Jueves, 31 Octubre 2019 00:00

Ganó La Matanza - Por Vicente Massot

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En las elecciones que se substanciaron el pasado día domingo hubo dos motores casi excluyentes: por un lado, el bolsillo, y, por el otro, el miedo. Si se perdiese de vista al primero sería imposible entender el 48 % de los sufragios que le dio la victoria al kirchnerismo.

 

Sin otorgarle la importancia que tiene al segundo, la remontada de Mauricio Macri carecería de explicación. Aun a riesgo de resentir el análisis por un vicio de carácter reduccionista, cabría decir que La Matanza, en esta oportunidad, le ganó a la Capital Federal, Mendoza, Córdoba, Santa Fe y juntas. Para ponerlo, en otros términos, la situación económica pudo más que el temor que genera la vuelta al poder de los Fernández.

Que la disputa quedase entablada entre los dos factores mencionados no fue novedad. Desde el momento en que, al gobierno, en abril del año 2018, le estalló en las manos el gradualismo al cual se había consagrado sin matices, advertimos que, en tanto y en cuanto el deterioro social calará en la gente más hondo que el rechazo a los K, éstos podrían regresar a la Casa Rosada. En cambio, si primaba el miedo, las chances de Cambiemos se agigantarían.

No es verdad, pues, que la victoria del Frente de Todos hace setenta y dos horas sea sólo consecuencia de la unidad peronista. Puede que eso de no dejar a nadie afuera represente la condición necesaria, pero no es la condición suficiente para ganar. Si el gobierno macrista hubiese acertado con su plan económico, resultaría difícil imaginar cómo hubiera podido el Frente de Todos vencerlo dos veces en menos de ochenta días, en la forma que lo hizo.

Los bolsillos escuálidos del Gran Buenos Aires profundo -con La Matanza a la cabeza- no entienden de cloacas, luz y tendidos de gas que valgan. María Eugenia Vidal realizó, al respecto, una inversión impresionante que de nada le sirvió a la hora de contar los votos. El golpe de knock–out se lo propinó, al presidente y a la gobernadora, el sector más castigado de la población que hinca sus raíces en el conurbano bonaerense, donde la diferencia a favor del frente populista fue de 1.556.000 votos. A su vez, los salvó de una derrota apabullante el temor que suscita en una inmensa minoría -40 % de los argentinos con capacidad de entrar al cuarto oscuro- una eventual hegemonía kirchnerista.

Por lo tanto, hay un fenómeno que Alberto Fernández no debería echar en saco roto a partir del momento en que se haga cargo de la presidencia, el próximo 10 de diciembre.

El enorme peso de los bolsillos vacíos, que lo pusieron en el lugar privilegiado que ocupará dentro de poco, son los mismos que -con base en las expectativas que el kirchnerismo ha creado en el curso de la campaña y de las esperanzas que sus seguidores han abrazado al margen de las promesas de los candidatos- le pedirán cuanto consideran un derecho adquirido, sin esperar demasiado tiempo. La sinceridad de Juan Grabois en el reportaje que le hiciera uno de los dos matutinos más importantes del país poco después de las PASO, es la demostración de lo escrito antes. Dijo que le daría 100 días al nuevo gobierno como muestra de su paciencia.

Ganó Alberto Fernández y perdió Mauricio Macri. Cualquiera que titulase la portada de un diario de esta manera no faltaría a la verdad. Sólo que sería algo así como describir una habitación mirándola a través de la cerradura de la puerta. El triunfo y la derrota tuvieron matices fundamentales que, por eso mismo, no pueden obviarse. Sobresale, en primer término, la paridad que habrá en la cámara baja del Congreso Nacional. Fruto de la excelente performance de los perdedores, la sombra de un kirchnerismo con mayorías holgadas en el Parlamento se ha desvanecido hasta desaparecer. Ello no quita que -con los aliados de siempre y la voluntad de comprar voluntades puesta de manifiesto por las administraciones de Néstor y de Cristina en el pasado- a la larga no consiga sumar la mitad más uno necesaria para sacar las leyes que quiera. Pero no es cosa que pueda darse por sentada. En segundo término, lo que ha quedado en claro es que la única posibilidad de comenzar a cerrar la grieta -empresa que llevará, en el mejor de los casos, un buen tiempo- supone negociar políticas de estado con la oposición. Haber ganado con el 54 % que obtuvo Cristina Fernández en 2011 lo habría habilitado al Frente de Todos -si fuera su deseo- a pasar por arriba de sus oponentes como alambre caído. Eso ahora resultaría imposible.

Si bien parece muy temprano para abrir juicio acerca de la forma como habrá de gestionar la transición Macri y Fernández, el paso inicial no ha podido ser más auspicioso.

Si se compara lo que el país vio el domingo en horas de la noche, por televisión, con lo que vivimos hace cuatro años, la Argentina pareció estar más cerca de Suiza que de Uganda. Nada de chicanas ni de agravios. Los dos candidatos dieron por terminado el capítulo de la discordia y acordaron reunirse el lunes a la mañana a los efectos de ordenar la transición.

Nadie piensa que al presidente en ejercicio podría ocurrírsele imitar el comportamiento de su antecesora el día de la jura. En punto a las formas, las muestras de educación cívica de las dos partes son elocuentes. Sin embargo, las casi seis semanas que habrán de transcurrir hasta el 10 de diciembre estarán condicionadas por una dificultad mayúscula: el hecho de que, en medio de una crisis de esta envergadura, el mandatario que comienza a despedirse tendrá cada día que pasa menos poder mientras que el que se acerca a Balcarce 50 carece de las facultades para trazar un nuevo rumbo.

Ocho indicadores básicos de la economía -no por conocidos menos relevantes- nos darán una idea de la magnitud del problema que tienen entre manos Macri y Fernández.

A saber: una inflación anualizada de 54 %; la tasa de interés de referencia orillando 70 %; el desempleo instalado en los dos dígitos; la brecha del dólar oficial respecto del contado con liqui, que supera 30 % (y en ascenso respecto al dólar MEP y al blue); una deuda externa cercana a 100 % del PBI, con vencimientos mayúsculos a corto plazo; reservas netas de libre disponibilidad en torno a los U$ 6.000 MM y una caída del PBI de casi 3 %.

En este campo minado deben moverse los dos contendientes del pasado domingo, extremando los cuidados tanto de lo que dicen en público como de lo que deciden entre cuatro paredes. Con esta particularidad, propia de toda transición difícil: el que ganó, en general no desea pagar costos por anticipado, mientras que el que perdió de ordinario no quiere hacer más trabajos sucios. En semejante orden de cosas, la mejor buena voluntad de las partes puede estrellarse contra las diferentes conveniencias de los actores involucrados en la trama.

Hay tres frentes abiertos que merecen atención. El del dólar vis a vis las reservas, el de los precios y tarifas, y el de la deuda. Nadie imagina que vayan a ser resueltos entre hoy y principios del mes de diciembre; pero, al mismo tiempo, no pueden desatenderse. Las medidas adoptadas por el Banco Central el lunes apuntan al primero de los mencionados, en consonancia con una preocupación manifiesta del candidato ganador acerca de la necesidad de cuidar las reservas. A mediados de noviembre vence el plazo que el gobierno había fijado para el congelamiento de los precios de las naftas. –¿Que hará al respecto? – En cuanto a la deuda, el Fondo Monetario Internacional ha sido por demás de claro en cuanto a que sólo negociará con las nuevas autoridades. Eso está claro. Pequeño detalle, faltan todavía cuarenta días.

En un mundo convulsionado por doquier y varios países de Iberoamérica envueltos en conflictos de diferente naturaleza, aunque de similar gravedad, el 10 de diciembre se halla, visto desde un ángulo, a la vuelta de la esquina. Desde el ángulo opuesto, todavía no aparece en la pantalla.

Vicente Massot

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Fundado el 4 de agosto de 2003

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