Miércoles, 05 Febrero 2020 00:00

Alberto Fernández en un mundo imprevisible - Por James Neilson

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Las claves de las dos primeras visitas internacionales del Presidente a Medio Oriente y Europa. El factor FMI.

Alberto Fernández entiende tan bien como el que más que a la Argentina no le convendría para nada retomar el papel de país transgresor proclive a mofarse de las reglas que supuestamente rigen en el mundo civilizado, que desempeñó con éxito notable durante el reinado de Cristina, de ahí su decisión, para muchos sorprendente, de iniciar su primer periplo internacional como presidente con una vista a Israel. En Jerusalén, participó con otros líderes, la mayoría europeos, de los actos conmemorativos de la liberación por el Ejército Rojo, 75 años antes, de Auschwitz, la mayor fábrica de la muerte erigida por los nazis en que fueron asesinados más de un millón de hombres, mujeres y niños judíos.

El que Fernández fuera el único mandatario latinoamericano a asistir subrayó la importancia que tenía para él un gesto que estaba cargado de simbolismo. Es que, por injusto que nos parezca, en Europa y América del Norte aún persiste la convicción, motivada por la voluntad de Juan Domingo Perón de dar refugio a criminales de guerra notorios como Josef Mengele y Adolf Eichmann, de que la Argentina es un país congénitamente filonazi.  

Huelga decir que el antisemitismo virulento de ciertos jerarcas de la dictadura militar y sus amigos, la incapacidad para capturar y castigar a los autores de los atentados contra la embajada de Israel y la AMIA, el pacto de Cristina con la rabiosa teocracia iraní y la muerte aún no debidamente esclarecida del fiscal Alberto Nisman, no han contribuido a disipar la leyenda negra que sigue perjudicando al país en su relación con buena parte del resto del mundo. Puede que haya mucho menos antisemitismo en la Argentina actual que en Francia, pero en este ámbito como en tantos otros, los datos concretos importan menos que los estereotipos.

No se trata de un detalle menor. Lo mismo que Mauricio Macri cuando se instalaba en la Casa Rosada, Fernández es dolorosamente consciente de que, por razones económicas apremiantes, necesita contar con la aprobación de la elite política y empresarial internacional. Entenderá que no le será del todo fácil asegurársela. Mientras que Macri se vio beneficiado en tal tarea por su presunta falta de vínculos con el peronismo, un movimiento que tiene pocos simpatizantes en las capitales del mundo, Fernández necesitará convencer a sus interlocutores de que sus prejuicios se basan en malentendidos anacrónicos sin decir nada que enoje ni a compañeros resueltos a defender el legado del general ni a Cristina y sus adherentes más impacientes.

Con todo, aun cuando Fernández lograra conseguir el apoyo fervoroso de Donald Trump, Emmanuel Macron, Angela Merkel y Boris Johnson, además de, por las dudas, Xi Jinping y Vladimir Putin, no tardaría en descubrir, como para su pesar hizo Macri cuando las papas quemaban, que los malditos mercados suelen ser reacios a dejarse conmover por el consenso favorable del mundillo político.

Su negocio es otro. Si bien virtualmente todos, tanto los financistas como los presidentes y primeros ministros del mundo desarrollado, sinceramente quieren que por fin la Argentina salga del pantano viscoso en que se internó hace vaya a saber cuántas décadas, escasean los interesados en subsidiarla para ahorrarle a sus gobernantes la necesidad de modificar drásticamente el modelo económico, político, social y cultural corporativista al que se han acostumbrado. Con razón o sin ella, han llegado a la conclusión de que salvar al país con un “Plan Marshall” o algo por el estilo, de las consecuencias de sus propios errores sería peor que inútil.

No es una cuestión de ideología sino de pragmatismo; lo que pide “el mundo” es que el país adopte esquemas -sean liberales o socialistas, conservadores o progresistas, lo mismo da- que funcionen mejor que los ensayados hasta ahora para que deje de plantear riesgos al habitualmente precario sistema económico internacional. Se da por descontado que un nuevo default, incluso un minidefault provincial como el que quisiera provocar el gobernador bonaerense Axel Kiciloff, podría tener repercusiones fuertes en el resto del planeta al intensificar el temor a que otros países, entre ellos Turquía, también se declaren incapaces de satisfacer a los acreedores. Lo del contagio no es un mito; si un país cae, otros que se encuentran en una situación financiera parecida se verán empujados hacia el abismo aun cuando estén a miles de kilómetros de distancia.

En los tiempos de Raúl Alfonsín, hubo políticos, economistas y comentaristas que creían que la Argentina podría aprovechar el nerviosismo imperante en los mercados para presionar al Fondo Monetario Internacional y a quienes operan en los mercados financieros -citaban con frecuencia a Lord Keynes, según el cual “si te debo una libra, tengo un problema, si te debo un millón, el problema es tuyo”-, pero la idea de que la Argentina estuviera en condiciones de hacer arrodillar a los acreedores amenazándolos con romper con el mundo para vivir con lo suyo resultó ser una fantasía.

Desde mediados del siglo pasado, casi todos los presidentes se han sentido constreñidos a culpar a quienes los precedieron por el estado desastroso del país. Hablan así porque de otro modo les sería imposible persuadir a los banqueros y a los inversores en potencia, si hay algunos, para no hablar de la ciudadanía rasa, de que por fin la Argentina estaba en manos de personas capaces que no tenían nada en común con los incompetentes que la llevaron al borde de la bancarrota, o más allá de él.

Es lo que Fernández y sus subordinados están haciendo con entusiasmo evidente; insisten en acusar a Macri de ser el máximo responsable de la ruina del país, tratándolo como un mentiroso serial que no hizo nada bien y que se rodeó de funcionarios asombrosamente ineptos. Puede que realmente lo crean pero, por mucho que trate de ocultarlo, el proyecto político que está impulsando el Presidente se aparece bastante a aquel de su antecesor.

Lo mismo que Macri, quiere que la Argentina sea un “país normal”, un integrante respetado del mundo democrático occidental que si bien, al igual que muchos otros, procura fortalecer los lazos económicos con China por comprender que sería contraproducente politizarlos como preferirían algunos estrategas norteamericanos, no se propone alejarse de sus socios tradicionales. Como no podría ser de otro modo, esta visión del lugar de la Argentina en el tablero internacional se ve reflejada en la política interna. Al fin y al cabo, un gobierno que exalta la revolución bolivariana sin preocuparse por lo que ha sucedido en Venezuela no actuará de la misma manera que uno que se afirma comprometido con la tolerancia pluralista reivindicada por quienes se reunieron en Yad Yashem, el Museo del Holocausto de Jerusalén en que se intenta impedir que los nombres e identidades de las víctimas del nazismo caigan en el olvido.

El aventurismo de Cristina, que se alió con la Venezuela chavista y entonces, con la complicidad del grueso del peronismo, se aproximó a Irán, sirvió para advertirnos acerca de lo que tenía en mente para el país una vez “democratizada” la Justicia y “reformada” la Constitución para permitirle consolidar el poder casi monárquico al que aspiraba y que creía estar a su alcance. Apoyándose en el argumento de que el estado deplorable de la economía lo obliga a elegir un rumbo menos extravagante, Fernández ha puesto proa en la dirección contraria, lo que a buen seguro molesta a los incondicionales de la vicepresidenta que, por su parte, parece dispuesta a tolerar sus manifestaciones de independencia sin por eso emitir señales que hacen pensar que está aguardando el momento para frenarlo. Como es natural, la presencia ominosa de Cristina que, cuando Alberto tomaba vuelo a Israel, asumió el mando del país sentada en su propio cuartel general, el Instituto Patria -una novedad que dio lugar a mucha especulación sobre lo que la señora realmente pensaba de la situación insólita que se ha creado-, motiva dudas serias en torno a la eventual forma que adquiera el gobierno.

En los encuentros que tuvo con sus homólogos y otros dignatarios internacionales en el transcurso de su viaje, el Presidente se manejó bien, hablándoles con cortesía sin decir nada que llamaría la atención. Entre otras cosas, al premier israelí Benjamín Netanyahu y al líder opositor Benny Gantz les aseguró que Hezbollah, una banda yihadista sumamente violenta subvencionada por Irán seguiría en la lista oficial de organizaciones terroristas a pesar del deseo de la ministra de Justicia, Sabina Frederic, de tratarla como una especie de ONG inofensiva.

Así y todo, a Alberto Fernández no le ha sido dado liberarse por completo de la sombra de Cristina que en sus viajes al exterior solía comportarse de manera muy distinta. Hasta que se haya resuelto el problema planteado por las contradicciones patentes entre el país “normal” insinuado por el presidente y el representado por una vice que, como todos saben, es dueña de la mayoría de los votos que lo pusieron donde está, al gobierno le será muy difícil ganarse la plena confianza de quienes llevan la voz cantante en el mundo. Aunque la experiencia de Macri le habrá enseñado que no es suficiente ser aplaudido en los foros internacionales, no cabe duda de que en circunstancias extremas ser considerado un presidente razonable ayuda, sobre todo si no hay más alternativa que la de depender de la bondad de la gente del FMI.

James Neilson

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