Viernes, 13 Marzo 2020 00:00

Renegociar la deuda en tiempos de peste - Por Jorge Raventos

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El lunes 9 de marzo el gobierno de Alberto Fernández dio la primera puntada formal de la reestructuración de la deuda soberana. Ese día se publicó en el Boletín Oficial el decreto con el cual el Presidente autoriza al Ministerio de Economía a refinanciar 68.842 millones de dólares emitidos bajo ley extranjera.

 

La fecha del decreto evidenció un paradójico sentido de la oportunidad: ese lunes fue mundialmente caracterizado como "lunes negro"; cayeron en picada la bolsa de Nueva York (tuvo que suspender operaciones por quince minutos) y las principales bolsas europeas, con caídas de entre el 7 y el 11 por ciento. Los analistas adjudicaron la crisis a la perspectiva de una recesión mundial provocada por la vertiginosa extensión de la epidemia de coronavirus y por el fracaso de las negociaciones entre la OPEP y Rusia, circunstancia que hizo caer el precio del petróleo cerca de un 30 por ciento.

GLOBALIZACION Y CUARENTENA

Lo ocurrido el lunes 9 sólo sería el botón de muestra de noticias más inquietantes: la Organización Mundial de la Salud asignó a la epidemia de coronavirus el rango de pandemia por la amplitud y velocidad de su difusión, y reclamó medidas drásticas de los gobiernos para contener su propagación. Esas medidas indispensables están normalmente asociadas, entre otros perjuicios, a quebrantos económicos: menos trabajo, menos producción, menos ventas. Italia ha cerrado sus fronteras y clausurado el grueso de su actividad habitual tras decretar la cuarentena de toda su población.

Donald Trump, que venía intentando menospreciar la potencia del coronavirus, decidió el miércoles 11, sin aviso previo a sus aliados y socios políticos y comerciales, bloquear la comunicación aérea (personas y bienes) con Europa, para defender a su país -dijo- de "un virus extranjero". Esa medida de Washington provocó un segundo movimiento sísmico en las bolsas, más intenso que el del lunes 9.

Esta irrupción de hechos inesperados que trastornan la situación mundial tiene efectos contradictorios sobre la delicada situación económica argentina. El parate de la actividad y los intercambios en el planeta (y muy específicamente en China, el gran cliente de nuestras exportaciones más emblemáticas) supone un impacto en el sensible punto del ingreso de divisas. La caída del precio internacional del petróleo evapora temporariamente el atractivo de Vaca Muerta y prolonga la relativa inmovilidad que, por otros motivos (incertidumbre sobre normativas y reglas de juego) viene imperando en ese campo.

LO QUE NO MATA, FORTALECE

Por una lógica de las compensaciones, la perspectiva recesiva de la economía mundial y la caída de los márgenes de rentabilidad de las inversiones le da rasgos de plausibilidad al "alivio sustancial" que el ministro de Economía Martín Guzmán reclama a los tenedores de títulos argentinos (que han sido duramente devaluados por la crisis). En un mundo en el que billones de dólares se resignan a invertirse a tasas negativas, la perspectiva de cobrar con utilidades recupera atractivo. El riesgo para el país reside en que el avance de la crisis devalúe tanto los bonos argentinos que abra las puertas a los fondos buitre, cuya ganancia no se realiza en la mesas de negociación: ellos van por lucros mayores en el tablero de los tribunales.

El coronavirus seguramente obligará a Guzmán a estirar el límite del 31 de marzo que Fernández innecesariamente se había autoimpuesto para cerrar un acuerdo con los acreedores. Negociar cara a cara se ha vuelto más difícil en las condiciones de los bloqueos y las cuarentenas.

El Presidente ha asumido la tarea de comunicar la seriedad con la que su gobierno toma la amenaza del coronavirus. Hay algunos territorios de la acción oficial que Fernández comparte o concede a socios importantes del Frente de Todos, pero esta responsabilidad la tomó en sus manos. Lo mismo hace con el relacionamiento internacional, la marcha de la economía y la discusión de la deuda. Esos son terrenos en los que el Presidente ejerce una conducción indiscutible y constituyen, por otra parte, una clave principal para el destino de su gobierno.

Sin duda el tema prioritario es el de la renegociación de la deuda y la recuperación del financiamiento y las inversiones. En ese sentido los movimientos exteriores de Fernández se han enderezado a allanar el camino político para negociar con los acreedores, incluido el FMI, y abrir posibilidades para que Guzmán pueda negociar en mejores condiciones con los acreedores y los eventuales inversores

PULSEADA EN LA OEA

La Casa Rosada es consciente de que para esos objetivos es crucial la palabra y el aval de Washington y trata de conseguir ese apoyo con una estrategia de aproximación indirecta, que muestra progresos pero que aún debe superar varias pruebas prácticas.

La Cancillería -desde el Palacio San Martín hasta ciertas embajadas- ha movido piezas con sutileza para recalibrar un vínculo que siempre parece avanzar por desfiladeros estrechos.

En pocos días la diplomacia tendrá que atravesar una nueva prueba. El 20 de marzo se elegirá al próximo titular de la Organización de Estados Americanos. El actual, el uruguayo Luis Almagro, aspira a la reelección pese a que había prometido no hacerlo. Su candidatura fue presentada por Colombia y está sostenida por pesos pesados: Estados Unidos, Brasil, Canadá, por ejemplo. Washington está jugando fuerte por Almagro, quien -más allá de sus orígenes izquierdistas (llegó con la protección del ex presidente José Mujica)- se convirtió en un paladín de la confrontación con el chavismo continental. La acción de la OEA en la última elección boliviana fue decisiva para el desplazamiento del presidente Evo Morales.

Junto a México, la Argentina está impulsando una candidatura que compite con la de Almagro: la de la ecuatoriana María Fernanda Espinosa. Así como Almagro presentó su postulación reelectoral sin respaldo del gobierno uruguayo (que en ese momento lideraba el frenteamplista Tabaré Vázquez), Espinosa tampoco contó con apoyo del gobierno de Ecuador: fue promovida por Antigua y Barbuda. En su país no es santo de la devoción ni del actual oficialismo del presidente Lenin Moreno, ni de su antecesor y archirrival, Rafael Correa, de quienes fue ministra de Relaciones Exteriores.

Con experiencia diplomática (fue la primera latinoamericana que presidió la Asamblea General de la ONU), Espinosa compite con Almagro más que nada por el tono: no es menos abierta a presionar a los regímenes autoritarios de Venezuela o Nicaragua, sino más moderada en los procedimientos. Estos deben de ser los rasgos que atraen a la Cancillería argentina (o a la mexicana), sumado al hecho de que ella parece sin duda la más respaldada para oponerse a Almagro. Los cálculos previos le asignan unos 16 o 17 votos (mismo pronóstico que para el uruguayo), es decir: está al filo de los 18 votos que se requieren para imponerse.

¿Es bueno para la Argentina este desafío al candidato de Washington en momentos en que necesita el respaldo de la Casa Blanca en la disputa por la deuda? Lo que esgrimen los diplomáticos argentinos es que la candidatura de Espinosa no implica un enfrentamiento con Washington, sino la adopción de un camino diferente para un objetivo compartido: recuperar una democracia saludable en la desangrada Venezuela todavía manejada por Nicolás Maduro y las cúpulas militares.

 

TRUMP, BOLSONARO Y­ OTRAS INTOXICACIONES

Estas incógnitas se tramitan mientras la diplomacia argentina trabaja para concretar el encuentro cara a cara entre Fernández y un Donald Trump que avanza raudamente hacia la elección de noviembre que seguramente lo habilitará para su segundo mandato.

El sábado último, en Mar-a-Lago, su residencia en Florida, Donald Trump se reunió con Jair Bolsonaro, otro personaje con el que Fernández tiene un encuentro pendiente. En esa reunión estuvo presente el secretario de Comunicación de Bolsonaro, Fabio Wajngarten, que ahora está aislado en Brasilia, infectado con el coronavirus: ese contagio ha despertado alarma tanto en el gobierno de Bolsonaro como en el de Trump.

Son tiempos de pandemia. Alberto Fernández podría encontrar en el virus otra excusa para eludir un encuentro con Bolsonaro. Pero ¿tendría sentido?

Brasil es, sin duda el principal aliado de Estados Unidos en la región. Ha adquirido el rol de principal aliado extraOTAN (un rango que la Argentina había conseguido en los años 90, bajo la presidencia de Carlos Menem) y un general brasilero -Valeriano de Faria Júnior- ha sido invitado a ejercer la vicecomandancia del Comando Sur de las Fuerzas Armadas de Estados Unidos, un hecho inédito. El vínculo entre Buenos Aires y Brasilia es un eslabón inescindible de la relación con Washington y también de las perspectivas económicas de la Argentina.

Ese vínculo atravesó algunos cortocircuitos entre el declive del gobierno de Mauricio Macri (que era el candidato preferido de Bolsonaro en el comicio presidencial argentino) y la asunción de Fernández. Las cosas empezaron a cambiar con la presencia en Buenos Aires del vicepresidente brasilero, Hamilton Mourao, durante la entronización de Fernández. En su discurso de aquel dìa, el presidente argentino destacó que la amistad entre Argentina y Brasil estaba por encima de las diferencias entre sus dirigentes.

Hubo después un denso tejido de contactos (parlamentarios, con protagonismo local de Sergio Massa; de gobernadores: con mucho activismo del tucumano Juan Manzur; del canciller Felipe Solá y el vicecanciller económico, Jorge Neme, que se reunieron con sus pares brasileños y con el propio Bolsonaro) y finalmente el presidente brasileño invitó a Fernández a encontrarse; acaba de reiterarle esa invitación a través de Sergio Massa, que estuvo con él hace una semana. Por supuesto, todos los pruritos parecen banalidades ante la presión de la realidad. Brasil es socio principal de la Argentina; cada vez que Brasil crece, ese crecimiento se refleja en nuestro país: por cada punto de gana Brasil, la Argentina crece la cuarta parte. Una sexta parte de lo que le vendemos al mundo, se lo vendemos a Brasil.

En tiempos de peste, recesión y crisis, lo razonable es racionalizar los esfuerzos, no comprar peleas inútiles, no alentar divisiones estériles y atarse a las prioridades que dicta el interés nacional.

Jorge Raventos

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