Domingo, 10 Noviembre 2019 00:00

El principal enemigo de Fernández - Por Jorge Fernández Díaz

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Perón escribió el libro Apuntes de la historia militar cuando todavía era mayor del Ejército Argentino, y esa pieza arqueológica (confieso con pudor que nunca la he leído) recoge las enseñanzas y teorías de la guerra, y repasa la experiencia napoleónica y también la prusiana, de la mano de mariscales y estrategas eminentes como Moltke y Clausewitz.

 

De esta obra poco citada da cuenta ahora el director de la siempre interesante Agencia Paco Urondo, José Cornejo Pérez, quien sugiere su lectura para entender la lógica profunda del General, puesto que esos ensayos bélicos podrían traducirse a la arena política y a los tiempos de paz: el peronismo no solo surge del Estado, sino de las entrañas mismas del Ejército nacionalista. Este intelectual kirchnerista rescata de todo aquel trabajo un concepto que "resulta muy aplicable -asegura- a la coyuntura que atraviesa la militancia".

A continuación, describe cómo el adversario (Cambiemos) se desmorona en agosto y las "fuerzas del campo popular" recuperan la iniciativa. Pasan de lo que en la jerga castrense se denomina "guerra de posición" (sostener la trinchera y una línea defensiva y estática) a la "guerra de movimientos" (maniobras ofensivas y desplazamiento de tropas y material). Caracteriza los últimos cuatro años de gestión republicana como una avanzada "oligárquica" (sic). La militancia, según Cornejo Pérez, se dio a la tarea de ponerle freno: "Mantuvo como pudo un comedor, un centro cultural, una organización política. Incluso un empleo modesto que le permitía seguir militando. Cavó una línea de trincheras y sostuvo todo lo que pudo". Y aquí viene el núcleo de la acción heroica: "El macrismo chocó con estas trincheras, no pudo llevar adelante el modelo de ajuste al que aspiraba y quedó entrampado en una vorágine de endeudamiento que antes o después iba a explotar. La táctica de la militancia fue muy exitosa".

La Agencia Paco Urondo narra de este modo la agresiva política de obstrucción al gobierno constitucional que llevaron a cabo los "soldados" de Cristina Kirchner, e intenta crear una épica glamurosa y sacrificial a la manera de la mítica "resistencia peronista" de ataño. Su razonamiento no carece, sin embargo, de cierta verdad; tampoco de contradicciones evidentes.

Si el gobierno cristinista era tan extraordinario y las cuentas públicas tan positivas, ¿para qué hacían falta ajustes o endeudamientos? Una posible respuesta, para básicos y botarates que ahora les rezan a los zócalos del cable y que se han creído a pie juntillas sus propias manipulaciones, es que los vencedores de 2015 eran seres perversos, y también algo estúpidos. Tomaron un país superavitario y en expansión, y solo para infligirle dolor al pueblo aumentaron un 800% las tarifas. O tal vez fue para mejorarles, como proclamaba el proselitismo kirchnerista, la fortuna a los "amigos del presidente". Ajá. Resulta que el jefe del Estado cava su propia fosa política e histórica, decide perder y ser odiado únicamente para mejorar los balances de las empresas energéticas. ¿No será mucho, compañeros?

Luego resulta que solicita crédito externo, cuando en verdad no lo necesitaba, puesto que la Pasionaria del Calafate le había legado una administración brillante y solvente. Se endeudó para nada, compañeros; para que otros amigos ricachones cobraran comisiones o enviaran dólares a tierras seguras. El relato es tan elemental que parece un dibujito animado para niños de seis años: digamos el Coyote y el Correcaminos, o cualquiera de esos otros intentos monstruosos de buenos y malos que nos impone el imperialismo de Disney o de la Warner.

La realidad, sintéticamente, suma problemas económicos autoinfligidos por la arquitecta egipcia -de manejo "deplorable", como evaluaba entonces su actual socio y delegado- y el fin del ciclo alcista de las materias primas. La Argentina, por esa combinación interna y externa, se encontraba en caída libre al final del mandato de Cristina. Y sus reemplazantes en el poder, que también cometieron gruesos errores, intentaron luchar contra la ley de gravedad: recortaron de manera gradual para achicar el déficit pavoroso y a la vez tomaron deuda. Los empréstitos les permitieron crear un paracaídas: funcionó relativamente bien hasta que el mercado les cortó de pronto las cuerdas; manotearon entonces un solitario e indeseable parapente (el Fondo), y este planeador ligero -esta hoja en el viento- nos viene amortiguando desde entonces el desplome inevitable en el abismo, aunque en su vuelo también nos viene golpeando contra montañas y edificios. Llegamos así magullados, pero no muertos, como estuvimos en 2001.

¿Pudo Macri haber aplicado una política de shock? ¿Debería haber tomado deuda, pero para volcarla al mercado interno y así reanimar el consumo? Esas y otras preguntas claves, que postulan distintas bibliotecas, son legítimas. Las simplificaciones de la hora son, en cambio, infantiles y se vinculan con la necesidad de demonizar a Cambiemos para justificar que las demandas generadas en campaña no podrán ser satisfechas. Que los "buenos" no podrán retrotraer las tarifas a 2015 ni regresar a la fiesta de la soja a 650.

El principal enemigo de Alberto Fernández no son los medios ni los bonistas ni las potencias occidentales, ni siquiera su mentora. El enemigo más insidioso es la desilusión más o menos rápida de votantes a quienes le vendieron insistentemente el retorno a un pasado imposible. Macri debe ser, en ese contexto, algo más que un negligente; debe ser un sociópata, un vampiro y un agente colonialista.

La Agencia Paco Urondo resulta, en ese sentido, mucho más sincera: los militantes impidieron que Cambiemos ajustara más; con ello lo obligaron a que se endeudara y volara por los aires. Los paladines de esa "hazaña" lo presentan como lo que en realidad fue: un boicot constante que les dio "buen resultado." Omiten, naturalmente, explicar el desastre que Axel Kicillof les propinó a las verdaderas cuentas de la "revolución nacional y popular". Quien venía a pagar la fiesta pagará ahora también su funeral y será el chivo emisario de todos los padecimientos. Es como en las guerras antiguas: quien gana cuelga a su enemigo en la plaza pública para el escarnio y el entretenimiento del vulgo y de la turba. Cuando no hay pan, tiene que haber culpables. Son las reglas del circo.

Resulta conmovedor comprobar lo colaborativos que se muestran ahora aquellos duros resistentes. Gremialistas, dirigentes o curas que hasta hace cinco minutos reclamaban airadamente aumentos y bonos y fondos de urgencia para atemperar el sufrimiento de la clase trabajadora y que ahora de repente llaman a sus bases a la paciencia. Al galope contra Macri; al trote ligero con Alberto, y cantando la marchita. El cambio de actitud es obsceno y habla mucho de la cultura peronista hegemónica.

Pero a quienes aun no compartiendo el sistema de ideas y de valores del cuarto gobierno kirchnerista deseamos honestamente que le vaya bien nos parece realista la austeridad y correcto un manejo prudente de la economía. Le pedimos a Cambiemos que no dilapide las reservas, ni prepare zancadillas ni intifadas.

Es decir, que no pague con la misma moneda. Y al nuevo presidente, que no se cristinice para ser el macho alfa. Sabemos que esa contradicción en la cima del poder es un asunto pendiente e inquietante para el Movimiento, que traduce sin saberlo a Clausewitz, como alguna vez hizo Perón: "Donde las cosas están bien ordenadas no debería haber más de un mando supremo".

Jorge Fernández Díaz

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