Martes, 22 Octubre 2019 00:00

Macri, Fernández y los demás

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Dice Friedrich Nietszche que hay individuos que tratan de inducir al prójimo para que se forme una buena opinión de ellos y, a continuación, “comienzan a creer estúpidamente en esa opinión” (sic).

 

Una gran mayoría de políticos comparten ese sentimiento ridículo.

Los dos debates presidenciales dejaron en claro que a todos los contendientes les costó hablar del presente, cargados con la mochila del pasado sobre sus hombros, y munidos por un par de binoculares para “pintar” un futuro que modelaron a su antojo con bastante desparpajo, asegurando que terminaría sometiéndose eventualmente a sus pronósticos optimistas.

Este tipo de actitudes suelen terminar evidenciando las características de una mala conciencia de algunas personas con el transcurso del tiempo, porque a esta altura de los acontecimientos, quienes los oímos sabemos que ellos –como cualquier otro que ocupase su lugar-, solo pueden limitarse a obedecer a una realidad que siempre obliga a explorar soluciones mucho más modestas que las auguradas casi siempre con bombos y platillos.

Desde ese punto de vista, las diferencias entre los candidatos a “debatir” (un eufemismo acorde con nuestra pomposidad para rotular lo que fue una gragea de algo mucho más trascendente), fueron las que se esperaban: Macri y Fernández recitaron sus valoraciones contrapuestas respecto de un futuro que ambos coincidieron en saber de qué manera dominar y los demás hicieron de meros “partenaires” (dedos y chicanas incluidas a destajo).

Ninguno de los adversarios pareció recordar ciertos dichos muy oportunos de Nietszche (probablemente no sepan de quién se trata): “hay que enseñar al hombre a prepararse para grandes riesgos y ensayos globales de disciplina y selección, destinados a acabar con el horrendo dominio del azar QUE HASTA EL DÍA DE HOY SE LLAMA HISTORIA”.

El actual Presidente habló más sujeto a la experiencia en un cargo que el ex Jefe de Gabinete no tiene aún, mal que le pese al hombre vestido como un oficinista de los 40, que se expresa habitualmente con la voz indignada de quien habla para pedir aumento de sueldo mientras no se lo conceden.

Su intermitente agresividad, fue forzada probablemente por el “aliento en la nuca” de su compañera de fórmula, la multifacética abogada exitosa, arquitecta egipcia y literata soporífera, quien, fiel a su inveterada majestuosidad, manifestó no haber asistido a los eventos por tener invitados en el Calafate la primera vez, y luego por el festejo del día de la madre con su familia en el mismo sitio. Esa tierra en la que forjó una fortuna colosal cuyo origen le ha sido imposible explicar hasta el día de hoy.

El debate fue un fiasco. Que cada candidato haya podido extenderse por no más de ¡13,5 minutos! en intervalos de 30 segundos a 2 minutos en cada una de las dos ocasiones, resultó una apuesta a la oscuridad y las intenciones misteriosas de quienes naufragaron dentro de un rígido formato que solo desnudó la ligereza de contendientes que parecieron lanzar gases de colores a la atmósfera.

Como decíamos la semana anterior, nuestra sociedad sigue moviéndose “por contagio y en manada”, y solo así puede entenderse que se sobrevalorara un escenario de “buena voluntad” que solo confirmó “per se” lo que la opinión pública parecería haber sentenciado de antemano en las recientes PASO: que una vez más está dispuesta a tirar todo por la borda apostando por los mismos que nos dejaron, ayer nomás, “en pampa y la vía”.

Hubo algunos pocos rasgos de ingenio en “los otros”, sobre todo en Espert y Del Caño (nada que perder, mucho por ganar), y un triste espectáculo de quien, como Lavagna, parece desarrollar cualquier tema sin saber nunca cómo y cuándo va a terminar su exposición, “lapsus linguae” incluido.

Todo lo que analizamos se comprende mucho mejor por el hecho de que fueron los mismos participantes quienes “acordaron” los términos del formato audiovisual del evento.

Finalmente, y embargados por un marcado sentimiento de pena, recordamos que existen siempre algunos individuos espiritualmente limitados que buscan una especie de compensación por el hecho de haber sido mal dotados por la naturaleza.

A buen entendedor, pocas palabras.

Carlos Berro Madero
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