Lunes, 17 Febrero 2020 00:00

El regreso de los relatos (y las fábulas) a la política - Por Carlos Salvador La Rosa

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Durante la era macrista los relatos políticos pasaron de moda, quizá como una reacción a la excesiva proliferación de los mismos durante la anterior era kirchnerista. Pero ahora, en la posterior era kirchnerista los relatos no podían sino volver, como una clara marca de identidad de este modo de hacer política.

 

No los hubo en demasía durante la campaña electoral porque se trataba de reunir grupos justicialistas muy diferenciados entre sí, cada uno con su propia concepción ideológica o política. Pero ahora que se instalaron en los sillones del poder, comienzan a aparecer. Y como corresponde a todo poder bifronte, se trata de dos relatos en vez de uno.

El impulsado por Cristina Kirchner es una continuación actualizada del anterior, mientras que el impulsado por Alberto Fernández es una invención reciente porque este hombre y su historia carecían de uno.

Como todavía es débil, el relato del presidente no puede apoyarse solamente en sí mismo, como sí lo puede hacer la vicepresidenta porque ella es muy fuerte. Por eso Alberto tiene tantísimo interés en cooptar para sí la figura de Ricardo Alfonsín, alguien que no en todo ni mucho menos pero sí en sus gestos, su voz y su figura hace acordar al primer presidente del que Fernández quiere considerarse su continuador directo: Raúl Alfonsín (dejamos de lado a Juan Perón porque peronistas somos todos, según decía el General). Y aún sigue a la caza de Roberto Lavagna (ya consiguió a su hijo) para que la herencia del primer Néstor Kirchner quede más en sus manos que en las de su señora. O por lo menos que no quede menos.

El relato albertista quiere ser la repetición lo más exacta posible de la lucha emprendida por Néstor para salir del default pagando de un modo lo más soberano posible la deuda externa. De un Néstor apoyado por Lavagna.

Mientras que de lo que pasó desde que se fue Lavagna, Alberto pretende irse despegando de a poco, hasta separarse del todo desde que empezó la lucha contra el campo y medios de comunicación. Aunque entonces aún vivía Néstor, Alberto no quiere heredar esa segunda etapa de Kirchner. Y mucho menos de Cristina, a la cual criticó como un opositor feroz durante su segunda presidencia. Luego se reconcilió y aunque el único que se retractó fue él, está intentando que en su relato quede incorporada su vieja actitud de rebeldía contra la todopoderosa dama.

Y de aquí en más su tarea se hace total continuación con la de Néstor, quien salió del default mientras que Alberto no quiere entrar en él.

Es por eso que la centralidad de la negociación con el FMI no es para ocultar su programa económico, sino que esa negociación es el corazón del programa (el resto vendrá por añadidura) porque es el centro del relato, la épica fernandista, la lucha contra todos los acreedores y sus cómplices internos que hipotecaron la Nación. Un hecho de liberación, o así intentará venderlo si obtiene resultados más o menos razonables, cosa que todo el mundo quiere que ocurra (hasta Cristina, pero ésta quiere que ocurra con mayor confrontación discursiva contra el FMI, para satisfacer a su clientela y su ideología).

El relato cristinista es más ambicioso, aunque sobre temas menos ambiciosos que el de liberar al país de sus deudas. Sin embargo, también es más difícil: convertir a su persona, sus hijos y algunos de los suyos, de acusados por corrupción en un grupo de heroicas víctimas perseguidas implacablemente por el poder político, judicial y mediático debido a todo lo que hicieron por la liberación de la patria.

Lo notable no es que ella y su gente presa intenten construir tan peculiar relato, porque al fin y al cabo desde que el mundo es mundo, prácticamente todos los acusados de delitos se consideran inocentes, como forma de defensa. Lo notable es como en tan poco tiempo este relato prendió en sus huestes ideológicas. Tanto que un mero y algo vulgar intento de lograr el indulto o la amnistía por presuntos delitos bastante bien comprobados, tenga más fuerza de relato, más pasión y más convicción que el relato albertista de ganarle al mundo y a los enemigos del pueblo la partida por el endeudamiento.

Lograr que muchos peronistas, progres y declarados revolucionarios crean que De Vido o Boudou son presos políticos sólo habla del talento de la señora para hacer creer lo imposible. Y de generar hechos que bien podrían llevar a escribir un nuevo “Yo acuso”: como decirles a los jueces que ella no declarará ante la justicia, sino que los que tendrán que hacerlos serán ellos por haberse atrevido a acusarla a ella. O conseguir un juez afín que haya construido una conspiración periodística que arma causas contra los supuestos presos políticos. O conseguir un periodista ultra afín que acusa a los acusadores de comprar con coimas los testimonios de los acusados arrepentidos. Y así al infinito.

Un relato lleno de acciones heroicas donde los presos políticos liberados el primer día del gobierno de Cámpora en 1973 quedan como unos chichipíos frente a la grandeza de estos nuevos, auténticos luchadores contra Macri, basura, vós sós la dictadura, alguien equiparable al proceso militar (y a veces peor) según todos los capítulos del nuevo relato.

Y su pieza mayor, el lawfare, la fábula más grande jamás contada, la creadora de la nueva sinarquía compuesta por jueces, políticos y periodistas que dominan el mundo para destruir a todos los que quieren liberarlo del mal. Los nuevos sabios de Sión.

Aunque no subestimemos a Cristina, ella ha elevado a altura de grandeza este discurso de cabotaje por necesidades coyunturales, para zafar de la justicia. Pero Cristina ambiciona, luego del éxito electoral obtenido, un relato a tono con la grandeza de su épica. Un relato como aquél que tenía Perón cuando decía que la revolución justicialista, como cualquier gran revolución, tenía cuatro etapas: la doctrinaria, la de la toma del poder, la dogmática y la institucional.

Para Cristina la etapa doctrinaria fue la de la lucha contra el campo y sobre todo contra los medios. La de la toma del poder fue cuando en su segunda presidencia ordenó ir por todo. La dogmática fue cuando tras el pacto de Irán intentó transformarse en el sustituto de Chávez a pedido póstumo de éste: en la nueva lideresa de la revolución bolivariana. Y la institucional es la actual cuando al haber logrado la unidad del peronismo por su plena obra y gracia, pretenda encolumnar al peronismo entero tras su figura y luego de logrado ésto, encolumnar a toda la Argentina tras ese peronismo, excepto quizá los enemigos internos que necesita seguir creando para justificar el relato maniqueo de buenos y malos.

No es una cosa menor el intento de hacer del peronismo cristinista el nuevo sentido común de los argentinos. Y es difícil pero no imposible.


Carlos Salvador La Rosa
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Fundado el 4 de agosto de 2003

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