si se lo plantea en los mismos términos.

LO URGENTE Y LO IMPORTANTE

Hoy sabemos que en muchos casos la intervención estatal dio lugar a formas de retraso y subordinación y también sabemos que los negocios privados no representan ninguna panacea, que los privados piensan fundamentalmente en interés propio y que los mercados "no derraman". El resultado social con una mayor globalización y desindustrialización ha sido una sensación de abandono, así como una pérdida de autonomía en todos los segmentos de la población.

El debate que la sociedad argentina necesita es uno que permita penetrar sin prejuicios en esta problemática: atendiendo a la necesidad de fomentar la inversión productiva privada, la autonomía de las organizaciones sociales, la intervención del Estado para protección y proyección de los más postergados y el relacionamiento económico con un mundo que se integra a través de la competencia. Estos temas necesitan ideas más que consignas o frases ingeniosas.

Si va a haber debate, el país necesita debatir más y mejor no solo la economía, sino una agenda que incluye la seguridad y la defensa, la educación, el federalismo, la regionalización y la diversidad cultural, la integración física y el desarrollo demográfico del país, los temas ambientales y de género.

Se trata de una agenda pendiente, que no está sobre la mesa ni lo estará antes de las elecciones del 27, pero que el próximo presidente deberá necesariamente impulsar, porque lo reclama nuestra sintonía con el mundo y porque también lo reclamará explícitamente la sociedad argentina cuando lo urgente abra el camino a lo importante.

Jorge Raventos

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Fundado el 4 de agosto de 2003

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